El otro día les presenté una clasificación de las películas de desastre. En ella incluí un apartado que nombré La rebelión de las máquinas, y que describía a cintas como las sagas Terminator y Matrix. Este tema cobró una especial relevancia para mí a partir de la interrupción de una semana de mi servicio doméstico de Internet. Puede ser un pretexto superficial para muchos. Cientos de clientes Cablevisión en la ciudad de México sufren también de esto; mi amigo y maestro Ricardo Bernal me reveló ayer que se encuentra en similares circunstancias. En esta época, inmersos como estamos en una sociedad globalizada, nos hemos convertido en seres que dependen de la tecnología para realizar muchas de nuestras actividades cotidianas. Si extraviamos o nos roban nuestro teléfono celular sufrimos hasta lo indecible porque no recordamos los números telefónicos de nuestros seres queridos; si nuestra computadora falla y no tuvimos el cuidado de respaldar la información que contenía, significa un desastre de diferentes magnitudes; el viaje en transporte público de un adolescente promedio se vuelve infernal si olvida en casa su reproductor MP3. Si examinamos nuestro entorno, es raro el aspecto de nuestra vida en que no intervengan las máquinas. Las finanzas, registros gubernamentales, comunicaciones y suministros energéticos, están controlados por ellas. En muchos casos, el testimonio de nuestra existencia material se reduce a unos cuantos bytes. Por ello aprecio Duro de matar 4.0 (Len Wiseman, 2007). La película lucra con la nostalgia de todos los que apreciamos el cine de acción de los años ochenta y noventa, la época de los Schwarzeneggers, Stallones, Van Dammes y un larguísimo etcétera donde el argumento era lo de menos: lo que importaba eran las persecuciones, los balazos, las explosiones y la acción –muchas veces- sin sentido. La trama de la cuarta entrega de la popular serie tiene el acierto de utilizar el artículo que John Carlin publicó en la revista Wired, titulado Adiós a las armas. Su texto habla de esta dependencia de las computadoras, de la vulnerabilidad de Estados Unidos y expone que en caso de una guerra o un ataque terrorista, sería más eficaz inutilizar todos los recursos tecnológicos de una nación que un ataque armado. Y esto cobra sentido cuando sufres siete días sin Internet. La naturaleza no tiene que preocuparse por acabar con la humanidad, sólo debe darnos un poco de tiempo para que nosotros mismos lo hagamos.
jueves, 8 de julio de 2010
Internet interrumpido y la rebelión de las máquinas
El otro día les presenté una clasificación de las películas de desastre. En ella incluí un apartado que nombré La rebelión de las máquinas, y que describía a cintas como las sagas Terminator y Matrix. Este tema cobró una especial relevancia para mí a partir de la interrupción de una semana de mi servicio doméstico de Internet. Puede ser un pretexto superficial para muchos. Cientos de clientes Cablevisión en la ciudad de México sufren también de esto; mi amigo y maestro Ricardo Bernal me reveló ayer que se encuentra en similares circunstancias. En esta época, inmersos como estamos en una sociedad globalizada, nos hemos convertido en seres que dependen de la tecnología para realizar muchas de nuestras actividades cotidianas. Si extraviamos o nos roban nuestro teléfono celular sufrimos hasta lo indecible porque no recordamos los números telefónicos de nuestros seres queridos; si nuestra computadora falla y no tuvimos el cuidado de respaldar la información que contenía, significa un desastre de diferentes magnitudes; el viaje en transporte público de un adolescente promedio se vuelve infernal si olvida en casa su reproductor MP3. Si examinamos nuestro entorno, es raro el aspecto de nuestra vida en que no intervengan las máquinas. Las finanzas, registros gubernamentales, comunicaciones y suministros energéticos, están controlados por ellas. En muchos casos, el testimonio de nuestra existencia material se reduce a unos cuantos bytes. Por ello aprecio Duro de matar 4.0 (Len Wiseman, 2007). La película lucra con la nostalgia de todos los que apreciamos el cine de acción de los años ochenta y noventa, la época de los Schwarzeneggers, Stallones, Van Dammes y un larguísimo etcétera donde el argumento era lo de menos: lo que importaba eran las persecuciones, los balazos, las explosiones y la acción –muchas veces- sin sentido. La trama de la cuarta entrega de la popular serie tiene el acierto de utilizar el artículo que John Carlin publicó en la revista Wired, titulado Adiós a las armas. Su texto habla de esta dependencia de las computadoras, de la vulnerabilidad de Estados Unidos y expone que en caso de una guerra o un ataque terrorista, sería más eficaz inutilizar todos los recursos tecnológicos de una nación que un ataque armado. Y esto cobra sentido cuando sufres siete días sin Internet. La naturaleza no tiene que preocuparse por acabar con la humanidad, sólo debe darnos un poco de tiempo para que nosotros mismos lo hagamos.
martes, 6 de julio de 2010
El imaginario mundo del señor Gilliam y la trágica muerte del señor Ledger
No todas las personas aprecian las películas de Terry Gilliam. Los que lo admiramos seguimos su carrera desde sus días como actor y animador de la agrupación británica Monty Phyton hasta su impecable trayectoria como director de cine. Estudiar su obra en conjunto permite apreciar mejor El imaginario mundo del Dr. Parnasuss (2009), su décimo largometraje, cinta que me confundió y deleitó la semana pasada. Me desconcertó porque el señor Gilliam, a sus casi 70 años de edad, se toma incontables libertades a la hora de contar una historia, pues está más allá de lo lineal y
predecible. Me deleitó precisamente por esto, porque siempre ha demostrado ser un narrador hábil e imaginativo. Para mí se encuentra a medio camino entre Charles Dickens y Lewis Carroll. Esta película no sólo se distingue por ser el último trabajo del talentoso Heath Ledger, sino por las maniobras argumentales que su muerte supuso a la dupla escritoral conformada por el propio Gilliam y Charles McKeown –con quien ya había trabajado en Las aventuras del Barón Munchausen (1988)-, pero ya llegaré a eso. Y es que uno de los aspectos que distingue las películas de Gilliam son las numerosas dificultades que atraviesan, que van de la muerte de sus protagonistas (como este caso) y problemas presupuestales hasta cancelaciones definitivas, como esa espina atorada en su gañote titulada El hombre que mató a Don Quijote –y que parece estar por sacarse-. Pero regresemos al imaginario mundo del Dr. Parnasuss. La cinta cuenta la historia del espectáculo itinerante, casi medieval, integrado por una insólita troupe que lidera el Dr. Parnasus del título (Christopher Plummer, que de no ser canadiense hubiera sido el sustituto perfecto para Richard Harris y su profesor Dumbledore en la serie de Harry Potter), su hija Valentina (Lily Cole), el enano Percy (Verne Troyer, el malvado Mini-Yo de Austin Powers, con quien Gilliam ya trabajó en 1998 en Miedo y asco en las Vegas) y el joven e ingenuo Anton (Andrew Garfield). Ellos recorren las zonas bajas de un Londres contemporáneo –que no dejan de recordarme algunos escenarios de Brasil (1985) o del Pescador de ilusiones (1991)- con la promesa de que los espectadores pueden, a través de la poderosa imaginación de Parnassus, transportarse a un mundo mágico y maravilloso con praderas deslumbrantes y un cielo glorioso. Pero hay algo más. En el fondo subyace una apuesta entre el prestidigitador y el Diablo (el maravilloso Tom Waits): cual pacto fáustico, Parnasuss recibió el don de la inmortalidad –¿en verdad es un don?- a cambio del alma de Valentina al cumplir los 16 años. En el límite del reto, el agobiado padre debe conseguir 5 almas para el Maligno a cambio de la de su hija. Las cosas giran cuando encuentran colgado en un puente a Tony (Ledger), un hombre misterioso que no recuerda su vida pasada. El extraño se une, como supuesto gesto de gratitud, al espectáculo y pretende convertirlo en un negocio redituable. De los barrios pobres se mudan a los que frecuentan señoras adineradas, ansiosas por recuperar un poco de la fantasía que han perdido. Pero súbitamente aparece un grupo de criminales rusos que conocen el truculento pasado de Tony. Y he aquí el reto argumental. Tony escapa al otro lado del espejo y descubre que su rostro ha cambiado por el de Johnny Depp, posteriormente por el de Jude Law y finalmente por el de Colin Farell. Digno de elogiarse es que el cambio no luce como un pastiche ni una solución barata: en el mundo imaginario afloran los múltiples rostros del personaje. El último, el verdadero, es el que seduce a la dulce Valentina, quien sueña secretamente con una vida “normal” y sacada literalmente de la página de una revista. El estilo visual de los mundos de Gilliam, que tienen profundas influencias victorianas, incluye secuencias delirantes como la del grupo de policías en minifalda, el apacible río que se transforma en una diabólica serpiente o ese motel surrealista que podría figurar en una pintura de Salvador Dalí. Brillantes son el vestuario de Monique Prudhomme y el diseño de producción de Dave Warren, Anastasia Masaro y Caroline Smith. Estos logros se suman a tantos que han apreciado el público y la crítica especializada. Pero lo mejor de la película es que es un tributo a la imaginación y al arte de contar historias, a los encuentros y desencuentros de nuestra vida. El desenlace, heroico y conmovedor, nos recuerda que los finales felices no siempre vienen incluidos, pues dependen de nuestras acciones.
viernes, 2 de julio de 2010
Nace Letras y recetas
Del amor por la literatura y la cocina de Ana Luisa Campos López nació Letras y recetas, un blog que estudia el matrimonio de dos de sus pasiones. El tema de su bitácora ha sido tratado también por populares autores, incluso por quienes no pensamos se sientan atraídos por él. Antonio Lazcano Araujo, prestigiado Biólogo y orgullo de la Universidad Nacional, recordó en un curso en la Facultad de Medicina la receta para preparar arroz de Charles Darwin. En un terreno más familiar para los seguidores de este espacio está el caso de Bram Stoker, quien ilustró el viaje hacia la oscuridad de Jonathan Harker a través de diversos platillos de las localidades donde pernoctaba; Lewis Carroll criticó el racionalismo de la Inglaterra victoriana en una fiesta de té; Jonathan Swift nos aconsejó reducir la sobrepoblación cocinando niños. Quien conoce a Ana Luisa puede comprender sus obsesiones: cuando era niña deseaba ser bruja. Aprendió en su infancia que la comida la acercaba a las técnicas mágicas. Una sartén se convirtió en el sustituto perfecto del caldero humeante de las hechiceras. Definió y perfeccionó su afición por la cocina gracias al amor y ejemplo de su abuela materna, su madre y sus tías. Porque gracias a la cocina podía obrar hechizos que devolvían a las personas a la niñez, del mismo modo que la humilde rata Remy hizo recordar al implacable crítico Anton Ego cómo su madre sanaba sus heridas infantiles con un buen plato de ratatouille. Letras y recetas es una invitación a explorar obras clásicas de la literatura y la buena cocina, a deleitar nuestros sentidos. A través de recetas ingeniosas y vistosas fotografías, la autora nos lleva de la mano –de forma doblemente digerible- a un territorio mágico.
Le deseo larga vida a Letras y recetas, que sin duda es un respetuoso homenaje a temas que me hermanan con Ana Luisa y con todos ustedes.
lunes, 28 de junio de 2010
Una reflexión inevitable sobre el juego del hombre o para todos aquellos que desprecian la intensidad del fútbol
En una sociedad globalizada, abarcada en su totalidad por los medios de comunicación, es imposible abstraerse de la justa que se celebra en Sudáfrica. Los partidos se exhiben, incluso, en importantes complejos cinematográficos. El llamado “juego del hombre” despierta tantas pasiones como las manifestaciones artísticas. No soy admirador de este deporte. Lo fui, confieso. Crecí en estadios y conocí a las más afamadas figuras de la época –mi tío, Arturo Vázquez Ayala, fue seleccionado nacional, participó en varios mundiales y jugó en importantes equipos del país- pero mis aficiones se desviaron por otros caminos. ¿Por qué escribir sobre fútbol en un espacio dedicado al horror y la fantasía? No porque sea el tema del momento, sino porque descubrí que es un antídoto que inocula a las personas del horror cotidiano, sea la agobiante crisis económica o las decapitaciones tan espantosamente frecuentes de la nota roja diaria. Es una forma de evasión, como lo fueron las historietas durante la Segunda Guerra Mundial. La buena fortuna de muchos futbolistas, como bien me dijo una querida amiga, representa el “mexican dream”. Todos conocemos el caso de un talentoso jugador que nació en uno de los barrios más pauperizados de la ciudad y alcanzó la celebridad internacional y la riqueza. “No podemos vivir agobiados por la adversidad”, me dijo uno de mis compañeros en la Procuraduría de Justicia. El fútbol es, para muchos, un oasis en medio de la tragedia nacional. Lo malo es cuando distrae a la mente de esos horrores que pretende exorcizar, como el drama de los padres de los niños muertos en la guardería ABC o el derrame petrolero en el Golfo de México, o cuando la gente tacha de “traidores” y “apátridas” a quienes no apoyamos religiosamente a la selección nacional. El fútbol me indigna cuando el primer mandatario del país lo privilegia por encima de otros asuntos de mayor trascendencia: prefirió despedir a la selección que recibir a los padres de los niños muertos en la ya mencionada guardería ABC. Como la cultura, el horror y la fantasía no son artículos de canasta básica para este gobierno. El fútbol sí, además de ser un negocio multimillonario. El entusiasmo de muchos aficionados me recuerda también que somos una sociedad sin memoria: el inminente regreso a la presidencia del partido político que estuvo en el poder por 75 años –¿desaparecieron realmente sus viejos hábitos?- es similar a las continuas derrotas del equipo que representa a nuestro país. Pese a todo, la esperanza mantiene en pie a muchos. Sin nuestra confianza y capacidad de creer, todo estaría perdido. Ojala aplicáramos esta filosofía a todos los aspectos de nuestra vida. Hablé del fútbol y el horror. Que la selección mexicana podía haber ganado el mundial, es territorio de la fantasía.
jueves, 24 de junio de 2010
Hacia una clasificación de las películas de desastre y una receta para escribir una
Cuando investigaba en la red sobre películas de desastre, ese subgénero del cine de ciencia ficción que se nutre del drama y el horror –aunque estos géneros pueden ocupar el centro de la trama-, encontré la clasificación que de éstas hace la Wikipedia. Como entes sociales, siempre nos atrae la desgracia ajena, y en el caso del cine de desastres podemos presenciarla desde la seguridad de nuestra butaca. La taxonomía de este recurso de Internet me pareció interesante, a pesar de incluir cintas que no siempre encajan en los rubros que enuncia. También me brindó la pauta para crear una propia. Cual “Índice de maldad”, la cual someto a su consideración.1. DESASTRES NATURALES. No hay fuerza más inclemente y poderosa que la naturaleza. Frente a ella, a pesar de nuestros portentosos avances tecnológicos, sólo podemos sentir respeto y humildad. No obstante, la indiferencia, ignorancia y codicia del ser humano han atentado indiscriminadamente contra ella. He aquí su venganza.
1.1. Desastres ambientales. Son dramas de supervivencia donde grupos humanos, grandes o pequeños, sufren diferentes embates de la naturaleza. Pueden ser:
1.1.1. Avalanchas. La película homónima de 1978 (Avalancha, Corey Allen) es la representante ideal.
1.1.2. Terremotos. Terremoto (Mark Robson, 1974) es un gran ejemplo. La Ciudad de México ha vivido las consecuencias de éstas catástrofes, como bien recuerdan las personas de mi generación. Hablo de terremotos causados por la naturaleza, no de los provocados por explosiones atómicas o dispositivos arrancados de películas de espionaje, como la bomba atómica que Lex Luthor detonó en Superman (Richard Donner, 1978).
1.1.3. Meteoros. Una de las primeras películas que vi en esos monstruosos reproductores betamax, en mi tierna infancia, fue precisamente Meteoro (Roland Neame, 1979), estelarizada por Sean Connery. Otra película que se toma en serio el tema, con todo y su absurdo cómico y sus impresionantes efectos especiales –para la fecha-, es Armageddon (Michael Bay, 1998). No olvidemos Impacto profundo (Mimi Leder, 1998).
1.1.4. Volcanes. Volcán (Mick Jackson, 1997) y El pico de dante (Rogar Donaldson, 1997), son dos ejemplos de cine de desastres de los años finales del milenio pasado. El jefe de los servicios de emergencia de Los Ángeles (Tommy Lee Jones) en la primera, y un vulcanólogo (Pierce Brosnan) en la segunda, son los responsables de salvar el día.1.1.5. Inundaciones y olas devastadoras. Retratos de hechos de la vida real, como el terrible tsunami –o surimi, según una voluptuosa “cantante” y “actriz”- que destruyó buena parte de Tailandia.
1.1.6. El mar todopoderoso. Una tormenta perfecta (Wolfgang Petersen, 2000) muestra claramente el poder absoluto del inquilino más grande de este planeta –ocupa do terceras partes de él-. En este sentido, algunas películas de desastres de transportación náutica se colocan en esta categoría.
1.1.7. Calentamiento global. Sus efectos sitúan este fenómeno en esta categoría, pero me parece más adecuado ubicarlas los desastres causados por el hombre.
1.1.8. Tornados. Claramente ilustrados en la película homónima (Tornado, Jan DeBon, 1996).
1.2. Incendios. Cuando el fuego es causado por causas naturales (un rayo que inicia un incendio que devasta una gran área boscosa, por ejemplo). De no ser así, son iniciados por hombre.
1.3. Animales y plantas. Los pájaros (1963) de Alfred Hitchcock y su curioso homenaje El fin de los tiempos (Shyamalan, 2008) demuestran cómo la naturaleza puede cansarse de nosotros. Tarántula (Jack Arnold, 1955), Enjambre (Irwin Allen, 1978) Piraña (Joe Dante, 1978) y Aracnofobia (Frank Marshall, 1990) son ejemplos notables del pavor ancestral a ciertas especies animales.
1.4. Monstruos. Los producidos por la naturaleza, como muchos de los que aparecen en la obra del inglés William Hope Hogdson. En Terror profundo (Stephen Sommers, 1998) unos malvados monstruos marinos hacen estragos sobre un moderno trasatlántico.
1.5. Epidemias. Tienen que ser por causas naturales, como la influencia H1M1 (¿fue natural?). Si no, entran en las producidas por el hombre.
1.6. Desastres espaciales. Nuevamente, tienen que ser ocasionados por la naturaleza, no por extraterrestres ni alienígenas. Si no, los debemos al hombre.
2. DESASTRES CAUSADOS POR EL HOMBRE. Esta categoría se inscribe dentro de los mitos de Frankenstein: la creación que se rebela contra su creador. La arrogancia del hombre, orgulloso de su conocimiento y tecnología, propicia los más grandes males a través de:2.1. Materiales peligrosos
2.1.1. Desastres químicos y epidemias. Exterminio (Danny Boyle, 2002) da cuenta de un desastre epidemiológico –iniciado por ambientalistas recalcitrantes que liberan monos infectados- que diezma a casi toda la población del archipiélago británico en los 28 días del título original. Junto con REC (Plaza y Balagueró, 2007) es uno de los mejores especimenes de cine de zombis –sin utilizar el apelativo- del nuevo milenio. La Amenaza de Andómeda (1971 y remake televisivo de 2008), basada en la novela de Michael Crichton, Epidemia (Wolfgang Peetersen, 1995) y Soy Leyenda (Francis Lawrence, 2008) pertenecen a esta corriente.
2.1.2. La rebelión de las máquinas. Terminator (James Cameron, 1984) y la trilogía Matrix (hermanos Wachowski, 1999 y 2003) son los mejores exponentes de esta corriente. Ambas abrevan de la imaginación de Phillip K. Dick, William Gibson y algunos de los mejores representantes de la ciencia ficción literaria. Las máquinas, creadas por el hombre para facilitar su existencia, alcanzan un gran nivel de desarrollo, toman conciencia de su superioridad y resuelven que la humanidad es un peligro para su supervivencia y el entorno. Por ello deciden aniquilarnos o nutrirse de nosotros. Cría cuervos…
2.1.3. Desastres nucleares. Un día después (Nicholas Meyer, 1983) nos muestra las consecuencias de un tema que engendró las más notables cintas de horror de los 50s y un subgénero del cine de ciencia ficción japonés conocido como Kagigu eiga –de monstruos gigantes- que tiene en Godzilla a su más notable representante.2.1.4. Incendios. Un título lo resume todo: Infierno en la torre (John Guillermin e Irwin Allen, 1974).
2.1.5. Calentamiento global. En El día después de mañana (Roland Emmerich, 2004) todo tipo de desgracias, desde enormes marejadas hasta una anticipada glaciación, son producto de la alteración del clima causada por el calentamiento global. Lo mejor de la película: al final, los países subdesarrollados son la salvación del primer mundo.
2.1.6. Monstruos gigantes. Godzilla (Ishiro Honda, 1954), en esencia, es un común y
natural lagarto que alcanzó una proporción colosal y destructiva por estar sometido a la radiación de pruebas atómicas realizadas por el hombre. Igual ocurrió con su remake norteamericano (Emmerich, 1998). Es representante de toda una vertiente de cintas que proliferaron en los años cincuenta y sesenta. Las causas que originaron a su colega y heredero norteamericano, el monstruo de Cloverfield (Matt Reeves, 2008), no han sido aclaradas –no sabemos si es de este mundo, si lo creó la milicia o es
una especie desconocida por del hombre-, por lo que reservo su clasificación. El cine de monstruos gigantes es otra historia (y una futura entrada de este blog).2.2. Desastres de transportación. Las cosas a veces salen mal.
2.2.1. Aeroplanos. De ¡Viven! (Frank Marhall, 1993) al popular serial televisivo Lost, las desgracias aéreas son un prólogo excelente para todo tipo de aventuras. Presagio (Alex Proyas, 2009) muestra una excelente secuencia de un avión que se estrella. Las torres gemelas (Oliver Stone, 2006) y Vuelo 93 (Paul Greengrass, 2006) reviven un caso tomado de la horrible realidad –pues ésta supera a la ficción-, donde un conocido grupo
terrorista estrella aviones de pasajeros contra conocidos blancos de Estados Unidos. El drama de los pasajeros o los supervivientes es el centro de la película.2.2.2. Automóviles y camiones. Máxima velocidad (Jan DeBon, 1994) suele considerarse dentro de este rubro, pero no olvidemos que es un maniático (Dennis Hooper, que en paz descanse) quien instaló una bomba en el autobús manejado heroicamente por Keanu Reeves y la hoy laureada Sandra Bullock.
2.2.3. Barcos y submarinos. La aventura del Poseidón (Roland Neame, 1972) y su infame remake. La taquillera Titanic (Cameron, 1997) y todas sus versiones previas son obvias.2.2.4. Naves espaciales. Ejemplo claro: Apolo 13 (Ron Howard, 1995). La desgracia de esta nave, tomada de la vida real, se debió íntegramente a causas mecánicas, no a meteoros ni a criaturas alienígenas.
2.2.5. Trenes. Un desastre ferroviario es mostrado en El protegido (Shyamalan, 2000). Debemos a nuestro cine otro espécimen, La bestia negra (Gabriel Soria, 1939).
2.2.6. Parques temáticos. Más allá de Oestelandia (Michael Crichton, 1979), con Yul Brynner, cuenta la historia de unos robots que animan un parque de diversiones y se vuelven contra los visitantes, historia parodiada en Los Simpson. Jurassic Park (Spielberg, 1993) ingresa parcialmente en esta clasificación, no por su causa –dinosaurios creados genéticamente- sino por sus consecuencias.
3. DESASTRES SOBRENATURALES. Cuando el fin de la humanidad es causado por designios divinos, monstruos gigantes o invasiones extraterrestres.3.1. La ira de Dios. Si el Creador contempla el desastre en que hemos convertido su obra, debe sentirse muy molesto. Por ello desata las más variadas formas de destrucción, desde sus hordas angelicales (Legión de ángeles, Scott Stewart, 2009) hasta plagas apocalípticas (Prueba de fe, Stephen Hopkins, 2007).
3.2. Por intervención extraterrestre. Representada por la trama planteada en pleno periodo victoriano por H. G. Wells y sus
incontables revisiones, de Marcianos al ataque (Burton, 1996) y El día de la Independencia (Emmercich, 1996) hasta el remake de El día que la tierra se detuvo (Scott Derrickson, 2009).3.3. Monstruos. Cuando el origen de estos seres obedece a razones sobrenaturales.
Si analizamos todas las anteriores, podemos establecer una receta argumental.
- La presentación. Los protagonistas, uno por uno, se presentan ante nosotros, con sus conflictos personales, manías y fobias, con el fin de ganar nuestra simpatía o despertar nuestra más profunda aversión.
- Los avisos. El fenómeno destructor, causado o no por el hombre, comienza a anticipar su llegada. Los protagonistas pasan por alto estas advertencias. Algunos las perciben con suspicacia y otros advierten al mundo del inminente caos, pero son tachados de locos, como López Obrador.
- El desastre. Se desata la destrucción. Vemos muchas muertes. Nuestros protagonistas emprenden un peregrinar lleno de riesgos para asegurar su supervivencia. Se someten a los más increíbles peligros.
- La depuración. Varios de nuestros protagonistas mueren. Algunos heroicamente, otros por azares del destino, unos pocos porque lo merecen (según el espectador).
- La resolución. El ánimo de los protagonistas parece desmoronarse, pero sacan fuerza de flaqueza. Están resueltos a sobrevivir.
- La inyección de emoción. Para aumentar la tensión, el fenómeno destructor ataca de nuevo (una réplica de terremoto, la segunda erupción de un volcán, o un nuevo ataque extraterrestre, por ejemplo), pero nuestros héroes siguen adelante, facilitada su odisea con el costo humano de un valiente.
- La luz al final del túnel. Luego de la tormenta viene la calma. Nuestros héroes –los sobrevivientes- recuperan la paz que el fenómeno destructor les arrebató. Casi siempre resuelven sus dramas individuales (conflictos de pareja, filiales o de trabajo) gracias a la experiencia.
Esta fue mi humilde clasificación y la receta que identifiqué para escribir una película de desastres. Depende de ustedes renovar la fórmula.
Dos regalos para todos los niños
Dos películas interesantes se estrenaron el pasado día del niño. La primera fue la “revisitación” de la ya clásica cinta de 1973 The crazies, conocida en México como Colapso: exterminio brutal. A su director, George Andrew Romero, debemos gratitud eterna por coescribir y dirigir esa joya del cine de horror/metáfora social, llamada La noche de los muertos vivientes (1968). El remake fue bautizado El día del Apocalipsis (Breck Eisner, 2010). La otra cinta estrenada ese viernes 30 de abril fue la que reseñó mi amigo Rafael Aviña para la sección Primera fila del periódico Reforma. A continuación reproduzco su crítica.El amor en tiempos de catástrofe
Rafael Aviña
Un futuro cercano, tal vez otoño. El planeta muere: el frío es insoportable, plantas y animales se han extinguido.
Los escasos sobrevivientes matan por combustible, cobijo y por comida: el canibalismo está a la alza.
El último camino (EU, 2009) del australiano John Hillcoat, es una adaptación de la descarnada novela de Cormac McCarthy, el mismo de Sin lugar para los débiles.
Una fábula apocalíptica que rebasa todo apunte religioso y moral para trastocarse en un conmovedor relato sobre la relación entre un padre y su hijo.
Drama filial, historia de horror, mezcla de suspenso, ciencia ficción, neowestern y alegoría ecologista, bebe de fuentes tan extremas como Mad Max, El chico de Charles Chaplin, Voraz y del cine de zombies (de Seres de las sombras y Soy leyenda a las metáforas de George A. Romero).
También toma aspectos de filmes milenaristas rusos como El visitante del museo o Cartas de un hombre muerto. Todo ello, para contar una trama de desencanto, frustración y conciencia de la vulnerabilidad en una sociedad destinada al olvido.
En ese panorama desolador y gris, donde los árboles fallecen literalmente (gran trabajo fotográfico del español Javier Aguirresarobe), dos seres intentan sobrevivir conservando algo de humanidad (“la flama en el corazón”)
Un hombre (Mortensen, notable) que rememora fragmentos de vida con su bella esposa (Theron) y un chico (Smith-McPhee), su hijo, a quien protege de la pauperización moral y social que prevalece en ese caótico y violento mundo, en una trama de gran dimensión épica y uiversal que evita la obviedad y el melodrama y que mantiene un tono de horror y suspenso y al mismo tiempo una parábola filosófica de altos vuelos.
Escenas bellísimas como la del baño en la tina, o aquella de la lata de soda, muestran además de la notable y sosegada química entre los protagonistas, la gran sensibilidad de un relato que traza una emocionante mirada filial: la de un padre que representa el último trozo de memoria de una conciencia moral en estado paranoico y la de un hijo que encarna el nuevo espíritu de una sociedad alienada como resquicio de esperanza ante lo inevitable.
Junto con Distrito 9 y Tierra de zombies, El último camino ejemplifica el estupendo momento por el que atraviesa el cine de horror fantástico estadounidense.
lunes, 21 de junio de 2010
El mundo se va a acabar…
Cuando observo los efectos del calentamiento global, el derrame petrolero en el Golfo de México, las especies animales que aniquilamos sin misericordia y cosas aparentemente irrelevantes en medio de la tragedia nacional –porque la crisis económica, la indolencia de la Suprema Corte de Justicia y la guerra contra el narcotráfico se cuecen aparte-, como el hermoso parque cercano a mi casa, donde la muchas personas arrojan indiferentemente todo tipo de desperdicios –desde botellas de cerveza hasta condones usados-, no puedo evitar un fatal sentimiento: el ser humano, como especie, no merece existir. Es cierto que habemos unos pocos locos que tenemos cierto nivel de conciencia y que el hombre ha creado las más sublimes expresiones artísticas, pero todos esos triunfos palidecen frente a nuestra naturaleza predadora sin sentido. Una película protagonizada por Jamie Lee Curtis (Virus, John Bruno, 1999) ya lo dijo: el hombre es un virus. Los virus destruyen a su huésped y se multiplican.
Uno de los temas más recurrentes de la ciencia ficción es el fin del mundo. Desde maravillosas y terribles películas setenteras como Cuando el destino nos alcance (Richard Fleischer, 1973) hasta impresionantes pirotecnias contemporáneas como 2012 (Roland Emmerich, 2009), el fin de la civilización ha exaltado la imaginación de escritores y cineastas y ha servido como una forma de sacudir nuestra conciencia sobre la manera en que tratamos a nuestro planeta.
Escribo esto no porque la reciente derrota de potencias futbolísticas sea una señal del fin del mundo, sino porque vi la película El último camino (John Hillcoat, 2009), basada en la novela The road, de Cormac McCarthy, autor de otro libro que ya ha sido llevado a la pantalla grande, Sin lugar para los débiles (hermanos Cohen, 2006). El eficiente guión de Joe Penhall narra la historia de un hombre ordinario (Viggo Mortensen) y su hijo (Kodi Smith-McPhee), quienes viven un drama de supervivencia en un planeta tierra devastado, donde las condiciones de vida han llevado a todas las especies animales a la extinción, a las vegetales al borde de la misma y los pocos sobrevivientes humanos están en una continua búsqueda de alimento, la cual lleva a muchos al canibalismo. La supervivencia del más apto, anunciaba Charles Darwin. El resignado padre lucha no sólo por su vida, sino por mantener alejado a su vástago de estos horrores (“nosotros nunca nos comeremos a alguien”). La cinta no pierde tiempo en profundizar en las causas que condujeron al mundo a la tragedia –no sabemos si fue por una guerra mundial, el calentamiento global o un virus asesino-, lo que le importa son las consecuencias. La trama está plagada de flashbacks, el preludio funesto a su aventura, donde el hombre recuerda su vida pasada al lado de su esposa (la sudafricana Charlize Theron), quien no resiste la inminente tormenta. A lo largo de su desventura, nuestro héroe contempla el suicidio en más de una ocasión, pero el instinto de conservación se impone junto con la necesidad de preparar a su hijo para seguir adelante cuando ya no se encuentre en este mundo, angustia inherente de todo buen padre. La desgracia despierta lo mejor de la naturaleza humana –recordemos el sismo de 1985 o el terremoto de Haití-, pero también lo más vil –rapiña, robos, instintos violentos- y los protagonistas lo descubren en carne propia. También encuentran placer en las cosas pequeñas, como el hallazgo de una simple lata de refresco. Destaca la modesta producción de la película –que no precisa de efectos por computadora-, apoyada de una eficaz fotografía de Javier Aguirresarobe, cuya paleta está dominada por tonos grises, y las breves apariciones de Robert Duvall y Guy Pearce. El desenlace, pese a una nota esperanzadora a través de la limpia mirada de un perro, anuncia la fatalidad a la que nos dirigimos. Una película depresiva, cierto, pero inquietantemente relevante.
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