lunes, 29 de julio de 2013

Las cabezas rodando se encuentran

Conocí el cuento La leyenda de Sleepy hollow (1820), del estadounidense Wasington Irving, muchos años después de maravillarme con su adaptación animada, cortesía de los estudios Walt Disney contenida en el díptico Las aventuras de Ichabod y Mr. Toad (James Algar, 1949). La historia hacía alarde del estupendo doblaje de Germán Valdés, Tin-Tán. Su advertencia, cantada originamente por Bing Crosby, ocupó mis temores infantiles: “En la noche de difuntos no hay que andar, ni hay que salir a caminar, fantasmas hay que nos dan horror, pero el Sin Cabeza es el peor”. La imagen del humilde, enamoradizo y comelón pedagogo Ichabod Crane cabalgando por su vida perseguido por el infernal jinete decapitado, es una de las más indelebles de mi memoria. Releer el relato y ver el cortometraje es un rito obligado de mis celebraciones mortuorias. El texto, presentado como un documento “encontrado entre los papeles del difunto Diedrick Knickerbocker”, tiene la verosimilitud del relato oral desde su mismo inicio. Nos ofrece una descripción, con precisión geográfica, del lugar donde habita su protagonista, el pueblo de Sleepy hollow a la orilla del Río Hudson. Como nos dijo el autor, Ichabod, oriundo de Connecticut, era “alto, pero considerablemente flaco, con hombros estrechos, largos brazos y piernas, manos que sobresalían una legua de sus mangas y pies que habrían podido servir de palas, y todas las partes de su cuerpo parecían haber sido unidas apresuradamente y de manera tanto precaria. Tenía la cabeza pequeña y más bien pana por arria, con unas orejas enormes, grandes ojos verdes un tanto vidriosos y una larga nariz guileña que, encaramada sobre su largo cuello, parecía una veleta siempre lista para indicar la dirección del viento”. En el otro extremo se encuentra el fantasmal Jinete sin cabeza, conocido también como “el Hesiano galopante”, espanto local que acosa la imaginación colectiva de los habitantes y es una de sus narraciones predilectas. Me sumo a todos ellos. Ahora que lo pienso, no sé por qué no he escrito con abundancia de él.
Tim Burton, cineasta dueño de mi admiración, dedicó en 1999 su octavo largometraje a la historia de Irving. Es una película impecable, visualmente espléndida, con una lóbrega fotografía de nuestro paisano Emmanuel Lubeski y un aspecto que rinde homenaje a las películas de la casa británica Hammer. La briosa partitura de Danny Elfman, la formidable puesta en escena de Rick Heinrichs y el fastuoso vestuario de Colleen Atwood están al servicio del inteligente guión de Andrew Kevin Walker, todo orquestado con gran destreza por Burton. Su acertado reparto se encuentra entre sus fortalezas, con Johnny Depp a la cabeza –en su tercera colaboración con Burton- que encarna a un Ichabod Crane muy distinto a su original. Y ese es uno de mis aspectos favoritos. De ser un miedoso maestro de escuela –sigue siendo miedoso-, se convirtió en un agente de la Policía de Nueva York (un “Condestable”). Su filosofía de trabajo sirve de ejemplo en mis clases de Criminalística, sobre todo porque representa el cambio del pensamiento del investigador de los delitos en la transición de un milenio (del siglo XVIII al XIX): “¿Cómo sabemos si no lo mataron antes de arrojarlo al agua?”, “¿soy el único que piensa que para resolver los delitos debemos utilizar la ciencia?” o “nunca deben mover el cadáver”. Su maletín de instrumentos para estudiar la escena de un crimen, con sus gafas de aumento y reactivos químicos, es alucinante.
Pero regreso al elenco. A Depp le acompañan Christina Ricci como la bella Katrina Van Tassel, Casper Van Dien como el bruto Brom Van Brunt, Michael Gambon como el cacique Baltus Van Tassel, Jeffrey Jones como el Reverendo Steenwyck, Richard Griffiths –el tío de Harry Potter- como el magistrado Philipse, Ian McDiarmid –el malvado Emperador de la Guerra de las Galaxias - como el Dr. Lancaster, Michael Gough –el Jonathan Harker de El horror de Drácula- como el notario Hardenbrook, Miranda Richardson como la nueva señora Van Tassel y Christopher Walken como el Jinete –con cabeza-. Todos forman parte de una conspiración sobrenatural de ambición y venganza. Coloco en un lugar especial las breves pero significativas apariciones de Martin Landau –el laureado Bela Lugosi de Ed Wood- como la segunda víctima del Jinete y de Sir Christopher Lee –en su primera colaboración con Burton- como el Juez que envía a Crane a investigar esos crímenes brutales y “llevar al responsable para enfrentar su buena Justicia”. Colocado por delante de una muy estadounidense águila en el tribunal, sus alas desplegadas hacen lucir a Lee como el gran vampiro que es. Y los momentos donde aparece el Jinete son espectaculares. Encarnado por el artemarcialista Ray Park –el Darth Maul del Episodio I de la Guerra de las Galaxias-, la producción tomó la decisión acerada de eliminar su cabeza digitalmente en lugar de la opción económica de emplear un efecto físico que siempre resultaría falso. El espíritu malvado es ágil con la espada y el hacha, y no hace distinciones en su matanza. Incluso se embolsa la cabeza de un niño. La sangre, espesa y de un color rojo vibrante, corre a raudales.
Las obsesiones de Burton están muy presentes, desde su característico espantapájaros –que no es otro que Jack Skellington-, su enjaulado cardenal –como en Batman inicia-, su doncella de hierro, la actuación especial de su entonces pareja Lisa Marie –a quien vimos en Ed Wood, Marcianos al ataque y El planeta de los simios- y el molino de viento de la escena final, que no sólo apareció en Frankestein (James Whale, 1931), Las novias de Drácula (Terence Fisher, 1960) y su propia Frankenweenie (1984 y 2012). Ese árbol torcido y siniestro, “el portal entre dos mundos”, es majestuoso.

El Jinete sin cabeza se niega a morir. Es visitado continuamente en el cómic, la literatura y la cultura musical. Lo enfrentaron Kolchack, el cazador nocturno y Los verdaderos Cazafantasmas. Ahora pretende revivir en la televisión gracias a los oficios de Alex Kurtzman y Roberto Orci, dupla de escritores de la que platicado en este espacio. Sus avances, visual y técnicamente prometedores, no dejan de plantearme dudas. En ellos enfrenta a dos oficiales de policía de nuestro tiempo. ¿Podrá el Jinete reiniciar su carrera en este milenio? Esa es una duda que nos hace a muchos perder la cabeza.

viernes, 26 de julio de 2013

Pixar y el maravilloso mundo de los monstruos

Monsters, Inc., la maravillosa película animada dirigida en 2001 por Pete Docter (en contubernio con Lee Unkrich y David Silverman) para los estudios Pixar –distribuída por la casa Disney-, es una obra cercana a la perfección. La historia del propio Docter, Jill Culton, Jeff Pidgeon y Ralph Eggleston nos presentó a dos personajes entrañables: el “asustador” profesional James T. Sullivan (voz en ingles de John Goodman) y su asistente ciclópeo Mike Wazowski (voz original de Billy Cristal), dupla que labora en una gran factoría –que da nombre a la cinta- y emplea tecnología que comunica su mundo con el nuestro a través de las puertas de los armarios de los dormitorios de los niños. Todas las noches las cruzan sigilosamente, y al aterrar a los inocentes habitantes del otro lado obtenían energía para su orbe, lo que hacía su labor indispensable para la supervivencia de su sociedad. El dilema surgía con la pequeña de dos años MaryBoo para los cuates-, quien cambió en más de una manera su percepción de la realidad. El resultado nos hace experimentar un sinfín de emociones –desde la risa más estridente, ternura y sobresalto- y nos permite comprobar la magia de ese territorio llamado infancia. Entre los méritos de su versión hablada en español destaca el logrado doblaje de Víctor Trujillo como Sullivan y Andrés Bustamante como Wazowski, comediantes fundamentales de mi adolescencia. Su anécdota y mensaje final –la risa es más poderosa que el miedo y no todo lo diferente es malo- son insuperables. El filme es un paquete muy bien cerrado que ofrecía pocas posibilidades de una secuela directa. Su inmenso éxito comercial –más de medio billón de dólares alrededor del mundo- hizo inevitable que Disney –hoy dueña de Pixar- pensara en otra película. El dinero manda. Y la verdad es que se tardó demasiado. Como era difícil ir hacia adelante, eligieron el camino obvio: ver hacia atrás.

Esa es la premisa de Monsters University (Dan Scanlon, 2013), una precuela impecable y deslumbrante, que hace alarde del avance de los recursos tecnológicos que no dispuso la primera aventura. El guión de Daniel Gerson, Robert L. Baird y Dan Scanlon se remonta a la infancia de Wasowski (voz nuevamente de Billy Cristal y Andrés Bustamante) y su resolución para convertirse en un “asustador” a pesar de su simpático aspecto. Al llegar a la adolescencia ingresa al recinto educativo que del título de la película, donde conoce al joven Sullivan (otra vez John Goodman y Víctor Trujillo), miembro de una popular familia de “asustadores”. Diametralmente opuestos, entablan una gran amistad que habrá de convertirlos en una de los más fructíferos dúos de su medio. La coincidencia se encuentra en las diferencias. El conjunto, si bien es divertidísimo y espectacular, no deja de hacerme sentir que es innecesario. No iguala remotamente a la contundencia de la primera película. La veo como un gran divertimento, como un producto realizado con la intención de arrastrar a las grandes multitudes de niños al cine, que sus padres les compren cuantas golosinas les permita su bolsillo, consuman “cajitas felices” en la hamburguesería de su preferencia y hagan filas para adquirir el DVD –o BluRay- cuando salga a la venta. La gracia de Monsters University radica en la curiosidad, en ese ensamble de inadaptados convocados por Wasowski, en la aparición del “pejelagarto” Randall Boggs (Steve Buscemi de nuevo), en ver enfundada en un uniforme de trabajo a la malhumorada Roz o en esa fotografía del pasado con Henry J. Waternoose III, otrora cabeza de la empresa que usaba un look similar al del pintor Bob Ross o los jugadores de los Harlem Globetrotters. E instalándonos en nuestros terrenos –el horror-, el susto final que ejecutan Wasowski y Sullivan en una cabaña con una vista semejante a la de Crystal Lake, es un momento estupendo. La gran moraleja, “puedes llegar tan alto como desees si verdaderamente te lo propones, sin importar tu origen o aptitudes”, entra en conflicto con otra que advertí, alarmado: “No importa una carrera universitaria o romper las reglas. Siempre puedes escalar posiciones desde abajo”. Rescatando lo mejor, la honestidad de Sullivan puede enseñar a los niños que todas las acciones tienen consecuencias. La conclusión de la cinta, el primer día de trabajo del par, es sólo el preámbulo a una experiencia mayor que resume el entusiasmo de Wasowski: “no puedo esperar”.

martes, 23 de julio de 2013

Réquiem para Dennis Farina

La salida en 2004 del actor Jerry Orbach de uno de mis más entrañables seriales televisivos, La Ley y el Orden, dejó un vacío que parecía imposible de llenar. Y eso fue algo cierto. Sus productores tuvieron la difícil labor de buscar un reemplazo a su altura. La respuesta fue Dennis Farina, quien dejó de existir físicamente ayer, debido a una afección pulmonar, a la edad de 69 años. La muerte es algo cotidiano para mí en muchos sentidos. Todos nacemos con una fecha de caducidad asignada. Esto causa reacciones diferentes en cada uno de nosotros. En mi caso, la partida de Farina fue semejante a la de un tío distante pero no por eso menos querido. Su carrera actoral siempre estuvo ligada –al menos en sus inicios- con la del productor y director Michael Mann, quien no sólo lo introdujo como un villano en su popular programa ochentero Miami Vice y le asignó el papel del gurú cazador de asesinos en serie Jack Crawford en su poco conocida joya Sabueso (Manhunter, 1986), sino le ofreció el protagónico de Historia del crimen (1986-1988), programa elemental de mi adolescencia. Ahí personificaba al Detective Michael Torello, cabeza de la Unidad de Crímenes Mayores del Departamento de Policía de Las Vegas, grupo que tenía la firme convicción de enfrentar al crimen organizado –representado en el joven mafioso Ray Luca (Anthony Denison)- de una urbe pujante y corrupta. Su tema musical, la famosa canción Runaway de Del Shanon, evoca grandes momentos de mi formación. Por lo que respecta al policial que mencioné en un principio, Farina aportó sangre nueva en un momento en que la necesitaba, los bríos y la agresividad que Orbach era ya incapaz de proveer en la última época de su vida. Su detective Joe Fontana, personaje fanfarrón por momentos –“me arruinó este buen par de zapatos Gucci”-, representaba la experiencia de la “vieja escuela” y los más sólidos ideales de justicia. Aunque el dispendio era lo suyo –su fajo de billetes o sus rajes de diseñador-, su estilo de vida –solterón empedernido- nunca fue sujeto de escrutinio o puso en duda su posición como agente de la Ley. Fuga a la medianoche (Martin Brest, 1988), El nombre del juego (Get shorty, Barry Sonnenfeld, 1995), Rescatando el Soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) o Snatch, cerdos y diamantes (Guy Ritchie, 2000) son sólo algunas de las películas donde siempre podremos vernos.

Tu partida no deja de llenarme de tristeza, Dennis Farina. En cambio, me llena de felicidad imaginarte en un mundo mejor. 

jueves, 18 de julio de 2013

Otra atenta invitación


Atenta invitación

Curso
4 seres fantásticos victorianos
Imparte: Roberto Coria
Duración: 12 horas (4 sesiones semanales)
Sábados 3, 10, 17 y 24 de agosto de 2013, de 11:00 a 14:00 horas.

Antecedentes: El término victoriano sirve para identificar la etapa de mayor predominio mundial del Reino Unido (1837-1901); pero también sirve para calificar a una sociedad de puritanismo extremo y normas rígidas cuyo conservadurismo puede interpretarse como una reacción de temor ante un proceso de cambio acelerado y profundo. Tradición e innovación, prosperidad y miseria, aislamiento e imperialismo, hacen del reinado de Victoria un período de extraordinaria complejidad que repercutió en sus manifestaciones artísticas y culturales.
La etapa final de este contrastante momento engendró personajes, reales y ficticios, que perviven hasta nuestros días y se han constituido como verdaderos mitos integrados al imaginario colectivo del hombre. Muchos de estos seres fueron utilizados como una metáfora para retratar y criticar la ideología de estos tiempos. Robert Louis Stevenson (1850-1894), en su estupenda novela El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde plasma la dualidad característica de muchos miembros de la nobleza victoriana: la imagen de pureza impoluta y el espíritu mezquino carente de escrúpulos. Por su parte Bram Stoker (1847-1912) en su inmortal obra Drácula narra la lucha del instinto contra la razón y utiliza al vampiro como una figura liberadora de la temible y censurada sexualidad femenina. Herbert George Wells (1866-1946) cristaliza el terror hacia la irrupción de lo ajeno en La guerra de los mundos, obra que desencadenó una histeria colectiva en Estados Unidos en 1939 cuando un joven llamado Orson Welles la dramatizó en una emisión radiofónica.
Los seres fantásticos victorianos continúan afectando la imaginación de artistas contemporáneos. En su ingenioso y laureado Año de Drácula, el escritor Kim Newman brinda una historia alternativa que reúne a los más importantes personajes de este periodo; en sus páginas cohabitan Sherlock Holmes, John Merrick, Jack el destripador, Oscar Wilde, el Dr. Mureau y la misma reina Victoria. Hace unos años los hermanos Hughes nos brindaron con su filme Desde el infierno uno de los mejores acercamientos al misterio del asesino de Whitechapel y, tal vez, una de las mejores recreaciones del ambiente de esa época.

Objetivo: Examinar el origen, evolución e importancia de la literatura fantástica en el periodo victoriano del Reino Unido, a través del análisis de sus más emblemáticas obras literarias y sus adaptaciones cinematográficas.
Dirigido a: Público en general, escritores, cineastas, estudiantes de ciencias de la comunicación, literatura, arte, sociología e historia, así como personas interesadas en la literatura y el cine de fantasía y horror.

Contenido temático:
1.      Introducción. En los días de la reina Victoria. El imaginario victoriano. La doble moral. El puritanismo contra el instinto. Yo es otro. El doble en la obra de Stevenson y Wilde, del Extraño caso del Dr. Jekyll y el Señor Hyde al Retrato de Dorian Gray.
2.      Maestros del Ghost story. Aferrarse a la tradición. ¿Qué es un fantasma? La lógica contra la otredad. Receta para escribir una historia de fantasmas. La casona o mansión como escenarios. Los autores de lo fantasmal. Fantasmas en el cine.
3.      H.G. Wells y el horror que llegó del espacio. El temor al cambio. Breve guía sobre invasiones alienígenas. El aspecto de los seres extraterrestres. Orson Welles y el gran pánico de 1938. Variaciones fílmicas de La Guerra de los mundos.
4.      Jack el destripador. En el principio fue la sangre. Breve esbozo histórico del asesinato serial. Jack el destripador, un caso de estudio. Retrato psicológico del asesino de Whitechapel. El Destripador de la nota roja a las bellas artes.
Películas sugeridas:
1.                  El Hombre Elefante (The Elephant Man, 1980), de David Lynch
2.                  Los inocentes (The innocents, 1961), de Jay Clayton.
3.                  El secreto de Mary Reilly (Mary Reilly, 1996), de Stephen Frears.
4.                  Desde el Infierno (From Hell, 2001), de Albert y Allen Hughes.
5.                  El hombre invisible (The invisible man, 1933), de James Whale.
6.                  La guerra de los mundos (War of the worlds, 1953), de Byron Haskin.
7.                  Cuento de hadas, una historia verdadera (Fairy Tale, a true story, 1997), de Charles Sturridge.
8.                  La Liga de los Caballeros Extraordinarios (The League of the Extraordinary Gentlemen, 2003), de Steve Norrington.
9.                  La Dama de Negro (The woman in black, 2012), de James Watkins.

Informes e inscripciones:
Garko, café cultural
Insurgentes Sur 1793. Local 103. Del. Álvaro Obregón. Col. Guadalupe Inn, estación del metrobús Francia. C. P. 01020, México, D. F.
Tel. 5661 9175
http://www.garko.com.mx
https://twitter.com/GarkoCafe
Costo: $800.00
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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Es conductor y autor de los podcast y blog Horroris causa.


viernes, 12 de julio de 2013

Porque todos los inicios duelen (incluso a Batman)

El estadounidense Les Daniels, autor que se mueve cómodamente en los mundos fantásticos, nos dice en Batman, the complete history: the life and times of the Dark Knight (Chronicle Books, 2004) que el año 1986 fue decisivo para casi todos los personajes de DC Comics. Y fue cierto. La conclusión de la serie conocida como Crisis en Tierras Infinitas trató de resolver los incontables problemas de continuidad surgidos a lo largo de los años y de los coqueteos de la empresa con universos paralelos. Uno de sus frutos fue la historia de cuatro episodios Batman: Año Uno, publicada de febrero a mayo de 1987, autoría del talentosísimo escritor Frank Miller –que gozaba por esos momentos de la fama por escribir y dibujar otra joya, El regreso del Caballero Oscuro- y el dibujante David Mazzucchelli, reunida posteriormente como una deslumbrante novela gráfica que ha tenido continuas reimpresiones desde la fecha. Todos los halagos que pueda ofrecerle son pocos. Su narrativa directa y en deuda con los grandes del relato policial, sus dibujos simples y contundentes y sus diálogos precisos la hacen indispensable para explicar la evolución del murciélago justiciero de. Por sólo itar un ejemplo de su influencia que ejerció en Christopher Nolan y su deslumbrante Batman inicia (2005). La trama de Batman: Año Uno narra de forma paralela el regreso de un joven Bruce Wayne y un idealista Teniente de Policía llamado James Gordon a una Ciudad Gótica dominada por la corrupción y la desesperanza. Ambos, desde sus respectivas trincheras, pretenden devolver a la urbe todo lo que el mal les ha arrebatado, a veces de forma torpe y dolorosa. La experiencia nos ha enseñado que todas las primeras veces duelen. Quien asegure haber hecho algo a la perfección en su primer intento es, casi siempre, un mentiroso. Aprendemos a prueba y error. Así lo descubrieron nuestros héroes, quienes perseguían los mismos objetivos y en el proceso forjaron una venturosa alianza. E el lado opuesto, el relato nos presenta también a una joven prostituta llamada Selina Kyle, quien se convertirá en la ladrona Gatúbela, que representa el empoderamiento de la mujer.

Hace muy poco me enteré de que la división de animaciones de Warner Brothers había producido una adaptación, Batman: Año Uno (Sam Liu y Lauren Montgomery, 2011), un deslumbrante festín de 64 minutos que retoma de la manera más fiel lo planteado 24 años atrás por Miller. El artista recibió los mismos honores, en dos partes, el año siguiente (Batman: El regreso del Caballero Nocturno, partes 1 y 2, Jay Oliva, 2012 y 2013), díptico del que di cuenta hace poco. En este caso celebro su agilidad, que no pierde el tiempo con añadidos y que si bien llega a omitir diálogos –como toda adaptación- conserva su esencia. Su momento final, con Gordon fumando su pipa en medio de una nevada en la azotea del edificio del Departamento de Policía de Ciudad Gótica, no deja de conmoverme. “Se vive un gran pánico en las calles. Alguien ha amenazado con envenenar la reserva de agua de la ciudad. Se hace llamar El Guasón. Tengo un amigo que debe poder ayudarnos. Debe llegar en cualquier minuto”.

Crónica de un desenlace (caníbal) anunciado*

Ayer concluí un viaje en montaña rusa que duró 13 semanas. Mi compañero de asiento fue Hannibal Lecter, reputado psiquiatra, gourmet, diletante de lo exquisito y asesino serial antropófago de medio tiempo. En repetidas ocasiones he dedicado todas las alabanzas posibles a la creación de Thomas Harris, que ha sido distinguida por Sthephen King como “el Conde Drácula de la era de las computadoras y de los teléfonos celulares”. Califiqué así la experiencia no porque la teleserie  estadounidense desarrollada por Bryan Fuller fuera un derroche de emociones, sino por la variedad de emociones que me causó. En los momentos que amenazaba con caer estrepitosamente, sucedía algo que me hacía mantenerme al borde del asiento. Una experta definió bien el espíritu del programa: “es como ir a cenar a Au Pied De Cochon, instalarte en su lujo, leer la carta, ordenar una entrada sofisticada y vibrante, aguardar con entusiasmo y recibir una deliciosa sopa Vips”. No porque esta última sea mala –es uno de los pequeños grandes placeres de la vida-, sino porque el resultado no fue acorde a mis expectativas. 
Los altibajos de su trama –el otro día leí a una médico cirujana que criticaba sus errores procedimentales- son compensados con creces por sus aportaciones: una retorcida galería de criminales de apoyo –juguemos a darles nombre artístico: el “Asesino de los Hongos”, el “Hacedor de Ángeles”, el “Músico Asesino”, el “Asesino del Tótem”, el falso “Destripador de Chesapeake”, la “Asesina de las Máscaras”-, una deslumbrante puesta en escena, sólidas actuaciones y un protagonista –encarnado sobriamente por el danés Mads Mikkelsen- cuya efectividad está lejos de cualquier cuestionamiento. Ahí podrá residir la primera objeción. El programa, a pesar que se llama como el caníbal más reconocido de la ficción, no define claramente en quién enfoca el reflector. Por momentos el equipo de guionistas liderado por Fuller centra su atención en Will Graham (Hugh Dancy) y reduce la participación del estelar a un rol secundario, “como damo de compañía” según otra especialista. Y eso no es del todo cuestionable si consideramos que ambos actores comparten créditos al inicio y porque la historia se centra en su relación previa al confinamiento del segundo. Es difícil olvidar que el programa se llama Hannibal. Punto. Queremos más del buen Doctor. Refuerza esto el hecho de que sus mejores momentos son los que se acercan a lo descrito por Harris en Dragón Rojo: la cacería a Garret Jacob Hobbs, El Gavilán de Minnesota (Vladimir Jon Cubrt) o las apariciones de la poco escrupulosa reportera sensacionalista Freddie Lounds –transmutada en Fredricka (Lara Jean Chorostecki), estrella del blog TattleCrime.com- y del  Dr. Frederick Chilton (Raúl Esparza), psiquiatra de aptitudes dudosas y futuro “carcelero” de Lecter. Él, como buen jugador de ajedrez, se mueve ágilmente para ocultar su identidad y lo que parecía un grave error –“Hannibal no puede dejar semejante cabo suelto”- resulto al final –como momentos aparentemente ingenuos- parte de un gran plan. Fue curioso que la última escena mostrara a los antagonistas del otro lado del espejo en las remozadas mazmorras del Hospital Estatal de Baltimore para Criminales Dementes, presagio fatal de lo que vendrá.

No me siento tan preocupado por el destino de Will Graham como por la suerte del programa. Sus productores han declarado su intención de extenderlo por siete temporadas. Yo me pregunto “¿cómo harán para sostener el argumento durante tanto tiempo?”. Por lo pronto, a pesar de la variada respuesta de la crítica y la audiencia, se ganaron un segundo periodo y el beneficio de la duda.
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*Texto publicado ayer en la página web de Mórbido.