viernes, 7 de mayo de 2010

Mis recuerdos privados de la epidemia estigmática de Hoffer

El norteamericano Dan Simmons, celebrado autor de cuentos y novelas que unen el horror y la ciencia ficción, escribió en 1991 My private memoirs of the Hoffer stigmata pandemic, contenido en la antología El festín de las máscaras (Martínez Roca, 1993). En el año 2004 Ana Luisa Campos, autora de las obras de teatro El niño Juárez y El niño que soñó con Poe, lo adaptó para leerlo en un extinto café de la colonia Roma, donde causó las risas y el horror de propios y extraños. Con su amable permiso lo reproduzco como un amoroso tributo a las madres en su día.



Mis recuerdos privados de la epidemia estigmática de Hoffer
Dan Simmons
Adaptación de Ana Luisa Campos

Mi queridísimo hijo:
Mi querido hijo Pedrito, creo que es hora de explicarte los hechos sucedidos hace tantos años. Siento una gran urgencia por hacerlo, aunque hay mucho que no comprendo (mucho que nadie comprende) y la época anterior al Cambio hace mucho que se ha convertido en algo vago para la mayoría de nosotros. Creo todo, creo que tu padre y yo te debemos una explicación, y haré todo lo posible por dártela.
Aquella noche, estaba viendo la televisión cuando llegó el Cambio. Supongo que era lo que la mayoría de las personas hacía. Da la casualidad de que estaba viendo las noticias nocturnas con Joaquín López Dóriga.
Algunos piensan que el Cambio se produjo primero en nuestro hemisferio, como el resultado de que la Tierra atravesara una especie de cinturón de radiación cósmica. Otros “expertos” sugieren que fue un microvirus que se filtró a través de la atmósfera ese día y se extendió como algas en un estanque contaminado. Los religionistas (cuando había religionistas) solían decir que el juicio de Dios empezó con nuestros vecinos del norte porque era la Sodoma y Gomorra de nuestro tiempo, y por la cercanía con ellos, pues algo nos tocaba. La verdad es que nadie sabía entonces de dónde demonios vino el Cambio, ni qué lo causa, ni por qué empezó primero en el hemisferio occidental, y la verdad es que nadie lo sabe ahora.
Y para ser sinceros, Pedrito, a nadie le importa un comino.
Sucedió; y yo estaba viendo las noticias con Joaquín cuando sucedió. Tu padre estaba en la cocina sirviéndose un vaso con agua mineral. Tú estabas en la cuna que teníamos en el comedor. Joaquín estaba hablando de los príncipes de España y su futuro heredero cuando de repente puso expresión de asombro, como la que puso René Bejarano, unos meses antes mientras veía el video home de altísimo presupuesto que protagonizó y que le daría el pase a unas vacaciones forzadas.
Lo que sucedía es que la cara de Joaquín se estaba fundiendo. Bueno, no se fundía exactamente, pero fluía, corría hacia abajo como si se hubiera convertido en cera y la hubieran metido en un horno caliente.
Durante un momento pensé que era la televisión, justo cuando iba a apagarla vi que Joaquín había dejado de hablar y se agarraba la cara mientras fluía y cambiaba y se reformaba como gelatina, me acomodé en el sillón y grité:
-¡Querido, ven aquí!
Tuve que gritar otra vez, tu padre vino por fin, secándose las manos en una toalla y quejándose de que nunca lo dejaba disfrutar su agua mineral cuando se detuvo a media frase.
-¿Qué le está pasando a Joaquín?
-No lo sé. Tal vez es una broma.
No parecía una broma. Era horrible. El rostro maduro pero todavía atractivo de Joaquín había dejado de moverse como cera derretida pero se retorcía y reformaba en otra cosa. Los músculos y los huesos bajo la piel del rostro se movían como ratas bajo una lona. El ojo izquierdo parecía estar... bueno, emigrando, moviéndose por la cara como un pedazo de pollo blanco flotando en un cuenco de sopa color carne.
Hubo gritos fuera de cámara, la imagen se nubló y rebotó, luego pasaron al logotipo del canal de las estrellas, pero unos segundos después volvieron a ofrecer la imagen de Joaquín ante la mesa, como si alguien en la sala de control o como quiera que se llame el sitio donde trabaja el director hubiera decidido que esto era noticia y al demonio con todo.
Joaquín se había puesto de pie y se tambaleaba, con las manos en la cara, obviamente mirándose en los monitores como si fueran espejos. Pasara lo que pasase, pude ver que la parte gelatinosa había acabado. Nada se movía bajo aquellos dedos extendidos. Joaquín emitía sonidos entrecortados, aunque el micrófono se había soltado y los sonidos eran distantes. Entonces bajó las manos.
La cara de Joaquín se había convertido en algo salido de uno de esos episodios de Historias de Ultratumba. Pero no era así en realidad, porque por muy bueno que sea el maquillaje, siempre sabes que es maquillaje. Pero aquí se notaba que esto era real.
La cara de Joaquín López Dóriga había Cambiado. Su frente se había desplomado, de forma que su flequillo se encontraba donde se hallaba el puente de la nariz dos minutos antes. Ya no tenía nariz, sólo un agujero abierto, una especie de trompa de cerdo que se extendía por debajo de la barbilla y terminaba en una latiente membrana rosa que parecía lo que tú imaginas que es tu oído si estuviera infectado. Y cada vez que latía podías ver en la cara de Joaquín (no me refiero a sus ojos ni nada, me refiero al interior de su cara) todas las cosas verdes y mucosas que allí había, y huesos y carne interior y otras cosas brillantes.
El ojo izquierdo de Joaquín había dejado de emigrar hacia el lugar donde solía estar su pómulo izquierdo. Ese ojo parecía mucho más grande ahora y era amarillo brillante. Su otro ojo estaba bien y parecía familiar, pero por encima y por debajo empezaban a crecer verrugas rojas. Las verrugas colgaban de donde estaba la mejilla y lo que antes era su entrecejo y parecían congregarse a lo largo de aquel promontorio huesudo y escamoso que había crecido en la mejilla derecha como las escamas de la espalda de un estegosaurio.
Y sus dientes. Bueno, pronto supimos lo que significaba todo, la probóscide hipócrita, las escalas de abuso de poder en la mejilla, los dientes de Ambición retorciéndose en la piel alrededor de la boca saturada de carne... pero tienes que comprender que era la primera vez que veíamos el Cambio y no teníamos ni idea de que los estigmas tenían que ver con el IQ de una persona, su temperamento o su carácter.
Joaquín trató de gritar entonces, los dientes de Ambición atravesaron el músculo de la mejilla, y tu padre y yo gritamos por él. Entonces el director sí cortó (para pasar a publicidad), y tu padre dijo:
-¿Y en los otros canales?
-No. Estoy seguro de que sólo es Joaquín.
Pero, muy a mi pesar, le cambie al canal 13 y allí estaba... este lector de noticias... Javier Alatorre tirando de lo que parecía un pulpo rosa medio destripado que se había agarrado a la cara. Tardamos casi un minuto, boquiabiertos, en advertir que aquélla era su cara.
Ciro Gómez Leyva era el menos afectado, pero se colocó las manos sobre las escamas de abuso de poder que brotaban en su mejilla y salió corriendo del estudio. Lo vimos más tarde grabado. Pero en ese momento todo lo que vimos fue el estudio vacío de CNI.
Finalmente apagamos la tele, demasiado aturdidos como para seguir mirando. Además, entonces ya había anuncios en todas partes. Me volví hacia tu padre para decir algo, pero el Cambio había empezado ya en él.
Tenía los carnosos cuernos sangrientos que sólo desarrollaban los adúlteros. Había otra cosa: algo que parecía un puñado de uvas carnosas y latientes. Algo le había crecido en la frente y bloqueaba su ojo izquierdo.
Señalé y traté de decir algo, pero tenía la boca seca, como si la tuviera llena de patatas fritas o algo así. Señalé a tu padre y grité. El sonido parecía filtrado al atravesar las filas de dientes de ballena que habían sustituido mis dientes y hacían que mi cara pareciera la parrilla de un Buick del 48. El resto de mi cara estaba todavía fluyendo y goteando y desmoronándose.
Tu padre y yo nos miramos mutuamente, volvimos a señalar, gritamos al unísono, y corrimos hacia el espejo del cuarto de baño.
Tengo que decirte, Pedrito, que tú estabas bien. Cuando finalmente pudimos volver a pensar, fuimos al comedor y nos asomamos a la cuna con cierto nerviosismo, pero tú eras el mismo bebé de diez meses sano y guapo que media hora antes.
Cuando nos miraste, empezaste a llorar.
No supimos lo que significaba durante unas cuantas semanas. Tardamos algún tiempo en averiguar las cosas. Pero tuvimos tiempo de sobra. El cambio era permanente. No necesariamente completo, aprendimos pronto, pero permanente. No había vuelta atrás.
Las masas pulposas de uvas de carne que crecían en las mejillas y cuello de tu padre fueron llamadas después papilomas Barrabás por quien quiera que pusiera nombre a todas esas cosas. El Secretario de Salud, tal vez. En todo caso, los papilomas Barrabás sólo aparecían si jugabas un poco rudo con el dinero de los demás y lo perdías. Con tu padre fue sólo por unos cuantos miles de pesos pasados por alto en algún impreso de Hacienda. Pero, tendrías que haber visto las fotos de Ricardo Salinas Pliego en Vértigo el mes siguiente al Cambio. Tenía papilomas tan gruesos que parecía una parra ambulante, sólo que no era tan bonita, ya que podías ver a través de la piel las venas y el líquido amarillo y todo eso.
Mi boca de ballena, descubrimos más tarde, estaba conectada a chismorreos maliciosos. Si yo parecía un Buick del 48, tendrías que haber visto a Paty Chapoy, Pepillo Origel, Fabiruchis y todas ésas. Cuando aparecieron sus fotos, pensamos que estábamos viendo una flota de Buicks.
Mi ojo Quasimodo y el maxilar mantis eran los resultados de pequeñas crueldades, prejuicios raciales ocultos y estupideces autoimpuestas. Tu padre tenía los mismos síntomas. Casi todo el mundo los tenía. En cosa de un mes me sentí feliz de tener sólo la boca de ballena y la mandíbula de mantis.
Tengo que decir de nuevo que tú estabas intacto. Pedrito. La mayoría de niños de menos de doce años lo estaban. Veíamos tu cara cuando nos mirabas desde la cuna y tú estabas perfecto.
Perfecto.
Aquellas primeras horas y días fueron terribles. Algunas personas se suicidaron, otras se volvieron locas, pero la mayoría nos quedamos en casa y vimos la televisión
En realidad, se parecía más a la radio, ya que nadie quería aparecer delante de las cámaras. Durante algún tiempo intentaron mostrar una fotografía pre-Cambio del periodista o presentador o de quienquiera que oyeras la voz al fondo, más o menos igual que cuando Valentina Alazraki daba informes del Medio Oriente por teléfono, y después de unos cuantos miles de llamadas telefónicas olvidaron las fotos y sólo mostraron el logotipo de la cadena mientras alguien leía las noticias.
Anunciaron que el presidente se dirigiría a la nación a las diez de la noche hora del este, adelantando que no pasaba, que todo estaba bien y que la economía seguía en ascenso, pero pronto lo cancelaron. No explicaron por qué, pero todos lo sabíamos. Dio un discurso por radio la noche siguiente.
Ninguno de nosotros se sorprendió cuando las fotos del presidente se filtraron por fin, su sarcoma de estupidez era tremendo, pero lo que sí nos sorprendió fueron los cuernos de sangre y los tumores traicioneros. Fue su esposa quien sorprendió a todo el mundo. Tenía tan buenos asesores de imagen que medio esperábamos ver que no había Cambiado. Durante varios meses no oímos ni supimos de ella, pero cuando por fin apareció en público pudimos ver a través de su velo que no sólo tenía múltiples cuernos, sino la cara vuelta dentro afuera del Síndrome de Arrogancia Definitiva.
Con todo, le fue mejor a Nilda Patricia de Zedillo. Se rumoreaba que la antigua Primera Dama no era ni siquiera reconociblemente humana durante los primeros minutos del Cambio y que fue acribillada por sus propios guardaespaldas. La noticia oficial fue que la señora Zedillo murió por el shock producido por la visión de su esposo después del Cambio. Es cierto que el caso de Ernesto de lepra de Mentiroso y apatía ósea, pero el ex presidente se lo tomó con calma y probablemente no habría interrumpido siquiera su calendario de conferencias pagadas si no se hubiera producido la muerte de Nilda.
En cuanto al actual secretario de gobernación...; bueno, se decía que había que verlo para creerlo. Algunos medios de comunicación habían vertido comentarios que despertaban el sospechosismo, pues habían sido duros con él, pero descubrimos que tales observaciones sobre la limitada inteligencia de Santiago se habían quedado dramáticamente cortas. El hombre que se había quedado a las puertas de la gubernatura del D.F. y que les engendraba hijitos a actrices cuarentonas, se derritió como cartón mojado por la lluvia. Dicen que el sarcoma de estupidez era tan extendido que no quedó más que un traje, camisa y corbata a franjas blancas y azules tendidas en medio de un montón de pellejos retorcidos.
Su esposa se convirtió en un caso de libro de texto de miopía Adúltera, dicen que nunca se dio cuenta de que su marido la engañaba y que, como la mayoría de los hombres, él también las prefería rubias.
Antes de que te formes una idea equivocada, Pedrito, tienes que comprender que no estoy dándoles con un yunque a los miembros de la derecha mexicana. Tampoco lo hicieron los estigmas. Todas las fracciones de la Cámara sufrieron por igual. Nuestros diputados y senadores electos fueron golpeados con tanta fuerza por el Cambio que el verbo “senadorear” pronto se usó para describir a alguien que hubiera perdido casi toda su humanidad bajo los estigmas. Hubo un puñado de resistentes, y algunos (como el niño verde, según dicen) se pusieron a buscar conquistas sexuales antes de que los papilomas, sarcomas, masas fibroides, distorsiones supraorbitales y surcos longitudinales dejaran de latir y manar.
Durante una temporada la televisión no dejó de pasar reposiciones y viejos anuncios (obviamente ninguno de los actores o presentadores se salvaron del Cambio), pero con el tiempo empezaron a filmar cosas nuevas. Tardamos un año antes de poder ir al cine y ver a los actores del post-Cambio, y para entonces ya estábamos preparados. Entonces no me molestó ver el rostro vuelto hacia fuera del síndrome del Egocéntrico de Lucero , ni las marcas de viruela-albina racista de Arnold Schwarzenegger o el amasijo de cara con tentáculos de obseso sexual de Jorge Kawaghi , pero ya no podía soportar mirar las imágenes de la gente del pre-Cambio. Me parecían tan extraños como alienígenas. La mayoría de la gente sentía exactamente lo mismo.
Pero me estoy adelantando. Lo siento, Pedrito.

Esas primeras semanas fueron una locura, por expresarlo con suavidad. Casi nadie fue a trabajar. Se rompieron espejos. Suicidios y homicidios y ataques sin provocación alcanzaron un nivel tan alto que todo el país empezó a tener cifras de muertes tan altas como las de el norte del país. No estoy exagerando.
Hoy, por supuesto, la violencia en todo el territorio nacional casi ha desaparecido ahora que las diferencias sociales pasan casi inadvertidas. Además, los papilomas Barrabás desanimaron a un montón de ladrones y...
Lo siento, me estoy adelantando otra vez.
Aquellos primeros días y semanas fueron una locura. Nos quedamos en casa, escuchamos la tele (estribillo) ¡Hello pig brother, hello pig brother!, esperamos las conferencias de prensa que el Centro de Control de Enfermedades daba dos veces al día, rompimos nuestros espejos, evitamos a nuestras parejas y luego pasamos un montón de tiempo buscando nuestros reflejos en cualquier superficie brillante que no hubiéramos destruido: tostadoras, platos de plata, cuchillos de mantequilla... Fue una locura, Pedrito.
Un montón de matrimonios se separaron entonces, pero tu padre y yo nunca lo pensamos siquiera. Él tardó algún tiempo en explicar los cuernos de sangre, pero pasaban tantas cosas que entonces no parecían demasiado importantes.
Con el tiempo la gente empezó a regresar al trabajo. Algunos nunca dejaron de hacerlo: periodistas (los periodistas de prensa escrita permanecieron en sus trabajos con más frecuencia que los de televisión), bomberos, un montón de personal médico de bajo nivel (los doctores ricos estaban muy ocupados tratando sus malformaciones glúteas de Usura), ladrones (que rápidamente se pusieron capuchas para ocultar su peculiar cadena de papilomas de Barrabás) y policías.
La de la policía fue tal vez la menos afectada de todas las profesiones. Como individuos, conocían desde hacía años la basura y el pus y las almas malformadas que se ocultaban tras la blandura de la carne y el hueso pre-Cambio. Ahora tendían a mirar sus propias distorsiones, se encogían de hombros y continuaban con su trabajo que, si acaso, había sido facilitado por la gente que llevaba su interior en la cara. Fuimos los demás (las multitudes que habíamos pretendido que la naturaleza humana era esencialmente benigna) los que tuvimos problemas para adaptarnos.
Pero finalmente nos adaptamos. Primero nos aventuramos a salir a la calle con capuchas y pasamontañas y sombreros viejos sacados del armario, encontramos a otras personas en los supermercados encapuchados y ocultos de la misma forma y descubrimos que la vergüenza no es tan mala cuando todo el mundo está en la misma situación.
Tu papá volvió al trabajo después de una semana. Se llevó una gorra de baseball con un velo durante los primeros días en la oficina, pero tenía problemas para ver el monitor y pronto empezó a quitársela cuando estaba trabajando.
Uno de sus compañeros del departamento de contabilidad, todavía lleva su máscara de Salinas de Gortari, el rostro de un monstruo cubriendo a otro monstruo. Su jefe no apareció durante casi un mes, pero me contó que cuando lo hizo no tenía nada en la cabeza. Su sarcoma de estupidez era tan grave que nuevas pústulas fibroides le aparecían entre el almuerzo y la hora de la salida.
Todo el mundo explotaba y hacía gotear y reventaba y apretaba sus papilomas y pústulas en los lavabos, y muy pronto la compañía adoptó la política de que lo hiciéramos en la intimidad de los retretes, donde se instalaron espejos y toallas. El único tipo que conocimos que se hizo rico durante aquellos primeros meses post-Cambio fue un hombre que trabajaba en Mezclas y Adquisiciones, pues invirtió en acciones de Kleenex.
Pero volvamos a aquellos primeros días.
Los rusos tuvieron unas diez horas para partirse de risa y hablar de la decadente Enfermedad Occidental antes de que el Cambio los alcanzara. Los golpeó con fuerza. Había incluso un estigma peculiar para los tipos de la KGB, antiguos y actuales, que convertía sus rostros en el equivalente de un bicho aplastado en la carretera que no puedes identificar del todo y al que no quieres acercarte. Gorvachov y Vladimir Putin recibieron su ración de lo que un analista moscovita llamó el Acné Comunista, pero Putin tenía más problemas que unas cuantas dificultades cosméticas. El Cambio hizo que la población convocara a nuevas elecciones y antes de dos semanas los nuevos líderes estaban en el poder. Tampoco tenían mucho mejor aspecto (algunos tenían dientes de Ambición), pero al menos ninguno rezumaba viruela comunista.
Los japoneses se lo tomaron muy a pecho y empezaron a ver cómo modificarían los audífonos de los MP3, pues ahora no todo mundo tenía orejas. Los europeos se volvieron un poquito salvajes; los franceses lanzaron un misil nuclear a la luna por ningún motivo en particular (pero pareció calmarlos un poco) y el Parlamento Británico aprobó una ley que convertía en ofensa criminal comentar el aspecto de los demás y luego se disolvió para siempre, y los alemanes permanecieron tranquilos durante tres meses y luego, casi como acto reflejo porque la atención mundial estaba distraída, invadieron Polonia.
Nadie había anticipado la malformación Agresora-simple. Verás, pensábamos que el cambio era más o menos completo. No sabíamos en ese momento que incluso la participación pasiva en un acto maligno nacional podía añadir nuevas y dramáticas arrugas a la fisonomía.
Ahora lo sabemos. Sabemos que el rostro humano puede retorcerse, doblarse y plegarse tan dramáticamente durante los dolores de la dinámica Agresora-simple que un ser humano puede caminar con la cara que es casi indistinguible de un ano con ojos. Es muy fácil hoy día distinguir a un gringo, a un inglés o a un chino, ya que la mayoría de ellos sufrieron la Agresión-simple durante el Cambio en sí.
Personalmente, Pedrito, aquello me hizo alegrarme de tener los estigmas que tenía.

Las iglesias se llenaron durante las primeras semanas y meses, aunque una mirada a la mayoría de los ministros, pastores y sacerdotes hizo bastante para vaciar los bancos. En justicia, un alto porcentaje de los hombres y las mujeres que vestían hábitos no eran ni mejor ni peor que el resto de nosotros durante el Cambio. Es que resulta demasiado difícil concentrarse en un sermón cuando una lepra de Mentiroso se está comiendo los párpados de alguien mientras escuchas. Eso no demostraba que la religión fuera una mentira, sólo que la mayoría de aquellos que predicaban la religión pensaban que estaban mintiendo.
Los ministros televisivos, que nos decían todos los días a media noche: “Pare de sufrir”, fueron los peores, por supuesto. Peor que los senadores, peor que los vendedores de seguros (todos recordamos esos estigmas) e incluso peores que los estigmas de tentáculos en lugar de lengua, y pólipos en vez de labios de la gente de Hacienda y Crédito Público.
Tu padre y yo lo vimos en la tele aquella primera noche, Pedrito, cuando los ministros televisivos se autodestruían frente a las cámaras, uno tras otro. Los papilomas de Barrabás fueron los primeros, desde luego, pero esos papilomas eran infinitamente peores que los simples tumores que picoteaban la mejilla y cuello de tu papá. La mayoría de los tele-evangelistas no eran más que papilomas, tentáculos y pólipos. Incluso sus ojos tenían bultos y verrugas. Luego la lepra de Mentiroso empezó a comerlos, sus papilomas supuraron y explotaron, los centros de sus caras empezaron a crecer hacia adentro en un estilo similar al modo de Agresión-simple sólo para pustular de nuevo en algo que parecía mucho a un hemorroide inflamado... y luego el proceso empezaba otra vez. Vimos a Jorge González Torres, el “Dr. Simi” atravesar este ciclo tres veces antes de poder cambiar de canal y acudir a vomitar al cuarto de baño.
Ahora no quedan en tele muchos de esos tele-predicadores y supuestos salvadores de los pobres.

Supongo que me he salido del tema, Pedrito. Te prometí una explicación... o lo más cercano a una que pudiera darte.
Bueno, no es una explicación, pero iré a los hechos y puede que sea suficiente.

Lo más difícil de todo era mirar a los niños. Normalmente empezaban su propio Cambio a los once o doce años, a veces en la pubertad pero no siempre, aunque algunos niños Cambiaron mucho más jóvenes y unos cuantos duraron hasta los diecisiete o dieciocho años.
Todos Cambiaron.
Y pudimos ver el motivo. Éramos nosotros. Los padres. Los adultos. Los que impartíamos cultura y compartíamos sabiduría.
Sólo que la cultura producía la viruela albina racista en los niños, y la sabiduría compartida tendía a aumentar su sistema de estupidez y una docena de otros estigmas.
Era doloroso mirarlos, no sólo por los efectos del Cambio, sino por lo que aquéllos decían de nosotros. Entonces nacieron los primeros bebés post-Cambio y los estigmas eran menores, innatos (como el pecado original), pero ya en su sitio y creciendo. Nuestros genes llevaban ahora la información de los estigmas y nuestras personalidades se habían marcado en los fetos durante el Cambio.
Pero tú eras perfecto, Pedrito. En junio tenías ya un año, y eras sano, feliz y perfecto.
Recuerdo que era día de las madres y había una noche agradable en la ciudad cuando tu padre y yo te vestimos con tus mejores ropitas azules, te pusimos una gorra porque las noches eran todavía frescas y te llevamos al parque de la ciudad. Yo te llevaba en brazos mientras tu papá cargaba una gran caja con todas nuestras fotografías del pre-Cambio, álbumes de fotos, películas caseras y cintas de video. No había ningún anuncio oficial sobre aquella primera Reunión de Catarsis en el parque, pero la noticia debía de haber corrido de boca en boca desde días antes, si no semanas.
Recuerdo que no hubo ningún orador oficial y nadie de entre la multitud habló tampoco. Simplemente nos reunimos alrededor del montón de madera y muebles rotos impregnados en gasolina cerca de la piscina municipal. Había silencio a excepción del ladrido nervioso de unos cuantos perros: silencio a excepción de los ladridos y los llantos y los gritos rápidamente silenciados de unos cuantos de los cientos de niños que habían sido llevados.
Entonces alguien (no tengo idea de quién) se adelantó y encendió la hoguera. Una mujer mayor con toda una vida de estigmas avanzó entonces y empezó a vaciar su caja de fotografías. Durante un momento fue una silueta solitaria contra las llamas y entonces algunas personas más empezaron a avanzar, normalmente hombres, mientras las mujeres nos quedábamos con los niños, y sin diálogo ni sentido de la ceremonia, empezamos a deshacernos de nuestras cajas de fotos. Recuerdo cómo las cintas de video se fundieron y arrugaron y restallaron... igual que nuestras caras durante el Cambio.
Entonces todos vaciamos nuestras cajas y mochilas y retrocedimos, una mano alzada para proteger nuestros rostros del terrible calor de la enorme hoguera. No podíamos ver la ciudad tras nosotros ahora, sólo las llamas y las chispas elevándose a la noche sin estrellas sobre nosotros y las caras estigmatizadas y enrojecidas por el calor de nuestros vecinos y amigos y conciudadanos.
Recuerdo lo excitados que estaban tus ojos cafés. Pedrito. Tus mejillas eran rojas a la luz reflejada de la hoguera y tus ojos eran luminosos e intentabas sonreír, pero un aroma de locura en el aire hizo que tu sonrisa de un año se volviera un poco trémula.
Recuerdo lo tranquila que yo estaba.
Tu padre y yo no lo habíamos discutido y no lo discutimos ahora. Lo miré con mi ojo bueno y él me miró y ya nuestras nuevas caras parecían normales y necesarias.
Entonces te puso en mis brazos.
La mayoría de las que se acercaban ahora a la hoguera eran las madres, aunque había algunos hombres (viudos o divorciados posiblemente) e incluso un puñado de abuelos. Algunos de los niños empezaron a llorar mientras nos acercábamos al círculo de calor.
Tú no lloraste, Pedrito. Volviste la cara hacia uno de mis hombros y cerraste los ojos y los puños como si pudieras espantar un mal sueño sólo con no mirar.
No hubo vacilación. La mujer que tenía al lado arrojó en el mismo segundo, con el mismo movimiento que yo. Su hijo chilló mientras volaba hacia la hoguera. No oí nada por tu parte mientras te alzabas sobre la periferia exterior de las llamas, pareciste gravitar un segundo como considerando volar hacia arriba con las chispas y entonces caíste al corazón de la rugiente hoguera.
Todo duró menos de diez minutos.
Tu padre y yo regresamos a casa y cuando miré atrás, todo el mundo se había marchado excepto los miembros del departamento de bomberos, que esperaban con un camión para asegurarse de que la hoguera se consumiera sola. Recuerdo que tu padre y yo no hablamos durante el camino de regreso a casa. Recuerdo lo frescos y maravillosos que olían aquella noche los céspedes recién segados y los jardines regados. Y recuerdo que cuando llegamos a casa abrí el regalo de día de madres que tu papá había comprado a nombre tuyo. Eso es todo, Pedrito. Ya es casi la hora de las noticias del canal dos, así que tengo que marcharme.
Me siento bien después de haberte escrito. Pondré la carta en esta caja con las ropas de bebé que doblé tan cuidadosamente hace tantos años.
Sólo quería explicar lo que pasó.
Explicar y decir que sigo siendo...

Tu madre, que te quiere.

2 comentarios:

  1. O__O

    no sé que decir, ciertamente un gran cuento, muy gráfico, y sumamente interesante... Aunque el final me ha dejado sin palabras.

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  2. Está padre, ¿verdad, King? Me alegro te gustara. Mis mejores deseos.

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