miércoles, 27 de abril de 2011

¿Qué pasó con Jack el destripador?

Una mañana de 1933, posiblemente al terminar de comer su desayuno, el joven aspirante a escritor Robert Albert Bloch, de apenas 17 años, acudió a la puerta en su hogar en la ciudad de Milwaukee tras escuchar el silbato del cartero. En medio de facturas y demás correspondencia enviada a sus padres, descubrió una carta remitida en Providence, Rhode Island, dirigida a él. Seguramente se le entrecortó la respiración y las rodillas le temblaron cuando descubrió que se la enviaba el escritor que tanto admiraba: Howard Phillips Lovecraft. Era la respuesta, improbable para él en ese momento, de una misiva que le escribió semanas atrás a las oficinas de la revista Weird Tales. Bloch eventualmente se convirtió en un miembro prominente de lo hoy conocemos como “el Círculo de Lovecraft”. Podría decirse que su relación epistolar con el Maestro consolidó su vocación literaria. Aunque algunos de sus primeros relatos están inscritos en los llamados “Mitos de Cthulhu”, Bloch posteriormente definió su propio rumbo. Siempre le atrajo el tema criminal y lo demostró en 1961 con su novela Psicosis. Por ello no es extraño que se sintiera atraído por Jack el destripador. A continuación les presento una las explicaciones más ingeniosas al enigma de Whitechapel (Bloch también escribió el cuento Suyo afectísimo, Jack el destripador y la novela La noche del destripador). Él aseguraba que “Jack el Destripador está con nosotros ahora. Merodea de noche, huyendo del sol en una búsqueda de la deslumbrante incandescencia de una realidad interior...”
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Un juguete para Juliette

Robert Bloch


Juliette entró en su dormitorio, sonriendo, y un millar de Juliettes le devolvieron la sonrisa. Porque todas las paredes estaban pandadas con espejos, y el techo estaba formado por paneles empotrados que reflejaban su imagen.
Por todos lados donde mirara podía ver los rubios rizos que enmarcaban los rasgos llenos de sensibilidad de un rostro que era una radiante amalgama de niña y ángel; un sorprendente contraste con la rubicunda y carnosa revelación de su cuerpo de mujer bajo la diáfana ropa.
Pero Juliette no se sonreía a sí misma. Sonreía debido a que sabía que el Abuelo estaba de vuelta y le habría traído otro juguete. Dentro de unos momentos sería descontaminado y se lo entregaría, y deseaba estar preparada.
Juliette giró el anillo en su dedo y los espejos se oscurecieron. Otro giro oscurecería enteramente la habitación; un giro en sentido contrario y los espejos volverían a brillar. Todo era cuestión de elegir..., pero ése era el secreto de la vida. Elegir, por el puro placer de hacerlo.
¿Y qué le complacía hacer esta noche?
Juliette avanzó hacia uno de los paneles de espejo y pasó su mano ante él. El cristal se deslizó hacia un lado, revelando una hornacina tras él; una abertura en forma de ataúd excavada en la roca sólida, con la bota de tortura y las empulgueras situadas a sus alturas correspondientes.
Vaciló un momento; no había jugado a ese juego desde hacía años. Otra vez, quizá. Juliette agitó su mano y el espejo se deslizó, cubriendo de nuevo la abertura.
Erró lentamente a lo largo de la hilera de paneles, haciendo gestos a medida que andaba, deteniéndose para inspeccionar uno tras otro lo que había detrás de los espejos. Allí estaba el potro; allí, bien alineados, los látigos de púas colocados contra la oscura madera pulida. Y allí estaba la mesa de disección, con cientos de años de antigüedad, con sus exóticos instrumentos; tras el siguiente panel, los cables y electrodos que producían esas muecas tan extrañas y esas contorsiones de agonía, por no hablar de los gritos. Por supuesto, los gritos no importaban en una habitación a prueba de ruidos.
Juliette se dirigió hacia la pared lateral y agitó de nuevo su mano; el obediente cristal se deslizó a un lado, y se quedó contemplando un juguete que casi había olvidado. Era una de las primeras cosas que el Abuelo le había traído, y era muy vieja, parecida a la caja de una momia. ¿Cómo la había llamado?... La Doncella de Hierro de Nuremberg, eso era...; con las afiladas púas de acero llenando la tapa por su interior. Encadenabas a un hombre dentro, y luego hacías girar la pequeña manivela que cerraba la tapa, siempre muy suavemente, y las púas atravesaban la muñecas y los codos, las rodillas y los tobillos, las ingles y los ojos. Tenías que ir con cuidado para no excitarte e ir demasiado de prisa, o te perdías toda la diversión.
El Abuelo le había enseñado cómo funcionaba, la primera vez que le había traído un juguete realmente vivo. Y luego, el Abuelo se lo había mostrado todo. Le había enseñado todo lo que sabía, puesto que era muy sabio. Incluso le había dado su nombre —Juliette—, sacándolo de uno de los viejos libros impresos que había descubierto escritos por el filósofo De Sade.
El Abuelo le había traído libros del Pasado, al igual que le había traído los juguetes. Era el único que tenía acceso al Pasado, puesto que era el dueño del Viajero.
El Viajero era un mecanismo muy ingenioso, capaz de alcanzar las frecuencias vibratorias que lo liberaban de los lazos del tiempo. En reposo, era simplemente un artefacto parecido a una gran caja cúbica, del tamaño de una habitación pequeña. Pero cuando el Abuelo accionaba los controles y se iniciaba la oscilación, la caja se volvía borrosa y desaparecía. Estaba todavía allí, decía el Abuelo —al menos la matriz permanecía allí, como un punto fijo en el espacio y en el tiempo—, pero cualquier cosa o cualquier persona que estuvieran dentro del cubo podía moverse libremente por el Pasado hasta el lugar para el cual estuvieran programados los controles. Por supuesto eran invisibles cuando llegaban allí, pero en realidad eso constituía una ventaja, particularmente cuando se quería encontrar cosas y traerlas. El Abuelo había traído algunos objetos realmente interesantes desde lugares casi míticos —la gran biblioteca de Alejandría, la Pirámide de Keops, el Kremlin, el Vaticano, Fort Knox—, todos los lugares donde estaban almacenados los tesoros y el conocimiento que había existido hada miles de años. Le gustaba ir a esa parte del Pasado, el período antes de las guerras termonucleares y las edades robóticas, y coleccionar cosas. Naturalmente, los libros, las joyas y los metales no tenían utilidad, excepto para un anticuario, pero el Abuelo era un romántico y le gustaban los viejos tiempos.
Era extraño pensar en él como en el dueño del Viajero, pero por supuesto él no había sido su creador. El padre de Juliette era quien lo había construido realmente, y el Abuelo tomó posesión de él después de que su padre muriera. Juliette sospechaba que el Abuelo había matado a su padre y a su madre cuando ella era todavía un bebé, pero nunca había podido estar segura de ello. Tampoco importaba; el Abuelo era siempre muy bueno con ella, y además, pronto iba a morirse, y entonces ella sería la dueña del Viajero. Acostumbraban a bromear frecuentemente sobre ello.
—He hecho de ti un monstruo —decía el Abuelo—. Y algún día tú terminarás destruyéndome. Tras lo cual, por supuesto, procederás a destruir todo el mundo... o lo que queda de él.
—¿Y no tienes miedo? —le pinchaba ella.
—Claro que no. Ése es mi sueño..., la destrucción de todo. Un final para esta estéril decadencia. ¿Te das cuenta de que hubo un tiempo en que había más de tres mil millones de habitantes en este planeta? ¡Y ahora hay menos de tres mil! Menos de tres mil, encerrados en estos Domos, prisioneros de sí mismos y encerrados para siempre, gracias a los pecados de sus padres, que envenenaron no sólo el mundo exterior sino también el espacio abierto en su intento de transformar el orden atómico del universo. La humanidad está ya virtualmente extinta; lo único que harás tú será acelerar el final.
—Pero ¿no podríamos ir hacia atrás, a otro tiempo, en el Viajero? —preguntaba ella.
—¿Hacia atrás a qué tiempo? El continuum es incambiable; un acontecimiento conduce inexorablemente a otro, eslabones todos de una cadena que nos conduce al presente y a su inevitable fin de destrucción. Gozamos de una supervivencia individual temporal, sí, pero de ninguna finalidad. Y ninguno de nosotros está capacitado para vivir en un ambiente más primitivo. De modo que quedémonos aquí y extraigamos todo el placer que podamos de este momento. Mi placer es ser el único poseedor y usuario del Viajero. En cuanto al tuyo, Juliette...
El Abuelo siempre se reía entonces. Ambos se reían, porque sabían cuál era el placer de ella.
Juliette mató su primer juguete cuando tenía once años..., un muchachito. El Abuelo se lo había traído como un regalo especial, de algún lugar del Pasado, para sus elementales juegos sexuales. Pero él no quería cooperar, y ella perdió la calma y lo golpeó hasta matarlo con una barra de acero. De modo que el Abuelo le trajo otro juguete un poco mayor, de piel morena, y éste cooperó estupendamente; pero al final ella se cansó de él, y un día mientras estaba durmiendo en su cama lo ató y fue a buscar un cuchillo.
Experimentando un poco antes de que muriera, Juliette descubrió nuevas fuentes de placer, y por supuesto el Abuelo se enteró. Fue entonces cuando la bautizó «Juliette»; pareció aprobarlo con entusiasmo, y a partir de entonces le trajo los juguetes que ella guardaba detrás de los espejos en su dormitorio. Y en sus incesantes viajes al Pasado fue trayéndole nuevos juguetes.
Siendo invisible, podía encontrarle casi cualquier cosa en sus viajes; todo lo que tenía que hacer era utilizar un aturdidor y transportarlos de vuelta. Por supuesto, cada juguete tenía que ser descontaminado muy cuidadosamente; el Pasado pululaba de extraños microorganismos. Pero una vez los juguetes se habían vuelto adecuadamente antisépticos eran entregados a Juliette para su placer, y durante los últimos siete años no había dejado de divertirse.
Siempre era delicioso ese momento de anticipación antes de que llegara un nuevo juguete. ¿Cómo sería? El Abuelo era muy considerado; ante todo, se aseguraba de que los juguetes que le traía pudieran hablar y comprender Inglés, o «inglés», como lo llamaban en el Pasado. La comunicación verbal era a menudo importante, sobre todo si Juliette deseaba seguir los preceptos del filosofo De Sade y gozar de alguna forma de relación sexual antes de adentrarse en placeres más intensos.
Pero siempre existía esa anticipación. Este juguete ¿sería joven o viejo, salvaje o domesticado, masculino o femenino? Los había tenido de todo tipo, y cada posible combinación. A veces los mantenía vivos durante días antes de cansarse de ellos... o antes de que las sutilidades de que ella era capaz les hicieran expirar. En otras ocasiones deseaba que todo ocurriera muy rápidamente; esta noche, por ejemplo, sabía que se sentiría apaciguada tan sólo por la acción más primitiva y directa.
Una vez se hubo dado cuenta de esto, Juliette dejó de jugar con sus paneles de espejos y se dirigió directamente hacia la gran cama. Echó abajo el cobertor, y rebuscó bajo la almohada hasta que lo encontró. Sí, aún seguía allí..., el gran cuchillo con la larga y cruel hoja. Ahora sabía lo que iba a hacer: llevaría el juguete con ella a la cama y luego, precisamente en el momento adecuado, combinaría sus placeres. Si podía controlar el momento exacto de utilizar su cuchillo...
Se estremeció de anticipación; luego de impaciencia.
¿Qué clase de juguete sería? Recordó aquel otro, suave y frío..., Benjamín Bathurst era su nombre, un diplomático inglés del tiempo que el Abuelo llamaba las Guerras Napoleónicas. Oh, había sido suave y frío hasta que ella lo había seducido con su cuerpo y lo había llevado a la cama. Y luego había habido aquella aviadora norteamericana de un poco después en el Pasado; y en una ocasión, como un regalo muy especial, toda la tripulación de un velero llamado Marie Celeste. ¡Le habían durado semanas!
Sorprendentemente, en ocasiones había llegado incluso a leer cosas sobre sus juguetes después. Porque cuando el Abuelo se acercaba a ellos con su aturdidor y los traía aquí, desaparecían para siempre del Pasado, y si de alguna forma eran conocidos o importantes en su tiempo, tales desapariciones eran notadas. Así, algunos de los libros del Abuelo relacionaban «misteriosas desapariciones» que ocurrían de tanto en tanto y que por supuesto nunca eran explicadas. ¡Qué delicioso era todo aquello!
Juliette palmeó la almohada, ahuecándola, y volvió a dejarla en su sitio, deslizando debajo el cuchillo. Ya no podía esperar más; ¿qué era lo que lo estaba entreteniendo?
Se obligó a dirigirse hacia una abertura y pulsar un vaporizador, desvistiéndose mientras la perfumada neblina bañaba su cuerpo. Aquél era el último toque de seducción... Pero ¿por qué no llegaba aún su juguete?
De pronto, la voz de su Abuelo le llegó desde el altavoz.
—Querida, te envío una pequeña sorpresa.
Eso era lo que decía siempre; formaba parte del juego.
Juliette soltó el mando del comunicador.
—No me tengas más sobre ascuas —suplicó—. Dime cómo es.
—Es un inglés. De la época victoriana. Muy formal y educado, por lo que parece.
—¿Joven? ¿ Guapo?
—Pasable. —El Abuelo dejó escapar una risita—. Tus apetitos te traicionan, querida.
—¿Quién es..., alguien de los libros?
—Ignoro su nombre. No encontramos identificación durante su descontaminación. Pero por sus ropas y modales, y el pequeño maletín negro que llevaba cuando lo descubrí a primeras horas de esta madrugada, calculo que debe de ser un médico regresando de alguna llamada de urgencia.
Juliette sabía lo que eran los «médicos» por sus lecturas, por supuesto; como sabía lo que significaba «Victoriano». De algún modo, la combinación parecía correcta.
—¿Formal y educado? —rió—. Entonces me temo que va a sufrir un fuerte shock.
El Abuelo rió también.
—Tienes algo en mente, estoy seguro.
—Sí.
—¿Puedo mirar?
—Por favor..., no esta vez.
—Muy bien.
—No te enfades, querido. Te quiero.
Juliette cortó la comunicación. Justo a tiempo, porque la puerta se estaba abriendo, y el juguete entró.
Ella lo miró, dándose cuenta de que el Abuelo había dicho la verdad. El juguete era un hombre de unos treinta y tantos años, atractivo pero no guapo. No podía serlo, enfundado en aquel traje oscuro y con aquellas ridiculas patillas. Había algo casi deprimentemente refinado y amanerado en él, un aire de embarazada represión.
Y por supuesto, cuando vio a Juliette en su ropa casi transparente, y la cama rodeada de espejos, realmente enrojeció.
Esa reacción sedujo completamente a Juliette. Un Victoriano enrojeciendo, con la constitución de un toro... ¡e ignorante de que aquél era su matadero!
Era tan divertido que no pudo dominarse; avanzó inmediatamente y lo rodeó con sus brazos.
—¿Quién..., quién es usted? ¿Dónde estoy?
Las preguntas habituales, formuladas de la forma habitual. Normalmente, Juliette se hubiera divertido dando respuestas evasivas destinadas a desconcertar y a excitar a su víctima. Pero esta noche sintió una impaciencia que no hizo más que aumentar cuando abrazó al juguete y lo empujó hacia la cama que aguardaba.
El juguete empezó a respirar pesadamente, reaccionando. Pero seguía desconcertado.
—Dígame..., no comprendo. ¿Estoy vivo? ¿O esto es el cielo?
Las ropas de Juliette se abrieron cuando ella se tendió de espaldas.
—Estás vivo, querido —murmuró—. Maravillosamente vivo. —Se echó a reír cuando empezó a probar su afirmación—. Pero mucho más cerca del cielo de lo que piensas.
Y para probar esa afirmación, su mano libre se deslizó bajo la almohada y buscó a tientas el cuchillo.
Pero el cuchillo ya no estaba allí. De alguna forma, había hallado el modo de abrirse camino hasta la mano del juguete. Y el juguete ya no era formal y educado; su rostro era como algo surgido de una pesadilla. Sólo un atisbo, antes de que el cegador destello de la hoja del cuchillo se abatiera sobre ella, una y otra y otra vez...
La habitación, naturalmente, era a prueba de ruidos, y había mucho tiempo. No descubrieron lo que quedaba del cuerpo de Juliette hasta pasados varios días.
Allá en Londres, tras el último y misterioso crimen cometido a primeras horas de la madrugada, jamás se encontró a Jack el Destripador...

Un juguete para Juliette. Robert Bloch
A toy for Juliette. Trad. Domingo Santos / Francisco Blanco
Visiones Peligrosas I. Selección de Harlan Ellison
Col. Super ficcion. Martínez Roca, 1983

lunes, 18 de abril de 2011

Alan Moore y sus cartas desde el infierno

En la historia de la criminalidad pocos casos son tan interesantes como el de Jack el destripador, el enigmático individuo que asesinó a 5 prostitutas –según los recuentos oficiales- en la ciudad de Londres, en 1888. Su cacería propició que el Scotland Yard, incapaz de aprehender al responsable, acudiera incluso a Arthur Conan Doyle, quien sugirió se tendiera una trampa al criminal disfrazando policías como mujeres de la calle y dotándolos de zapatos con suelas de goma –para que sus pasos no los anunciara en las calles-. Sobra decir que ni el padre de Sherlock Holmes, con sus brillantes sugerencias, logró ayudar significativamente. Durante décadas, el destripador ha capturado la imaginación de miles de personas en todo el mundo y ha inspirado las más variadas e insólitas teorías sobre su persona y motivaciones. Muchos de sus estudiosos son artistas. Al ser uno de los episodios más oscuros y fascinantes de la nota roja británica, es comprensible que Alan Moore se haya interesado por él. Con la colaboración del dibujante Eddie Campbell concibió la serie de historietas Desde el infierno, compilada como una novela gráfica y transformada por Hollywood en una deslumbrante película (Desde el infierno, Albert y Allen Hugues, 2001). Es cierto que no es completamente fiel a la fuente original, pero respecto a ella me cuesta trabajo comprender el descontento del señor Moore. Pese a todo es una gran película. He aquí algunas consideraciones sobre la historia –novela gráfica y película-.
1. Una de las virtudes de Desde el infierno es que está apoyada en una extensa investigación bibliográfica hecha por su autor, Alan Moore, que da verosimilitud histórica al relato. Los dibujos de Eddie Campbell gozan de exactitud en los más insignificantes detalles y gozan de extensas anotaciones –hechas por Moore- en un brillante apéndice final.
2. La historia toma su título –muy afortunadamente- del membrete de la única carta que los expertos atribuyen al asesino, la famosa carta emitida “Desde el infierno”. Una escena eliminada –y que contiene el DVD Región 1 de la cinta- muestra a personas de diferentes posiciones –un clérigo, un obrero y un ama de casa- atribuyéndose de manera epistolar la autoría de los crímenes. Porque se tiene la idea, incluso, que el nombre “Jack el destripador” fue creado por la prensa.
3. Alan Moore tomó una de las más populares teorías de los motivos tras los crímenes, la del complot entre la Casa Real y la Masonería para encubrir los amoríos y boda religiosa ilícita de Eduardo Alberto Víctor, Duque de Clarence, y potencial heredero de la Corona. Ésta ha resultado increíblemente popular por dos razones: tenemos una desconfianza natural en nuestras instituciones y porque elaborar teorías de conspiración es un pasatiempo tan arraigado en la sociedad occidental como ver la televisión e ir a misa.
4. El flujo temporal del relato original, que inicia en 1924, es sustituido en la adaptación cinematográfica por una narración lineal situada en 1888, con una gran figura (Johnny Depp) como protagonista. Éste no se parece en nada al Frederick Abberline histórico o al del cómic –hombre robusto y maduro-. Tampoco tiene visiones ni es adicto al opio como plantea la película, ni se encuentra sentimentalmente atraído por una de las eventuales víctimas del asesino (Heather Graham). Pero el personaje, torturado por la muerte de su esposa e hijo por nacer, está perfectamente delineado y resulta convincente. El guión de Terry Hayes y Rafael Yglesias ofrece algunos parlamentos brillantes. Cuando el destripador confronta a Abberline, el villano le dice “algún día los hombres mirarán hacia atrás y dirán que yo di a luz al siglo XX”; Abberline le responde, resuelto, “tú no vas a ver el siglo XX”. Estas sin dudas inspiradas sin duda por su parte final donde el villano, sumido en su locura, tiene visiones anticipatorias con Mira Hindley e Ian Brady, los asesinos de los páramos, y Peter Stutcliffe, el destripador de Yorkshire.
5. Muchos personajes son suprimidos o minimizados en la cinta. John Merryck, “el Hombre elefante”, aparece brevemente como un fenómeno para inspirar que las clases acomodadas hagan donaciones al Hospital de Londres y en algunas visiones de Abberline. En las historietas ocupa un papel más grande. Sucede lo mismo con el pintor Walter Sickert –señalado por la novelista Patricia Cornwell como el responsable de los delitos-, cuya presencia es eliminada por los guionistas. Otra gran omisión fue la del psíquico victoriano Robert James Lees, quien hace equipo con Abberline para dar solución al misterio. Por el contrario, el personaje del médico forense que vomita al contemplar la obra del macabro artista es una adición afortunada. Representa la reacción de la sociedad ante esos homicidios, insólitos en la época. El rol del Sargento Godley (Robbie Coltrane) es magnificado. Ofrece momentos de humor negro a la historia y es el comparsa que el protagonista requiere para apoyarse en su investigación. Es el contrapeso al libertinaje del héroe drogadicto.
6. En la novela gráfica, conocemos la verdadera identidad del destripador casi desde el inicio de la historia. La cinta, por el contrario, gira en torno al descubrimiento y aprehensión del criminal, incluyendo múltiples sospechosos. Esto es comprensible en un planteamiento cinematográfico. Revelar al asesino, en esa vertiente argumental, estropearía la sorpresa de la audiencia que se esfuerza por descubrir al responsable de los delitos al mismo tiempo –o antes- que el protagonista.
7. La novela gráfica es rica en detalles de los asesinatos. La película se los reserva. Sólo vemos el cuchillo del asesino centellar en la oscuridad, un corte en un cuello o a una víctima en una cama fuera de cuadro.
8. El desenlace de Abberline es heroico y romántico en la película –incluso en su final alternativo, disponible en DVD-. En la novela gráfica es más bien amargo: es el de un anciano consumido y resignado ante las fuerzas oscuras detrás de las muertes de unas desafortunadas mujeres.
9. El vestuario de Kim Barret, el Diseño de Arte de Martin Childs y la música de Trevor Jones son brillantes. Logran transportarnos con éxito a la Inglaterra victoriana y brindan suspenso y vigor a la historia.

Sin duda alguna la aportación de Alan Moore al enigma de Whitechapel es, como tantas otras de su tipo, memorable y disfrutable. Y como este misterio sigue vivo, sigamos con algunas explicaciones que le han dado las artes –la literatura, concretamente-.

miércoles, 13 de abril de 2011

Falla de la memoria

Lo olvidaba. Algo más que hace vigente a La liga de los caballeros extraordinarios –tanto a la novela gráfica como a la película- es recordarnos la capacidad del crimen organizado para infiltrarse en las más altas esferas de los gobiernos, incluso a dirigirlas. Así lo hizo el expresidiario parisino Eugene Francois Vidocq en 1811, quien fundó y fue el primer Director de la Sûreté Nationale. Fatal realidad: la Policía francesa fue creada por un criminal. Por ello no es extraño que Alan Moore imaginara a James Moriarty, “el Napoleón del crimen”, tras la fundación del MI6 británico. La realidad a veces se nutre de la ficción. Pero basta por ahora de la Liga. Sigamos con el señor Moore.

lunes, 11 de abril de 2011

Antesala. La liga de los caballeros extraordinarios.


Concuerdo plenamente con muchos: La liga extraordinaria (Stephen Norrington, 2003) no es una adaptación fiel de La liga de los caballeros extraordinarios, la maravillosa serie de cómics –compilada posteriormente como una novela gráfica- de Alan Moore y Kevin O´Neill. En ese sentido puedo comprender el desencanto del escritor, quien se divorció completamente de la gran maquinaria hollywoodense. Pero también me queda algo muy claro: no es una mala película. Es un divertimento inofensivo –palomero, dirían algunos-, estupendamente ejecutado, que ofrece múltiples guiños al admirador de la literatura del siglo XIX. Si vencemos nuestra renuencia a sus incontables diferencias con la fuente que la origina, podemos disfrutarla. Debemos tener en cuenta que se trata de dos medios distintos –el cine y el cómic- que aunque se han nutrido mutuamente no siempre marchan de la mano. Y Hollywood no siempre demuestra respeto e inteligencia. He aquí algunas consideraciones sobre la cinta.
    1. Es una película hecha para el lucimiento de su protagonista Sean Connery, quien es además su productor ejecutivo. En su momento leí que el antiguo 007 se peleó –incluso a golpes- con el director por imponer su postura. Y lo primero que disgustó a muchos es que su Allan Quatermain –creado por Henry Rider Haggard- no es en realidad el centro del relato original. Es de hecho un personaje más interesante, un colonizador, hijo prominente del imperio, autoexiliado en Egipto, decadente, adicto al opio, que es sacado de su retiro por Wilhemina Murray (Peta Wilson en la cinta), quien se ha divorciado de Jonathan Harker (en la película es una viuda). Ella es el verdadero reclutador de la liga. No es un vampiro, “como consecuencia de sus indiscreciones” con el Conde Drácula y como la presenta el guión de James Dale Robinson. Es, como la concibió Bram Stoker, símbolo de la brave new woman victoriana y la mente capaz de ensamblar un equipo semejante.
    2. Los antecedentes y bestialidad de Henry Jekyll/Edward Hyde (Jason Flemyng) son suavizados, pues es una película apta para todo público. También la violencia de que es capaz el Capitán Nemo (Naseeruddin Shah) y las actividades extra curriculares de Hawley Griffin –en la cinta es reemplazado por el pícaro ladrón Rodney Skinner, interpretado por Tony Curran-, también conocido como El hombre invisible de acuerdo a su creador H. G. Wells. El Griffin de la novela es un violador invisible que asola a un colegio de señoritas y es reclutado por la Liga con la promesa de un indulto por sus crímenes y una cura de la fórmula que inventó.
    3. El escenario y resorte de la historia ha cambiado pero conserva su esencia y ubicación temporal –el cambio de siglo-. En la novela gráfica es todo es disparado por el robo, cometido por fuerzas oscuras, de la valiosa Cavorita, el elemento antigravitacional que hizo posible el viaje espacial –en la novela El primer hombre en la luna de H. G. Wells-; en la película es una inminente guerra mundial propiciada por el ataque a las grandes potencias –Inglaterra y Alemania- de las huestes de un misterioso sujeto conocido como El Fantasma –tomado evidentemente de la novela El fantasma de la Ópera de Gastón Leroux-.
    4. Y sobre sus escenarios, la película tiene el acierto de respetar el entorno victoriano, época de mayor auge del Imperio británico, de su desarrollo armamentístico y de la revolución industrial. También incorpora avances tecnológicos de la era, como el automóvil y las grabaciones fonográficas.
    5. Es una producción de la 20th Century Fox, y por ello se añadieron elementos reconocibles de la narrativa estadounidense. Cuando el Capitán Nemo presenta a la Liga a su primer oficial, éste responde marcialmente “llámenme Ismael”, evidente homenaje a Herman Melville y Moby Dick –que sí debemos a Moore-. Pero la más insólita adición es la de Tom Sawyer (Shane West) –protagonista de la novela homónima de Mark Twain-, quien ha crecido y se ha convertido en un agente del Servicio Secreto. Esto no me resulta tan extraño –si tenemos en cuenta la proclividad histórica de Estados Unidos de inmiscuirse en problemas de otros países- como un chico –casi indigente- del Mississippi convirtiéndose en un hombre de acción que le regala incluso un rifle Winchester a Allan Quatermain. Si bien agradezco estos guiños, me uno a los puristas: La Liga de los Caballeros Extraordinarios es una obra británica, y sus personajes deben ser íntegramente británicos. Es un club exclusivo, de difícil admisión.
    6. Dorian Grey, una de las creaciones más famosas de Oscar Wilde, no es un miembro de la Liga. En la novela gráfica sólo aparece en la portada –en una pintura- y en un suplemento para colorear en su parte final. Concedo que él (Stuart Townsend) con su invulnerabilidad que abrevó sin duda de la del Wolverine de X-Men (Bryan Singer, 2000) es un personaje interesante y es el par necesario de una Mina Harker vampirizada.
    7. Los pequeños detalles siempre cuentan –pero a veces no hacen la diferencia-. La cigarrera de M (Richard Roxburgh) es idéntica a la de Campion Bond –personaje eliminado de la cinta- y en el exterior de la casa de Dorian Grey está pegado un cartel como en el que sus creadores tienen su merecido crédito en la novela gráfica.

    Como la esperanza muere al último, espero ver –en 10 o 15 años- una nueva versión de la historia, ahora con la bendición del señor Moore. Y más aún, su secuela, donde la imaginación de H. G. Wells –con sus invasiones extraterrestres y su desquiciado genetista- ocupa un papel importantísimo.

    Auténtico horror

    Mis 16 años como investigador de crímenes violentos y toda una vida como observador de la naturaleza humana, me han llevado a una fatal certidumbre: el hombre, como especie y a pesar de sus incontables virtudes, no merece existir. Ejercicios brutales como la galardonada Operación delfín (The cove, Louis Psihoyos, 2009), cinta que Ernesto Diezmartínez reseñó en la sección Primera Fila del diario Reforma el pasado viernes 8 de abril de 2011, me lo recuerda. Sobre la masacre sólo puedo decir una cosa: el karma existe y me comprueba que los horrores que exploro –en la literatura y el cine- son definitivamente mejores y más seguros que los de la realidad.
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    Mares de sangre
    Ernesto Diezmartínez
    Hacia el final de Operación delfín (The cove, EU, 2009) las aguas de una alejada bahía de las costas del pueblito japonés de Taiji están enrojecidas. Acaba de suceder una masacre y nosotros la hemos atestiguado.
    Es un momento de auténtico horror. Más aún cuando las razones para la susodicha masacre son francamente estúpidas.
    Exhibida hace un año en Ambulante 2010, es la notable ópera prima del fotógrafo y conservacionista Louis Psihoyos. Estamos ante una cinta que es un tercio de bienintencionado filme documental, otro tercio emocionante thriller de acción y otro más de efectiva pieza de agitprop político-ecológica.
    El centro dramático lo ocupa Ric O´Barry, un intenso hombre que carga una culpa desde hace tres décadas y lucha por su redención.
    O´Barry, el hacedor tras bambalinas de la celebérrima teleserie Flipper (1964-1967), fue el responsable no sólo de entrenar a las cinco delfines hembra que interpretaron al heroico mamífero marino en ese programa televisivo, sino que él mismo capturó a los animales.
    La convivencia con esos dientones, le enseñó que seres acuáticos como Cathy (su “Flipper” preferida) tienen un grado de conciencia de sí. Y si realmente entienden lo que está pasando, ¿cómo se siente él ahora que lo sabe?
    En su última parte, la misión existencial de O´Barry se transforma en una suerte de Ocean´s Eleven de verdad. Así, para develar un sangriento secreto, junta un equipo con una pareja de buzos, un amante del peligro, un fotógrafo y conservacionista marítimo y un experto en maquetas que ha trabajado con George Lucas.
    Así pues, todo el equipo se dará a la tarea de acercarse a una bahía nipona para tratar de mostrar lo que todos saben, pero todos niegan.
    No agregaré más, pero apostaré a que no podrá ver otro episodio de Flipper sin evocar esta cinta.

    martes, 5 de abril de 2011

    Parejas hechas en el infierno o el reverso de la moneda.

    El más acérrimo enemigo de Sherlock Holmes, James Moriarty, “el Napoleón del crimen”, no sólo encarna al perfecto opuesto del personaje, sino es tal vez el primer representante de una larga estirpe que le da sentido y personalidad a toda saga literaria. Lisa Simpson lo advertía bien. “Sherlock Holmes tenía a Moriarty, Batman al Guasón, Maggie a esa bebé que la ve mal”. Moriarty es el precursor de los supervillanos, el “villano jefe que pelea contra el héroe con su mente”, como aseguraba Elijah Price (Samuel L. Jackson) en la película El protegido (M. Nignt Shyamalan, 2000). Su relación ha sido explorada en incontables ocasiones, desde la novela de 1974 La solución al siete por ciento de Nicholas Meyer (transformada por Herbert Ross en 1976 en una flamante película donde Sir Laurence Olivier interpreta al villano), brillantes ejercicios literarios como El Año de Drácula (1992) de Kim Newman hasta divertimentos aparentemente inofensivos, como la película disneyana Policías y ratones (Ron Clements y Burny Mattinson, 1985), basada en el libro infantil Basil de Baker Street de Eve Titus (ilustrado por Paul Galdone).
    Mi admiración por ambos personajes –por la figura del héroe y el villano en general- siempre me lleva a recordar el enfrentamiento climático entre Holmes y Moriarty en las cataratas Reichenbach, tal como fue descrito por Arthur Conan Doyle en El problema final (1891). La decisión de asesinar a sus más notables personajes –sobre todo a Holmes- persiguió a Conan Doyle y le valió reclamos de su enorme público y de la misma Reina Victoria. Este crimen posee numerosas explicaciones, sobre las que especularé en el futuro. Por lo pronto recordemos el episodio como nos los presentó el brillantísimo escritor británico Alan Moore –a través del dibujante Kevin O´Neill- en la novela gráfica La liga de los caballeros extraordinarios. Sobre la adaptación de ésta al cine pesan muchas críticas, mayormente negativas. La primera de ellas –y tal vez la más enérgica- fue la del propio Moore. Pero sobre ello escribiré posteriormente.



     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     






















    viernes, 1 de abril de 2011

    Sherlock Holmes vive, o cómo traer –con gracia- un clásico al nuevo milenio.

    A Steven Moffat, galardonado guionista de televisión británico, los aficionados de la ciencia ficción deben notables episodios de la más reciente época de la popular serie Dr. Who. Los diletantes del horror literario el breve proyecto titulado Jekyll, puesta al día de la emblemática obra El extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde, de Robert Louis Stevenson. Lo primero que admiré de ella fue su profundo conocimiento y respeto de la novela, así como la incorporación del indispensable escritor escocés –Stevenson mismo- en la trama. Posteriormente el trabajo del actor James Nesbitt, quien consigue un brillante desdoblamiento sin una pizca de maquillaje ni efectos de computadora. Y no olvido los guiños al lector fiel: la malvada compañía de biotecnología –Klein and Utterson- toma su nombre del personaje que narra la historia original. Moffat también será el responsable de la venidera encarnación fílmica de Tintin, el popular personaje del historietista belga Georges Rémi, mejor conocido como Hergé, bajo la batuta de Steven Spielberg.
    Ahora Moffat centró su atención –en colaboración con Mark Gatiss- en otro personaje clave de la ficción victoriana. El resultado es Sherlock, serie que no sólo comprueba la vigencia de la creación más famosa de Arthur Conan Doyle, sino su capacidad de adaptarse a cualquier época. El pasado martes vi el tercer episodio –y final- de su primera temporada y no puedo disimular mi fascinación. Son muchos los factores que contribuyeron a esto y que alimentan mi ansiedad por ver la continuación del relato. Los resumiré así:
    1. La historia comienza –como lo planteó en su momento Conan Doyle- con el encuentro entre Sherlock Holmes (Benedict Cumberbatch) y el Dr. John H. Watson (Martin Freeman). El segundo, al igual que su par victoriano, es un veterano de guerra –de Afganistán, coincidencia histórica- que busca alojamiento en la ciudad de Londres. Un amigo lo presenta al excéntrico detective consultor –calificativo que se ufana de haber inventado-, quien deduce la pasada ocupación y costumbres del médico mediante la observación. Ambos se instalan en el 221B de la calle Baker, bajo los cuidados de su casera la Sra. Hudson (Una Stubbs), una jovial señora adicta a la televisión matinal. Conocemos también al hermano de Holmes, Mycroft (el mismo Mark Gatiss), funcionario de primer nivel de los servicios de inteligencia británica que recurre a él cuando la Corona lo requiere. “Volvió a amenazarme con hacerme Sir”.
    2. La cojera característica de Watson, fruto de una herida de combate, es rápidamente descartada con una explicación convincente: se debe al estrés postraumático de su experiencia bélica, una especie de afección psicosomática de la que el personaje se libra con la adrenalina de la acción al lado de su nuevo asociado porque Watson, como bien se advirtió recientemente, es un hombre de acción, adiestrado en combate cuerpo a cuerpo y manejo de armas por su formación militar.
    3. El seguidor celoso de las aventuras del Príncipe de los Detectives podría alegar que el escenario victoriano, con sus carruajes, vestimenta y sus modales refinados son indispensables en el relato holmesiano, pero los guionistas prescinden de ellos. Hoy Holmes posee su propia página web –La ciencia de la deducción- y Watson su blog personal, en el que dará cuenta de sus aventuras al lado del detective. “No puedo salir de casa sin mi bloguero”, le dijo Holmes a su compañero. Holmes también utiliza el Internet, los dispositivos de localización GPS y los mensajes de texto en sus investigaciones. Los últimos incluso para evidenciar ante la prensa la ineficacia del Detective Inspector Lestrade (Rupert Graves), servidor público del Nuevo Scotland Yard. Y el resto de los agentes policíacos no toleran la intervención de Holmes en sus pesquisas –permitida y propiciada por Lestrade-. Cuando una detective califica a Holmes de psicópata, éste la corrige enérgicamente: “no soy un psicópata, soy un sociópata funcional”. Uno de los hábitos más arraigados del detective, fumar su inseparable pipa cuando realiza sus reflexiones, es eliminado de la historia porque, como bien advierte Holmes, hoy ese vicio es censurado socialmente. Para mitigarlo utiliza parches de nicotina. “Es un problema de tres parches”. Y su gusto por la literatura sensacionalista se ha transformado en una afición por los programas chatarra de televisión, tipo “Laura de América”. “Ellos me permiten observar la naturaleza de las personas”.
    4. La diversidad cultural y sexual del Londres contemporáneo es palpable. En un restaurante, Holmes y Watson bromean sobre las sospechas que pueden despertar dos hombres que comparten un departamento.
    5. El estilo narrativo de la serie. Las observaciones de Holmes, veloces y profundas, son acompañadas de breves textos que ilustran al espectador sobre el razonamiento del personaje.
    6. Las continuas referencias a la mitología holmesiana porque, como indican los créditos iniciales, la serie se basa en los trabajos de Arthur Conan Doyle, no en obras concretas. Así podemos encontrar aspectos de Estudio en escarlata (1887), La aventura de los seis Napoleones (1899), Los planos del Bruce-Partington (1908) y, por supuesto, El problema final (1891), entre otros.
    7. La presencia, ausente pero poderosa, de su Némesis, quien se presentó a sí mismo como Jim Moriarty (Andrew Scott) en los últimos momentos del programa. Es un rival a la altura del protagonista. Con él comparte un vínculo profundo. Es su opuesto, un criminal consultor, en palabras del villano.
    Y todo esto me llevó al Internet para averiguar los avances de Sherlock Holmes: A game of shadows, la secuela de la cinta protagonizada por Robert Downey, Jr. y dirigida por Guy Ritchie. Lei con agrado que a la historia se unirá Mycroft Holmes, que será interpretado por Stephen Frye –quien encarnara a Oscar Wilde- y que Jared Harris –el malvado científico de la primera temporada de la serie Fringe- será el Profesor Moriarty. La película se estrenará en diciembre de este año. Sin duda contribuirá para pasar una feliz navidad.