miércoles, 6 de febrero de 2013

Intimidades de la familia Hitchcock


En todos los espacios a los que tengo alcance he manifestado mi aprecio –mi admiración- por las películas de Alfred Joseph Hitchcock, un cineasta con un estilo inconfundible y poderoso. Como pocos, el hombre supo convertirse en un fenómeno que abarcó los más populares medios de comunicación. Fue un estratega consumado del crimen y el marketing: además de sus cintas, brilla en mi memoria –y la de muchos- su popular serie televisiva Alfred Hitchcock presents (1955-1960) o sus memorables antologías que incluían siniestros cuentos de Robert Bloch, Daphne du Maurier y Patricia Highsmith, entre otros. Su talla y presencia en la cultura popular alcanzó a Walt Disney, con quien es comparado frecuentemente.
Por eso me sentí profundamente emocionado cuando hace unos años –aproximadamente cinco- leí sobre un proyecto fílmico titulado Hitchcock presents, que según la nota estaría protagonizado por Anthony Hopkins y narraría los eventos tras el rodaje de Psicosis (Hitchcock, 1960). La idea me pareció instantáneamente irresistible. Aunque la discusión sobre cuál es la mejor película del británico es aguerrida y que cada uno de nosotros tiene su cinta favorita, siempre tendré una especial predilección por Psicosis. Por muchas razones. Desde ese entonces le di seguimiento a la noticia. Cuando me enteré que por fin iba a materializarse con el título de Hitchcock, sentí una profunda alegría. Esto se acrecentó cuando las primeras fotografías de Sir Anthony caracterizado como Sir Alfred aparecieron en la red, proceso en el que participó, entre otros, el talentoso Gregory Nicotero, popular estos días por su trabajo en la teleserie The Walking dead. Los avances donde Hopkins aparecía como el Maestro del Suspenso y las opiniones de amigos que decían que “parecía una botarga” o “una caracterización del programa de comedia La hora pico” me hicieron dudar por un momento del resultado. Todas mis reservas se disiparon al iniciar el metraje.
Hitchcock (2012), dirigida por el escritor y documentalista británico Sacha Gervasi es estupenda. Más que un biopic, es un estupendo documento que capta un momento importante en la carrera del cineasta. El guión de John McLaughlin (mejor conocido por escribir El cisne negro) parte del estupendo libro Alfred Hitchcock and the Making of Psycho de Stephen Rebello, y como tal tiene el acierto de comenzar la mañana del 16 de mayo de 1944 en una granja en el poblado de Plainfield, Wisconsin, donde los hermanos Henry y Edward Gein queman maleza en su propiedad. Súbitamente, cual Caín, Ed golpea mortalmente en la cabeza a su hermano con su pala. La cámara hace un travelling donde Hitchcock, como en su programa televisivo, introduce la historia mientras bebe con delicadeza una taza de té. Aunque no se tiene plena certeza de ello y la Policía calificó el hecho como un accidente, suele atribuirse a Ed el homicidio del mayor de los Gein. “Agradezcamos la credulidad de la Policía de Plainfield. Pues si hubieran detenido a Ed por el crimen, no tendríamos nuestra película”. Y ese sólo fue el inicio de su carrera. Trágico pero cierto. De ahí viajamos a la noche del 28 de julio de 1959, fecha en que se estrenó Intriga internacional (North by nothwest, Hitchcock, 1959), el quincuagésimo segundo largometraje del cineasta, sin duda uno de sus trabajos más brillantes. Lo acompaña su devota esposa Alma Reville (Helen Mirren), mientras la prensa lo asedia haciéndolo consciente de su edad -60 años en ese momento- y sugiriéndole que debía retirarse en el pináculo de su carrera mientras gozaba del éxito y reconocimiento del público. Hitch, agobiado, emprende la búsqueda la inspiración para su siguiente película, la que habría de demostrar que aún tenía mucho que ofrecer. Así se topó con la modesta novela Psicosis de Robert Bloch, la cual el antiguo discípulo de Howard Phillips Lovecraft fraguó con el caso Gein en mente. De inmediato, Hitch quedó cautivado. En una reunión mostró fotografías del caso Gein y se regodeó con las reacciones de los asistentes. “Les repugnan, pero no pueden dejar de verlas”. Sometió el texto al escrutinio de su leal Alma, quien leyó uno de sus mejores pasajes (“Un cuchillo que cortó su grito. Y su cabeza”) y lo calificó de encantador. “Doris Day debería hacerla en un musical”, le dijo. A la mañana siguiente, Hitch encargó a su fiel secretaria Peggy Robertson (Toni Collette), escudera en muchas batallas, que comprara todas los ejemplares de la novela que encontrara, pues no deseaba que nadie conociera el final. Dificultades –personales y externas- por la decisión del cineasta, la ausencia de financiamiento, discusiones con los ejecutivos de Paramount y los censores de la Motion Picture Production Code, la elección de un guionista y un elenco, dramas personales –los celos nunca fallan- y el triunfo final llevan a la consolidación de un clásico indiscutible. Incluso diría que la cinta más honesta del Maestro. Cuando Alma le preguntó sobre su obcecación con Psicosis, un Hitch nostálgico le respondió: “¿recuerdas nuestros primeros días? Disfrutábamos hacer nuestras películas. Quiero volver a sentir esa emoción. Quiero volver a sentirme libre”.
Son muchos los elementos que me hicieron disfrutarla: el atmosférico y logrado diseño de arte de Alexander Wei, la sobria cámara de Jeff Cronenweth, su inspirado elenco, que va de Michael Wincott –que hiciera batallar al finado Brandon Lee en El Cuervo-como el asesino Ed Gein, Ralph Macchio, el antiguo Karate Kid, como Joseph Stefano –el guionista de la cinta, con quien guarda un parecido casi sobrenatural-, James D'Arcy como Anthony Perkins, Jessica Biel como Vera Miles, Wallace Langham como el artista visual Saul Bass –quien muchos años clamó ser responsable de la escena de la ducha-, Paul Schackman como el músico Bernard Herrmann y –tal vez la presencia más notoria de todas- Scarlett Johansson como Janet Leigh. Sobre los caramelos de maíz que confesó robar del camerino de Anthony Perkins y regaló a Hitch diciéndole que “a sus hijos les encantaban”, mi amada Ana Luisa me hizo notar que quizá era un homenaje a la más popular de sus críos. Todos sabemos que ella es madre de Jamie Lee Curtis, quien lograra fama por protagonizar Halloween (1978) de John Carpenter. “Son dulces tradicionales de esa festividad”. Sin Psicosis no existirían slasher movies como la obra de Carpenter. Y después está la brillante partitura de Danny Elfman, quien además de ser parte fundamental del encanto de las películas de Tim Burton fue responsable de la música del remake de Psicosis que Gus Van Sant se atrevió a hacer en 1998. El director Gervasi empleó también la Marcha funeral para una marioneta del compositor francés Charles Gounod –que todos conocemos gracias a la teleserie que el Maestro del Suspenso presentaba- y los ya clásicos acordes de Herrmann, que dieron una altura inalcanzable a una escena que forma ya parte del patrimonio fílmico de la humanidad. Ver a Hitchcock bailando alegre a su compás, mientras los espectadores de una sala de cine llena gritaban horrorizados mientras Marion Crane era masacrada, fue un momento sublime, casi apoteósico.
Lo mejor fue ver al interior, de una manera mesurada, la dinámica de pareja de los Hitchcock. Alma Reville nunca renunció a su apellido familiar. En cambio cedió en sus sueños y aspiraciones personales como guionista y editora. Si no lo hubiera hecho, la historia del cine sería muy diferente. El trabajo de su esposo nunca hubiera alcanzado las dimensiones que conocemos si no fuera por su intervención. Sólo en Psicosis, le debemos la innovadora idea de asesinar a su protagonista en los primeros 30 minutos del metraje, la insistencia por sonorizar una secuencia indispensable que Hitchcock quería presentarnos sin sonido o su participación en el montaje definitivo. Yo mismo estoy muy consciente del valor de una persona inteligente a tu lado. No pretendo compararme con Hitchcock –nunca podría hacerlo, mucho menos alcanzarlo- pero sé muy bien del desinteresado consejo que puede hacer que tu trabajo tenga mayor alcance. Hoy por hoy, he logrado mis momentos más brillantes con la sabia opinión de Ana Luisa. Por ello creo que todos los diletantes de Hitch tenemos una deuda impagable con Alma. La expresión popular debería modificarse. "Al lado de todo gran hombre hay una gran mujer". Yo creo que él lo sabía bien. Después de obtener la gloria, Hitch dice a su esposa “nunca encontraré una rubia de Hitchcock tan bella como tú”. Ella se conmueve y le responde que esperó 30 años para escucharlo decir eso. El director le contesta: “Es por eso, querida, que me llaman El Maestro del Suspenso”. Sobre los traumas y el temperamento de Hitch, el trato tiránico hacia sus actores, sus obsesiones –particularmente con las rubias-, su conflicto no resuelto con la figura materna, sólo vemos pinceladas. Las que el relato necesita. No más, no menos. Si desean otra aproximación, vean la película para televisión La Chica (Julian Jarrold, 2012), cinta que explora su turbulenta relación con Tippi Hedren durante la realización de Los pájaros (Hitchcock, 1963).
El humor negro tan propio de Hitch no podía faltar en la cinta de Gervasi, desde “prueben los dedos de novia (lady fingers), son dedos auténticos” o “perdona, querida, le dije a la Sra. Bates que podía usar tu camerino” hasta el brillante epílogo, donde confiesa buscar inspiración para su siguiente película. Esta se posa, literalmente, en su hombro. Todo lo anterior en un gran homenaje al cine que nos gusta. 

lunes, 4 de febrero de 2013

Curso "El canon de Drácula", la herencia de Bram Stoker


La División de Educación Continua de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM presentan el curso interdisciplinario

El canon de Drácula
La herencia de Bram Stoker

Coordinación: Vicente Quirarte y Roberto Coria
Ponentes invitados: Doctor Víctor Grovas Hajj, Eduardo Ruiz Saviñón, Doctor José Ricardo Chaves, Mtra. María Emilia Chávez Lara, Hernán Lara Zavala, Doctor Arnoldo Kraus, Ángel Miquel, Guillermo Henry, Antonio Camarillo, José Luis Zárate, Pablo Guisa e Ignacio Solares.

Así como el discípulo supera y a veces termina por borrar al maestro, las grandes creaciones adquieren vida más autónoma y perdurable que la de su creador. Sucede con Don Quijote, Moby Dick o Frankenstein, y así ocurre en el caso del irlandés Bram Stoker. Autor de casi 16 libros de ficción, biografía, estudios folklóricos e interpretación histórica, la posteridad lo conoce como el autor de Drácula, aunque en el instante de su muerte, ocurrida hace cien años, el 20 de abril de 1912, no lo señalaron así los obituarios. La mayor parte de ellos ensalzaba el noble trabajo llevado a cabo por el ejemplar gerente del Lyceum en beneficio del teatro. El Times trazó una ligera pincelada del Stoker más familiar para sus futuros lectores al subrayar que era “el maestro de una particularmente fantástica y aterradora forma de ficción”.
Del mismo modo en que su contemporáneo Arthur Conan Doyle debe su prestigio a las aventuras de Sherlock Holmes y no a las obras históricas por las cuales quería pasar a la posteridad, la fama de Stoker proviene de haber sido el hombre que escribió Drácula, expresión formulada por uno de sus primeros biógrafos.[1] Desde su publicación en 1897, la novela nunca ha dejado de estar en circulación y se suceden nuevas ediciones. Sin embargo, sólo hasta 1983 abandonaría el terreno marginal de la literatura sensacionalista para ingresar en los clásicos de la Universidad de Oxford.
El presente curso pretende estudiar al autor y su tiempo, así como la herencia dejada por su obra mayor en diversas áreas del conocimiento.

Temario

Sesión 1 (9 febrero). “Un hombre llamado Bram Stoker”, por Vicente Quirarte (IIB, UNAM) y “Reminiscencias de Henry Irving”, por Doctor Víctor Grovas (Universidad del Claustro de Sor Juana).

Sesión 2 (16 febrero)  “El vampiro literario antes de Drácula”, por Roberto Coria (ENAP-UNAM) y “El hombre que fue Drácula”, obra de teatro de Roberto Coria, comentada por su autor y su director Eduardo Ruiz Saviñón.

Sesión 3 (23 febrero). “Vampirismo, magia y sexualidad en el fin del siglo XIX”, por Doctor José Ricardo Chaves (Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM).

Sesión 4 (2 marzo). “Visión de la literatura victoriana”, por Hernán Lara Zavala (FFyL, UNAM) y “El horror del cólera y otras epidemias”, por Doctor Arnoldo Kraus (Instituto de Bioética, UNAM).

Sesión 5 (9 marzo). “Lectura comentada de la novela Drácula”, por Vicente Quirarte y proyección de la película “Nosferatu”, comentada de Ángel Miquel (Universidad Autónoma de Morelos).

Sesión 6 (16 marzo). “Drácula”, con comentario y lectura de la obra teatral de Hamilton Deanne y John Balderston por el actor Guillermo Henry. Dirección: Eduardo Ruiz Saviñón, y proyección de la película “Drácula” de Tod Browning, comentada por Antonio Camarillo (SAE Institute).

Sesión 7 (6 abril). “La ruta del hielo y de la sal”, con comentarios del autor José Luis Zárate y proyección de “El vampiro” de Fernando Méndez, comentada por Pablo Guisa (Festival Mórbido).

Sesión 8 (13 abril). “Las voces de Drácula. Fred Saberhagen, Elizabeth Kostova e Ian Holt”, por Roberto Coria y “Christopher Lee y la saga de Hammer”, con la proyección de “Dracula Rises from the Grave”, comentada por Roberto Coria.

Sesión 9 (20 abril). “Otra entrevista con el vampiro. Ceacescu, Cortázar y Drácula”, por Ignacio Solares (Revista de la Universidad de México) y “Vlad de Carlos Fuentes”, por Vicente Quirarte (IIB, UNAM)

Sesión 10 (27 abril). “Drácula de Bram Stoker” de Francis Ford Coppola, proyección de la película y mesa redonda de conclusiones con la presencia de docentes participantes en el curso.

Duración: 40 horas

Horario: Sábados de 10 a 14 horas

Fechas: del 9 de febrero al 27 de abril de 2013
(9, 16, 23 de febrero; 2, 9, 16 de marzo; 6, 13, 20, 27 de abril)

Informes e inscripciones:
Coordinación de Educación Continua de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
Circuito Estadio Olímpico Universitario s/n, frente a la Dirección General de Actividades Deportivas y Recreativas de Ciudad Universitaria, México D.F.

Teléfonos
5622-2903
5622-8222 ext. 41899 y 41900
5622-2904

El temario completo está disponible en este link.

jueves, 31 de enero de 2013

Dos elementos de estudio

Los cortometrajes que mencioné en mi entrada anterior, para su consideración.

Alive in Joburg (2006) de Neill Blomkamp


Mamá (2008) de Andrés Muschietti


miércoles, 30 de enero de 2013

¡Ay, Mamá!


Hay algo de lo que no tengo duda: la tenacidad y el talento abren las puertas. En el año 2006 el escritor y cineasta sudafricano-canadiense Neill Blomkamp nos presentó su cortometraje Alive in Joburg, un estupendo experimento, presentado como un reportaje noticioso, que daba cuenta de la llegada de inmensas naves extraterrestres al espacio aéreo sudafricano. Los aparatos eran tripulados por seres similares a insectos, que usaban unos exo esqueletos robóticos y pronto eran presa de la tiranía y la incomprensión humana. Clamaban, con toda justicia, que el Gobierno les proporcionara los mínimos recursos para sobrevivir. A través de esto el autor proponía serias reflexiones sobre las políticas segregacionistas en la era del Apartheid, los abusos a los que son sometidos los migrantes, la xenofobia y la incapacidad para enfrentar lo diferente. El trabajo atrajo la mirada del neozelandés Peter Jackson, quien propició que tres años después esos breves 6 minutos se transformaran en el largometraje Sector 9 (District 9, Neill Blomkamp, 2009), una lograda cinta que conservaba las intenciones de su fuente de procedencia.
Algo semejante le ocurrió cineasta argentino Andrés Muschietti, quien en 2008 escribió y dirigió un logrado cortometraje de producción española, que duraba escasamente un minuto, y que tituló sencillamente Mamá. Lo conocí hace un par de días gracias a mi querida Anabel Quirarte. En él dos niñas, Lili y Victoria (Victoria Harris y Berta Ros), recibían la nada placentera visita de “Mamá” (Irma Monroig). En un pulcro plano-secuencia (logrado a través de la edición digital), las dos menores se enfrentaban al horror más puro. Al igual que sucedió con Peter Jackson, el producto fascinó instantáneamente a nuestro compatriota Guillermo del Toro, quien abrazó el esfuerzo de Muschietti, al que calificó de “limpio y técnicamente perfecto”, y lo consideró un director “con estilo pero consciente de la narrativa”. Así, cobijado por uno de los grandes autores contemporáneos del género, el argentino brincó al mundo hollywoodense.
El resultado también se llama Mamá (2013), una coproducción española-canadiense dirigida por Muschietti y coescrita con su hermana Bárbara y Neil Cross. Su factura es impecable, con una lograda fotografía de Antonio Riestra y una buena partitura de Fernando Velázquez. Al producto en sí no puede reprochársele nada. Y sin embargo incurre en graves fallas que ponen en riesgo el conjunto. Si somos estrictos, el corto del que procede es una mini ficción, un efectivo micro cuento que sustenta su contundencia en todos sus espacios en blanco. ¿Quiénes son las dos niñas? ¿Por qué ningún adulto las acompaña? ¿Quién es la “mamá” a que tanto temen? ¿Por qué murió y se convirtió en un fantasma? ¿Por qué las persigue? ¿Cuál es su desenlace? Su guión parte de la anécdota primigenia y la expande. Ahora Victoria (Morgan McGarry) y Lily (Maya y Sierra Dawe), de 3 y 1 años respectivamente, son hijas del corredor de bolsa Jeffrey Desange (Nikolaj Coster-Waldau), quien asesinó a sus socios y esposa. Él toma a las niñas y escapa de la ley, refugiándose por accidente en una cabaña del bosque. Ahí la pequeña Victoria advierte algo perturbador. “Hay una mujer afuera. Sus pies no tocan la tierra”. Las niñas –y sólo las niñas- sobreviven en ese entorno, al más puro estilo del Mowgli del Libro de la Selva de Rudyard Kipling. Mientras tanto, su tío paterno Lucas (también Nikolaj Coster-Waldau) se empeña en descubrir el paradero de sus familiares. Y finalmente lo logra. 5 años después Victoria (Megan Charpentier) y Lily (Isabelle Nélisse) son dos pequeñas salvajes que regresan a casa con la ayuda del paidopsiquiatra Dr. Gerald Dreyfuss (Daniel Kash) y se enfrentan a la disputa judicial por su custodia que emprende su tía materna Jean (Jane Moffat). Lucas, su rockera pareja sentimental Annabel (Jessica Chastain, muy competente, a quien veremos en Zero Dark Thirty), y las niñas en rehabilitación se mudan a un hogar temporal. Ahí comienza un horror que se revela paulatinamente y encierra un terrible misterio del pasado. A continuación vemos, tengo que admitir que con una gran eficacia técnica, toda una serie de situaciones comunes que van desde las siluetas que se atraviesan por la pantalla, cosas ocultas bajo las camas o en el clóset, cámaras subjetivas y apariciones –mundanas y sobrenaturales- sorpresivas aderezadas por aumentos notables en el volumen de la banda sonora y otros ruidos inquietantes. He ahí el aspecto que muchos han celebrado, el susto efectista. No obstante hay otros que debo aplaudir, como las niñas jugando en su habitación con una cobija y el declarado homenaje a una de las mejores películas contemporáneas sobre fantasmas que he visto, El espinazo del Diablo (Guillermo del Toro, 2001), sobre todo en la definición del protagonista (“un fantasma es un hecho terrible condenado a repetirse una y otra vez”), su aspecto y la presencia de insectos.
Sobre su recepción, la crítica generalmente le ha dado opiniones favorables. Y ni qué decir del público, al que ha arrancado numerosos sustos (algunos reales y otros exagerados, como en la función a la que acudí) y muchísimo dinero. Su humilde presupuesto de 15 millones de dólares (insisto, humilde para una cinta de su tamaño) ha redituado hasta el momento más de 50, más lo que se acumule esta semana. Espero que eso no signifique el inicio de una franquicia. Sobre todo si su estudio sigue el pie de la letra lo dicho por del Toro, “un fantasma es un hecho terrible condenado a repetirse una y otra vez”. Y ahora que lo pienso, acabo de escribirlo de nuevo.

Piost scrptum. Sobre la cinta, mi buen amigo Arístides Castiglioni escribió lo siguiente: “para ser sincero creo que ya del Toro está entrando a la clásica formula de los “monstruos de closet”. Nomás abren una puerta y ya sabes que van a subir a tope el volumen y el de la música dará un trancazo a las teclas del piano junto con un close up a una jeta deforme para espantar”. 

martes, 29 de enero de 2013

Charros, vampiros y luchadores


El pasado Festival Mórbido, además de ofrecernos el banquete cinematográfico a que nos tiene acostumbrados, fue escenario de numerosas presentaciones editoriales. Ya hablé de una de ellas, Amor, zombis y otras desgracias (Alfaguara Juvenil, 2012) de José Luis Trueba Lara. Ahora lo hago de una en la que estoy involucrado de muchas formas. La primera es el inmenso cariño que me une a la familia Curiel. La segunda es el especial aprecio que siento por el homenajeado y su obra, que nutrieron mi imaginación infantil. La tercera es porque una pequeña parcela de esta obra es de mi autoría.
Curiel, la nueva coedición del Instituto Mexicano de Cinematografía, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, editorial Sétis y Mórbido, es un compendio que trata de acercarnos a las obsesiones de un cineasta poco conocido y valorado en el panorama nacional, Federico Curiel Espinosa de los Monteros, mejor conocido como Pichirilo. Su obra, generalmente menospreciada por las altas esferas del séptimo arte, tiene muchas aristas que merecen ser analizadas. Todas emanan del carácter multifacético del cineasta, miembro de una estirpe poco frecuente. No sólo dirigía, sino tenía una prolífica carrera como guionista, compositor,  ilustrador –pues le debemos  los carteles de sus cintas y populares historietas de su tiempo- y actor. Era, como bien lo describió Pablo Guisa en su texto en el libro, “un charrito renacentista”. Y pese a que el tema –la fantasía y el horror- no domina la producción fílmica de Curiel, son sin duda los géneros por los que es mejor recordado. Diría, incluso, en los que lo percibo más cómodo. Sobre uno de sus trabajos que más aprecio, escribí en mi turno lo siguiente:
En los minutos iniciales de La maldición de Nostradamus (1959), el Profesor Durán (Domingo Soler), reputado académico y dirigente de una sociedad que combate la superstición, ofrece una recepción para celebrar la fiera conferencia que ofreció esa misma tarde. Por la vestimenta de los convidados, asumimos que nos encontramos a finales del siglo XIX o principios del XX. Tras unos minutos de charla banal, el tema se desvía hacia la cruzada del anfitrión, quien niega rotundamente la existencia de lo sobrenatutral, incluidos los vampiros humanos. En la siguiente escena, como una clara objeción a lo dicho por el sabio, vemos la perturbadora mirada del mítico Germán Robles, quien ganara el reconocimiento internacional en el papel del Conde Lavud en El vampiro (Fernando Méndez, 1957), como el malvado protagonista Nostradamus, descendiente –convertido en vampiro- del famoso matemático, astrólogo y profeta del siglo XVI. La postura de Durán resume el pensamiento del hombre moderno frente a lo que no puede comprender, ante la irrupción de lo extraño en el universo doméstico. Afortunadamente, este enfrentamiento ha producido obras memorables en las bellas artes. Afortunadamente Federico Curiel Espinosa de los Monteros –Pichirilo para sus más cercanos- fue uno de los pocos cineastas mexicanos que lo entendió muy bien.
Mi contribución sólo habla de uno de sus temas. De sus otros rostros, expertos y amigos hablan profusamente. Su hija, Rosana Curiel Defossé, nos ofrece, desde la emotividad consanguínea y su buen oficio de escritora, memorias desde la voz heredada. Su nieto, el cineasta Álvaro Curiel de Icaza, director de Acorazado (2012) hace un recuento de todas sus virtudes cinematográficas. El experto en cine de luchadores José Xavier Návar un vistazo a una de sus incursiones más recordadas, la que lo coloca en el “Olimpo del pancracio fílmico”. El crítico de cine Hugo Lara explora su faceta actoral. Armando Vega Gil, prolífico escritor y fundador de la mítica agrupación musical Botellita de Jerez, nos habla precisamente desde este campo, de sus “rancheras”. Mi cofrade Antonio Camarillo explora los finos lindes entre el horror y la comedia en el cine de Pichirilo. Gonzalo Rocha habla de uno de sus personajes más heroicos, el Látigo Negro, y de sus dotes como dibujante. Para finalizar, Rosana y Andrés Paniagua abren el baúl de los recuerdos, que contiene las fotografías, recortes de periódico, ilustraciones, documentos, páginas de guiones y demás materiales que embellecen este libro indispensable para recuperar figuras de nuestro cine.
Yo remato mi parcela, dedicada a sus vampiros tan queridos, con lo que creo resume el sentir de todos los involucrados:
Como Nostradamus exigía se honrara a su antepasado, los que aquí contribuimos buscamos se reconozca la vida y obra de Federico Curiel. Él, como Fernando Méndez, Juan Bustillo Oro, Chano Urueta, Alfredo B. Crevena, Alfonso Corona Blake, Rafael Baledón, la dinastía Cardona y Carlos Enrique Taboada, confió en las inmensas posibilidades del horror y la fantasía y reconoció el objetivo principal de la cinematografía: entretenernos más allá de academicismos. Su cine puede ser cuestionado y descalificado por muchos, pero sus carencias son compensadas con creces por su honestidad y pasión. Pichirilo –porque sus devotos nos ganamos el derecho de llamarlo así- y sus ilustres contemporáneos no sólo contribuyeron al esplendor y posterior supervivencia de una industria. Llegaron a lo más inocente y maravilloso que poseemos: nuestra imaginación y nuestra capacidad de asombro. Como sus vampiros, y por todos sus méritos, Federico Curiel es eterno.


Enorme orgullo