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Un pretexto para celebrar el bicentenario de la Independencia de México –desde la
mezquindad, según la postura oficialista- fue el tema de la charla que ofrecí hace unas horas en el
Segundo Taller de perfeccionamiento de guión de largometraje de horror, convocado por el
Instituto Mexicano de Cinematografía, donde hablé del cine nacional de vampiros. Uno de tantos aspectos que hicieron grata la experiencia fue mi reencuentro inesperado con
José Francisco Macedo Calvillo, entusiasta y estudioso del cine de vampiros, antiguo camarada de armas, que accedió a acompañarme a la sesión.
En los minutos iniciales de
El vampiro (
Fernando Méndez, 1957), un hombre alto y delgado, elegantemente vestido con capa, medallón y frac –el grandioso
Germán Robles-, observa con ojos depredadores la ventana de una hacienda surgida de una película del México rural de mediados del siglo XX. En un instante, envuelto por la neblina nocturna, el hombre se transforma en un murciélago y vuela hasta el interior del dormitorio de una bella mujer –
Carmen Montejo-. Ella lo observa sorprendida, con horror, especialmente por sus afilados colmillos, antes que el intruso se le lance encima y corran los créditos de la película, enmarcados música inquietante y un grito desgarrador. La escena rinde tributo a los mejores momentos de las cintas de horror de los estudios
Universal –con una maravillosa escenografía de
Gunther Gerzso- y nos recuerda a la figura de
Don Juan: el hombre que entra furtivamente durante la noche en la recámara de la joven damisela para robar su virtud. También cobra vigencia en una época en la que el fenómeno
Crepúsculo cautiva la imaginación –en las letras y la oscuridad de la sala de cine- de las quinceañeras ávidas de la inmortalidad y belleza eterna que puede obsequiarles la pasión del vampiro, de su sensualidad desbordada –incluso irresponsable- y el ansia de apropiarse de la

noche y sus secretos.
“Al contrario de otras criaturas de la noche, cuya contemplación y cercanía nos provocan pánico inmediato, el vampiro es la más próxima a los humanos, tanto en lo que se refiere a sus características físicas como a la relación que mantiene con sus víctimas en potencia”, nos recuerda
Vicente Quirarte. Es por ello que El vampiro se coloca por delante de otros especímenes del catálogo de cintas de horror producidas en nuestro país y hace brillar a Germán Robles como el gran monstruo del cine nacional. Robles es considerado por
David J. Skaal, erudito del cine de horror, como “la respuesta mexicana a
Bela Lugosi” y aparece en la portada de su libro
V is for vampire. Definitivamente su imagen debe mucho a la que inmortalizara el actor rumano en 1931, pero su interpretación del
Conde Karol de Lavud es memorable, antecedente indispensable para comprender el erotismo y bestialidad que transmitió Christopher Lee en las películas de la casa británica
Hammer Films. “Yo quería hacer a un vampiro cachondo”, declara el actor frecuentemente en entrevistas. Uno de los tantos aciertos de El vampiro, además de su ensamble actoral y la espléndida fotografía de
Rosalío Solano, es la historia de
Ramón Obón, que toma a un monstruo persistente en el folclore europeo y lo sitúa en un ambiente familiar y reconocible. Se permite sumar incluso leyendas de aparecidos y fantasmas, tan abundantes en la provincia mexicana. Precisamente de este último beneficio adolece su secuela,
El ataúd del vampiro (Méndez, 1958), traslación de todos los elementos anteriores a la gran ciudad. Demuestra, como bien nos advirtió
H. P. Lovecraft, que “no está muerto lo que puede yacer eternamente”. Pese a ello posee momentos aterradores, como la persecución que la sombra del malvado protagonista hace a una desafortunada mujer por las calles desiertas de la ciudad –que no son otras que las de los Estudios Churubusco-. La mente detrás del éxito de las dos cintas –y de tantas otras más-, el actor y productor
Abel Salazar, proyectaba la realización de una tercera entrega. Robles, estigmatizado ya por el monstruo, declinó la oferta. “Esa la va a hacer tu madre”, sentenció. ¿Cómo hubiera sido una tercera parte de El vampiro? Eso nos brinda la posibilidad de la conjetura y el juego de la imaginación.
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Si la sangre es la vida para el vampiro, los lazos que de ella emanan son sagrados. En
El vampiro, el conde Lavud viaja desde los bosques de Bakonia para consumar su venganza por la muerte de su vampiresco hermano a manos de los campesinos del ficticio pueblo de Sierra Negra, restaurar su imperio del miedo y de paso reclamar la posesión de la hacienda de Los Sicomoros. Es el cacique que busca mantener la supremacía territorial a toda costa. En la más

reciente
La invención de Cronos (1992), opera prima del tapatío
Guillermo del Toro, conocemos la desafortunada historia del mercader de antigüedades
Jesús Gris (
Federico Lupi) y su viaje accidental a la oscuridad. Transformado en un vampiro por el insecto que reposa en un ingenio mecánico, su nieta
Aurora (
Tamara Shanath) se convierte en su guardiana, la detentora de su secreto. Le procura incluso un improvisado ataúd con su cajón de juguetes. En los momentos finales de la cinta, preso del ansia, el vampiro se encuentra a punto de saciar sus apetitos con la niña. Antes de hacerlo se detiene, gracias a la conciencia repentina del lazo que los une. Ella le permite recobrar la lucidez y su humanidad. La familia es importante para el vampiro, sea por los motivos más nobles o perversos, como sucede en el cuento
La familia de los Vourdalak (1839) de
Alexei Tolstoi donde Gorcha, el patriarca de un clan serbio, tras un viaje nocturno y su posible encuentro con vampiros locales, regresa a casa para acechar a sus hijos y nietos.

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El vampiro genera devoción en sus sirvientes y sus admiradores. Por lo que respecta a los primeros, éstos le procuran su fidelidad sea por miedo o por la promesa de la inmortalidad. En
El mundo de los vampiros (
Alfonso Corona Blake, 1961), el
Conde Sergio Subitai (
Guillermo Murray), ataviado con la reglamentaria capa negra, frac y medallón, controla a una hueste de horribles vampiros con cara de papel maché por el embrujo de las notas de un piano. Su rival,
Rodolfo Sabre (un inusualmente serio
Mauricio Garcés), contraviene sus órdenes gracias a sus dotes musicales. Pero una forma de lealtad más férrea es la que procura
Frau Hildegarda (
Bertha Moss) al
Conde Sigfried von Frankenhausen (
Carlos Agosti) en
El vampiro sangriento (
Miguel Morayta, 1962) y su continuación
La invasión de los vampiros (Morayta, 1963), película que amablemente presta su título a este escrito. Más violento es Baraza (
Yerye Beirute), criminal cuya voluntad es diezmada por el influjo del Conde Lavud en El ataúd del vampiro, auténtico dolor de cabeza para el gallardo
Dr. Enrique Saldívar (Abel Salazar) y su bienintencionada lucha para exterminar al monstruoso protagonista.

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A partir de la película seminal, la figura del vampiro nacional se ha transformado, del cadavérico pero encantador hombre alto, ataviado de frac y capa negros, con un enorme medallón que pende de su cuello hasta presencias femeninas sensuales y voluptuosas. En
Santo contra las mujeres vampiro (
Alfonso Corona Blake, 1962),
Lorena Velázquez encarna a
Thorina, lideresa de un clan de féminas de ultratumba que ponen en jaque al emblemático paladín de la justicia. De la cinta son conocidos algunos fotogramas, donde las vampiras exhiben una sensual desnudez, en una versión destinada a los públicos europeos. En la secuela de la historia,
Santo en la venganza de las mujeres vampiro, el rol protagónico es ahora de
Gina Romand, la “rubia de categoría” como la
Condesa Maya. En 1978 Ju
an López Moctezuma, cineasta que nos entregó cintas extrañas, eróticas y desconcertantes, dirigió
Alucarda, la hija de las tinieblas, interesante híbrido de las obras del
Marqués de Sade y
Carmilla, de
Joseph Sheridan LeFanu. La historia sigue la reclusión en un convento de la joven Justine (Susana Kamini) y su relación con
Alucarda (
Tina Romero). Si bien la historia está cargada de elementos demoniacos y de un velado matiz vampírico, el mejor momento es sin duda el aquelarre que preside un macho cabrío y el surgimiento de Justine de un ataúd anegado de sangre. Pero sin duda el giro más inusual a la figura del vampiro lo dio Guillermo del Toro en
La invención de Cronos. Su protagonista, gris como su apellido, es un anciano cuya vitalidad está menguada por el inevitable paso de los años, conduce un automóvil antiguo y atiende su negocio de reliquias. Ahí descubre por accidente el artefacto que le da nombre a la cinta, en el cual reposa un milenario insecto que le devuelve cuanto ha perdido, con fatales resultados.