lunes, 17 de diciembre de 2012

¿No estar emocionado por “El Hobbit” es estar muerto por dentro?


En mayo de 2008, con bombo y platillo, se anunció la filmación de El Hobbit, la emblemática novela de John Ronald Reuel Tolkien que abrió las puertas a uno de los textos más memorables que recuerdo, El Señor de los Anillos -publicado tradicionalmente en tres partes-. Como sabemos, el neozelandés Peter Jackson convirtió este último en la primera gran trilogía cinematográfica del nuevo milenio, un auténtico fenómeno que le valió el reconocimiento del público, incontables premios y, por supuesto, paletadas de dinero. El Hobbit es un libro que forma parte de mi primera educación. Fue –junto con Drácula de Bram Stoker y Grandes esperanzas de Charles Dickens- uno de los candidatos para ser leídos de forma ininterrumpida durante la edición de la Feria del Libro de Guadalajara de este agonizante 2012 –ganó el vampiro-. Llevar a la pantalla grande las aventuras de Bilbo Bolsón, si bien era algo atractivo, obedecía a una necesidad inevitable de lucrar con el éxito de su predecesora, aprovechándose de la euforia por las precuelas. En su momento, Jackson designó a nuestro compatriota Guillermo del Toro para materializar el proyecto, colocándose en una posición de productor. Los admiradores del tapatío inmediatamente aplaudieron la decisión. Él mismo mostró su entusiasmo en incontables ocasiones. Se mudó incluso a Nueva Zelanda, locación convertida en la Tierra Media y hogar de WingNut Films, la compañía de Jackson, donde trabajó incansablemente en el guión y la pre producción de la cinta. Sólo algunos locos pensamos que esto era algo arriesgado, porque a pesar que Jackson abrazaba la imaginación de Del Toro, éste no dejaba de ser su proyecto, el hermano menor de uno que le permitió ingresar al gran Olimpo de los cineastas ganadores del Oscar. Para mí y pese a su afán en desmentirlo, Jackson nunca permitiría entera libertad creativa a nuestro paisano. Del Toro haría una película que empatara con lo que Jackson estableció previamente, no más, no menos. Dificultades económicas postergaron la idea al grado que, a más de un año de distancia, Del Toro se vio obligado a saltar del barco. Obviamente, Jackson estaba listo para tomar el timón.
Este drama minó mi entusiasmo por ver El Hobbit, un viaje inesperado (Peter Jackson, 2012). Más porque el director anunció que convertirá la historia en otra trilogía. Toda traslación literaria al cine, como hemos visto, exige sacrificios. Y lo que funciona en papel no necesariamente lo hace en el celuloide. ¿Un solo libro amerita tres películas?  Eso no sucedió con El Señor de los Anillos, que fue severamente reducido para adaptarse al lenguaje cinematográfico. Y en mi opinión, funcionaba.  Algunos entusiastas dicen que las versiones extendidas solucionan todo, pero los excesos son malos. Cochino dinero. Esto opaca a un reparto atractivo, que incluye nuevamente a Sir Ian McKellen, Sir Christopher Lee, Cate Blanchett, Hugo Weaving y Andy SerkisGandalf el gris, Saruman el blanco, Galadriel, Elrond y el entrañable Gollum- y a una dupla que me ha cautivado en tiempos recientes: Martin Freeman –el Dr. Watson en la teleserie Sherlock- en el papel protagónico y Benedict Cumberbatch –el mismísimo Sherlock Holmes- como el malo del cuento. El músico Howard Shore y el cinefotógrafo Andrew Lesnie fueron convocados por Jackson de nueva cuenta. Para colmo mis reservas aumentaron cuando leí los reportes de PETA y la American Humane Association que documentan indiferencia que derivó en la muerte de 5 caballos, 12 gallinas, un pony y muchas cabras. Aunque hay personas que dicen que no creerán en eso hasta que no vean fotos de los animales muertos durante la filmación, la seriedad de las fuentes es contundente por sí misma. La falta de respeto por cualquier forma de vida es aberrante, intolerable.
¿Los aficionados que correrán a ver la cinta estarán consientes de todo lo anterior? Yo esperaré a que la lancen en Beta. 

martes, 11 de diciembre de 2012

Alas (de vampiro) en escena


Posiblemente, en lo que a las Bellas Artes se refiere, el Teatro fue el segundo gran romance del vampiro. Digo esto porque el viernes pasado tuve el placer de acompañar a Eduardo Ruiz Saviñón y Guillermo Henry, convocados todos por Vicente Quirarte, en la sesión final de su curso …Y el hombre creó al vampiro. Bram Stoker en el centenario de su inmortalidad (1912-2012), que se llevó a cabo en la Casa de las Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México. Hablamos precisamente sobre ese matrimonio que nos hermana. Porque el teatro y el vampiro son, en esencia, dos hijos de la noche. La que se considera obra fundacional del tema, El vampiro de John William Polidori (1819), significó su primera incursión escénica, adaptada por el francés Charles Nodier como Le vampire, melodrame en trois actes que se estrenó el 13 de junio de 1820 en el Teatro de la Porte-Saint Martin. Sólo que el autor decidió alterar notablemente la historia, llevándola por los senderos del melodrama clásico: tras estar en riesgo la virtud, el bien triunfa sobre la maldad, que es exterminada en el último momento, restaurándose el orden. Su éxito inmediato la llevó a los escenarios británicos, traducida por James Robinson Planché como The Vampire, or the Bride of the Isles, con idéntico resultado. Esto propició que el monstruo tuviera un gran apogeo de obras vampíricas durante la segunda mitad del siglo XIX.
El irlandés Bram Stoker debió tener esto en cuenta dos veces: desde su trinchera de hombre de teatro y como futuro autor Drácula, la novela canónica del tema. De su trabajo en el Teatro Lyceum y la relación que estableció con Henry Irving, el más grande actor de su tiempo, hablé en mi reciente colaboración para la página web de Mórbido. El desdén del Todopoderoso Irving truncó los planes de Stoker por ponerla en escena, pero un joven miembro de la compañía, Hamilton Deane (1880-1958), advirtió sus enormes posibilidades. Deane también nació en Clontarf, Irlanda, y conoció tanto a la familia Stoker como a la de Florence Balcombe, su esposa, privilegio que sin duda le permitió obtener los derechos para cumplir el sueño inconcluso de su difunto esposo. Dracula, the vampire play in three acts se estrenó el junio de 1924 en el Teatro Derby de Inglaterra, con un éxito contundente. Deane decidió ubicar su acción en un entorno citadino, dando a su malvado protagonista una mayor posibilidad de infiltrarse en la sociedad del Londres de la época. Parte de esta estrategia fue hacerlo encantador y enigmático. Y la que sin duda fue su mayor contribución: la capa, el frac y el medallón que hoy todos conocemos. El conde fue interpretado por el actor Raymond Huntley, mientras el propio Deane encarnaba a Abraham Van Helsing. Su aceptación llamó la atención del editor y productor estadounidense Horace Liveright, quien inmediatamente compró los derechos para llevarla a su país. El dramaturgo John L. Balderston fue el encargado de adaptarla, con un desconocido actor húngaro llamado Bela Lugosi en el papel principal, y Edward Van Sloan como su némesis, dirigidos por Ira Hards. Su impacto es por ustedes conocidos, al igual que la legendaria película que propició.
Desde entonces la obra, atribuida a la dupla Balderston-Deane, se ha montado en repetidas ocasiones alrededor del mundo. Posiblemente uno de los montajes más memorables es el que se hizo en Broadway en 1977, dirigido por Dennis Rosa, con Frank Langella en el rol estelar. Lo que lo hizo especialmente atractivo fue la escenografía y vestuario que diseñó el artista visual Edward Gorey, que le valió incontables galardones de la crítica especializada de su país. Nuevamente, la obra fue convertida en una flamante película (John Badham, 1979), con Langella y Laurence Olivier como su contrincante. Al Rey de los Vampiros ha dado vida (o no vida) en el teatro una gran variedad de talentosos actores, desde Terence Stamp, Jeremy Brett, Marin Landau. El que no deja de llamarme la atención es el difunto Raul Julia, que el 1978 heredó la capa en Broadway.  
De la presencia de Drácula en el teatro mexicano y de nuestra reciente contribución, hablaré posteriormente. 

martes, 4 de diciembre de 2012

Entre Hombres de Negro te veas


El comúnmente llamado Incidente Roswell, ocurrido la noche del 2 de julio de 1947 en Roswell, Nuevo México, marcó de muchas maneras a la cultura popular de occidente. Los creyentes en la vida extraterrestre lo consideran un momento cumbre, una de las más fidedignas señales de que, como dice Pedro Ferriz Santacruz, “un mundo nos vigila”. Básicamente, atendiendo los incontables testimonios del hecho, un Objeto Volador No Identificado se estrelló en el lugar y se recuperó el cadáver de su tripulante, quedando éste en poder del Gobierno de los Estados Unidos. Son famosas las imágenes clandestinas que la supuesta necropsia practicada a un ser pequeño y cabezón, de grandes ojos negros, por la milicia. De forma paralela, proliferaron los encuentros con unos misteriosos Hombres  de Negro, de los que nunca se ha aclarado su procedencia, que clamaban pertenecer a una agencia gubernamental y tenían por objetivo intimidar a los testigos del episodio para impedir que divulgaran la verdad. Sobre esta base, 40 años después, el escritor Lowell Cunningham y el dibujante Sandy Carruthers publicaron en 1990 una serie de 4 historietas tituladas The Men in Black, bajo el modesto sello canadiense Aircel Comics, comprado luego por Malibu Comics, que posteriormente fue asimilada por Marvel Comics, que hoy en día es propiedad de Mickey Mouse. Los Hombres de Negro de Cunningham son muy semejantes a los mostrados por la extinta teleserie Los expedientes secretos X, siniestros, poco escrupulosos, al servicio del verdadero poder tras al que los mortales rendimos cuentas. Pero de regreso a Aircel, su título más exitoso propició la exitosísima película Hombres de Negro (Barry Sonnenfeld, 1997) que, como todo producto tocado por la mano de Steven Spielberg, suavizó su tono en aras de llegar a todas las audiencias. De monitorear vida sobrenatural de todos tipos (vampiros, brujas, demonios y demás), se centró exclusivamente en la que procedía de otros planetas, y las aventuras de los Agentes K y J (Tommy Lee Jones y Will Smith en la cinta) se volvieron menos sombrías, pues su organización buscaba moldelar el pensamiento de las personas, no proteger a la colectividad. El resultado, filmado a partir del guión de Ed Solomon y con brillantes efectos de maquillaje de Rick Baker, fue un espectáculo muy disfrutable que alternaba acción y aventuras con momentos hilarantes. Inevitablemente, le siguió una secuela, Hombres de Negro 2 (Barry Sonnenfeld, 2002), que si bien es divertida, no alcanza la gracia y efectividad de su predecesora.
Este fin de semana vi su tardía tercera aventura, Hombres de Negro 3 (Barry Sonnenfeld, 2012), uno de mis grandes pendientes antes de concluir el año. La cinta, que no disimula el paso del tiempo en sus protagonistas, añade un atractivo que he visto en muchas formas recientes, del filme Hombres X, primera generación (Matthew Vaughn, 2011) a la serie televisiva Mad men: desarrollar parte de su historia en los años sesenta. Al combate cotidiano de esta agencia, que dirige la Agente O (Emma Thompson) en sustitución del finado Z (Rip Torn), se suma una nueva amenaza, Boris el animal (Jemaine Clement), que pone nuevamente en peligro al planeta y a uno de sus protagonistas (Jones). Así su contraparte (Smith), tras comprobar que se cumplieron las intenciones del malvado, viaja en el tiempo -en un salto de fe semejante al de Las alas del deseo de Win Wenders- para detenerlo. Y he ahí el principal atractivo: se encuentra con la versión juvenil de su compañero (Josh Brolin) quien se convertirá parte esencial de un evento dos veces importantes en la historia de la humanidad. El guión de Ethan Cohen no es del todo fiel a la continuidad de los hechos descritos en las aventuras previas, pero hace aportaciones interesantes, como ese vidente extraterrestre Griffin (Michael Stuhlbarg) o el lazo afectivo que une a los héroes en el tiempo. El competente diseño de arte de Bo Welch, que con la ayuda de Mary E. Vogt viste a los extraterrestres de los 60 en el mejor estilo de las cintas de Serie B de la era, en conjunto con el siempre afortunado maquillaje de Rick Baker, hacen la experiencia un verdadero festín visual. Nos recuerda también algo que en todos los niveles burocráticos debería tenerse en cuenta: trate bien a su subalterno. Algún día podría ser su jefe.    
En este punto debería ponerme unos lentes negros y pedirles que vean el extraño aparatito que tengo en la mano, pero quiero que recuerden haber leído estas líneas. 

jueves, 29 de noviembre de 2012

De estadistas, mitos y héroes de acción


Uno de tantos caminos que puede tomar la ficción contemporánea es centrar su atención en personajes históricos. Eso exige al autor apegarse en la medida de lo posible a hechos que son del conocimiento popular en aras de lograr verosimilitud y la complicidad del espectador. Identifico dos formas básicas de este tipo de historias:
1. Las que son fieles a los acontecimientos que documenta la historia y emplean el juego de la imaginación para explicar momentos poco conocidos. En El cuervo, guía para un asesino (James McTeigue, 2012), los guionistas Ben Livingston y Hannah Shakespeare, a pesar de las incontables licencias que se toman, respetan que Edgar Allan Poe (John Cusack) fuera encontrado moribundo en la banca de un parque de Baltimore y que llamara insistentemente a un tal Reynolds en su lecho de muerte. En nuestra tierra, el dramaturgo Flavio González Melo exploró la vida de Pedro Lascuráin (1856-1952), presidente mexicano que gobernó el país durante 45 minutos el 19 de febrero de 1913, tras el cobarde asesinato de Francisco I. Madero y José María Pino Suárez en la obra Lascuráin o la brevedad del poder. Mi amigo Vicente Quirarte hizo lo propio al ficcionar lo vivido por Oscar Wilde en sus últimos días en El fantasma del Hotel Alsace. Yo mismo profundizo los motivos que llevaron al irlandés Bram Stoker para escribir su novela más celebrada en El hombre que fue Drácula. Podría seguir así por un largo rato. Y la figura histórica no debe ocupar siempre el primer plano. En su novela El Alienista (1994), Caleb Carr toma a Theodore Roosevelt –vigésimo sexto Presidente de los Estados Unidos- en sus días como Jefe de Policía de la Ciudad de Nueva York y lo convierte en aliado de su ficticio protagonista Laszlo Kreizler en la cacería de un asesino en serie. Las posibilidades son infinitas.
2. Que la figura histórica sea un mero pretexto para crear un universo completamente nuevo, donde no necesariamente hay un respeto notable por los acontecimientos que documentan los libros, ofreciendo la posibilidad de realidades alternativas. En la muy reciente Hombres X, primera generación (Matthew Vaughn, 2011), los personajes de Marvel comics alternan espléndidamente sus correrías con la actuación de John F. Kennedy en la Crisis Cubana de Misiles. En su cuento La Bestia ha muerto, mi amigo Bernardo Fernández BEF usa a héroes y villanos del México decimonónico (Benito Juárez y Maximiliano de Habsburgo) para crear un relato que se encuentra a medio camino entre las ficciones de Julio Verne y los mundos de William Gibson o el de los hermanos Wachowski y su Matrix.
En esa última línea ubico a Abraham Lincoln, cazador de vampiros (2012), película estadounidense que se encontraba entre mis grandes pendientes. Dirigida y producida por el esteta ruso del cine de acción Timur Bekmambetov (quien dirigiera el díptico Guardianes de la noche y Se busca), con el endoso del buen nombre de Tim Burton y a partir de un guión de Seth Grahame-Smith –basado en su novela homónima- se convierte en un gran divertimento, una pirotecnia visual que se adhiere perfectamente al estilo desmedido y estridente del artista. En un universo paralelo, Abraham Lincoln (Benjamin Walker), décimo sexto Presidente de los Estados Unidos, escribe sus memorias, apacible en su despacho. En ellas narra su oficio no conocido por la posteridad. Desde su infancia en 1818 es testigo de las enormes injusticias de la clase privilegiada. Pero no sólo eso. Descubre que su mundo alberga otro tipo de horrores, unos que viven ocultos en las sobras y se alimentan de sangre. Cuando en su adolescencia intenta hacer justicia a la memoria de sus padres, el misterioso Henry Sturges (Dominic Cooper) lo salva del atroz terrateniente Jack Barts (Marton Csokas), quien es nada menos que un vampiro. Bajo la tutela de Sturges aprende a combatir a estas amenazas. Elige un hacha como herramienta de trabajo, cuya hoja recubre ceremoniosamente de plata. En medio de sus nuevos deberes como cazador de vampiros, encuentra tiempo para estudiar Derecho y conocer el verdadero amor en la figura de la bella Mary Todd (Mary Elizabeth Winstead). Pero el malvado Barts es sólo la punta del iceberg. Detrás de todo se encuentra el malvado Adam (Rufus Sewell), líder de un clan de vampiros con poderosísimos intereses. El conflicto deriva en uno de los episodios más dolorosos de la historia del país vecino: la Guerra de Secesión (1861-1865), un conflicto del que dependía que “Estados Unidos fuera un país que perteneciera a los vivos”.
La espectacularidad de la puesta en escena de Bekmambetov, la vertiginosa cámara de Caleb Deschanel, la briosa partitura de Henry Jackman contrastan a la perfección con homenajes a clásicos como La danza de los vampiros (Roman Polanski, 1967), Vampiros en la Habana (Juan Padrón, 1985) o a tantas memorables persecuciones en el techo de un tren en movimiento. Sobre todo, a pesar de tomar notables desviaciones con la Historia y la figura mítica que tan bien conocemos, es respetuosa a máximas que estableció Bram Stoker en la novela canónica del tema: “Aunque no pertenece a la naturaleza debe, no obstante, obedecer a algunas de las leyes naturales. No sabemos por qué”. Como nos enseñara Anne Rice, hay cosas que un vampiro no puede hacer, literalmente.
El desenlace es el mismo que aparece en los libros de texto: la fatídica noche del 15 de abril de 1865 en el teatro Ford de Washington, el actor y espía confederado John Wilkes Booth y su cobarde disparo a la cabeza del mandatario. A diferencia de la novela, y con la posibilidad de obtener la vida eterna, Lincoln elige el destino del hombre común. Del héroe. Y como bien advierte Grahame-Smith, “hay hombres demasiado interesantes para dejarlos morir”.

martes, 27 de noviembre de 2012

Entre videos te veas (ecos Mórbidos 2)


A principios de la década de los setenta, la compañía japonesa JVC desarrolló un nuevo sistema que revolucionaría la industria de los videogramas y dejó en desuso al popular Betamax. Se llamaba Video Home System, o mejor conocido (por sus siglas) como VHS. Como el buen cinéfago que soy desde mi más tierna infancia, pilas enormes de estas cintas se convirtieron en elementos cotidianos de mi habitación durante mi juventud. Si principal ventaja era su duración, que oscilaba de 6 a 8 horas dependiendo del modo de grabación (EP o SP). Cada viaje para rentar películas en los extintos Videocentro o Videovisión era sucedido por otro para comprar un flamante cassette para copiar las películas en cuestión (para mi consumo personal, eso sí), que luego habría de rotular obsesivamente con alfabetos transferibles Letraset. Adquirí en versión original los títulos más atractivos, que se sumaron a sus hermanos apócrifos. Eventualmente las grandes compañías dejaron de utilizar el VHS para lanzar sus películas al mercado. Esto porque otros formatos desplazaron al sistema, dando paso a la era del Laserdisc, el DVD y –actualmente- el Blue Ray. Esas pilas de cintas VHS fueron disminuyendo notablemente conforme adquiría sus títulos en DVD. Vendí los originales, aunque conservé los que no pude conseguir en su forma más novedosa. No obstante, forman parte invaluable de mi memoria y corazón. No cabe duda que recordar es volver a vivir.
Digo todo esto porque la tercera noche del Festival Mórbido pude ver una película que me producía grandes expectativas, V/H/S (2012), antología dirigida por Adam Wingard, David Bruckner, Ti West, Glenn McQuaid y Joe Swanberg. Todos los relatos se inscriben en la tan popular vertiente del found-footage (de la que ya he hablado ampliamente en este espacio y con mi colega Pablo Guisa en su versión podcast) y giran en torno a la historia de un grupo de vándalos que son contratados por un misterioso sujeto (a quien nunca vemos) para irrumpir en una casa aparentemente abandonada y buscar un cassette VHS (del que no conocemos su contenido, como un buen McGuffin hitchcockiano). Videograban toda su correría, como es su costumbre. Se dividen para optimizar su búsqueda y en el proceso se topan con un cadáver sentado frente a una televisión y una pila de estas cintas, lo que los lleva a ver cada una para encontrar la indicada. Todas (o al menos 5, que son las que conforman la película) contienen encuentros inesperados con la otredad, que van desde horrores sobrenaturales hasta otros inscritos en la más terrible realidad. Algunos segmentos son notables, como ese del grupo de insensatos estudiantes y su farra nocturna, o el de la pareja que viaja en una segunda luna de miel.
Estilísticamente no aporta nada nuevo (es una película más de la técnica que Antonio Camarillo llama cámara borracha), pero cumple con lo que promete. No más, no menos. Hasta donde sé, V/H/S tendrá una exhibición comercial. Tiene los elementos para propiciar (como en otros casos) una pequeña franquicia, que lucrará sin duda con la nostalgia que explica la renovada afición por los discos de vinil o las películas Betamax. Algo que no puedo negarle es que después de verla esa madrugada, al regresar a mi hotel, me obligara a echar cerrojo concienzudamente a mi habitación y estuviera alerta hasta conciliar el sueño. 

lunes, 26 de noviembre de 2012

Llévame a la Luna (ecos Mórbidos 1)


En el apogeo de la Alemania Nazi, Wernher von Braun fue el principal científico a cargo de desarrollar la tecnología aeroespacial que usaron en la II Guerra Mundial. Cuando los aliados ganaron el conflicto, emigró a los Estados Unidos, donde fue gratamente acogido y se incorporó a la National Aeronautics and Space Administration (mejor conocida como NASA), donde realizó aportaciones armamentísticas notables e importantes descubrimientos que permitieron que el hombre pusiera pie por vez primera en la Luna, en julio de 1969.
Walt Disney (así como lo oyen) se encargó de popularizar la figura de von Braun en una serie de mini documentales donde el Gobierno estadounidense se vanagloriaba de sus avances y cómo se encontraba a la cabeza de la carrera hacia la Luna. Fue así -con las imágenes qe Disney produjera en los años sesenta- como, en el ocaso del segundo día del pasado Festival Mórbido, Pablo Guisa introdujo la cinta Iron Sky (Timo Vuorensola, 2012), delirante y atractiva co producción entre Finlandia, Alemania y Australia. El guión de Johanna Sinisalo y Michael Kalesniko parte de una premisa muy simple: ¿se han imaginado a los Nazis en la Luna? En el año 2018, en un Estados Unidos con una Presidente semejante a Sarah Palin (Stephanie Paul), un astronauta negro de apellido Washington (Christopher Kirby), durante una misión espacial, descubre una base de operaciones Nazi en el lado oscuro de la Luna, donde una profesora (Julia Dietze), su científico padre (Tilo Prückner), un oficial sin escrúpulos pero con muchas aspiraciones (Otto Götz), el Führer en suplencia (Udo Kier) y un ejército de Nazis pretenden regresar a la Tierra y dominarla con el uso de la tecnología de un teléfono celular. Todo es el escenario de situaciones tan divertidas como extravagantes (por ejemplo, el albinizador), un declarado homenaje a las películas Serie B, donde una publirelacionista (Peta Sergeant), a bordo de la nave espacial USS George W. Bush, es la encargada de salvar el día y restaurar la hegemonía de la nación de los valientes y los libres. 
Desconozco si la película tendrá un estreno comercial, pero sin duda deben buscarla a toda costa. 

viernes, 23 de noviembre de 2012

"Agitado, no revuelto"


Cuando conocí el caso criminal del japonés Chizuo Matsumoto –quien se rebautizaría posteriormente como Shoko Asahara-, la secta que fundó –con una base de operaciones en las faldas del Monte Fuji-, sus sueños de dominación mundial y los terribles atentados que orquestó en el metro de Tokio el 20 de marzo de 1995, inmediatamente supe que sería la única oportunidad de incluir el tema clásico que compusieron John Barry y Monty Norman para las cintas de James Bond 007. Esto fue en el episodio 186 del extinto Testigos del Crimen. Muchos pueden cuestionar esta decisión. Después de todo, como Batman, Dexter Morgan o Hannibal Lecter, James Bond es un personaje de ficción. Pero a diferencia de los primeros, sus actividades –el espionaje- lo alejan del fenómeno criminal. Las amenazas que enfrenta el agente secreto Al Servicio de Su Majestad se inscriben en un ámbito superior, uno que pone en peligro la supervivencia de la civilización occidental.
La fama del personaje creado en 1953 por el novelista, reportero y oficial de inteligencia inglés Ian Fleming se incrementó sustancialmente gracias a sus aventuras fílmicas producidas por Albert R. Broccoli y Harry Saltzman, protagonizadas –a lo largo de 50 años- por los actores Sean Connery, George Lazenby, Roger Moore, Timothy Dalton, Pierce Brosnan y Daniel Craig, todos ilustres paisanos del espía (dejo fuera de mi lista a los Bond no oficiales, como Barry Nelson y David Niven). Soy aficionado de ellas desde que tengo memoria. Son parcialmente responsables de mi formación como cinéfilo. Por eso me dolió tanto no estar disponible para grabar con otro devoto del personaje, Carlos del Río, un podcast especial de CinemaNet. Y lo digo con plena consciencia, porque las cintas de Bond no admiten academicismos, están plagadas de situaciones incongruentes, personajes inverosímiles y fórmulas que conocemos hasta el hartazgo. No obstante son un entretenimiento puro –para hombres, pues no todas las mujeres comparten mi opinión-, impactante, a prueba de balas. No polemizaré sobre cuál actor lo encarna de una mejor manera, o sobre su calidad como aportación artística. El triunfo de Bond es divertirnos, sustraernos de la realidad. Punto.
Se que me alejo diametralmente de los intereses de este blog, pero no puedo evitarlo. Sobre todo porque ayer vi su vigésima tercer cinta oficial, la de su cincuentenario cinematográfico, Operación Skyfall (Sam Mendes, 2012). Ésta cuenta con todos los elementos que debe tener una película de su clase: locaciones exóticas, situaciones peligrosas, persecuciones trepidantes, tiroteos, momentos pasionales, atractivo visual para el público masculino (Naomie Harris y Bérénice Marloheun), un buen villano (Javier Bardem), y la recuperación de los clásicos (como la aparición del Aston Martin DB5 que usó en 007 contra Goldfinger), que tanto disfruté. Considero a Skyfall el punto medio entre el Bond de sus inicios y el del nuevo milenio, con un hacker incluido (Ben Whishaw de El perfume): puedo hacer más daño con mi lap top y en pijama del que tú harás en todo un año. Cuando da al héroe una nueva versión de su flamante pistola Walther PPK, la más famosa pieza de su arsenal, le pregunta: ¿Qué esperabas? ¿Una pluma explosiva?. La presencia de Albert Finney fue emotiva y la inclusión de Ralph Fiennes un relevo apropiado. El Rey ha muerto, larga vida al Rey.
Por fortuna, Bond está más vivo que nunca. Se han anunciado dos aventuras suyas más. Y estoy seguro que continuarán cuando haya abandonado este planeta. Porque el personaje tiene vidas inagotables y ha demostrado su capacidad de adaptación a todas las épocas y todos los males.
Fin de la pausa.