miércoles, 13 de marzo de 2013

¿Podrán renacer las slasher movies?


Mi reencuentro televisivo, accidental, con el remake de Viernes 13 (Marcus Nispel, 2009) confirmó lo que sentí cuando lo vi por vez primera: fue un esfuerzo inútil, insatisfactorio, casi irrespetuoso, por tratar de revivir una redituable franquicia. Sucedió algo similar con la intentona (que si tuvo una secuela) del músico y cineasta Rob Zombie por traer a los nuevos públicos la indispensable Halloween (en 2007). Un poco más afortunada fue la puesta al día de Pesadilla en la calle del infierno, rebautizada apropiadamente como Pesadilla en Elm Street (Samuel Bayer, 2010), y aún a pesar de sus aportaciones (abundar en el pasado pedófilo de Freddy Krueger) y su competente protagonista (Jackie Earle Haley) queda a deber al aficionado de la saga, al que añora tiempos sencillos y sanguinolentos. Pareciera que los aspectos que definieron a las slasher movies han quedado atrás. La ausencia de nuevos especímenes me lleva a preguntarme si es posible que haya un resurgimiento de este subgénero del cine de horror. El más atractivo en tiempos recientes fue Scream, grita antes de morir (Wes Craven, 1996). Lo terrible es que desde su estreno han pasado casi dos décadas. Su aportación consistió en deconstruir sus convenciones: el inteligente guión de Kevin Williamson nos presentaba a Randy Meeks (Jamie Kennedy), un joven como ustedes o yo (aunque ya no lo soy tanto) que adoraba las versiones originales de los títulos que mencioné y enunciaba una serie de reglas para sobrevivir en una historia de este tipo. En ellas definía sus elementos infaltables:
1. Una locación con personalidad propia, sea una entidad (el Estado de Texas), un campamento en el bosque (Crystal Lake) o una comunidad suburbana (Haddonfield, Illinois, Woodsboro, California, o Springwood, California, todas ficticias). Porque el villano, como muchos depredadores, es territorial.
2. Un asesino terrible, preferentemente enmascarado, con un pasado tortuoso que busca venganza y víctimas a cualquier costo, débala o no el desafortunado que se cruce en su camino.
3. Corderos de sacrificio, es decir jovencitos de diferente naturaleza, desde la chica virtuosa y virginal, el estudiante sensato e inteligente, el popular y atractivo atleta, el borrachito impertinente, la voluptuosa y casquivana porrista, el rebelde sin causa o el impopular nerd. Todos jugarán diversos papeles en la intriga. No todos sobrevivirán.
4. Sexo, actividad que el malvado castigará sin piedad. Todos recordamos a las parejitas que se encontraban en pleno fornicio y eran despachadas cruelmente por el homicida en turno. En muchas maneras el slasher era un guardián de las buenas costumbres y un vigilente de la sexualidad irresponsable en la era de Ronald Reagan, el SIDA y las enfermedades infecto contagiosas.
5. Mucha, mucha sangre, que incluso debe salpicar la cámara.

Casualmente todos confluyeron en la muy afortunada La cabaña del terror (The cabin in the woods, Drew Goddard, 2012). Esta es la luz de esperanza que busco. Así que los futuros cineastas tienen un gran reto por delante.

lunes, 11 de marzo de 2013

Texto para la presentación de Amor, zombis y otras desgracias


Esto es lo que leí el pasado 2 de marzo, para seguir a tono con los zombis. 
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Durante las dos últimas décadas, los zombis son personajes increíblemente arraigados en la cultura popular. Todos nos hemos angustiado, desde la seguridad de nuestros asientos, ante el drama del grupo de sobrevivientes –que se parecen a ustedes y a mí- en la teleserie The Walking Dead o pasado interminables horas aniquilándolos en la serie de videojuegos Resident evil. No discutiré en este momento sobre su origen en el folclor afroantillano y sus brillantes representaciones en el séptimo arte, me quedo por hoy en la literatura. En el terreno de las letras contemporáneas es un monstruo poco visitado, salvo notables excepciones como Max Brooks –con su Guía de Sobrevivencia Zombi y su novela Guerra Mundial Z-, John Ajvide Lindqvist –con su perturbadora novela Descansa en paz- o Seth Grahame-Smith –con su curiosa Orgullo y prejuicio y zombis-. Precisamente como una aportación notable se erige Amor, zombis y otras desgracias (Alfaguara juvenil, 2012) de José Luis Trueba Lara. A él tengo el placer de conocerlo desde hace varios años en su faceta de editor –hizo posibles las primeras publicaciones de mi buen amigo Rafael Aviña-, académico y biógrafo de nuestro mutuo amigo Vicente Quirarte (El Hombre Araña también escribe poesía, Porrúa, 2005). No sólo nos une una fascinación por la cultura criminal y el que los expertos llaman “cine truculento”. Publicó Crónica negra del crimen en México (Plaza y Janés, 2001), una espléndida y selecta recopilación de la nota roja nacional. Mi reencuentro con él ocurrió de manera inesperada: tuve el honor de presentarlo con pretexto de su nueva creación durante el pasado Festival Mórbido, en la espléndida Biblioteca Publica Gertrudis Bocanegra de Pátzcuaro.
Sobre el motivo de que estemos reunidos esta tarde sólo puedo decir que Amor, zombis y otras desgracias es una estupenda novela juvenil, que no sólo es afortunada desde su ingenioso título, sino por abrevar de una cultura cinematográfica que todos los diletantes del horror pueden identificar. A través de un lenguaje ágil, que no pierde el tiempo en detalles innecesarios y alterna las voces narrativas, conocemos la historia de Jorge Antonio, un chico de 16 años que se muda de casa con madre, su padre Harry, y su insufrible hermanita, e ingresa a la secundaria Instituto Científico y Cultural de México. Ahí conoce a UV, uno de los más notables creyentes en teorías de conspiración que recuerdo, y a Alicia, una jovencita huraña y llena de pircings. El héroe vive los infortunios propios de la edad, esos que casi todos conocimos: está condenado a la marginalidad por sus extravagantes gustos, es víctima del abuso de sus compañeros –hoy le llamamos bullying- y cae presa de un amor imposible –la bella y banal Bárbara-. Por si fuera poco, todo ocurre en medio del Apocalipsis zombi. Acertaron si descubrieron en lo que dije una serie de homenajes, de la obra seminal de George Andrew Romero hasta la primera entrega de la saga de acción sobrenatural W. S. Anderson.
Pero su atractivo no reside exclusivamente en lo anterior. La novela está narrada en una forma muy familiar para los adolescentes: mensajes de Twitter y Facebook, mensajes SMS de celular, videos de Youtube, entradas de blog y páginas de Internet, archivos adjuntos de correo electrónico, videograbaciones, recortes de periódico, comunicados de prensa y entradas de diario, al más puro estilo epistolar con el que Bram Stoker ensambló su creación más perdurable. Todo en un ambiente doméstico como la gran Ciudad de México, con episodios tan reconocibles por recientes -¿recuerdan la epidemia de Influenza AH1N1 con sus restricciones y la forma en que afectó la vida de la urbe?-.

Hay dos cosas que debo agradecer a Amor, zombis y otras desgracias:

1. Se trata de una historia de zombis a la vieja usanza, respetuosa del monstruo como nos lo ha presentado el séptimo arte. Existe una tendencia a la innovación, a desligarse del canon, donde nuestros personajes son llamados “caminantes”, o cosas similares. Es cierto que otros calificativos pueden ser apropiados, como “infectados”. Pero yo, como Max Brooks, siempre los llamaré zombis. Y abre su maravillosa novela Guerra Mundial Z afirmándolo:        
Para mí, siempre será “La Guerra Zombie,” y aunque algunas personas pueden discutir acerca de la exactitud científica de la palabra zombie, me gustaría invitarlos a encontrar otro término que tenga una aceptación tan universal para las criaturas que estuvieron a punto de provocar nuestra extinción. Zombie sigue siendo una palabra devastadora, con un poder sin igual para conjurar un sinfín de recuerdos y emociones, y son precisamente esos recuerdos y emociones los que forman el tema principal de este libro.
Esto lo demuestran sus consejos prácticos para enfrentar una invasión zombi, contenidos en su capítulo IV de la segunda parte del texto, en la más pura escuela del señor Brooks o el Manual de combate zombi, de Roger Ma. En lo personal, prefiero la brevedad de Trueba Lara.
Y sobre la cultura cinematográfica, su afortunada filmografía pone a prueba los conocimientos del lector y lo invita a hacer descubrimientos afortunados. El autor incluye títulos que parecerían ajenos al tema, como Hombres de negro (Barry Sonnenfeld, 1997). Uno podría preguntarse por qué el autor sugiere una cinta de extraterrestres. La respuesta es simple: el Agente J (Will Smith) pregunta a su mentor K (Tommy Lee Jones) si busca información sobre el caso que indagan. Por respuesta éste se dirige hacia el puesto de periódicos más cercano. Toma tres tabloides que tienen los encabezados más extravagantes e irrisorios –aquí sería el Alarma o el Semanario de lo insólito-. El novato le cuestiona sobre la seriedad de esos impresos. “Son el mejor periodismo de investigación”, responde el veterano. “Lee el New York Times si quieres. A veces aciertan”. La cultura del sospechosismo, dirían algunos.

2. Los zombis, como en toda buena historia de su clase, ponen en manifiesto lo mejor y lo peor de las personas. El drama de supervivencia de sus protagonistas es el que nosotros podríamos vivir en una circunstancia semejante. La valentía, la solidaridad y la nobleza son virtudes que nuestros héroes ponen a prueba en todo momento, sea para recorrer los siniestros túneles del metro –arriesgándose por partida doble- o para acompañar a su amiga en el “arresto domiciliario” al que la castiga su madre. El autor también hace evidente la incapacidad de las autoridades para enfrentar la contingencia, con sus soldados temerosos cuyo jefe ordenaba disparar “a la jeta” a los enemigos o el maquillaje mediático. Al final nos recuerda las desventajas de la condición humana ante un evento extraordinario y nos plantea una pregunta inquietante: “¿conviene enamorarse ante el fin del mundo?”.

Su autor deja abiertos detalles que propiciarían una secuela. Si mi razonamiento es acertado, espero que se presente en la edición XXXV de esta Feria de Minería. Por lo pronto el libro fue el primero que devoré en este 2013. Un calificativo muy apropiado ante estas circunstancias.  

martes, 5 de marzo de 2013

Presentar zombis


El sábado pasado, Alfaguara Infantil me invitó a presentar la novela Amor, zombis y otras desgracias (Alfaguara, 2012) de José Luis Trueba Lara, obra a la que me referí anteriormente. Acompañé al autor y al crítico de cine Rafael Aviña, figura importante en este espacio y en mi formación. Por los dos siento el más genuino respeto y aprecio personal y profesional, cosa que me hizo disfrutar la ocasión por partido doble. El acto, celebrado en la edición XXXIV de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en orgulloso territorio de mi Universidad, contó con un público –mayormente integrado por jóvenes- que colmó el Salón de la Academia de Ingeniería. Es comprensible por la reciente efervescencia del fenómeno zombi, un monstruo que invita a las más variadas interpretaciones. De todos sus terribles colegas, es el más correcto. A un zombi no le importa si eres rico o pobre, feo o hermoso, lees la Revista de la Universidad o TV y Novelas, escuchas a Metallica y Jenny Rivera: tu carne es igualmente suculenta que la de cualquier persona. Comprometí a Rafael para compartir en este blog el texto que preparó para la actividad, por lo que lo reproduzco con su amable autorización. Que lo disfruten.
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AMOR, ZOMBIS Y OTRAS DESGRACIAS de José Luis Trueba Lara
Rafael Aviña

Conocí a José Luis Trueba Lara hacia el año de 1980, cuando ambos coincidimos como alumnos en el primer semestre de la UAM Xochimilco en el turno vespertino, un tronco común, en el que la UAM mezclaba en una suerte de cacerola experimental a aspirantes a Diseño Gráfico, Biología, Comunicación, Sociología, Arquitectura, Agronomía, Economía y más. José Luis iba para Sociólogo y yo para Comunicador Social y sobrevivimos a esa experiencia. Fue tal la empatía que tuvimos y la sana competencia que establecimos, que decidimos trabajar en equipo en los dos semestres que compartimos. Parte de nuestra afinidad tenía que ver con ese gusto por platicar y desmenuzar toda clase de películas enfermizas, sangrientas y delirantes y sus correspondencias con la vida cotidiana.
Basta decir que de ese gusto mutuo, varios años después, José Luis, en su faceta como editor, avaló algunos de mis primeros libros como: El cine oscuro,  el placer criminal y El cine de la paranoia, que publicó bajo el sello de su propia editorial Times Editores. José Luis es académico, promotor cultural, ensayista, periodista, ha estudiado varias carreras y desarrollado cargos públicos relacionados con el área editorial y cultural y además de ello, no ha dejado de escribir. Más sorprendente aún, es que se trata de un autor que igual puede narrar la historia de un policía capitalino, contar las vicisitudes de los chinos en Sonora o de la huelga de Cananea en 1906, y a la vez, escribir una novela sobre muertos vivientes quinceañeros. Su capacidad de trabajo y su obra publicada resulta asombrosa y lo digo con gusto y admiración.
Una de aquellas tantas tardes de 1980 en la UAM Xochimilco, nuestro profesor nunca llegó, entonces José Luis y un servidor iniciamos una larga plática que se extendió hasta entrada la noche cuyo tema era una película en particular considerada un parteagüas cultural del cine de horror y sobre un tópico que hoy en día ha conseguido crear un enorme embeleso y veneración. Me refiero a La noche de los muertos vivientes dirigida en 1968 por George A. Romero, director que ha seguido realizando una serie de eclécticas y fascinantes secuelas sobre el mismo tema y generado múltiples filmes que rinden homenaje a su trabajo. En éste, su nuevo libro, Amor, zombis y otras desgracias, editado por Alfaguara juvenil, el personaje protagónico se llama Jorge Antonio Romero (es decir: George A. Romero), a quien José Luis rodea de una serie de personajes y situaciones que van del humor negro al horror más desolador. Si algo tiene José Luis Trueba Lara además de incansable talento, es que es dueño de un humor despiadado que aplica aquí de manera brillante. Veamos.
El personaje de UV el mejor amigo de Jorge Antonio a quien conoce en la nueva escuela secundaria a donde se cambia, se llama así porque es albino. En otra parte, Jorge Antonio le pregunta a su amigo si su mamá se volvió a casar. El responde: “¿Tu te casarías con ella?” y es habría que aclarar que la mujer es casi albina, se pinta el cabello color rosa pálido, se maquilla como geisha y es una cosmetóloga que carece de cejas. Lo mismo sucede con la anécdota de ese jabón con feromonas llamado quita calzón que el protagonista compra en el mercado y que puede convertirse en una fallida arma biológica.
José Luis Trueba pasa revista a un universo adolescente que en un principio puede parecernos un lugar común desde el punto de vista adulto. No obstante, sería bueno que los adultos regresaran a los años de adolescencia para recordar esa sensación de estar cubiertos de espinillas, flacuchos, hablando como el Gallo Claudio y enfrentando al típico gandalla  golpeador de toda secundaria y al mismo tiempo, a la atracción física hacia chicas que se desarrollan mucho más rápido que los jóvenes. Es justo ahí donde encaja Jorge Antonio, un chavo solitario que lleva un diario escrito, con una media hermana pequeñita, un padrastro bueno pero anodino y una madre cariñosa. UV, el albino que vive con su madre ídem, fanático de las teorías de las conspiraciones los blogs de ese mismo tema y de películas como Resident Evil, La facultad, La noche de los muertos vivientes, El exorcista, Usurpadores de cuerpos o Diabólica tentación y que además, tiene en su casa un chihuahua disecado y cree en suplantaciones alienígenas, lavados de cerebro y bacterias extraterrestres. O Alicia, la chica solitaria cuya madre la acosa y acusa todo el tiempo, cubierta de piercings y que se desahoga a través de una cámara de video. Chavos segregados y auto marginados que bien podrían tener cabida en la película Cuenta conmigo escrita por Stephen King, Por cierto, los personajes de Trueba, se adelantaron a los de Paranorman y Frankenwinie, donde cabe también la chica fanática del maquillaje, los antros, la ropa de moda, Camila y Justin Bieber, llamada Bárbara como Barbie.
Amor, zombis y otras desgracias, está etiquetada como novela juvenil, ya que transcurre en ambientes adolecentes. Lo curioso, es que en realidad se trata de una obra que al mismo tiempo debieran de leer los padres de los chavos a los que está dirigida. En su novela, la familia nuclear no existe. Los chicos protagonistas o han sido abandonados por el padre, o son hijos de divorciados, pero sobre todo, los adultos se localizan a años luz de los sentimientos de sus hijos, lo que también da pie a reflexiones crudas. En la pag. 164, Alicia habla consigo misma a través de una cámara refiriéndose a su mamá y dice: “cuando le comenté que teníamos que platicar de algo muy importante, ella, como siempre, entendió otra cosa. Se me quedó viendo muy feo. En ese momento, supe que para no variar, estaba pensando en cosas que no son, ya sabes: que me fui de zorra, que estoy esperando un bebé, que me había metido algo, que ya me habían reprobado o que me habían pegado una enfermedad de esas que no se puede hablar sin vergüenza. A veces cuando se pone así, pienso en ella y en mi papá, en un matrimonio a la carrera y en una niña prematura, esa soy yo…en que mi mamá tal vez no quiere que sea como ella, pero nunca se ha querido dar cuenta, que definitivamente, yo no soy ella”.
José Luis hace referencia a personajes del cine de horror contemporáneo como Stephen King, Robert Rodríguez, o Romero, sin embargo, atiende las premisas de aquellos relatos de horror de los años 40 y 50, cuyos personajes sufrían terribles mutaciones que no eran otra cosa que alegorías de las transformaciones hormonal adolescente y sus horrores inconfesables, como sucede en La marca de la pantera, Yo fui un hombre lobo adolescente, El hombre caimán o La mancha voraz,  mismas que a su vez, encontraron eco en la década de los 70 con cintas de culto como Martin de George A. Romero, Carrie de Brian De Palma o Parásitos asesinos y Rabia, dirigidas por David Cronenberg. En ellas, los vómitos, las evisceraciones eran metáforas de la bulimia, anorexia, dermatitis o automutilaciones adolescentes y a su vez, alegorías sexuales sobre los cambios hormonales de adolescentes que despiertan al mundo.
Por supuesto, el cine mexicano de la época no se quedó atrás para hablar de los jóvenes, personajes que parecían invisibles como hoy se sienten hoy los chavos. Así, perdidos entre charros, gángsters, chinas poblanas, rumberas, pecadoras o madres abnegadas, jóvenes como Martita Mijares, Marta Elena Cervantes, Maricruz Olivier, Tere Velázquez, Olivia Michel, Luz María Aguilar o Chachita, Fredy Fernández el Pichi, Alfonso Mejía, René Cardona Junior, o Fernando Luján, jamás se convirtieron en panteras, caimanes, o lobos. No obstante, para los realizadores y argumentistas de aquel cine mexicano adolescente, nuestros jóvenes eran unos verdaderos monstruos con acné y tobilleras, culpables de todo tipo de desviaciones como el rocanrol, el cigarro, las chamarras de cuero y el despertar a la sexualidad. Jóvenes inconformes y rebeldes como deben ser los jóvenes, pero por ello, para nuestro cine: regañables, sermoneados, rechazados e incomprendidos en películas cuyos títulos hablan por sí mismos de sus “aberraciones” adolescentes: La edad de la tentación ¿...Y mañana serán mujeres!, Ellas también son rebeldes, ¿Con quién andan nuestras hijas?, Juventud desenfrenada, ¿A dónde van nuestros hijos? o Estos años violentos.
Si Drácula de Bram Stoker se construía con materiales como cartas, diarios, recortes de periódicos y un narrador omnisciente. En la novela de José Luis además del narrador ese “alguien del que quizá nunca sabremos quien cuenta lo que pasa” en la obra, nos encontramos con mensajes de twitter, de celular de facebook, videos de youtube, confesiones a cámara, diarios escritos, entradas de blogs y páginas de Internet, correos electrónicos, notas de periódico, comunicados de prensa y más, para contar no sólo una historia que pasa del humor negro a un asunto cada vez más ominoso y sangriento, con caminantes o muertos vivientes que salen de los túneles del Metro y de hombres topos que viven en las cloacas y en los recovecos de esas mismas estaciones, muy similares por desgracia a los indigentes marginados, teporochos y adolescentes pachecos que corrieron de la calle de Humboldt y que ahora deambulan entre la calle de Independencia y el Metro Juárez.
En el fondo, esta historia de muertos que caminan, de una terrible pandemia que mucho tiene que ver con aquella que asoló nuestra ciudad en abril de 2009, de jovencitos armados con decenas de dvds de horror Serie B, paranoias y conspiraciones, se trata sobre todo, de un relato de sobrevivencia emocional y hormonal adolescente: su relación con el mundo, con los adultos, la experiencia del amor, el valor de la amistad, la forma en que los chavos intentan enfrentar la soledad, la ausencia de sus padres y las burlas de sus compañeros, con un escenario zombie apocalíptico como alegoría.
Por encima de todo ello, Amor, zombis y otras desgracias, retrata el dolor de crecer. El abandonar las fantasías de la infancia y esa burbuja en que solemos crecer, para ver la realidad: la forma en que conviven de manera cotidiana fealdad y belleza, el horror, la corrupción, o la apatía, con el esfuerzo, el optimismo y el trabajo verdadero. Ahí, donde, el enamorarse es sólo otra faceta de ese proceso que es el tormento de crecer. Y es que crecer duele, duele mucho. Pregúntenle a sus hijos adolescentes y verán, o más bien, preguntémonos a nosotros mismos. Es ahí donde el epígrafe de José Emilio Pacheco de El principio del placer que José Luis refiere, adquiere sentido. Cito: “Si, en opinión de mi mamá, ésta que vivo es la “etapa más feliz de la vida”, como estarán las otras, carajo”.
Muchas gracias.

lunes, 4 de marzo de 2013

Unfollow the killer


Un poco de drama: pocas cosas son tan dolorosas como las expectativas no satisfechas. El entusiasmo que tuve –y manifesté aquí- sobre la recién nacida teleserie The Following se evaporó al ver a uno de los “admiradores” del catedrático homicida Joe Carroll (James Purefoy) ataviado con una máscara de látex de Edgar Alan Poe, como una versión barata de tantos memorables psicópatas enmascarados del cine de horror de los ochenta. Si su premisa (un policía caído en desgracia persiguiendo a los devotos de un multi asesino que propagó su nefasto ejemplo por Internet) era prometedora, el resultado se tornó fallido, convencional. Ese recurso funcionó bien en Punto de quiebra (Kathryn Bigelow, 1991), donde el difunto Patrick Swayze encabezaba a una eficiente banda de asalta bancos conocida como Los Expresidentes por su subversiva idea de cubrir sus rostros con máscaras de goma de Lyndon Johnson, Richard Nixon, James Carter y Ronald Reagan (¿ladrón que roba a ladrón?). Y sobre estos transgresores de la ley no me extenderé, aunque hay mucha tela de dónde cortar. Pero que el creador del programa en cuestión, Kevin Williamson, pretendiera usar la efigie de una de las cúspides de la imaginación, del artista que transformó el pensamiento creativo del hombre moderno, para disfrazar el rostro de vulgares imitadores me pareció francamente atroz, inaceptable. Hasta para matar se requiere originalidad. El concepto de un psicópata influenciado por la obra de Poe no era malo. Tampoco nuevo (El cuervo, guía para un asesino, James McTeigue, 2012). Pero todo terminó por desmoronarse, como la Casa Usher. Y el avance de su próximo episodio no ayuda mucho: ahora el trastornado en turno disfrazado como Poe rocía con gasolina a una persona y le prende fuego, como ocurrió en Dexter y sucede en la horrible realidad. La fascinación Carroll por Poe –que nunca debió ser el eje de la trama- se convirtió en un burdo pretexto, en algo con un tufo mercantilista que busca aprovecharse de la buena fama del escritor estadounidense. Es una lástima, en verdad. No me queda más que pulsar el botón virtual de “unfollow”.  

viernes, 22 de febrero de 2013

Follow the killer


Los expertos coinciden en que The Following (aún sin título en español), teleserie anoche estrenada en México, es la gran sorpresa de la temporada. El crítico Álvaro Cueva asegura “The Following es, para 2013, lo que C.S.I. para 2000, lo que 24 para 2001, lo que Criminal Minds para 2005, lo que Dexter para 2006. Es un punto y aparte, un antes y un después”. Y su entusiasmo es comprensible. Es un programa que promete. No sólo por ser un homenaje declarado a la imaginación de Edgar Allan Poe, sino porque es un retrato contemporáneo de la popularidad que pueden llegar a alcanzar sujetos desquiciados gracias a los medios de comunicación y la tecnología. En el año 2004 Joe Carroll (James Purefoy) era un respetable profesor de literatura norteamericana especializado en el período romántico, que tenía un especial aprecio por los significados de la obra de Poe. Tras descalabros editoriales, llevó su fascinación a terrenos torcidos, asesinando brutalmente a 14 jovencitas. Ryan Hardy (Kevin Bacon), agente especial del FBI a cargo de la investigación, lo detuvo a punto que matara a su quinceava víctima, a un precio muy alto. Años después, en nuestra época, Carroll aguarda su ejecución en una penitenciaría del Estado de Virginia. Logra escapar e inmediatamente inicia una cacería humana a la que el investigador, caído en desgracia, es convocado por su experticia. Las autoridades protegen a su fallida última presa (Maggie Grace) y a su ex esposa (Natalie Zea), con resultados nefastos que sólo significan el inicio de algo peor: durante su reclusión, Carroll tuvo acceso a una computadora con Internet donde, carismático y seductor, obtuvo una horda de seguidores devotos de su “trabajo” gracias a las redes sociales. Es el Charles Manson de la era del Twitter y el Facebook. Hardy se ve obligado a enfrentar la tormenta por venir. El propio villano reconoce su importancia y atractivo en la trama: “es un héroe trágico, imperfecto, destrozado, en busca de redención”. Ese es el atractivo y credibilidad de Kevin Bacon, que retrata muy bien a un personaje atormentado, desencantado de la vida, digno continuador de los personajes creados por otros notables herederos de Poe, como Dashiell Hammett o Raymond Chandler.
La serie creada por Kevin Williamson –autor de los guiones de la serie de películas Scream, de esa curiosidad titulada Aulas peligrosas (The Faculty, Robert Rodríguez, 1998), de la divertida La maldición (Cursed, Wes Craven, 2005) o de series juveniles como Dawson's Creek, The vampire diaries o The Secret Circle- es una propuesta inteligente y lóbrega, siempre inquietante, que debemos atender. Según he leído, su temporada constará de 15 episodios. Por lo pronto ya quiero que llegue el segundo. 

Réquiem para Joaquín Cordero


El pasado martes 19 de febrero de 2013 dejó de respirar Joaquín Cordero Aurrecoechea, un actor al que siempre guardaré un especial cariño. Tenía 80 años de edad. Lo conocí en El libro de piedra (1968), la ya clásica cinta de Carlos Enrique Taboada. Con gran dignidad daba vida a Eugenio Ruvalcaba, el atribulado padre de una niña que conocía de frente a la otredad. Su interpretación, segura y creíble, daba gran dignidad a temas poco respetados por muchos: el horror y la fantasía. A pesar que en su amplia carrera en cine y televisión recorrió todos los géneros, de la comedia romántica al drama, del cine de luchadores al melodrama familiar, siempre lo recordaremos por sus apariciones en cintas que conocimos en la infancia y significaron nuestras primeras aproximaciones a estos territorios. A la anterior sumo Orlak, el infierno de Frankenstein (Rafael Baledón, 1960), El monstruo de los volcanes (Jaime Salvador, 1963), El Museo del horror (Rafael Baledón, 1964), Cien gritos de terror (Ramón Obón, 1965), Doctor Satán y la magia negra (Miguel Morayta, 1966) y por supuesto, una de sus más entrañables, La loba (Rafael Baledón, 1965). Sobre esta última hablaré abundantemente el un futuro no lejano.
Fue despedido tanto por sus pares actores como por figuras del mundo intelectual. Fue más que justo que su cuerpo se homenajeara en el Palacio de Bellas Artes, señal de su importancia y trascendencia. Rafael Tovar y de Teresa, actual Director del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, le dirigió unas palabras de despedida que nos dan una idea de su dimensión:
Hoy, Joaquín Cordero se reúne con Alma, su esposa durante sesenta y dos años. Joaquín, en vida, decía que mucho de lo que hizo en la actuación se lo debe a la gente, y así lo vimos todos en las pantallas de los cines y en la televisión o en los escenarios, haciendo su tarea actoral, consolidando año con año una carrera que afortunadamente fue de muchas décadas y dejó testimonios que nunca se olvidarán.
Joaquín Cordero tuvo la oportunidad de encarnar muchos personajes emblemáticos que identifican a nuestro cine. Lo mismo fue el médico citadino que regresa a su pueblo natal a luchar contra las costumbres salvajes en 'El río y la muerte', de Luis Buñuel, o el pendenciero de rancho en 'Yo soy gallo donde quiera'; fue sacerdote, entrenador deportivo, ranchero y abogado. Todo lo encarnó porque para un actor no hay nada imposible. Lo mismo fue el boxeador Lalo Gallardo, el amigo de Pepe el 'Toro', con quien encontró la amistad y fue fiel a sus principios, que muere en el ring a manos de su mejor amigo en la cinta que forma parte de la identidad e historia de México.
Cordero representa al actor versátil, dedicado, confiable dueño del personaje, al que le daba cuerpo de su cuerpo, pero también representa al hombre de los compromisos, inquebrantable con su profesión y su familia. La herencia que nos deja es muy grande y será más grande con el tiempo. Descanse en paz.

jueves, 21 de febrero de 2013

Una llorona que sí asusta


Dejaré de hablar, por ahora, de Gein, Bloch e Hitchcocock. Regreso a horrores mejores, esos que se quedan en la narración oral, en las páginas de un libro o son exorcizados al presionar la tecla de un control remoto. Estrenada el mismo día que Hitchcock (Sacha Gervais, 2012), Mamá (Andrés Muschietti, 2013) sigue en cartelera. Esto es fácil de comprender porque, como dije antes, es una película con la capacidad de arrastrar a los grandes públicos al cine y asustarlos. Ese viernes 1 de febrero, mi amigo Rafael Aviña publicó –como es regular- su opinión sobre ella, aparecida en la sección Primera Fila del diario Reforma.
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Una llorona que sí asusta
Rafael Aviña

El impresionante éxito de Mamá (España-Canadá, 2013), que se colocó en el primer lugar de taquilla en su estreno en Estados Unidos, se debe en buena medida a la magnética presencia de Jessica Chastain, una guapa actriz capaz de desenvolverse con eficacia en cualquier terreno.
Pero, sobre todo, el éxito se debe a la destreza del debutante cineasta argentino Andrés Muschietti para construir un relato de horror sobrenatural a la antigua, con varios y logrados momentos de tensión que provocan sustos y emociones encontradas en el espectador a partir de un tópico en apariencia inofensivo: el amor maternal.
Un corto de 3 minutos del mismo nombre, rodado en una vieja casona de Barcelona en 2008, fue motivo para emocionar a ese generoso cinéfilo que es Guillermo del Toro, quien como productor ejecutivo ha sido capaz de trasladar sus obsesiones y universos a una micro historia inquietante y terrorífica que carecía de explicación alguna.
Las presencias sobrenaturales del pasado, los seres fantasmagóricos que vagan sin descanso, las amenazas que acechan en las tinieblas y protegen a los menores de edad –en particular las polillas- y las pulsiones de venganza caben aquí.  
A una historia confusa y desarticulada que tiene problemas severos para integrar a los hombres adultos (los motivos del padre no son claros, el tío aparece y desaparece como en las telenovelas, el personaje del psiquiatra pierde fuerza y consistencia), se contraponen varios elementos.
Destaca el trabajo atmosférico, ominoso y perturbador, una eficaz inventiva visual –el ente de Mamá es fascinante-, un diseño sonoro y de producción poderoso y, en especial, una muy lograda labor histriónica de Chastain, una rockera dark que debe hacerse cargo de dos niñas que han vivido abandonadas en un estado semi salvaje por cinco años luego de la muerte violenta de sus padres (las pequeñas Charpentiere Isabelle Nélisse, estupendas).
Lo que inicia como una perversa reelaboración de los cuentos de hadas fantásticos, termina por convertirse en una suerte de oblicua puesta al día del tema de La Llorona.
En este caso, la historia de una joven del siglo 19 a la que le intentan arrancar a su bebé, mismo que pierde en una situación trágica y violenta, lo que da pie a una hipnótica escena onírica y a escenas escalofriantes. Mamá es una película muy entretenida que lanza a un director que promete.