viernes, 1 de agosto de 2014

Divino caníbal, o sobre Hannibal Lecter (1)

Dos policías llevan su segunda cena a un hombre en el inicio de sus cincuentas, vestido de blanco y convenientemente encerrado en una amplia jaula. El prisionero está rodeado de sus libros y dibujos, y escucha afablemente Las variaciones de Goldberg de Johann Sebastian Bach. El menú de la noche: chuletas de cordero, casi crudas, acompañadas de una guarnición de guisantes, granos de elote y una papa horneada. Los guardias, respetuosos pero precavidos, ordenan al custodiado ponerse contra los barrotes para esposarlo. Seguros de su inmobilidad, uno de los uniformados penetra en la jaula con el manjar, incluso procura no manchar los papeles que descansan en el escritorio. Antes de que puedan reaccionar, el hombre de blanco coloca las esposas al improvisado maître: se ha liberado con el alma de un bolígrafo que hábilmente escondió en su boca. Como un relámpago muerde el rostro del otro uniformado, luego le vacía su gas lacrimógeno antes de golpear repetidamente su cabeza contra la estructura metálica. El policía esposado grita de horror antes que el hombre de blanco, con el rostro ensangrentado y una expresión serena, le destroce el cráneo con su propio tolete. Los dos guardianes yacen inertes, en sendos charcos de sangre, mientras el homicida disfruta los últimos acordes su melodía. Su nombre, Hannibal Lecter. Su profesión, psiquiatra. Su naturaleza, asesino antropófago.
La anterior es una escena memorable de El silencio de los inocentes, adaptación cinematográfica de la novela homónima (se titula originalmente El silencio de los corderos) de Thomas Harris. Esta cinta valió a sus artífices, en 1991, incontables premios y el reconocimiento de la crítica y el público. Según la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, es una película perfecta: ganó su prestigiado premio Óscar como Mejor Película, al Mejor Director (para Jonathan Demme), Mejor Guión Adaptado (para Ted Tally), Mejor Actor (para Anthony Hopkins) y Mejor Actriz (para Jodie Foster). Más allá, legitima a “todo un subgénero que no solo se nutre de la nota roja cotidiana, sino del suspenso, el relato policial, el horror y sus derivaciones el gore y el splatter, e incluso de la pornografía”, como bien asegura el investigador y crítico de cine Rafael Aviña.
El silencio de los inocentes es una cinta, que a casi 25 años de distancia, no puedo evitar volver a ver cuando la transmiten por televisión. Y ese efecto –que comparto con muchos- lo advirtieron muy bien Mario Candia Gómez y la Cineteca Alameda de San Luis Potosí cuando decidieron programarla dentro de su ciclo de cine “Asesinos seriales”, que tuve el placer de clausurar el sábado anterior. Con una selección compuesta de especímenes de varias partes del mundo, la muestra presentó a los espectadores una visión panorámica de estos modernos monstruos trastocados en figuras admiradas en el nuevo milenio. Y de ello sabe un poco Stephen King, quien dijo que Hannibal Lecter es el Conde Drácula de la era de las computadoras y los teléfonos celulares.

Sin importar la admiración que le tengamos, no podemos evitar reconocer la terrible verdad: Hannibal Lecter es un psicópata. Encantador, refinado, inteligente y carismático, indudablemente, pero un psicópata más allá de toda redención. Por ejemplo, su reciente vida televisiva –de la que posteriormente hablaremos- hace alarde de sus destrezas culinarias. En lo personal, después de verlo en acción no puedo evitar sentir un gran apetito. Lo curioso es que poco nos importa su ingrediente principal: carne humana. Es un antropófago y un asesino en serie despiadado. A nuestros ojos, sus víctimas pueden merecer su fatal destino. Su infame naturaleza le brinda cierta justificación. Pedófilos, cazadores y funcionarios corruptos son algunas de sus presas predilectas. “Creo que hay personas socialmente inaceptables y tienen el derecho de morir”, se dice el Caníbal, quien odia la descortesía y la vulgaridad. Nosotros elegimos pasar por alto los pecados del criminal porque no nos encontramos entre sus potenciales corderos de sacrificio.
Ese es un claro efecto que buscan muchos especímenes de la ficción contemporánea: lograr que el público se identifique con sus personajes, antihéroes a todas luces, sin importar su vocación. Más allá, que se ponga de su lado y se preocupe por su suerte cada vez que está por caer sobre ellos el peso de la Justicia. Ocurre algo semejante con Dexter Morgan, el alegre hematólogo forense, padre de familia, leal hermano y asesino serial de medio tiempo creado por el novelista estadounidense Jeffrey Lindsay –e interpretado en la televisión por Michael C. Hall, de quien hablaremos en otro momento- o el apocado profesor de Química convertido en narcotraficante Walter White (Bryan Cranston) en la laureada teleserie Breaking bad. Ambos casos, el de Dexter y White, dejaron un hueco en la televisión de nuestros días, imposible de llenar.
No debe extrañarnos nuestra respuesta. Algunos héroes se mueven en la misma línea. En su primera aparición, paralela a la del protagonista, James Gordon –detective en ese entonces- reprobaba las correrías de Batman, porque en esencia se encontraba al margen de la ley. En aras de conseguir un bien mayor, el enmascarado no dudaba en cometer delitos como lesiones, amenazas, privación ilegal de la libertad, daño en propiedad ajena o allanamiento de morada. Y ni hablar del valor legal que tendrían las evidencias que vincularan a sus enemigos con actividades criminales. “En su momento, Batman pagará por sus delitos”, aseguró a los medios el Fiscal de Distrito Harvey Dent (Aaron Eckhart) en la segunda entrega de la saga de Christopher Nolan. Ambos –Gordon y Dent- atestiguaron que si bien sus métodos eran diferentes a los del hombre murciélago, compartían ideales. ¿El fin justifica entonces los medios?

Pero el moverse por encima de la Ley, sobrepasar las normas creadas por el hombre, ha permitido a Lecter posicionarse poderosamente en nuestros afectos. Más porque representa la oscuridad que todos llevamos dentro. ¿Quién, en algún momento de nuestras vidas, no ha deseado matar a alguien? Sea al abusador que nos victimiza todos los días en la escuela, a la persona que nos traicionó o rompió el corazón, al profesor que utiliza su posición para martirizarnos indebidamene, al jefe que abusa impunemente de su autoridad o al conductor de un vehículo de transporte público que casi nos provoca chocar en nuestro vehículo. Nos detenemos por muchas razones, llámenles moral, ética, religión o leyes. Lecter no tiene esas ataduras. Por eso es tan atrayente. Realiza lo que nosotros no. Al final, lo más prohibido es lo más deseado.

jueves, 5 de junio de 2014

Dulcificar la maldad

Desde principios del año 2011, comenzó a circular en Hollywood la noticia de la intención de los Estudios Disney de producir una película live action -o de acción en vivo- que volvía a narrar los eventos de su clásica cinta animada La bella durmiente (Clyde Geronimi, Les Clark, Eric Larson y Wolfgang Reitherman, 1959), pero desde la óptica de su antagonista, la malvada hada despechada Maléfica. Tim Burton, a quien todos conocemos, inicialmente recibió la encomienda del proyecto por su entonces renacida relación con la productora, pero finalmente lo abandonó y cedió el timón a Robert Stromberg, cuya experiencia como Director de Arte de Alicia en el País de las Maravillas (Burton, 2010) -que le mereció el prestigiado premio Óscar- y Oz, el Poderoso (Sam Raimi, 2013), lo hacía ideal -al menos en lo visual- para el reto. Cuando a mediados de 2012 se confirmó la participación de Angelina Jolie como la protagonista, más de uno quedó satisfecho.  Y es que siendo justo, el papel está hecho a su medida y resulta lo más atractivo de la película. Aunque Jolie ha participado en productos comerciales como 60 segudos (Dominic Sena, 2000) o el díptico Lara Croft: Tomb Raider (Simon West en 2001 y Jan de Bont en 2003), ha estelarizado películas interesantes donde ha demostrado verdadera capacidad actoral, como Inocencia interrumpida  (James Mangold, 1999) o El sustituto (Changeling, Clint Eastwood, 2008), que le han valido galardones y el reconocimiento de la crítica especializada. Este tipo de decisiones dan credibilidad a un personaje. Lo fortalecen. Un gran villano merece -debe- ser interpretado por un gran actor. Cuando en otoño de 2012 fue difundida la primera fotografía de Jolie caracterizada como la villana, el entusiasmo de todos creció. Incluido el mío, pese a mis enormes reservas. Mi recelo era justificado: se trataba, después de todo, de una película de Disney.
Ayer que vi la cinta, confirmé todos mis temores. Y no es que sea mala. Es espectacular, un derroche visual gracias a la sobria fotografía de Dean Semler. Cada dólar que se gastó en su realización se refleja en la pantalla. La culpa es del guión de Linda Woolverton, quien ya había hecho de las suyas en la Alicia de Tim Burton. Pero en el último de los casos, el resultado es responsabilidad de los estudios Disney, quienes históricamente han hecho muy clara su tendencia a edulcorar historias que conocimos en nuestra más tierna infancia, brutales en el fondo, en aras de satisfacer a las buenas conciencias y ganar millonadas en el proceso. La pobre Maléfica, la segunda villana más atractiva de la casa, es despojada de su terrible encanto y se convierte al final en una de sus princesas.
Visualizo tres errores fundamentales en una película que, siendo abrumadoramente realista, nunca debió existir. No aporta nada al personaje y, lejos de ello, traiciona su espíritu más elemental de la forma más infame:
1. Lo dije en el pasado: "El mal existe y a veces sólo necesitamos saber eso [...] Los grandes villanos no siempre requieren un origen. Los espacios en blanco y las interrogantes hacen trabajar la imaginación del lector, lo obligan a poner atención a los pequeños detalles que explican la personalidad del personaje. El exceso de datos no siempre se agradece". Ahora Maléfica (Ella Purnell) es una pequeña hada bondadosa,  virtuosa, fuerte y protectora de las criaturas mágicas con las que cohabita en el maravilloso reino de Los Páramos, con unas impresionantes y poderosas alas con las que cruza el firmamento. Sus vecinos, los insidiosos seres humanos, se encuentran en pugna permanente con ellos. Se enamora del joven Stefan (Michael Higgins), un plebeyo noble en apariencia pero increíblemente ambicioso. Al crecer, Maléfica (Jolie) derrota aparatosamente las intenciones invasoras de sus rivales y su moribundo Rey Henry (Kenneth Cranham) ofrece la sucesión de su corona a quien lo vengue. Así Stefan (Sharlto Copley) comete la traición más abominable, lo que da el pretexto perfecto para que nuestra heroína descienda a las tinieblas. Hasta ahí el asunto es tolerable. Insisto que es innecesario, pero es tolerable.
2. Una vez que te vuelves a la oscuridad, no hay marcha atrás. Si logras escapar de sus garras es por una razón poderosa, como sucedió a Darth Vader (David Prowse), luego de una profunda reflexión que duró toda la cinta, al ver en peligro de muerte a su hijo Luke (Mark Hamill) en el desenlace de El regreso del Jedi (Richard Marquand, 1983). La redención nunca se da por razones sensibleras, poco profundas, coronadas por lágrimas sinceras, que cortan de tajo las motivaciones de la malvada. La bella Aurora (Elle Fanning, radiante) siempre sería el recordatorio de la infamia y el mal de los que es capaz el hombre. Jamás podría inspirar la compasión de un personaje como Maléfica. Mucho menos a salvar su vida en más de una ocasión, desde sus primeros días. Si a esas vamos, Maléfica merecía su venganza.
3. Los excesos visuales, porque los avances tecnológicos no siempre se agradecen. Esos paisajes de ensueño y sus criaturas, mostrados hasta el hartazgo, no dejan de recordarme a las imágenes artificiales y coloridas de El Hobbit o a Las Crónicas de Narnia. Las tres hadas buenas Flora, Faura y Primavera (Imelda Staunton, Juno Temple y Lesley Manville), con su pequeño tamaño, rostros digitales y graciosas ocurrencias, tratan de dar momentos hilarantes al relato.  Y si Disney es partidario de los animales parlantes, ¿cuál fue la intención de transformar intermitentemente en humano al cuervo Diaval (Sam Riley)?
El filme se ha ganado con creces el desprecio de la crítica, incluido el mío. Pero en lo que a los estudios importa, su éxito comercial, ya ha recuperado su inversión y promete convertirse en un éxito contundente a nivel mundial. Lo peor de todo es que les impulsará a dar luz verde a una secuela. Y peor aún, a producciones similares donde harán lo mismo a célebres villanos como la Malvada Reina de Blanca Nieves o el Capitán Garfio de Peter Pan. Ya comenzaron de hecho, como lo anticipa ese teaser trailer de Cenicienta. Podemos esperar entonces películas donde la manzana envenenada inducía un estado letárgico a la pálida jovencita para ser tratada en el futuro por alguna enfermedad mortal, o a un pirata maltratado en su infancia que perseguía implacablemente al efebo que se rehusaba a crecer para prevenirlo de la maldad interna de sus Niños Perdidos. Porque según Disney todos los malos tienen, en lo más íntimo, un corazón de oro.

El futuro no es nada promisorio. 

martes, 27 de mayo de 2014

Sacudir la polilla

Una anécdota digna de la difunta revista Duda, publicación mexicana especializada en el misterio y la parapsicología, que tenía especial predilección por los Objetos Voladores No Identificados. Esa fascinación la compartimos muchos. Nuestro compatriota Guillermo del Toro ha confesado la enorme importancia que tuvo en su formación como explorador del horror y lo fantástico. En la misma línea vivió el periodista estadounidense John Keel (1930-2009), hombre que se consagró a investigar fenómenos extraños, inexplicables. Entre ellos se encontraban los avistamientos que realizó entre 1966 y 1967 en el pueblo de Point Pleasant, Virginia del Oeste. Las apariciones de un misterioso Hombre Polilla (Mothman) culminaron con el colapso del Puente Silver Bridge el 15 de diciembre de 1967, donde fallecieron 46 personas que lo recorrían en sus autos. Los cadáveres de dos de ellas nunca fueron localizados. Aunque investigaciones gubernamentales revelaron posteriormente que la desgracia se debió a una falla estructural y a falta de mantenimiento, la sombra de la investigación de Keel pervive, plasmado todo en el libro Las Profecías del Hombre Polilla (The Mothman Prophecies, Panther books, 1975). Esta curiosa mezcla de teorías vinculan al funesto ser –visto en la época por muchas personas de la localidad- con conspiraciones extraterrestres y presagios terribles. Acaso lo que le resta credibilidad es que los lugareños, como hicieron los pobladores de las Tierras Altas de Escocia, lo adoptaron como una atracción turística, de forma semejante al muy afamado Monstruo de Loch Ness. En el caso del Hombre Polilla, hay una celebración anual lo recuerda, estatua y Museo y Centro de Investigaciones (The Mothman Museum and Research Center) incluidos. Las paranoias de Keel son la base de El mensajero de la oscuridad (The Mothman Prophecies, Mark Pellington, 2002), cinta poco valorada con Richard Gere como John Klein (símil de Keel) un columnista que, junto con su esposa Mary (Debra Messing), se encuentra de frente con algo que no pueden explicar.
Pensé en el Hombre Polilla, quizá como una anunciación que me invitó a escribir esto, anoche que una versión mínima de estos insectos del orden Lepidoptera se posó en mi hombro. Muchas personas sienten un temor primitivo por estas criaturas y generalmente las asocian a terribles acontecimientos. Desde la antigüedad están asociadas a lo perverso por su naturaleza nocturna. Bram Stoker nos dijo que se encontraban entre las criaturas de la noche que el Conde Drácula dominaba.
También la nueva encarnación cinematográfica de Godzilla (Gareth Edwards, 2014) te obliga a recordarlas, sobre todo por esa pesera en el hogar abandonado de la familia Brody. Porque por más que quieran, ninguno de los contrincantes del lagarto gigante era Mohtra, quizá el segundo kaiju más popular, presentado en la película homónima de Ishirō Honda de 1961.
Alguna vez escuché decir a una señora, atemorizada, que las polillas provienen de los panteones, de los muertos. Y se persignó. Si así fuera, lugar más pacífico de procedencia no puede existir.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Perder el rumbo

Existe algo que se llama libertad creativa, aunque adaptes material de otro medio. Eso lo entiendo, defiendo y respeto. Lo que funciona bien en la página impresa no necesariamente lo hace en la imagen en movimiento. Hay que considerar que hay situaciones o actitudes que son imposibles de sostener en épocas diferentes a la de su planteamiento original. Por ejemplo, cuando Arthur Conan Doyle, a finales del siglo XIX, proponía un nuevo misterio a su Sherlock Holmes, éste decía “es un problema de tres pipas”. Y lo hacía porque fumar era algo socialmente aceptado, políticamente correcto. Más de un siglo después su gran renovador televisivo, Steven Moffat, cambia el discurso del detective y lo trae con efectividad a la era de respeto al no fumador: “es un problema de tres parches (de nicotina). En la muy cuestionada adaptación de las aventuras de John Constantine (Constantine, Francis Lawrence, 2005), el investigador paranormal creado por Alan Moore contrae cáncer. No por eso modifica sus hábitos de diletante tabacalero. Al final, luego de atesorar la segunda oportunidad que recibió, pensamos que va a celebrar con un cigarro. En su lugar, masca un chicle de nicotina. Pero la esencia está ahí. Fumar forma parte de su naturaleza.
Licencias como éstas son comprensibles y necesarias. Pero hay otras que contravienen completamente lo planteado por un autor, que lejos de aportar algo, lo traicionan. En su momento vencí mi escepticismo y di una oportunidad a Elementary, la teleserie estadounidense de Robert Doherty que lucraba con la popularidad de Sherlock y la obra de Conan Doyle. Cuando escuché al protagonista Jonny Lee Miller decir “a veces odio tener razón”, la propuesta me perdió por completo. Sherlock Holmes nunca diría eso. La razón es su motivo de existir. Es su mayor orgullo. Se regodea mostrando a los demás sus errores.
Un canon es una regla inviolable, inamovible, que debe respetarse por sobre todas las cosas. Eso es algo que están perdiendo de vista muchas de las series de nuestros días. Comencemos por Bates Motel, desarrollada por Carlton Cuse, Kerry Ehrin y Anthony Cipriano a partir de la inolvidable novela Psicosis de Robert Bloch y de la joya dirigida por Alfred Hitchcock La premisa del programa es el inicio de la relación enfermiza entre el joven Norman Bates (Freddie Highmore) y su madre Norma (Vera Farmiga). Por eso las innumerables historias secundarias (una red de tráfico de personas anunciada a través de un manga oculto, el medio hermano incómodo, homicidios, el cultivo masivo de mariguana, el comisario corrupto) distraen del objetivo principal, que es el nacimiento de un asesino en serie. ¿Cuáles son las posibilidades de que un rayo caiga varias veces en el mismo lugar? Los mejores momentos de Bates Motel, en mi humilde opinión, son los que se acercan más a lo ya descrito por Bloch.
Algo similar ocurre con Hannibal, la serie creada por Brian Fuller inspirada en las novelas de Thomas Harris. Siempre le reconoceré incontables méritos, comenzando por su protagonista Mads Mikkelsen, a quien el más célebre caníbal de la ficción le viene como un traje a la medida. Pero a mis ojos el programa se ha estancado, instalándose en una fórmula efectista que podríamos definir como “el asesino de la semana” y situaciones que rayan en lo absurdo –convirtieron a Jack Crawford (Laurence Fishbourne) en el jefe más crédulo e incompetente-. Pero ahora, lo inofensivo. Cambiaron el género del prestigiado psiquiatra Alan Bloom y del poco escrupuloso periodista Freddie Lounds y los hicieron mujeres. La primera se llama Alana Blooom y es el interés amoroso de Will Graham (Hugh Dancy). La segunda, Fredricka “Freddie” Lounds, es tan odiosa como su par literario y es un claro símil del bloguero Perez Hilton de la nota roja. Insisto, eso me parece válido. 
En el que imagino como un esfuerzo por recuperar el camino, los productores decidieron incluir a los torcidos hermanos Verger, figuras importantes de la tercera novela de la serie, Hannibal (1999). A diferencia de lo establecido por Harris, Margot Verger es interpretada por la bella actriz canadiense Katherine Isabelle, cuya sensual apariencia se aleja completamente de lo planteado por el escritor: “Vista de cerca, era evidente que se trataba de una mujer. Margot Verger le tendió la mano con el brazo rígido desde el hombro. Estaba claro que practicaba el culturismo. Bajo el cuello nervudo, los hombros y los brazos macizos tensaban el tejido de su polo de tenis. Los ojos tenían un brillo seco y parecían irritados, como si padecieran escasez de lágrimas. Llevaba pantalones de montar de sarga y botas sin espuelas […] Los enormes muslos de Margot Verger hacían sisear la sarga de sus pantalones mientras subía la escalera. Su pelo trigueño era lo bastante ralo como para que Starling se preguntara si tomaría esteroides y tendría que sujetarse el clítoris con cinta adhesiva”. Como ven, es más semejante a la entrenadora Shannon Beiste (Dot-Marie Jones) del programa musical Glee.
Una historia que toma como centro lo ya planteado en importantes obras (literarias y fílmicas) debe ceñirse estrictamente a los eventos que conocemos. Si no quieres hacerlo, es tu potestad como creador, pero entonces escribe algo completamente nuevo. O debes advertir que tu historia es una adaptación libre. No mates en una precuela a personajes cruciales en el futuro, porque eso creará inconsistencias imposibles de resolver. El sabio Emmet L. Brown (Christopher Lloyd) las llamaba “paradojas en el espacio-tiempo” sobre las que Homero Simpson, aún más sabio, temía. “Si Marge se casa con él, yo no voy a nacer”. 

lunes, 19 de mayo de 2014

Qué verde era mi monstruo

Las últimas semanas que he platicado con distinguidos amigos, cinéfilos irredentos, sobre las expectativas que les causaba el regreso de Godzilla a la pantalla grande, confirmé algo que presentía: la emoción que siento es un asunto generacional. Mis interlocutores –el más viejo de ellos no rebasa los 30 años de edad- no conocieron como yo al coloso verde, que me deslumbraba en aquellas sesiones televisivas matinales de mi infancia. No son tan cercanos a él. No lo vieron en esas matinés de películas de los nipones Estudios Toho, ni en la emblemática cinta de 1954 de Ishirō Honda. La referencia más inmediata para ellos es la versión estadounidense que Roland Emmerich dirigió en 1998. Y a pesar que a la distancia puedo reconocerle algunos méritos, el resultado no fue el más afortunado. Fue incapaz de acarrearle nuevos y devotos aficionados al monstruo. En mi caso concreto, me pregunto si ese encanto era producido por tratarse de una época más sencilla e ingenua, donde la magia se conseguía gracias a un hombre disfrazado en un incómodo traje de látex, avanzando con dificultad y destruyendo los edificios de una burda ciudad en miniatura. Y aunque ahora me encuentro con la versión más realista de ese cuadro, con una impresionante puesta en escena, con los más notables avances técnicos del séptimo arte, por alguna razón no logro trasladarme a mi tierna niñez. ¿Es una forma de resistencia a lo nuevo? ¿O simplemente Godzilla funciona mejor en el esquema en que lo conocí?
Este es quizá el principal obstáculo de este nuevo esfuerzo, dirigido por el británico Gareth Edwards, responsable de Monstruos, zona infectada (2010), antecedente que lo califica para la labor. Más que una estricta reelaboración –remake-, el Godzilla de 2014 es el intento de reiniciar una popular franquicia y presentarla a las nuevas audiencias, las de la era del Internet y los teléfonos inteligentes. El guión de Max Borenstein –en el que realmente intervinieron más manos- fue escrito bajo la mirada vigilante de los estudios Toho. Remonta los orígenes del monstruo a las pruebas nucleares tan populares en los años cincuenta, reforzando la gran metáfora de éste como una fuerza imparable de la naturaleza y cimentándolo como un hijo distinguido de la Era del Átomo. La historia tiene el tino de comenzar en Japón, donde Joe Brody (Bryan Cranston) es supervisor de la planta de energía nuclear de Janjira, cerca de Tokio. Ahí ocurre el primer aviso de una serie de eventos desafortunados. 15 años después, el vástago de Brody (Aaron Taylor-Johnson) es un soldado del Ejército de Estados Unidos, especialista en el manejo de artefactos peligrosos, y se involucra contra su voluntad en el combate a una amenaza que pone en peligro no sólo a su bella esposa Elle (Elizabeth Olsen) y a su hijito Sam (Carson Bolde), sino a la civilización como la conocemos. Pronto la Policía del Mundo, la benévola milicia gringa, advierte que se trata de un MUTO (Organismo Terrestre Masivo No Identificado, por sus siglas en inglés), y toma todas las medidas para contenerlo. Aunque como, frente a un desastre natural, poco tienen que hacer.
La película, con una poderosa partitura de Alexandre Desplat y una sobria fotografía de Seamus McGarvey –que en muchos momentos recuerda a Pacific Rim (Guillermo del Toro, 2013)-, no prescinde de guiños al conocedor, desde esa etiqueta en el contenedor en el hogar abandonado de los Brody o el sensacional seguimiento de los medios de comunicación televisivos. Lo curioso es que, como ahí se concluye, la película no retrata al Godzilla de su primera época, al que gustaba destruir todo a su paso. Lo revela más bien como un salvador encargado de restituir el balance –aunque no es otra cosa que un macho alfa-. Como un héroe. Lo hace políticamente correcto para soportar en sus hombros el peso de futuras secuelas.

Sobre el aspecto de Godzilla no polemizaré –es cierto que su estatura, complexión y estridencia han cambiado en sus sesenta años de vida-. Simplemente diré que se encuentra perfectamente a la altura de mis recuerdos. Su rugido, majestuoso e imponente, evoca sin el menor reproche esos tiempos asombrosos de los que hablaba. Verlo escupir su halo radioactivo –su “aliento atómico”- a sus enemigos, luego de que sus vértebras se iluminen de azul, es espectacular. Demuestra que hay lagarto gigante para rato.

lunes, 21 de abril de 2014

Dos veces maníaco

Regreso a ti, adorado blog–e igualmente queridos lectores- luego de casi un mes de ausencia. Y lo hago con un tema muy en deuda con mi reciente experiencia tapatía.
Son muchos los aciertos de la no suficientemente difundida reelaboración de Maniac (2012), tercer largometraje del francés Franck Khalfoun. Primeramente cuenta con un respetuoso e inteligente guión de Alexandre Aja, Grégory Levasseur y C.A. Rosenberg, que parte de la película de culto del mismo nombre, dirigida en 1980 por William Lustig y escrita y protagonizada por Joe Spinell, joya prohibida en los estantes de los videoclubes de mi niñez. Ahora el papel del asesino serial Frank Zito es heredado por Elijah Wood, cuya cara de niño bueno es diametralmente opuesta a la de su antecesor Spinell. Esa es una cualidad que los realizadores aprovecharon muy bien, tal como lo anticipó Alfred Hitchcock al elegir a Anthony Perkins para interpretar al desquiciado Norman Bates en 1960 –ya saben en dónde-. El monstruo más terrible es el que se parece a nosotros, el que vive en la puerta de al lado, el que no da motivos para desconfiar de sus intenciones. Al menos así sucedió a muchas de las víctimas de Ted Bundy o Jeffrey Dahmer, con nefastos resultados. Pero las de ellos son otras historias de horror que he tratado en otros espacios.
Bajo su máscara de sanidad, Zito esconde un pasado perturbador revelado a través de los ojos del homicida: la cinta –casi en su totalidad- se nos presenta en cámara subjetiva. La propositiva puesta en escena permite que los espectadores calcen los zapatos del criminal. Sólo vemos a Elijah cuando camina frente a ventanales, en espejos retrovisores u otras superficies reflejantes, lo cual es un alarde de técnica narrativa del cinefotógrafo Maxime Alexandre, cuyo estilo apreciamos desde su cartel promocional. Luego está la lóbrega partitura del músico francés Robin Coudert, quien firma sus obras simplemente como Rob. Todo adereza a la perfección secuencias sanguinolentas, que no escatiman en mostrar a nuestro “héroe” ejerciendo su oficio: rebanar gargantas y escalpar a inocentes damiselas.

Pero lo mejor, insisto, es Wood, con su aspecto casi frágil, inocente y bondadoso que acotó desde muy temprana edad en su debut fílmico e ineludiblemente relacionamos con su Frodo Bolzón en la trilogía El Señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001-2003) pese a que ya lo vimos como el sádico Kevin en La ciudad del pecado (Robert Rodríguez y Frank Miller, 2005). Ya desde ahí demostró que podía dar miedo. 

martes, 1 de abril de 2014

¡Feliz Día de los Locos!

Hoy celebramos un día más del muy estadounidense April Fool´s Day, símil de nuestro Día de los Inocentes, fecha en que suelen gastarse todo tipo de bromas y conocida por algunos autores como el Día de los locos.
La ocasión es atractiva porque fue el día que eligieron el escritor norteamericano Grant Morrison y el talentoso ilustrador Dave McKean (mejor conocido por sus cubiertas para la serie Sandman) para ambientar su celebrada novela gráfica Arkham Asylum, a serious house on serious Earth (1989). La publicación, sin duda beneficiada por la muy reconocida película de Tim Burton, tuvo un éxito sin precedentes. Es un estudio de los mayores traumas de Batman, presentado por los autores como una construcción simbólica, vaga y sombría, y una poderosamente macabra reinterpretación de los personajes clásicos de la historieta. Esta es la trama: en un primero de abril, el Guasón lidera un motín en el conocido manicomio y obliga a Batman a adentrarse en él con la amenaza de sacar un ojo a una joven rehén. De forma paralela descubrimos la tortuosa historia del fundador de la institución, Amadeus Arkham, su descenso a la locura y su intento por contenerla.
Tal vez el elemento más atractivo de la historia es el Guasón, que sin duda da miedo. Según testimonios de personas cercanas, fue una de las inspiraciones que el desventurado Heath Ledger utilizó para construir su papel de Batman, el caballero de la noche.

Sin duda es una novela gráfica que debe estar en el librero de todo diletante de lo truculento.