martes, 27 de mayo de 2014

Sacudir la polilla

Una anécdota digna de la difunta revista Duda, publicación mexicana especializada en el misterio y la parapsicología, que tenía especial predilección por los Objetos Voladores No Identificados. Esa fascinación la compartimos muchos. Nuestro compatriota Guillermo del Toro ha confesado la enorme importancia que tuvo en su formación como explorador del horror y lo fantástico. En la misma línea vivió el periodista estadounidense John Keel (1930-2009), hombre que se consagró a investigar fenómenos extraños, inexplicables. Entre ellos se encontraban los avistamientos que realizó entre 1966 y 1967 en el pueblo de Point Pleasant, Virginia del Oeste. Las apariciones de un misterioso Hombre Polilla (Mothman) culminaron con el colapso del Puente Silver Bridge el 15 de diciembre de 1967, donde fallecieron 46 personas que lo recorrían en sus autos. Los cadáveres de dos de ellas nunca fueron localizados. Aunque investigaciones gubernamentales revelaron posteriormente que la desgracia se debió a una falla estructural y a falta de mantenimiento, la sombra de la investigación de Keel pervive, plasmado todo en el libro Las Profecías del Hombre Polilla (The Mothman Prophecies, Panther books, 1975). Esta curiosa mezcla de teorías vinculan al funesto ser –visto en la época por muchas personas de la localidad- con conspiraciones extraterrestres y presagios terribles. Acaso lo que le resta credibilidad es que los lugareños, como hicieron los pobladores de las Tierras Altas de Escocia, lo adoptaron como una atracción turística, de forma semejante al muy afamado Monstruo de Loch Ness. En el caso del Hombre Polilla, hay una celebración anual lo recuerda, estatua y Museo y Centro de Investigaciones (The Mothman Museum and Research Center) incluidos. Las paranoias de Keel son la base de El mensajero de la oscuridad (The Mothman Prophecies, Mark Pellington, 2002), cinta poco valorada con Richard Gere como John Klein (símil de Keel) un columnista que, junto con su esposa Mary (Debra Messing), se encuentra de frente con algo que no pueden explicar.
Pensé en el Hombre Polilla, quizá como una anunciación que me invitó a escribir esto, anoche que una versión mínima de estos insectos del orden Lepidoptera se posó en mi hombro. Muchas personas sienten un temor primitivo por estas criaturas y generalmente las asocian a terribles acontecimientos. Desde la antigüedad están asociadas a lo perverso por su naturaleza nocturna. Bram Stoker nos dijo que se encontraban entre las criaturas de la noche que el Conde Drácula dominaba.
También la nueva encarnación cinematográfica de Godzilla (Gareth Edwards, 2014) te obliga a recordarlas, sobre todo por esa pesera en el hogar abandonado de la familia Brody. Porque por más que quieran, ninguno de los contrincantes del lagarto gigante era Mohtra, quizá el segundo kaiju más popular, presentado en la película homónima de Ishirō Honda de 1961.
Alguna vez escuché decir a una señora, atemorizada, que las polillas provienen de los panteones, de los muertos. Y se persignó. Si así fuera, lugar más pacífico de procedencia no puede existir.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Perder el rumbo

Existe algo que se llama libertad creativa, aunque adaptes material de otro medio. Eso lo entiendo, defiendo y respeto. Lo que funciona bien en la página impresa no necesariamente lo hace en la imagen en movimiento. Hay que considerar que hay situaciones o actitudes que son imposibles de sostener en épocas diferentes a la de su planteamiento original. Por ejemplo, cuando Arthur Conan Doyle, a finales del siglo XIX, proponía un nuevo misterio a su Sherlock Holmes, éste decía “es un problema de tres pipas”. Y lo hacía porque fumar era algo socialmente aceptado, políticamente correcto. Más de un siglo después su gran renovador televisivo, Steven Moffat, cambia el discurso del detective y lo trae con efectividad a la era de respeto al no fumador: “es un problema de tres parches (de nicotina). En la muy cuestionada adaptación de las aventuras de John Constantine (Constantine, Francis Lawrence, 2005), el investigador paranormal creado por Alan Moore contrae cáncer. No por eso modifica sus hábitos de diletante tabacalero. Al final, luego de atesorar la segunda oportunidad que recibió, pensamos que va a celebrar con un cigarro. En su lugar, masca un chicle de nicotina. Pero la esencia está ahí. Fumar forma parte de su naturaleza.
Licencias como éstas son comprensibles y necesarias. Pero hay otras que contravienen completamente lo planteado por un autor, que lejos de aportar algo, lo traicionan. En su momento vencí mi escepticismo y di una oportunidad a Elementary, la teleserie estadounidense de Robert Doherty que lucraba con la popularidad de Sherlock y la obra de Conan Doyle. Cuando escuché al protagonista Jonny Lee Miller decir “a veces odio tener razón”, la propuesta me perdió por completo. Sherlock Holmes nunca diría eso. La razón es su motivo de existir. Es su mayor orgullo. Se regodea mostrando a los demás sus errores.
Un canon es una regla inviolable, inamovible, que debe respetarse por sobre todas las cosas. Eso es algo que están perdiendo de vista muchas de las series de nuestros días. Comencemos por Bates Motel, desarrollada por Carlton Cuse, Kerry Ehrin y Anthony Cipriano a partir de la inolvidable novela Psicosis de Robert Bloch y de la joya dirigida por Alfred Hitchcock La premisa del programa es el inicio de la relación enfermiza entre el joven Norman Bates (Freddie Highmore) y su madre Norma (Vera Farmiga). Por eso las innumerables historias secundarias (una red de tráfico de personas anunciada a través de un manga oculto, el medio hermano incómodo, homicidios, el cultivo masivo de mariguana, el comisario corrupto) distraen del objetivo principal, que es el nacimiento de un asesino en serie. ¿Cuáles son las posibilidades de que un rayo caiga varias veces en el mismo lugar? Los mejores momentos de Bates Motel, en mi humilde opinión, son los que se acercan más a lo ya descrito por Bloch.
Algo similar ocurre con Hannibal, la serie creada por Brian Fuller inspirada en las novelas de Thomas Harris. Siempre le reconoceré incontables méritos, comenzando por su protagonista Mads Mikkelsen, a quien el más célebre caníbal de la ficción le viene como un traje a la medida. Pero a mis ojos el programa se ha estancado, instalándose en una fórmula efectista que podríamos definir como “el asesino de la semana” y situaciones que rayan en lo absurdo –convirtieron a Jack Crawford (Laurence Fishbourne) en el jefe más crédulo e incompetente-. Pero ahora, lo inofensivo. Cambiaron el género del prestigiado psiquiatra Alan Bloom y del poco escrupuloso periodista Freddie Lounds y los hicieron mujeres. La primera se llama Alana Blooom y es el interés amoroso de Will Graham (Hugh Dancy). La segunda, Fredricka “Freddie” Lounds, es tan odiosa como su par literario y es un claro símil del bloguero Perez Hilton de la nota roja. Insisto, eso me parece válido. 
En el que imagino como un esfuerzo por recuperar el camino, los productores decidieron incluir a los torcidos hermanos Verger, figuras importantes de la tercera novela de la serie, Hannibal (1999). A diferencia de lo establecido por Harris, Margot Verger es interpretada por la bella actriz canadiense Katherine Isabelle, cuya sensual apariencia se aleja completamente de lo planteado por el escritor: “Vista de cerca, era evidente que se trataba de una mujer. Margot Verger le tendió la mano con el brazo rígido desde el hombro. Estaba claro que practicaba el culturismo. Bajo el cuello nervudo, los hombros y los brazos macizos tensaban el tejido de su polo de tenis. Los ojos tenían un brillo seco y parecían irritados, como si padecieran escasez de lágrimas. Llevaba pantalones de montar de sarga y botas sin espuelas […] Los enormes muslos de Margot Verger hacían sisear la sarga de sus pantalones mientras subía la escalera. Su pelo trigueño era lo bastante ralo como para que Starling se preguntara si tomaría esteroides y tendría que sujetarse el clítoris con cinta adhesiva”. Como ven, es más semejante a la entrenadora Shannon Beiste (Dot-Marie Jones) del programa musical Glee.
Una historia que toma como centro lo ya planteado en importantes obras (literarias y fílmicas) debe ceñirse estrictamente a los eventos que conocemos. Si no quieres hacerlo, es tu potestad como creador, pero entonces escribe algo completamente nuevo. O debes advertir que tu historia es una adaptación libre. No mates en una precuela a personajes cruciales en el futuro, porque eso creará inconsistencias imposibles de resolver. El sabio Emmet L. Brown (Christopher Lloyd) las llamaba “paradojas en el espacio-tiempo” sobre las que Homero Simpson, aún más sabio, temía. “Si Marge se casa con él, yo no voy a nacer”. 

lunes, 19 de mayo de 2014

Qué verde era mi monstruo

Las últimas semanas que he platicado con distinguidos amigos, cinéfilos irredentos, sobre las expectativas que les causaba el regreso de Godzilla a la pantalla grande, confirmé algo que presentía: la emoción que siento es un asunto generacional. Mis interlocutores –el más viejo de ellos no rebasa los 30 años de edad- no conocieron como yo al coloso verde, que me deslumbraba en aquellas sesiones televisivas matinales de mi infancia. No son tan cercanos a él. No lo vieron en esas matinés de películas de los nipones Estudios Toho, ni en la emblemática cinta de 1954 de Ishirō Honda. La referencia más inmediata para ellos es la versión estadounidense que Roland Emmerich dirigió en 1998. Y a pesar que a la distancia puedo reconocerle algunos méritos, el resultado no fue el más afortunado. Fue incapaz de acarrearle nuevos y devotos aficionados al monstruo. En mi caso concreto, me pregunto si ese encanto era producido por tratarse de una época más sencilla e ingenua, donde la magia se conseguía gracias a un hombre disfrazado en un incómodo traje de látex, avanzando con dificultad y destruyendo los edificios de una burda ciudad en miniatura. Y aunque ahora me encuentro con la versión más realista de ese cuadro, con una impresionante puesta en escena, con los más notables avances técnicos del séptimo arte, por alguna razón no logro trasladarme a mi tierna niñez. ¿Es una forma de resistencia a lo nuevo? ¿O simplemente Godzilla funciona mejor en el esquema en que lo conocí?
Este es quizá el principal obstáculo de este nuevo esfuerzo, dirigido por el británico Gareth Edwards, responsable de Monstruos, zona infectada (2010), antecedente que lo califica para la labor. Más que una estricta reelaboración –remake-, el Godzilla de 2014 es el intento de reiniciar una popular franquicia y presentarla a las nuevas audiencias, las de la era del Internet y los teléfonos inteligentes. El guión de Max Borenstein –en el que realmente intervinieron más manos- fue escrito bajo la mirada vigilante de los estudios Toho. Remonta los orígenes del monstruo a las pruebas nucleares tan populares en los años cincuenta, reforzando la gran metáfora de éste como una fuerza imparable de la naturaleza y cimentándolo como un hijo distinguido de la Era del Átomo. La historia tiene el tino de comenzar en Japón, donde Joe Brody (Bryan Cranston) es supervisor de la planta de energía nuclear de Janjira, cerca de Tokio. Ahí ocurre el primer aviso de una serie de eventos desafortunados. 15 años después, el vástago de Brody (Aaron Taylor-Johnson) es un soldado del Ejército de Estados Unidos, especialista en el manejo de artefactos peligrosos, y se involucra contra su voluntad en el combate a una amenaza que pone en peligro no sólo a su bella esposa Elle (Elizabeth Olsen) y a su hijito Sam (Carson Bolde), sino a la civilización como la conocemos. Pronto la Policía del Mundo, la benévola milicia gringa, advierte que se trata de un MUTO (Organismo Terrestre Masivo No Identificado, por sus siglas en inglés), y toma todas las medidas para contenerlo. Aunque como, frente a un desastre natural, poco tienen que hacer.
La película, con una poderosa partitura de Alexandre Desplat y una sobria fotografía de Seamus McGarvey –que en muchos momentos recuerda a Pacific Rim (Guillermo del Toro, 2013)-, no prescinde de guiños al conocedor, desde esa etiqueta en el contenedor en el hogar abandonado de los Brody o el sensacional seguimiento de los medios de comunicación televisivos. Lo curioso es que, como ahí se concluye, la película no retrata al Godzilla de su primera época, al que gustaba destruir todo a su paso. Lo revela más bien como un salvador encargado de restituir el balance –aunque no es otra cosa que un macho alfa-. Como un héroe. Lo hace políticamente correcto para soportar en sus hombros el peso de futuras secuelas.

Sobre el aspecto de Godzilla no polemizaré –es cierto que su estatura, complexión y estridencia han cambiado en sus sesenta años de vida-. Simplemente diré que se encuentra perfectamente a la altura de mis recuerdos. Su rugido, majestuoso e imponente, evoca sin el menor reproche esos tiempos asombrosos de los que hablaba. Verlo escupir su halo radioactivo –su “aliento atómico”- a sus enemigos, luego de que sus vértebras se iluminen de azul, es espectacular. Demuestra que hay lagarto gigante para rato.

lunes, 21 de abril de 2014

Dos veces maníaco

Regreso a ti, adorado blog–e igualmente queridos lectores- luego de casi un mes de ausencia. Y lo hago con un tema muy en deuda con mi reciente experiencia tapatía.
Son muchos los aciertos de la no suficientemente difundida reelaboración de Maniac (2012), tercer largometraje del francés Franck Khalfoun. Primeramente cuenta con un respetuoso e inteligente guión de Alexandre Aja, Grégory Levasseur y C.A. Rosenberg, que parte de la película de culto del mismo nombre, dirigida en 1980 por William Lustig y escrita y protagonizada por Joe Spinell, joya prohibida en los estantes de los videoclubes de mi niñez. Ahora el papel del asesino serial Frank Zito es heredado por Elijah Wood, cuya cara de niño bueno es diametralmente opuesta a la de su antecesor Spinell. Esa es una cualidad que los realizadores aprovecharon muy bien, tal como lo anticipó Alfred Hitchcock al elegir a Anthony Perkins para interpretar al desquiciado Norman Bates en 1960 –ya saben en dónde-. El monstruo más terrible es el que se parece a nosotros, el que vive en la puerta de al lado, el que no da motivos para desconfiar de sus intenciones. Al menos así sucedió a muchas de las víctimas de Ted Bundy o Jeffrey Dahmer, con nefastos resultados. Pero las de ellos son otras historias de horror que he tratado en otros espacios.
Bajo su máscara de sanidad, Zito esconde un pasado perturbador revelado a través de los ojos del homicida: la cinta –casi en su totalidad- se nos presenta en cámara subjetiva. La propositiva puesta en escena permite que los espectadores calcen los zapatos del criminal. Sólo vemos a Elijah cuando camina frente a ventanales, en espejos retrovisores u otras superficies reflejantes, lo cual es un alarde de técnica narrativa del cinefotógrafo Maxime Alexandre, cuyo estilo apreciamos desde su cartel promocional. Luego está la lóbrega partitura del músico francés Robin Coudert, quien firma sus obras simplemente como Rob. Todo adereza a la perfección secuencias sanguinolentas, que no escatiman en mostrar a nuestro “héroe” ejerciendo su oficio: rebanar gargantas y escalpar a inocentes damiselas.

Pero lo mejor, insisto, es Wood, con su aspecto casi frágil, inocente y bondadoso que acotó desde muy temprana edad en su debut fílmico e ineludiblemente relacionamos con su Frodo Bolzón en la trilogía El Señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001-2003) pese a que ya lo vimos como el sádico Kevin en La ciudad del pecado (Robert Rodríguez y Frank Miller, 2005). Ya desde ahí demostró que podía dar miedo. 

martes, 1 de abril de 2014

¡Feliz Día de los Locos!

Hoy celebramos un día más del muy estadounidense April Fool´s Day, símil de nuestro Día de los Inocentes, fecha en que suelen gastarse todo tipo de bromas y conocida por algunos autores como el Día de los locos.
La ocasión es atractiva porque fue el día que eligieron el escritor norteamericano Grant Morrison y el talentoso ilustrador Dave McKean (mejor conocido por sus cubiertas para la serie Sandman) para ambientar su celebrada novela gráfica Arkham Asylum, a serious house on serious Earth (1989). La publicación, sin duda beneficiada por la muy reconocida película de Tim Burton, tuvo un éxito sin precedentes. Es un estudio de los mayores traumas de Batman, presentado por los autores como una construcción simbólica, vaga y sombría, y una poderosamente macabra reinterpretación de los personajes clásicos de la historieta. Esta es la trama: en un primero de abril, el Guasón lidera un motín en el conocido manicomio y obliga a Batman a adentrarse en él con la amenaza de sacar un ojo a una joven rehén. De forma paralela descubrimos la tortuosa historia del fundador de la institución, Amadeus Arkham, su descenso a la locura y su intento por contenerla.
Tal vez el elemento más atractivo de la historia es el Guasón, que sin duda da miedo. Según testimonios de personas cercanas, fue una de las inspiraciones que el desventurado Heath Ledger utilizó para construir su papel de Batman, el caballero de la noche.

Sin duda es una novela gráfica que debe estar en el librero de todo diletante de lo truculento.

viernes, 14 de marzo de 2014

Renuencia a los remakes, capítulo 2, o el extraño caso del nuevo RoboCop

Han pasado cuatro semanas desde su estreno comercial, así que la distancia me permite hablar de ella con más libertad. Hay que vencer los prejuicios para disfrutar la reelaboración de RoboCop (José Padilha, 2014). Expresé previamente mis preocupaciones, pero afortunadamente el resultado rebasó mis expectativas. Me encontré ante un remake que disfruté enormemente y se ajusta a lo que comenté ayer. Sobre todo respeta elementos que distinguieron a su versión original, dirigida por el holandés Paul Verhoeven en 1987. Hice en su momento una verdadera súplica a los Reyes Magos: “lo que más deseo es que el espíritu crítico de su primera versión prevalezca: la violencia que sobrepasa las capacidades gubernamentales para enfrentarla, la privatización de las instituciones policíacas, la codicia empresarial, los límites de los avances científicos, el poder de los medios de comunicación, la cosificación del individuo, la pérdida de la identidad y, sobre todo, el triunfo de la condición humana”.
En el año 2028, la Policía del Mundo (el gobierno de Estados Unidos) impone la paz con ayuda de la poco escrupulosa OmniCorp, una transnacional que provee a su ejército de la más impresionante tecnología armamentística (incluido el monstruoso y brutal ED-209). No puede hacer esto en su propia casa pese al apoyo de políticos y del incendiario Patrick Novak (Samuel L. Jackson), conductor de un popular programa de “serio periodismo de investigación”. El propietario del conglomerado Raymond Sellars (Michael Keaton), una suerte de Steve Jobs, identifica la tecnofobia de la opinión pública de su país y decide colocar a un humano dentro de sus máquinas. Entra en escena Alex Murphy (Joel Kinnaman), amoroso esposo y padre de familia quien ostenta ahora un grado de Detective y presta sus servicios en el muy corrupto Departamento de Policía de Detroit. Tras un atentado casi fatal, con ayuda del genio Dr. Dennett Norton (Gary Oldman) e instigado por Sellars, ingresa a un programa que cambiará su vida –o no vida- y lo convertirá en un instrumento supremo de justicia. Uno “pintado de negro”, como resuelve su creador.
Todo está ahí, insisto. Incluso el ruido se los servomotores del héroe y el retumbar del piso cuando camina (a pesar de su diseño aerodinámico). El guión de Joshua Zetumer se permite realizar adiciones notables, como la que tiene que ver con la tecnología de las prótesis ortopédicas en la era del corredor con piernas de titanio –y presunto homicida- Oscar Pistorius. O qué decir del poco amable estratega de combate Rick Mattox (Jackie Earle Haley), entrenador y enemigo de nuestro héroe mecánico. Y ese remate con “I fought the law and the law won”, la pegajosa canción del grupo de punk británico The Clash. En lo personal adoré la puesta en escena, con una muy buena fotografía del brasileño Lula Carvalho, que por momentos se acerca al documental, y los deslumbrantes efectos visuales de Legacy Effects, que dan una nueva dimensión a la tragedia de Murphy.

Al final, lo más importante para sus distribuidores la Metro-Goldwyn-Mayer y Columbia Pictures: trae con vigor a una redituable creación a un nuevo público y abre las puertas al renacimiento de una franquicia. Y no podemos culparlos. El cine de nuestros días es una forma de entretenimiento –a veces de arte-, pero sobre todo un negocio millonario. Esto hace evidente que los nuevos días de RoboCop apenas comienzan.

jueves, 13 de marzo de 2014

Renuencia a los remakes

Regreso al viejo tema de los remakes (uso deliberadamente el anglicismo, pues casi todos lo aceptan). También los llaman, en la era de la corrección política, reelaboraciones. Coloquial y despectivamente, refritos. Este último calificativo tiene base en nuestra renuencia a aceptarlos, cosa parcialmente comprensible. Tendemos a formarnos un criterio en base a la experiencia, y de ésta hemos aprendido que muchos suelen ser malos, terribles e irrespetuosos con la obra que los origina. Esto es ultrajante. Más cuando se realizan con un propósito meramente comercial. Pero de eso ya he hablado en el pasado. Quiero defender a las minorías, porque no todos merecen ser menospreciados simplemente por tratarse de una nueva versión de una historia que conocimos y admiramos. Tomemos el caso de Drácula. Hacerlo sería descalificar el trabajo que Gary Oldman hizo en 1992, o la actuación de Sir Christopher Lee en 1957 y colocarlos por debajo de la interpretación de Bela Lugosi de 1931. Todos son vampiros memorables, con maíces distintos y que se colocan dignamente en la misma posición en nuestra memoria y afectos.
El tema de los remakes supone un gran dilema. Sigamos con el caso de Drácula. No considero uno estricto a la versión que Francis Ford Coppola –sobre un libreto de James V. Hart- dirigió en 1992. Sobre todo si tenemos en cuenta que la de 1931, dirigida por Tod Browning, usa como base un guión escrito por Garrett Fort que parte –más que de la novela de Bram Stoker- del libreto que Hamilton Deane escribió para los escenarios ingleses y que –al comprobarse su éxito- John L. Balderston adaptó para las audiencias estadounidenses. 
Algo similar ocurre con la película La mosca (Kurt Neumann, 1958), adaptación escrita por James Clavell del cuento La mosca de la cabeza blanca de George Langelaan. En 1986 el canadiense David Cronenberg llevó la historia a su universo. Escrita por el mismo Cronenberg y Charles Edward Pogue, en lugar de ofrecernos de nuevo la historia clásica, “es el drama de dos amantes, uno de ellos con una terrible enfermedad degenerativa”, como escuché decir al cineasta hace años en la Cineteca Nacional. Y nadie puede negar que brilla por méritos propios. Lo mismo sucedió con La noche de los muertos vivientes, remake que en 1991 Tom Savini hizo de la cinta que valió su pase a la posteridad a su maestro George Romero en 1968. Ambas son, con la debida distancia, maravillosas.
Incluso hay algunos remakes que logran superar a su original. Y sé que eso puede sonar a sacrilegio. Pero los hay, pese a que son escasos. Para mí siempre será más afortunada la versión de 1988 de La mancha voraz, dirigida por Chuck Russell, que la original de 1958 de Irvin Yeaworth, estelarizada por el entonces debutante Steve McQueen. Las dos son entrañables B movies, cierto, y quizá tiene mucho que ver que la segunda es parte importante de mi adolescencia.
Lo anterior me permite identificar 3 aspectos que definen a un buen remake:
1. Un buen remake nunca debe realizarse con fines puramente mercantilistas, sólo por aprovecharse de la fortuna económica o la fama de una película. Ahí están para demostrarlo los desastrosos remakes de Psicosis (Gus Van Sant, 1998) o La casa de cera (Jaume Collet-Serra, 2005).
2. Un buen remake debe poner al día de forma inteligente, afortunada y respetuosa una idea ya presentada, incorporando aspectos que demuestren su vigencia.
3. Un buen remake agrega elementos reconocibles por el aficionado –guiños-, sean elementos, actuaciones especiales, parlamentos o algo que nos permita trazar un vínculo con su original. Todo usado de forma inteligente que no le reste una identidad propia.

En resumidas cuentas, no debemos generalizar. Dicen que “el que pega primero, pega dos veces”, cierto. Pero el que disfrutemos un remake bien hecho no es un atentado contra una obra que siempre será insustituible, ni mucho menos nos convierte en traidores. Esto me será de utilidad para compartir con ustedes mi visión sobre el nuevo RoboCop. Pero eso será mañana. Espero.