Una anécdota digna de la difunta revista Duda, publicación mexicana especializada en el misterio y la parapsicología, que tenía especial predilección por los Objetos Voladores No Identificados. Esa fascinación la compartimos muchos. Nuestro compatriota Guillermo del Toro ha confesado la enorme importancia que tuvo en su formación como explorador del horror y lo fantástico. En la misma línea vivió el periodista estadounidense John Keel (1930-2009), hombre que se consagró a investigar fenómenos extraños, inexplicables. Entre ellos se encontraban los avistamientos que realizó entre 1966 y 1967 en el pueblo de Point Pleasant, Virginia del Oeste. Las apariciones de un misterioso Hombre Polilla (Mothman) culminaron con el colapso del Puente Silver Bridge el 15 de diciembre de 1967, donde fallecieron 46 personas que lo recorrían en sus autos. Los cadáveres de dos de ellas nunca fueron localizados. Aunque investigaciones gubernamentales revelaron posteriormente que la desgracia se debió a una falla estructural y a falta de mantenimiento, la sombra de la investigación de Keel pervive, plasmado todo en el libro Las Profecías del Hombre Polilla (The Mothman Prophecies, Panther books, 1975). Esta curiosa mezcla de teorías vinculan al funesto ser –visto en la época por muchas personas de la localidad- con conspiraciones extraterrestres y presagios terribles. Acaso lo que le resta credibilidad es que los lugareños, como hicieron los pobladores de las Tierras Altas de Escocia, lo adoptaron como una atracción turística, de forma semejante al muy afamado Monstruo de Loch Ness. En el caso del Hombre Polilla, hay una celebración anual lo recuerda, estatua y Museo y Centro de Investigaciones (The Mothman Museum and Research Center) incluidos. Las paranoias de Keel son la base de El mensajero de la oscuridad (The Mothman Prophecies, Mark Pellington, 2002), cinta poco valorada con Richard Gere como John Klein (símil de Keel) un columnista que, junto con su esposa Mary (Debra Messing), se encuentra de frente con algo que no pueden explicar.
Pensé en el Hombre Polilla, quizá como una anunciación que me invitó a escribir esto, anoche que una versión mínima de estos insectos del orden Lepidoptera se posó en mi hombro. Muchas personas sienten un temor primitivo por estas criaturas y generalmente las asocian a terribles acontecimientos. Desde la antigüedad están asociadas a lo perverso por su naturaleza nocturna. Bram Stoker nos dijo que se encontraban entre las criaturas de la noche que el Conde Drácula dominaba.
También la nueva encarnación cinematográfica de Godzilla (Gareth Edwards, 2014) te obliga a recordarlas, sobre todo por esa pesera en el hogar abandonado de la familia Brody. Porque por más que quieran, ninguno de los contrincantes del lagarto gigante era Mohtra, quizá el segundo kaiju más popular, presentado en la película homónima de Ishirō Honda de 1961.
Alguna vez escuché decir a una señora, atemorizada, que las polillas provienen de los panteones, de los muertos. Y se persignó. Si así fuera, lugar más pacífico de procedencia no puede existir.
martes, 27 de mayo de 2014
miércoles, 21 de mayo de 2014
Perder el rumbo
Existe algo que se llama libertad creativa, aunque adaptes
material de otro medio. Eso lo entiendo, defiendo y respeto. Lo que funciona
bien en la página impresa no necesariamente lo hace en la imagen en movimiento. Hay que considerar que
hay situaciones o actitudes que son imposibles de sostener en épocas diferentes
a la de su planteamiento original. Por ejemplo, cuando Arthur Conan Doyle, a finales del siglo XIX, proponía un nuevo
misterio a su Sherlock Holmes, éste decía “es un problema de tres pipas”. Y
lo hacía porque fumar era algo socialmente aceptado, políticamente correcto.
Más de un siglo después su gran renovador televisivo, Steven Moffat, cambia el discurso del detective y lo trae con
efectividad a la era de respeto al no fumador: “es un problema de tres parches
(de nicotina). En la muy cuestionada adaptación de las aventuras de John
Constantine (Constantine, Francis Lawrence, 2005), el investigador paranormal creado por Alan Moore contrae cáncer. No por eso
modifica sus hábitos de diletante tabacalero. Al final, luego de atesorar la
segunda oportunidad que recibió, pensamos que va a celebrar con un cigarro. En
su lugar, masca un chicle de nicotina. Pero la esencia está ahí. Fumar forma
parte de su naturaleza.
Licencias como éstas son comprensibles y
necesarias. Pero hay otras que contravienen completamente lo planteado por un
autor, que lejos de aportar algo, lo traicionan. En su momento vencí mi
escepticismo y di una oportunidad a Elementary,
la teleserie estadounidense de Robert Doherty que lucraba con la popularidad de
Sherlock y la obra de Conan Doyle.
Cuando escuché al protagonista Jonny Lee Miller decir “a veces odio tener
razón”, la propuesta me perdió por completo. Sherlock Holmes nunca diría eso. La razón es su motivo de existir.
Es su mayor orgullo. Se regodea mostrando a los demás sus errores.
Un canon
es una regla inviolable, inamovible, que debe respetarse por sobre todas las
cosas. Eso es algo que están perdiendo de vista muchas de las series de
nuestros días. Comencemos por Bates Motel, desarrollada por Carlton
Cuse, Kerry Ehrin y Anthony Cipriano a partir de la inolvidable novela Psicosis
de Robert Bloch y de la joya
dirigida por Alfred Hitchcock La
premisa del programa es el inicio de la relación enfermiza entre el joven Norman
Bates (Freddie Highmore) y
su madre Norma (Vera Farmiga).
Por eso las innumerables historias secundarias (una red de tráfico de personas anunciada
a través de un manga oculto, el medio
hermano incómodo, homicidios, el cultivo masivo de mariguana, el comisario
corrupto) distraen del objetivo principal, que es el nacimiento de un asesino
en serie. ¿Cuáles son las posibilidades de que un rayo caiga varias veces en el
mismo lugar? Los mejores momentos de Bates
Motel, en mi humilde opinión, son los que se acercan más a lo ya descrito
por Bloch.
Algo similar ocurre con Hannibal,
la serie creada por Brian Fuller
inspirada en las novelas de Thomas
Harris. Siempre le reconoceré incontables méritos, comenzando por su
protagonista Mads Mikkelsen, a quien
el más célebre caníbal de la ficción le viene como un traje a la medida. Pero a
mis ojos el programa se ha estancado, instalándose en una fórmula efectista que
podríamos definir como “el asesino de la semana” y situaciones que rayan en lo
absurdo –convirtieron a Jack Crawford (Laurence Fishbourne) en el jefe más crédulo e incompetente-. Pero
ahora, lo inofensivo. Cambiaron el género del prestigiado psiquiatra Alan
Bloom y del poco escrupuloso periodista Freddie Lounds y los
hicieron mujeres. La primera se llama Alana
Blooom y es el interés amoroso de Will Graham (Hugh Dancy). La segunda, Fredricka
“Freddie” Lounds, es tan odiosa como su par literario y es un claro símil
del bloguero Perez Hilton de la nota
roja. Insisto, eso me parece válido.
En el que imagino como un esfuerzo por
recuperar el camino, los productores decidieron incluir a los torcidos hermanos
Verger,
figuras importantes de la tercera novela de la serie, Hannibal (1999). A
diferencia de lo establecido por Harris, Margot Verger es interpretada por la
bella actriz canadiense Katherine
Isabelle, cuya sensual apariencia se aleja completamente de lo planteado
por el escritor: “Vista de cerca, era evidente que se trataba de una mujer.
Margot Verger le tendió la mano con el brazo rígido desde el hombro. Estaba
claro que practicaba el culturismo. Bajo el cuello nervudo, los hombros y los
brazos macizos tensaban el tejido de su polo de tenis. Los ojos tenían un
brillo seco y parecían irritados, como si padecieran escasez de lágrimas.
Llevaba pantalones de montar de sarga y botas sin espuelas […] Los enormes
muslos de Margot Verger hacían sisear la sarga de sus pantalones mientras subía
la escalera. Su pelo trigueño era lo bastante ralo como para que Starling se
preguntara si tomaría esteroides y tendría que sujetarse el clítoris con cinta
adhesiva”. Como ven, es más semejante a la entrenadora Shannon Beiste (Dot-Marie Jones)
del programa musical Glee.
Una historia que toma como centro lo ya
planteado en importantes obras (literarias y fílmicas) debe ceñirse
estrictamente a los eventos que conocemos. Si no quieres hacerlo, es tu
potestad como creador, pero entonces escribe algo completamente nuevo. O debes
advertir que tu historia es una adaptación libre. No mates en una precuela a personajes cruciales en el
futuro, porque eso creará inconsistencias imposibles de resolver. El sabio Emmet
L. Brown (Christopher Lloyd)
las llamaba “paradojas en el espacio-tiempo” sobre las que Homero Simpson, aún más
sabio, temía. “Si Marge se casa con él, yo no voy a nacer”.
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lunes, 19 de mayo de 2014
Qué verde era mi monstruo
Las últimas semanas que he platicado con
distinguidos amigos, cinéfilos irredentos, sobre las expectativas que les
causaba el regreso de Godzilla a la pantalla grande, confirmé
algo que presentía: la emoción que siento es un asunto generacional. Mis
interlocutores –el más viejo de ellos no rebasa los 30 años de edad- no
conocieron como yo al coloso verde, que me deslumbraba en aquellas sesiones
televisivas matinales de mi infancia. No son tan cercanos a él. No lo vieron en
esas matinés de películas de los nipones Estudios
Toho, ni en la emblemática cinta de 1954 de Ishirō Honda. La referencia más inmediata para ellos es la versión
estadounidense que Roland Emmerich
dirigió en 1998. Y a pesar que a la distancia puedo reconocerle algunos méritos,
el resultado no fue el más afortunado. Fue incapaz de acarrearle nuevos y
devotos aficionados al monstruo. En mi caso concreto, me pregunto si ese
encanto era producido por tratarse de una época más sencilla e ingenua, donde
la magia se conseguía gracias a un hombre disfrazado en un incómodo traje de
látex, avanzando con dificultad y destruyendo los edificios de una burda ciudad
en miniatura. Y aunque ahora me encuentro con la versión más realista de ese
cuadro, con una impresionante puesta en escena, con los más notables avances
técnicos del séptimo arte, por alguna razón no logro trasladarme a mi tierna niñez.
¿Es una forma de resistencia a lo nuevo? ¿O simplemente Godzilla funciona mejor en el esquema en que lo conocí?
Este es quizá el principal obstáculo de
este nuevo esfuerzo, dirigido por el británico Gareth Edwards, responsable de Monstruos, zona infectada (2010),
antecedente que lo califica para la labor. Más que una estricta reelaboración –remake-,
el Godzilla de 2014 es el intento de
reiniciar una popular franquicia y presentarla a las nuevas audiencias, las de
la era del Internet y los teléfonos inteligentes. El guión de Max Borenstein –en el que realmente
intervinieron más manos- fue escrito bajo la mirada vigilante de los estudios Toho.
Remonta los orígenes del monstruo a las pruebas nucleares tan populares en los
años cincuenta, reforzando la gran metáfora de éste como una fuerza imparable
de la naturaleza y cimentándolo como un hijo distinguido de la Era del Átomo. La
historia tiene el tino de comenzar en Japón, donde Joe Brody (Bryan Cranston) es supervisor de la
planta de energía nuclear de Janjira, cerca de Tokio. Ahí ocurre el primer
aviso de una serie de eventos desafortunados. 15 años después, el vástago de Brody (Aaron Taylor-Johnson) es un soldado del Ejército de Estados Unidos,
especialista en el manejo de artefactos peligrosos, y se involucra contra su
voluntad en el combate a una amenaza que pone en peligro no sólo a su bella
esposa Elle (Elizabeth Olsen) y a su hijito Sam (Carson Bolde), sino a la
civilización como la conocemos. Pronto la Policía del Mundo, la benévola
milicia gringa, advierte que se trata de un MUTO (Organismo Terrestre
Masivo No Identificado, por sus siglas en inglés), y toma todas las medidas
para contenerlo. Aunque como, frente a un desastre natural, poco tienen que
hacer.
La película, con una poderosa partitura
de Alexandre Desplat y una sobria fotografía
de Seamus McGarvey –que en muchos
momentos recuerda a Pacific Rim (Guillermo
del Toro, 2013)-, no prescinde de guiños al conocedor, desde esa etiqueta
en el contenedor en el hogar abandonado de los Brody o el sensacional seguimiento de los medios de comunicación
televisivos. Lo curioso es que, como ahí se concluye, la película no retrata al
Godzilla de su primera época, al que
gustaba destruir todo a su paso. Lo revela más bien como un salvador encargado
de restituir el balance –aunque no es otra cosa que un macho alfa-. Como un
héroe. Lo hace políticamente correcto para soportar en sus hombros el peso de
futuras secuelas.
Sobre el aspecto de Godzilla no polemizaré –es cierto que su estatura, complexión y
estridencia han cambiado en sus sesenta años de vida-. Simplemente diré que se encuentra
perfectamente a la altura de mis recuerdos. Su rugido, majestuoso e imponente,
evoca sin el menor reproche esos tiempos asombrosos de los que hablaba. Verlo
escupir su halo radioactivo –su “aliento atómico”- a sus enemigos, luego de que
sus vértebras se iluminen de azul, es espectacular. Demuestra que hay lagarto
gigante para rato.
lunes, 21 de abril de 2014
Dos veces maníaco
Regreso a ti, adorado blog–e igualmente
queridos lectores- luego de casi un mes de ausencia. Y lo hago con un tema muy
en deuda con mi reciente experiencia tapatía.
Son muchos los aciertos de la no
suficientemente difundida reelaboración de Maniac (2012), tercer largometraje
del francés Franck Khalfoun. Primeramente
cuenta con un respetuoso e inteligente guión de Alexandre Aja, Grégory
Levasseur y C.A. Rosenberg, que
parte de la película de culto del mismo nombre, dirigida en 1980 por William Lustig y escrita y protagonizada
por Joe Spinell, joya prohibida en
los estantes de los videoclubes de mi niñez. Ahora el papel del asesino serial Frank
Zito es heredado por Elijah Wood,
cuya cara de niño bueno es diametralmente opuesta a la de su antecesor Spinell.
Esa es una cualidad que los realizadores aprovecharon muy bien, tal como lo
anticipó Alfred Hitchcock al elegir
a Anthony Perkins para interpretar
al desquiciado Norman Bates en 1960 –ya saben en dónde-. El monstruo más
terrible es el que se parece a nosotros, el que vive en la puerta de al lado, el
que no da motivos para desconfiar de sus intenciones. Al menos así sucedió a
muchas de las víctimas de Ted Bundy
o Jeffrey Dahmer, con nefastos
resultados. Pero las de ellos son otras historias de horror que he tratado en
otros espacios.
Bajo su máscara de sanidad, Zito
esconde un pasado perturbador revelado a través de los ojos del homicida: la
cinta –casi en su totalidad- se nos presenta en cámara subjetiva. La propositiva puesta en escena permite que los
espectadores calcen los zapatos del criminal. Sólo vemos a Elijah cuando camina
frente a ventanales, en espejos retrovisores u otras superficies reflejantes,
lo cual es un alarde de técnica narrativa del cinefotógrafo Maxime Alexandre, cuyo estilo apreciamos
desde su cartel promocional. Luego está la lóbrega partitura del músico francés
Robin Coudert, quien firma sus obras
simplemente como Rob. Todo adereza a
la perfección secuencias sanguinolentas, que no escatiman en mostrar a nuestro “héroe”
ejerciendo su oficio: rebanar gargantas y escalpar a inocentes damiselas.
Pero lo mejor, insisto, es Wood, con su
aspecto casi frágil, inocente y bondadoso que acotó desde muy temprana edad en su
debut fílmico e ineludiblemente relacionamos con su Frodo Bolzón en la
trilogía El Señor de los Anillos (Peter
Jackson, 2001-2003) pese a que ya lo vimos como el sádico Kevin
en La
ciudad del pecado (Robert
Rodríguez y Frank Miller, 2005).
Ya desde ahí demostró que podía dar miedo.
martes, 1 de abril de 2014
¡Feliz Día de los Locos!
Hoy celebramos un día más del muy
estadounidense April Fool´s Day,
símil de nuestro Día de los Inocentes, fecha en que suelen gastarse todo tipo
de bromas y conocida por algunos autores como el Día de los locos.
La ocasión es atractiva porque fue el
día que eligieron el escritor norteamericano Grant Morrison y el talentoso ilustrador Dave McKean (mejor conocido por sus cubiertas para la serie Sandman)
para ambientar su celebrada novela gráfica Arkham Asylum, a serious house on serious
Earth (1989). La publicación, sin duda beneficiada por la muy
reconocida película de Tim Burton,
tuvo un éxito sin precedentes. Es un estudio de los mayores traumas de Batman,
presentado por los autores como una construcción simbólica, vaga y sombría, y
una poderosamente macabra reinterpretación de los personajes clásicos de la
historieta. Esta es la trama: en un primero de abril, el Guasón lidera un motín en
el conocido manicomio y obliga a Batman
a adentrarse en él con la amenaza de sacar un ojo a una joven rehén. De forma
paralela descubrimos la tortuosa historia del fundador de la institución, Amadeus
Arkham, su descenso a la locura y su intento por contenerla.
Tal vez el elemento más atractivo de la
historia es el Guasón, que sin duda da miedo. Según testimonios de personas
cercanas, fue una de las inspiraciones que el desventurado Heath Ledger utilizó para construir su papel de Batman,
el caballero de la noche.
Sin duda es una novela gráfica que debe
estar en el librero de todo diletante de lo truculento.
viernes, 14 de marzo de 2014
Renuencia a los remakes, capítulo 2, o el extraño caso del nuevo RoboCop
Han pasado cuatro semanas desde su
estreno comercial, así que la distancia me permite hablar de ella con más
libertad. Hay que vencer los prejuicios para disfrutar la reelaboración de RoboCop
(José Padilha, 2014). Expresé
previamente mis preocupaciones, pero afortunadamente el resultado rebasó mis
expectativas. Me encontré ante un remake
que disfruté enormemente y se ajusta a lo que comenté ayer. Sobre todo respeta
elementos que distinguieron a su versión original, dirigida por el holandés Paul Verhoeven en 1987. Hice en su
momento una verdadera súplica a los Reyes Magos: “lo que más deseo es que el
espíritu crítico de su primera versión prevalezca: la violencia que sobrepasa
las capacidades gubernamentales para enfrentarla, la privatización de las
instituciones policíacas, la codicia empresarial, los límites de los avances
científicos, el poder de los medios de comunicación, la cosificación del
individuo, la pérdida de la identidad y, sobre todo, el triunfo de la condición
humana”.
En el año 2028, la Policía del Mundo (el
gobierno de Estados Unidos) impone la paz con ayuda de la poco escrupulosa OmniCorp,
una transnacional que provee a su ejército de la más impresionante tecnología armamentística
(incluido el monstruoso y brutal ED-209). No puede hacer esto en su
propia casa pese al apoyo de políticos y del incendiario Patrick Novak (Samuel L. Jackson), conductor de un
popular programa de “serio periodismo de investigación”. El propietario del
conglomerado Raymond Sellars (Michael
Keaton), una suerte de Steve Jobs,
identifica la tecnofobia de la opinión pública de su país y decide colocar a un
humano dentro de sus máquinas. Entra en escena Alex Murphy (Joel Kinnaman), amoroso esposo y padre
de familia quien ostenta ahora un grado de Detective y presta sus servicios en
el muy corrupto Departamento de Policía de Detroit. Tras un atentado casi
fatal, con ayuda del genio Dr. Dennett Norton (Gary Oldman) e instigado por Sellars,
ingresa a un programa que cambiará su vida –o no vida- y lo convertirá en un
instrumento supremo de justicia. Uno “pintado de negro”, como resuelve su
creador.
Todo está ahí, insisto. Incluso el ruido
se los servomotores del héroe y el retumbar del piso cuando camina (a pesar de
su diseño aerodinámico). El guión de Joshua
Zetumer se permite realizar adiciones notables, como la que tiene que ver
con la tecnología de las prótesis ortopédicas en la era del corredor con
piernas de titanio –y presunto homicida- Oscar
Pistorius. O qué decir del poco amable estratega de combate Rick
Mattox (Jackie Earle Haley),
entrenador y enemigo de nuestro héroe mecánico. Y ese remate con “I fought the
law and the law won”, la pegajosa canción del grupo de punk británico The Clash. En lo personal adoré la
puesta en escena, con una muy buena fotografía del brasileño Lula Carvalho, que por momentos se
acerca al documental, y los deslumbrantes efectos visuales de Legacy Effects, que dan una nueva
dimensión a la tragedia de Murphy.
Al final, lo más importante para sus
distribuidores la Metro-Goldwyn-Mayer
y Columbia Pictures: trae con vigor
a una redituable creación a un nuevo público y abre las puertas al renacimiento
de una franquicia. Y no podemos culparlos. El cine de nuestros días es una
forma de entretenimiento –a veces de arte-, pero sobre todo un negocio
millonario. Esto hace evidente que los nuevos días de RoboCop apenas comienzan.
jueves, 13 de marzo de 2014
Renuencia a los remakes
Regreso al viejo tema de los remakes
(uso deliberadamente el anglicismo, pues casi todos lo aceptan). También los
llaman, en la era de la corrección política, reelaboraciones.
Coloquial y despectivamente, refritos. Este último calificativo
tiene base en nuestra renuencia a aceptarlos, cosa parcialmente comprensible.
Tendemos a formarnos un criterio en base a la experiencia, y de ésta hemos
aprendido que muchos suelen ser malos, terribles e irrespetuosos con la obra
que los origina. Esto es ultrajante. Más cuando se realizan con un propósito
meramente comercial. Pero de eso ya he hablado en el pasado. Quiero defender a
las minorías, porque no todos merecen ser menospreciados simplemente por
tratarse de una nueva versión de una historia que conocimos y admiramos. Tomemos
el caso de Drácula. Hacerlo sería descalificar el trabajo que Gary Oldman hizo en 1992, o la
actuación de Sir Christopher Lee en
1957 y colocarlos por debajo de la interpretación de Bela Lugosi de 1931. Todos son vampiros memorables, con maíces distintos
y que se colocan dignamente en la misma posición en nuestra memoria y afectos.
El tema de los remakes supone un gran dilema. Sigamos con el caso de Drácula. No considero uno estricto a la
versión que Francis Ford Coppola –sobre
un libreto de James V. Hart- dirigió
en 1992. Sobre todo si tenemos en cuenta que la de 1931, dirigida por Tod Browning, usa como base un guión
escrito por Garrett Fort que parte –más
que de la novela de Bram Stoker- del
libreto que Hamilton Deane escribió
para los escenarios ingleses y que –al comprobarse su éxito- John L. Balderston adaptó para las
audiencias estadounidenses.
Algo similar ocurre con la película La
mosca (Kurt Neumann, 1958), adaptación
escrita por James Clavell del cuento
La
mosca de la cabeza blanca de George
Langelaan. En 1986 el canadiense David
Cronenberg llevó la historia a su universo. Escrita por el mismo Cronenberg
y Charles Edward Pogue, en lugar de
ofrecernos de nuevo la historia clásica, “es el drama de dos amantes, uno de
ellos con una terrible enfermedad degenerativa”, como escuché decir al cineasta
hace años en la Cineteca Nacional. Y
nadie puede negar que brilla por méritos propios. Lo mismo sucedió con La
noche de los muertos vivientes, remake
que en 1991 Tom Savini hizo de la
cinta que valió su pase a la posteridad a su maestro George Romero en 1968. Ambas son, con la debida distancia,
maravillosas.
Incluso hay algunos remakes que logran superar a su original. Y sé que eso puede sonar
a sacrilegio. Pero los hay, pese a que son escasos. Para mí siempre será más
afortunada la versión de 1988 de La mancha voraz, dirigida por Chuck Russell, que la original de 1958
de Irvin Yeaworth, estelarizada por el
entonces debutante Steve McQueen. Las
dos son entrañables B movies, cierto,
y quizá tiene mucho que ver que la segunda es parte importante de mi
adolescencia.
Lo anterior me permite identificar 3 aspectos
que definen a un buen remake:
1. Un buen remake nunca debe realizarse con fines puramente mercantilistas, sólo por
aprovecharse de la fortuna económica o la fama de una película. Ahí están para
demostrarlo los desastrosos remakes
de Psicosis (Gus Van Sant, 1998) o La casa de cera (Jaume Collet-Serra,
2005).
2. Un buen remake debe poner al día de forma
inteligente, afortunada y respetuosa una idea ya presentada, incorporando
aspectos que demuestren su vigencia.
3. Un buen remake agrega elementos reconocibles por
el aficionado –guiños-, sean elementos, actuaciones especiales, parlamentos o
algo que nos permita trazar un vínculo con su original. Todo usado de forma
inteligente que no le reste una identidad propia.
En resumidas cuentas, no debemos
generalizar. Dicen que “el que pega primero, pega dos veces”, cierto. Pero el
que disfrutemos un remake bien hecho no
es un atentado contra una obra que siempre será insustituible, ni mucho menos nos
convierte en traidores. Esto me será de utilidad para compartir con ustedes mi
visión sobre el nuevo RoboCop. Pero eso será mañana.
Espero.
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