viernes, 19 de octubre de 2012

Crónicas del perro artificial


En 1984, con tan sólo 25 años de edad, el joven Timothy Walter Burton dirigía su tercer trabajo profesional, el cortometraje Frankenweenie, a partir de un guión de Leonard Ripp –basado en una historia de Burton- e insólitamente auspiciado por los estudios Disney, la casa productora que lo vio nacer como artista. Con la notable influencia de Frankenstein y La novia de Frankenstein (James Whale, 1931 y 1935), en tan sólo 29 minutos y en glorioso blanco y negro, contaba la historia Víctor Frankenstein (Barret Oliver, el Sebastian de La historia sin fin), un niño que vivía con sus padres Ben y Susan (Daniel Stern y Shelley Duvall) en una pacífica comunidad suburbana (símil indudable del californiano Burbank donde Burton creció). El pequeño soportaba su entorno en compañía de su fiel amigo Sparky (un maravilloso Bull terrier), quien en los primeros momentos del relato es atropellado y muerto por un automóvil. La negativa de Víctor a enfrentar su pérdida es el motor de una obra inolvidable. “Todos tienen un perro al que aman, y la idea de mantenerlo vivo impulsó la cinta”, confesó el director a Mark Salisbury en el libro Burton sobre Burton. Irónicamente, a pesar del triunfo estético que supuso, Disney despidió a Burton tan pronto concluyó el proyecto, porque era “demasiado aterrador para sus espectadores” y “dilapidó recursos de la empresa”. Tontos. Aunque la decisión me indigna, no es extraña considerando el tipo de productos que ofrecen a sus consumidores: películas que si bien forman parte de nuestra primera formación son desviaciones edulcoradas de relatos clásicos y oscuros. Pero los tiempos cambian, y los seguidores de Disney han evolucionado. Casi 30 años después, la casa del “ratón Miguelito” retoma un producto que despreció y reivindica al hombre que lo imaginó.
Frankenweenie (2012) es la reelaboración dirigida por el mismo Burton, ahora un maduro y reputado cineasta de 54 años, de uno de sus primeros trabajos. Con un guión de John August –autor de muchos de sus trabajos recientes-, lo convirtió en un flamante largometraje de 87 minutos. Esa era mi principal preocupación: cuando estiras demasiado una liga, se rompe. Tenía serias reservas sobre si la historia, que funcionaba perfectamente como corto, sobreviviría la transición a un metraje mayor. Y la respuesta es un rotundo si. Como hizo con El extraño mundo de Jack (Henry Selick, 1993), James y el durazno gigante (Henry Selick, 1996) y El cadáver de la novia (2005), el director decidió recurrir al stop motion, técnica que glorificara Willis O'Brien y Ray Harryhausen. Pero el stop motion que ahora emplea se aleja notablemente del refinamiento y tersura que vimos en Coraline (Henry Selick, 2009) o ParaNorman (Sam Fell y Chris Butler, 2012), incluso de El cadáver de la novia. Burton opta por emular los resultados que tuvo en Vincent (1982) o en El extraño mundo de Jack.
La trama es básicamente la misma, sólo que tiene notables añadidos para prologar el metraje: el siniestro Señor Rzykruski (voz de Martin Landau), claro homenaje a Vincent Price y profesor que le enseña a Víctor los misterios sobre la electricidad que Alassandro Volta y Luigi Galvani vislumbraron en su época; la darketa/emo Elsa van Helsing (voz de Winona Ryder), vecinita de Víctor que comprende su otredad y es dueña de una perrita que nos recuerda a Elsa Lachester y su caracterización más celebrada; el irritable tío de ésta, el Sr. Bergermeisterel (voz de Martin Short), alcalde de la ciudad y defensor a ultranza de la cultura holandesa; el torcido Edgar E. Gore (voz de Atticus Shaffer, el niño de La profecía del no nacido y la teleserie The middle); y la tropa de pequeñines macabros arrancados de la fuente original y el libro La melancólica muerte del chico ostra, también de Burton. Estos últimos –y sus revinientes mascotas- permiten guiños que nos remiten a otros monstruos famosos de los estudios Universal –del hombre invisible a la criatura de la Laguna Negra-  y al mejor Kaiju eiga –o cine de monstruos gigantes- japonés. De paso nos da un vistazo a la fascinación de Burton por el horror y lo gótico, de Mary Shelley a Christopher Lee y El horror de Drácula (Terece Fisher, 1958). Todo en un paquete nostálgico y emotivo, disfrutable de principio a fin.
Con sus padres (voces de Catherine O'Hara y Martin Short) como testigos, Víctor (Charlie Tahan, el niño de Soy Leyenda) aprende al final que hay cosas inevitables en la vida. “No tienes que regresar”, le dice a su perrito mientras yace inerte. Pero por fortuna hay cintas que tienen –merecen- un final feliz.
Cuando valoro el Frankenweenie de 2012, pienso en Alicia en el país de las maravillas (2010 y que como saben me decepcionó sobremanera) como una especie de pago de derecho de piso que Burton tuvo que hacer a Disney para retomar uno de los logros que cimentaron su carrera. Si es el caso, la concesión valió la pena.
                                                                                                                              

Cordial invitación al curso "…Y el hombre creó al vampiro. Bram Stoker en el centenario de su inmortalidad (1912-2012)", con Vicente Quirarte


El 20 de abril de 1912, una semana después del hundimiento del Titanic, Bram Stoker se sumergía en otra forma del sueño. Autor de casi 16 libros de ficción, biografía, estudios folklóricos e interpretación histórica, la posteridad lo conoce como el autor de Drácula, aunque en el instante de su muerte no lo señalaron así los obituarios. El Times trazó una ligera pincelada del Stoker más familiar para sus futuros lectores al considerarlo “maestro de una particularmente fantástica y aterradora forma de ficción”.       
En su libro sobre la vida de Bram Stoker, el más actualizado y completo que existe, Barbara Belford propone una lectura psicológica de la novela y la manera cómo el autor proyecta sus obsesiones y personajes: Drácula sería una representación del omipotente Henry Irving;  Van Helsing, que lleva el mismo nombre del padre de Bram, la figura protectora, sabia y generosa; Lucy Westenra, la belleza y la superficialidad de su esposa, Florence Balcombe; Jonathan Harker, el propio Stoker; Mina Harker, autónoma, pensante, una imagen de Charlotte, madre de Stoker.     
En términos generales, y teóricos, el vampiro es inmortal. Fiel a tal precepto, Stoker escribió una novela que pareciera tener semejante destino. Drácula es una obra para la inquietante lectura y para los eruditos que no dejan de hallar en ella nuevos significados. Drácula fue escrita en un instante cuando el contenido latente era más poderoso que el contenido manifiesto. Sus enigmas son los de siempre: la muerte y las formas de retardarla. O de vencerla.     
Afirma José Emilio Pacheco que todos conocemos la historia del Titanic pero todos queremos que nos la vuelvan a contar. De igual manera, podemos enumerar, aun sin haber leído la novela, las características generales de Drácula. De cada nueva historia o película de vampiros exigimos que nos cause un estremecimiento inédito o descubra un rincón desconocido de nuestros miedos. El Titanic no termina de hundirse, aunque se encuentre sumergido en las profundidades del Atlántico. Bram Stoker, al igual que su vampiro, no acaba de morir. El presente curso tiene como objetivo examinar las razones de su inmortalidad.

Temario

1. Vivir con el vampiro. Los trabajos y los días de Bram Stoker (1847-1912)
2. Lectura comentada de la novela Drácula
3. Herencias de un clásico: literatura, cine, mitología
4. Drácula en escena.

Fechas: 3, 4, 6 y 7 de diciembre 2012
Horario: 17 a 19 hrs.
Lugar: Auditorio Casa de las Humanidades / UNAM
Presidente Carranza #162 Col. Villa Coyoacán

Cuota de recuperación: $600.00*
CUPO LIMITADO

Inscripciones al 56.22.66.05 / 56.22.70.70 o en cursosmagistralesunam@gmail.com 

* Descuentos especiales para estudiantes y académicos de cualquier institución educativa, ex alumnos y trabajadores de la UNAM y jubilados con credencial viegente, hasta el cierre de las inscripciones.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Cuando los clichés tienen sentido


Uno de los aspectos que suelen quitar mérito al cine de horror son situaciones que rayan en lo absurdo e inverosímil, fórmulas que abusan de convenciones efectistas (el espejo de un gabinete que al cerrarse revela que hay alguien detrás del protagonista, personas que aparecen de repente, siluetas que cruzan la pantalla inadvertidas por los héroes), y personajes trillados que retan a la lógica y el sentido común: la casquivana, el atleta, el tonto, el intelectual y la virgen. Uno a uno suelen ser despachados por la amenaza en turno. “Escondámonos del monstruo que nos persigue en esa cabaña abandonada y tenebrosa”, “nademos desnudos en ese lago donde fueron asesinadas esas jovencitas y luego forniquemos”, “tomemos ese camino tenebroso y solitario, debe ser muy seguro”, son sólo algunos penosos ejemplos. Ya el inteligente guión que Kevin Williamson escribió para la exitosa Scream, grita antes de morir (Wes Craven, 1996) advertía y se mofaba de esas “reglas”. Esa es la línea que a primera vista sigue La cabaña del terror (The cabin in the woods, 2012), dirigida por Drew Goddard a partir de un guión que coescribió con Joss Whedon, el mismo de Buffy, la cazavampiros y Los Vengadores). No tenía muchas expectativas de la cinta, sobre todo porque sus primeros minutos se apegaban fielmente a esas fórmulas que son familiares para el diletante del horror y que tanto critico: la virtuosa estudiante Dana (Kristen Connolly), su zorril amiga Jules (Anna Hutchison), el deportista Curt (Chris Hemsworth alias Thor), el aplicadito Holden (Jesse Williams) y el marigüano Marty (Fran Kranz) viajan en una camioneta con destino a una cabaña en el bosque –la del título- para pasar un fin de semana de desenfreno y situaciones típicas la pujante juventud. Todos sus movimientos son monitoreados por dos técnicos (Richard Jenkins y Bradley Whitford) que forman parte de una operación internacional, con enormes recursos tecnológicos y monetarios, que incluso toman con desenfado y cinismo su labor. Después de darse un chapuzón en el lago cercano y beber mucha cerveza, los jóvenes descienden al sótano de la cabaña, donde encuentran todo tipo de extraños y perturbadores objetos, entre ellos el diario de una niña del siglo XVIII que fue abusada por su sádica familia. Cuando Dana lee en voz alta un pasaje en latín del documento, se desata la pesadilla.
Lo que sigue puede adivinarse desde sus créditos iniciales, en los que –mientras la sangre cubre la pantalla- se muestran imágenes de sacrificios rituales en diferentes épocas y culturas. Y en verdad me cuesta trabajo no escribir más detalles al respecto para no estropear la sorpresa a quienes no la han visto. En entrevistas, los guionistas revelaron que tardaron sólo tres días escribir la historia y que pretendían darle sentido a muchos de los lugares comunes del slasher. Todo tiene un resultado inesperado y refrescante, que sin duda tiene una enorme deuda con la oscura imaginación de Howard Phillips Lovecraft. Eso sí, del slasher no prescinde de su dosis habitual de sangre. Esa es necesaria para que el género –y todo- siga adelante.

P.D. Perdóname por abandonarte tanto tiempo, querido blog –y queridos lectores-. Aunque las semanas que vienen también serán complicadas, prometo atenderte como te mereces.

lunes, 8 de octubre de 2012

Cordial invitación a la Primera Jornada Monstruosa de la UIA

Camino a las celebraciones anuales del Día de Muertos, la Universidad Iberoamericana organizará su Primera Jornada Monstruosa, que se celebrará el próximo miércoles 10 de octubre en su Auditorio Ernesto Meneses (Edificio S), con cita en Prolongación Paseo de la Reforma 880, Lomas de Santa Fe. La entrada será libre.


16:00-18:00 hrs. Primera Mesa: "Entre la bestia y el androide", con Alberto Chimal, Bernardo Fernández BEF y Marilú Acosta. Modera Gloria Prado.

18:00-20:00 hrs. Segunda Mesa: "Entre el ángel y el vampiro", con Ana García Bergua, Vicente Quirarte y Héctor Santiesteban. Modera Juan Alcántara.

20:00-21:00 hrs. Presentación del libro Supernaturalia: una aventura por la tradición oral de México de Norma Muñoz Ledo, con Vicente Quirarte.

La entrada será libre. Este es un evento que no pueden perderse.



lunes, 1 de octubre de 2012

Renfield, próximamente...













































Este es el motivo que me ha alejado de este blog las últimas semanas. Es también un goce inigualable. Parte del mismo es el cartel que diseñó la talentosa Priscilla Pomeroy, hija de dos virtuosos vampiros.
Entre los memorables personajes que el irlandés Bram Stoker nos presentó en su novela “Drácula”, R. M. Renfield es uno de los más interesantes, el que pone en marcha los acontecimientos. El Dr. John Seward lo describe así:

R. M. Renfield, aetat 59. Temperamento sanguíneo, gran fuerza física, excitable patológicamente, periodos de depresión que terminan con una idea fija imposible de precisar. Supongo que el temperamento sanguíneo unido a una influencia perturbadora provoca la obnubilación total de la conciencia, posiblemente es un hombre peligroso, aunque carece de egoísmo. En los egoístas, la cautela es una armadura tan eficaz para sus enemigos como para ellos mismos. A este respecto pienso lo siguiente: cuando la idea fija es el yo la fuerza centrípeta se equilibra con la centrifuga. Cuando se trata de un deber, una causa, etc., la fuerza centrifuga es extrema y solo la puede equilibrar un accidente o una serie de accidentes.

En esta ocasión, Eduardo Ruiz Saviñón y su Teatro Gótico pretenden darle voz por vez primera. Porque Renfield, como los dementes de la antigüedad, se erige como un profeta, como un portador de noticias divinas. Más que un sirviente, Renfield es el apóstol de Drácula, su heraldo. Encarnado por el talentoso Guillermo Henry, entre los muros opresivos de un manicomio, Renfield cobrará nueva vida, una digna y terrible como fue imaginado hace más de 100 años.
El espectáculo será uno de los atractivos de la emisión de este año de Mórbido. Festival Internacional de Cine de Terror y Fantasía, a celebrarse entre el 15 y 18 de noviembre en Pátzcuaro, Michoacán. También se representará en otros espacios de esta Ciudad de México. Les mantendré informados.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Batman es un Criminalista (parte 2)


III
Ahora lo que nos reúne, mi afirmación Batman es un Criminalista. Como ya dije, el personaje es un ejemplo de tenacidad, disciplina y voluntad. Contra toda interpretación que haya podido dársele a lo largo de los años, la esencia del héroe –como la del detective- es simple: desde una posición humana, combatir al fenómeno criminal con los recursos que ofrece la ciencia. Es cierto que el personaje pudo allegarse de estos medios gracias a su fortuna económica, pero la base de su esfuerzo puede explicarse desde un prisma de realismo. Es curioso que la Criminalística, disciplina en la que se apoya el detective, tenga raíces en la Francia donde vivió Eugene François Vidocq y posteriormente caminaría Alphonse Bertillon (1853-1914), el sabio francés que significó el matrimonio entre las ciencias exactas y la pesquisa criminal. En aquella época la Criminalística  era sólo un conjunto de técnicas y conocimientos sin ninguna sistematización clara, no muy comprobados ni verificables y, por consiguiente, falibles. 
Fue en 1894 en Graz, Austria, que el juez Hans Gross (1847-1915), hizo evidente la necesidad de una materia que pudiera erradicar la subjetividad y las falsas soluciones, conocimientos que plasmó en su Manual del Juez de Instrucción, Agentes de Policía y Policías Militares (Handbuch fur Untersuchungsrichter, Polizeibeamte, Gendarmen). Acuñó ahí el término Criminalística (Kriminalistik), cuyo objeto de estudio es –como sabemos- el material sensible significativo localizado en la escena del crimen, también conocido como indicio. Su estudio nos puede ayudar a establecer la identidad del perpetrador o la víctima de un hecho, a establecer la relación entre éstos y las circunstancias en que se consumó el crimen. El indicio es el más confiable testigo del crimen. Las personas mienten, los indicios no.

En su libro The forensic files of Batman, el escritor Doug Moench advierte adecuadamente la estrecha relación del detective con las ciencias forenses. Ya desde 1910 el criminólogo francés Edmond Locard (1877-1966) observó que todo criminal deja una parte de sí en la víctima y la escena del delito, y se lleva algo consigo, deliberada o inadvertidamente. También descubrió que estos indicios pueden conducirnos a su identidad. El razonamiento lógico de Locard constituye hoy en día la piedra angular de la investigación científica de los crímenes y es conocido como principio de intercambio: “Es imposible que un criminal actúe, especialmente en la tensión del hecho criminal, sin dejar rastros de su presencia”. Locard, autor también de los siete volúmenes del Traité de Criminalistique, fundó el laboratorio de Criminalística de la ciudad de Lyon, Francia. Con un poco más de sofisticación que éste, Batman posee una base de operaciones – popularmente conocida como la Baticueva- dotada de todo tipo de equipo de laboratorio y cómputo, y lleva siempre consigo –en el que suele conocerse como baticinturón- instrumental para la búsqueda, localización, levantamiento y embalaje de indicios.
Moench habla en su libro de diversos tópicos, desde la Balística, los homicidios por arma blanca, los Incendios y Explosiones hasta la interpretación de Indicios hemáticos y los Indicios Dactilares. Uno de sus casos más famosos, su primer encuentro con uno de sus más prestigiados rivales, involucra conocimientos en Entomología Forense y Toxicología. Una serie de muertes inexplicables atraen la atención del héroe. Todas las víctimas son jóvenes deportistas, sin historial de afecciones cardiacas, con el común denominador de estudiar en la Universdad de Ciudad Gótica. Después que las autoridades han inspeccionado la casa de la víctima más reciente, el Detective Oscuro penetra en ella y llaman su atención algunas moscas muertas en el lugar. Las recolecta y analiza en su laboratorio. Con ayuda de un estudio en Cromatografía de gases, descubre en ellas una potente droga alucinógena, capaz de despertar los miedos más poderosos. Su investigación lo lleva hasta un profesor de Psicología de la misma institución, especializado en el estudio de las fobias, llamado Jonathan Crane. Tras seguir  sus movimientos y con elementos contundentes en su contra, el héroe lo enfrenta: “Tenía razón. Vestido con un roído traje, un sombrero y una máscara de yute, parecía un espantapájaros viviente, grotesco bajo la amarillenta luz de las lámparas de queroseno. El tiempo se congeló cuando estuvimos frente a frente, el Murciélago y el Espantapájaros. El profesor en Psicología estaba claramente loco”.

IV
No puedo evitar terminar esta plática con una de las más recientes encarnaciones del personaje, Batman: El Caballero de la Noche asciende (Christopher Nolan, 2012), una cinta que ha generado las opiniones más polarizadas. El sentir del crítico de cine Miguel Cane se ajusta muy bien al mío: “Por lo tanto, la pregunta es, ¿conseguirá El Caballero de la Noche Asciende satisfacer la sed de perfección y mito? Y la respuesta es que semejante cosa no es posible. Y no porque la cinta no sea de calidad, que lo es, es simplemente que a estas alturas del poema, resulta imposible dar gusto a nadie. Habrá quienes la amen, habrán quienes la vilipendien, quienes se queden estupefactos, quienes se conmuevan hasta lo más hondo y no faltará quienes le encuentren defectos a todo. Es el precio de ser un filme tan anticipado, si bien está más allá del bien y del mal; no importa lo que se diga de ella, su leyenda la precede”. Cane tiene razón.  La dimensión del personaje se impone. Porque Batman es incorruptible, imperecedero.
Acaso esta ocasión fue verdaderamente empañada por los lamentables hechos ocurridos en Aurora, Colorado, la noche del 20 de julio de este 2012. La matanza sin sentido que cometió el aspirante a Doctor en Neurociencias James Eagan Holmes invita nuevamente al debate del tan popular fenómeno conocido como bullying y la facilidad de adquisición de armas de fuego en el vecino país del norte. Mientras cientos de espectadores observaban maravillados la película que esperaron por cuatro años, Holmes abrió fuego contra ellos utilizando un rifle Smith & Wesson M&P15, una escopeta Remington 870 Express y una pistola Glock calibre 22. Recordemos a las 12 víctimas mortales:

1.      Alex Sullivan, que celebraba su cumpleaños 27.
2.      John Larimer, miembro de 27 años de la marina estadounidense.
3.      Jessica Redfield Ghawi, cronista deportiva de 24 años, quien recientemente sobrevivió un tiroteo en un centro comercial de Toronto.
4.      Micayla Medek, joven de 23 años.
5.      Jon Blunk, un joven de 26 años que sirvió de escudo a su novia, Jansen Young.
6.      Alex Teves, de 24 años, quien recientemente obtuvo un grado de Maestría.
7.      Alexander Boik, de 18 años, quien recientemente se había graduado de la preparatoria.
8.      Gordon Cowden, de 51 años y padre de dos.
9.      Rebecca Wingo, de 32 años.
10.  Matt McQuinn, de 27 años, quien protegía a su novia, Samantha Yowler.
11.  Veronica Moser-Sullivan, una niña de 6 años, cuya madre Ashley Moser se encuentra en condición crítica.
12.  Jesse Childress, sargento de 29 años de la Fuerza Aérea Estadounidense.

Todos hijos de alguien, esposos de alguien. Como nos enseñó el ataque a las Torres Gemelas que hoy recordamos, el calificativo víctima no se aplica solamente a los caídos.

Como en la vida real, Batman libra una guerra que sabe nunca podrá ganar del todo. Reconoce que son las pequeñas victorias las que le animan a seguir adelante. Hoy sigue enseñándome que los momentos de tragedia no nos definen tanto como las acciones que tomamos para lidiar con ellos. El próximo mes de mayo cumplirá 73 años de vida. Películas como las de Christopher Nolan comprueban que el personaje se ha convertido en algo más: una leyenda.


Bibliografía
Barbieri, Daniel. Los lenguajes del cómic. Paidós, Barcelona. 1983.
Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras. Fondo de Cultura Económica, México. 1976.
Daniels, Les. DC COMICS: Sixty years of the world´s favorite comic book heroes. Bullfinch Press Books, Nueva York. 1995.
Desris, Joe. The Golden Age of Batman. The greatest covers of Detective Comics from 30´s to the 50´s. Artabras books, Estados Unidos. 1994.
Eguerrena, Josefa. Los superhéroes. Instituto Politécnico Nacional, México. 2006.
Jurgen, Thorwald. El siglo de la investigación criminal. Ed. Labor, México. 1966.
Langley, Travis. Batman and psichology. John Wiley & sons, Nueva Jersey. 2012.
Maldonado Aguirre, Alejandro. El delito y el arte. Instituto de Investigaciones Jurídicas. UNAM, México. 1994.
Moench, Doug. The forensic files of Batman. Ibooks, inc, Nueva York. 2000.
Moreno González, Rafael. Manual de introducción a la Criminalística. Ed. Porrúa, México. 1986.
-----------------------. Sherlock Holmes y la investigación criminalística. Instituto Nacional de Ciencias Penales, México. 2006.
Soderman, Harry; O´Cornnell, John J. Métodos modernos de Identificación Policíaca. 8ª edición. Ed. Limusa, México. 1986.
Symmons, Julian. Historia del relato policial. Bruguera, España. 1982.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Hugo Gutiérrez Vega y el triunfo de todos.

El martes pasado, Hugo Gutiérrez Vega (Guadalajara, 1934 ), brillante poeta y ensayista mexicano, ingresó como Miembro de Número a la Academia Mexicana de la Lengua. Ocupa la silla XXXVII, que pertenecía a otro grande, Don Alí Chumacero. La labor de Gutiérrez Vega, aparentemente alejada de los temas de este blog, tiene una gran cercanía con ellos. Entre sus incontables méritos intelectuales, fue un devoto e incansable colaborador del Teatro Gótico de Eduardo Ruiz Saviñón, con quien tiene una gran amistad. Lo vi hace años en la Casa del Lago Juan José Arreola de la UNAM actuando en una adaptación de Los perros de Tíndalos de Howard Phillips Lovecraft
Del muro de Facebook de Eduardo, tomo una fotografía donde aparecen ambos, acompañados de otro grande, Juan López Moctezuma. Hace unos años, Don Hugo dedicó unas amables palabras, en La Jornada Semanal, a mi obra de teatro El hombre que fue Drácula. Dio su autorización para que fueran incluidas en la segunda edición del texto, publicado por Libros de Godot. Las reproduzco como un homenaje a su genio. Porque el más reciente logro -su ingreso a la Academia- es más que merecido. Todos los que lo admiramos estamos de fiesta. 
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IRVING, STOKER Y DRÁCULA
Hugo Gutiérrez Vega


Sir Henry Irving fue el patriarca de una familia teatral. Se llamaba John Brodribb y, por sus indiscutibles meritos, se le permitió usar el nombre de Henry I. En 1895 fue nombrado caballero del Imperio Británico (fue el primero de la profesión cómica que recibió tamaña distinción) y recibió doctorados Honoris causa por las universidades de Dublin, Cambridge y Glasgow. En su tiempo se le comparaba con Mounet-Sully, el gran actor francés, y sus composiciones de personajes hacían que algunos críticos recordarán a Kean y a Garrick, los geniales actores británicos. 
Sir Henry pertenece a esa raza de hombres de teatro en el sentido más estricto del término. Siguieron su camino, algunos años más tarde, sus hijos y nietos, así como actores como Richardson, Guiness, Olivier, Gielgud, O' Toole, Burton, Finney y Bates entre otros maestros de la escena londinense. La vida de Sir Henry estuvo ligada al hermoso Lyceum, teatro que pereció en un incendio horriblemente real. Ahí representó sus personajes shakesperianos, el Jingle en la adaptación teatral del Pickwick, de Dickens, el protagonista de esa curiosidad que es Una historia de Waterloo , la única pieza teatral de Sir Arthur Conan Doyle, así como varias obras de Sardou, de Merivale y la adaptación de Wills al Fausto de Goethe. 
Pienso que estos datos no son ociosos y, en cambio, son necesarios para ubicar el hermoso texto de Roberto Coria, editado por Vicente Quirarte y llevado a escena por Eduardo Ruiz Saviñón con el título de El hombre que fue Drácula . Y así lo pienso por la sencilla razón de que esta pieza contiene una serie de profundas reflexiones sobre la profesión teatral y sobre el cotidiano milagro artístico de cada puesta en escena. 
Coria imagina a Bram Stoker, el genio irlandés, autor de Drácula trabajando para Sir Henry Irving en el Lyceum. Desde que se abre el telón, el director reúne en su personaje colgado en lo más alto del escenario del Ruiz de Alarcón, a Sir Henry con Drácula y, ya en el suelo del escenario, con Ricardo III y su monólogo que, en la traducción de Coria, nos habla del “invierno de nuestro infortunio”.  
Bram Stoker, su Drácula-Henry I, Ellen Terry, Florence, esposa de Bram, Sir Arthur Conan Doyle y Armenius Vámbery, también Van Helsing, son los personajes de esta historia de vampiros y de grandes divos que tienen, en su ánimo, muchos aspectos vampíricos. 
La dirección de Eduardo Ruiz Saviñón es exacta y llena de matices que dan variedad a una temática que va desde la idea del teatro sobre el teatro hasta los mundos especiales de lo gótico. 
Nicolás Núñez es un Henry I insuflado y prepotente y un Drácula emboscado en un Ricardo III contrahecho, malvado y lamentable. Nicolás nos descubre todos los matices y contradicciones de su personaje y profundiza en el alma de un actor que dedicó su vida entera a los escenarios. Eduardo Von es un Stoker decidido a cumplir su vocación literaria, tímido, pero seguro de la futura grandeza de su obra. Elena de Haro brilla, en compañía de un disciplinado perro lanudo, en el papel de la gran diva de la escena londinense, Ellen Terry; Priscila Pomeroy nos sorprende con su buena personificación de Florence y de Lucy Westenra; Guillermo Henry es un Conan Doyle con abrigo de Holmes y Antonio Monroi hace un Van Helsing afiebrado y persistente. Notables son la escenografía y la iluminación de Sergio Villegas. Todos ellos actualizan el texto de Coria y aportan una nueva muestra al Teatro Gótico mexicano que los vampiros honorarios Saviñón-Quirarte han venido plasmando en los últimos años de nuestro panorama teatral.
Henry I-Drácula, su empleado y víctima Bram Stoker y el eterno Conde descrito por Van Helsing, el perseguidor de vampiros, son el marco en el que se mueve una serie de observaciones sobre la esencia del teatro. No en balde Quirarte nos dice que esta obra es “un homenaje al teatro y al actor”. Henry I-Drácula-Ricardo III penden de una cuerda en lo alto del escenario y, por arte de magia teatral, caen al suelo y son, al mismo tiempo, vampiro, lobo, conjunto de ratas, pero, sobre todo, seres que se mueven en un constante “invierno de nuestro infortunio” y en la magia total de la puesta en escena.