miércoles, 14 de noviembre de 2012

Horror a la americana


La última y nos vamos a Mórbido.
Las creencias en fantasmas y vida después de la muerte son tan antiguas como la humanidad misma. Uno de los primeros casos que recuerdo a este respecto es el del filósofo griego Atenodoro de Tarso (74 A.C.-7 D.C.), quien en su juventud alquiló una casa en Atenas, a un precio ínfimamente bajo en comparación a sus dimensiones. Una noche, mientras escribía, se le apareció un fantasma que arrastraba cadenas que lo guió hasta un punto en el jardín, donde desapareció. Una excavación en el lugar  reveló el cadáver de un hombre encadenado, al cual se le dio una apropiada sepultura, con lo cual cesaron las apariciones. Y así podríamos seguir indefinidamente, en todas las épocas y países. Sobre esta tradición los autores victorianos alcanzaron momentos sobresalientes gracias a las pluma de Montague Rhode James, Joseph Sheridan Le Fanu, Charlotte Riddell, Algernon Blackwood o Elizabeth Gaskell, entre otros, artífices del llamado Ghost story, respuesta de la era para enfrentar la angustia derivada del cambio, una forma de anclarse al pasado ante un presente aún no definido, una continuidad entre la vida y la muerte.
Si el fantasma era el elemento principal de estas historias, la locación donde aparecía era igualmente importante. Un personaje muy importante. Abadías abandonadas, cementerios, castillos, mansiones eran los lugares más frecuentados por los espíritus, todos tan elementales desde los albores de la literatura de horror, del relato gótico. Estos sitios se convirtieron en toda una institución en el imaginario colectivo de todos los países. Lugares de infame memoria, con una carga energética y emotiva desagradable. Los parques de diversiones los imitan para el entretenimiento (y los sustos) de las personas. De hecho todos recordamos una casa abandonada en la colonia donde vivíamos cuando éramos niños, ese lugar prohibido que incendiaba nuestra imaginación y despertaba nuestros miedos. Escritores contemporáneos han llevado esta idea a cimas muy altas. En La hora del vampiro (Salem´s Lot), Stephen King describe a la maldita Mansión Marsten, espacio recordado por los horrendos asesinatos cometidos ahí y seleccionado por el vampiro Kurt Barlow como lugar de descanso y base de operaciones:
“La casa miraba hacia el pueblo. Era enorme y parecía desdibujada y vencida. Las ventanas descuidadamente cerradas le daban ese aspecto siniestro de todas las casas viejas que han pasado vacías mucho tiempo. La pintura se había descascarado a la intemperie, y toda la casa tenía un aspecto uniformemente gris. Los temporales de viento habían arrancado muchas tejas, y y una densa nevada había hundido el ángulo oeste del techo principal, dejándolo vencido. A le derecha, un destartalado cartel clavado sobre un poste advertía: Prohibida la entrada”.
Más allá de esto, se ha preguntado usted ¿quién habitaba el edificio donde reside? o ¿quién durmió en la cama del cuarto de hotel donde se hospeda? o ¿es cierto que su escuela se construyó sobre un cementerio? Esas son respuestas que quizá no queremos saber.
Escribo todo esto como un gran pendiente desprendido de mi fascinación por la galardonada teleserie American horror story, creada por Ryan Murphy y Brad Falchuk, que ha despertado todo tipo de comentarios entusiastas entre los aficionados y la crítica especializada. El proyecto de la dupla, responsable de la popular serie Glee, recibió luz verde al comprobarse el éxito del musical adolescente. Básicamente, American horror story es una historia de fantasmas ambientada en un contexto fácilmente reconocible, protagonizada por personas que se parecen a nosotros. La familia Harmon se muda de Boston y se instalan en la Mansión Montgomery, una enorme construcción gótica de la ciudad de Los Ángeles construida en 1922 por el prestigiado cirujano Charles Montgomery (Matt Ross). Los Harmon distan de ser una familia común. Como muchas, arrastran sus demonios: Ben (Dylan McDermott), el padre, es un psiquiatra que tuvo un romance extra marital con una de sus estudiantes (Kate Mara) y busca un nuevo comienzo; Vivien (Connie Britton), la madre, es una chelista retirada que lidia con el penoso recuerdo de la aventura de su esposo; Violet (Taissa Farmiga), la hija de ambos, es una adolescente que sufre bullying y tiene graves tendencias depresivas. Como si esto no fuera suficiente, los rodean extraños y atormentados personajes: su vecina Constance Langdon (Jessica Lange), su hija Adelaide (Jamie Brewer), su perturbado hijo Tate (Evan Peters), el deforme Larry Harvey (Denis O'Hare), la veterana ama de llaves Moira O'Hara (Frances Conroy) y su sensual doble (Alexandra Breckenridge), acompañados de los antiguos residentes de la casa, desde la pareja homosexual Chad y Patrick (Zachary Quinto y Teddy Sears), el mismo Dr. Montgomery y su esposa Nora (Lily Rabe), las víctimas del tiroteo en la Preparatoria Westfield, e incluso Elizabeth Short (Mena Suvari), conocida por la posteridad como La Dalia Negra. Todos guardan tortuosos secretos, acumulados al transcurrir los años, que se revelan paulatinamente.
Una atmósfera opresiva aderezada por un lóbrego tema musical de Charlie Clouser (su secuencia de créditos es perturbadora), fragmentos de la partitura que Wojciech Kilar compuso para Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992) y la presencia constante del terrible Hombre de Goma, personaje representativo del programa, completan un serial imposible de perderse. Muchas personas dignas de todo mi respeto se quejan del exceso de personajes (“parece la vecindad del Chavo del 8 con fantasmas”) y de su final feliz, que en realidad es una tragedia, porción menor de una historia cíclica, condenada a repetirse una y otra vez.
Ayer vi el tercer episodio de su segunda temporada, American horror story: Asylum, una nueva historia ambientada en el ficticio Hospital Psiquiátrico Briarcliff, un lugar inquietante por sí mismo en el que se reúnen una monja sádica, una periodista lesbiana, un médico loco, un psiquiatra progresista, un presunto asesino e incluso posesiones satánicas y elementos que lindan con la ciencia ficción. Muchos de los actores de su primera temporada aparecen nuevamente, sólo que interpretando papeles completamente distintos, sin relación con sus encarnaciones previas. La principal sigue siendo la laureada Jessica Lange, quien demuestra su camaleónica capacidad actoral, todo en una historia prometedora, digna de Los renglones torcidos de Dios (1979) de Torcuato Luca de Tena o Alguien voló sobre el nido del cuco (1962) de Ken Kesey, esta última convertida en la flamante cinta Atrapado sin salida (Milos Forman, 1975), sólo que con la presencia de una maldad sobrenatural. Sobre su desenlace, escribiré cuando éste llegue.
Y ahora sí, vámonos a Mórbido.


martes, 13 de noviembre de 2012

¿Tiene vida el cine de zombis?


En las dos últimas décadas el zombi ha demostrado su rentabilidad gracias al cómic, los videojuegos, el cine y la televisión (vean el fenómeno The walking dead o las Zombie Walk alrededor del mundo). Esto se debe en parte al agotamiento de otras fórmulas y monstruos, como los vampiros, que han sido visitados casi hasta el hartazgo. Esa es una de las posibles explicaciones para la trivialización que estos seres han alcanzado gracias a Stephanie Meyer en su exitosísima saga literaria Crepúsculo, convertida –como todos saben- en un fenómeno cinematográfico. Me siento profundamente preocupado porque ese mismo sendero parece seguir el cine de zombis. Ese fue un sentimiento instintivo al enterarme del filme Mi novio es un zombi, dirigida por Jonathan Levine, a estrenarse en febrero de 2013. Esto lo confirmé al ver las primeras imágenes, con el adolescente Nicholas Hoult (que vimos al lado de Hugh Grant en Un gran chico o como el joven Hank McCoy/Bestia en Hombres X, primera generación), como el cadavérico protagonista de la cinta. El propio director Levine escribió el guión de la cinta a partir de la novela Warm bodies de Isaac Marion, que básicamente describe un romance imposible entre un zombi y una adolescente en un Estados Unidos post apocalíptico. La idea de un zombi enamorado es arriesgada y contradictoria si no olvidamos las características que definen tal como lo conocemos gracias a George Romero:

  1. Un zombi es un cadáver reanimado.
  2. Un zombi pierde su memoria, sus capacidades intelectuales y afectivas.
  3. El zombi obedece a instintos primarios (alimentarse).
  4. El zombi es un ser gregario, por eso representa el terror de las masas.
  5. Todo aquél que es mordido por un zombi, al morir, se convierte en uno.
Ya esta ruta había sido tomada, en un tono que oscilaba entre la comedia y la farsa, en Fido, mi mascota es un zombi (Andrew Currie, 2006). En una sociedad igualmente post apocalíptica con notables reminiscencias de los idílicos años cincuenta, los humanos sometieron y domesticaron a los zombis, convirtiéndolos en sus sirvientes. Pero un no-muerto (Billy Connolly)“sale del redil” y corresponde los afectos de su oprimida ama (Carrie-Anne Moss).
Pero de regreso a Mi novio es un zombi, el trailer de la cinta ha despertado una curiosidad inesperada en personas dignas de todo mi respeto. Jorge Grajales opina que “Warm Bodies será la sorpresa del año en cuanto a cine de zombies se refiere. La novela se deja leer muy bien y el director ha realizado buenas películas. Y el trailer que salió también ayer deja entrever que el filme no se toma tan en serio (vean esa referencia de lo que debe ser un zombie ejemplificado con el blu-ray del Zombie de Fulci) e incluso aporta ideas noveles al género: ¿qué pasa con los zombies cuando se cae toda su carne putrefacta?”. Al avance concedo los méritos de una buena factura y la aparición de John Malkovich, quien está a punto de ir más allá del bien y del mal. Lo que no deja de inquietarme es que Summit Entertainment, los estudios responsables de la saga Crepúsculo, se encuentran detrás de todo. Por lo demás, sólo queda esperar.
En oposición, Grajales desaprueba el trailer de Guerra Mundial Z, la adaptación de la novela homónima de Max Brooks, también a estrenarse en unos meses: “Estoy de acuerdo con el inevitable fin de las películas de zombies, pero no por Warm Bodies, sino por la "adaptación" de Guerra Mundial Z que se asemeja más a La Guerra de Los Mundos de Spielberg que a lo que brillantemente escribió Max Brooks, y esos zombies son más parecidos a los lemmings. Y no, no a los verdaderos lemmings, a los lemmings del videojuego tan famoso en los 90”. Precisamente ese aspecto fue uno de los que más me atrajo del trailer: los zombis vistos como una gran masa informe, amenazadora, que pese a obedecer a la necesidad de alimentarse tienen una especie de conciencia colectiva, cosa que socialmente hemos perdido. Pero ya escribiré sobre ella en su momento.
Creo que la supervivencia del subgénero puede residir en especímenes como la inteligentísima El desesperar de los muertos (Shaun of the dead, Edgar Wright, 2004), cuya gracia se encuentra en abordar el tema con toda la seriedad y el respeto que exige y lo utiliza como fondo de situaciones hilarantes. El protagonista Shaun (Simon Pegg) es un empleado sumido en una mediocridad que le impide ver los signos del Apocalipsis zombi, sea porque no presta atención a las noticias en la televisión (padece zapping) o porque sale a comprar un refresco y no se percata de las manchas de manos ensangrentadas en el vidrio del refrigerador de la tienda. Curiosamente el libro que desprende Mi novio es un zombi ha recibido elogios tanto de Stephanie Meyer como de Simon Pegg, coescritor de Shaun of the dead. Estos últimos sin duda le merecen el beneficio de la duda.
Y ahora, vámonos a Mórbido.

martes, 6 de noviembre de 2012

Justicia para la Malvada Reina


Un año más tarde, el Rey volvió a casarse. La nueva Reina era muy bella, pero orgullosa y altanera, y no podía sufrir que nadie la aventajase en hermosura. Tenía un espejo prodigioso, y cada vez que se miraba en él, le preguntaba:
"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?".
Blanca Nieves (1812), Jacob y Wilhelm Grimm.

En los albores del siglo XIX, Jacob y Wilhelm Grimm, reputados lingüistas y folkloristas alemanes, recorrieron Europa recolectando historias que circulaban en la tradición oral. La mayor parte de ellas se han integrado ya al imaginario colectivo de la cultura occidental e inspirado obras inolvidables para muchos de nosotros. Una de las más reconocidas es la de Blanca Nieves, la bella princesa blanca como la nieve, labios rojos como la sangre y cabello negro como la madera de ébano. Su figura ha sido perpetuada a lo largo de generaciones por la más variopinta galería de artistas, pero pocas revisiones con tan recordadas como la que Walt Disney nos presentara en 1937 bajo el título de Blanca Nieves y los siete enanos. En ella, posicionada indeleblemente en la memoria de todos, brilla la presencia de su antagonista, la Malvada Reina (con voz en inglés de Lucille La Verne y en español de Rosario Muñoz Ledo, como me aclaró mi querido Arístides Castiglioni). Siempre me pregunté, siendo un imberbe niño, qué hacía al gallardo Príncipe fijarse más en la pálida jovencita y ni siquiera mirar a la madura e interesante mujer. Ella poseía una personalidad más poderosa, una elegancia incomparable y una voz que imponía. Y además, era una bruja. ¿Ella debía en realidad tener celos de la belleza de su hijastra? Por eso nunca comprendí su inseguridad. En Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Bruno Bettleheim pretende dar una explicación: “El miedo de la Reina a que Blancanieves la supere es el tema central del cuento de hadas, que lleva, erróneamente, el nombre de la niña, al igual que el mito de Edipo. Por lo tanto, puede ser útil considerar brevemente este famoso mito que, a través de los estudios psicoanalíticos, se ha convertido en la metáfora con la que nos referimos a una relación emocional concreta dentro de la familia, que puede dar lugar a grandes obstáculos en el camino hacia la madurez y la plena integración de una persona, mientras es, por otra parte, el origen potencial del desarrollo más completo de la personalidad”. Con el paso de los años descubrí a la que podía ser una de sus más notables inspiraciones: la noble húngara Erzsébet Báthory, de quien ya he hablado en este espacio. Ella es recordada porque temía la vejez y, cual tratamiento de belleza, se daba baños en la sangre de inocentes doncellas para detener el inclemente paso del tiempo.
Pero regresemos al cuento. En el cine y le televisión, la soberana ha sido interpretada por un gran número de actrices que hacen justicia –bueno, la mayor parte de ellas- a la dimensión del personaje, desde Ruth Richie (en la versión muda de 1916), Gena Rowlands, Joan Collins, Vanessa Redgrave, Miranda Richardson, Monica Bellucci (en mi opinión, de las más dignas), Lana Parrilla (en la reciente teleserie Once upon a time), Julia Roberts (ella nunca me ha gustado, y menos como la Reina) y, la que propicia estas líneas, la sudafricana Charlize Theron en Blanca Nieves y el cazador (Rupert Sanders, 2012).
Prejuicios me hicieron despreciar la cinta por meses. El mayor provenía de que el espejo –que se supone siempre dice la verdad- dijera a Charlize que Kristen Stewart, que da vida a Blanca Nieves, era más bella. Eso me parecía una gran mentira, una infamia. Pero como en gustos se rompen géneros, me aventuré a ir más allá de los cortos y fragmentos que vi en la televisión. 
La película fue justo lo que esperaba. Pese a sus deslumbrantes efectos digitales, apariciones emblemáticas, y una muy vistosa puesta en escena, no pude evitar pensar que abrevaba del clásico de Disney, de la saga de El Señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001, 2002 y 2003), de 300 (Zack Snyder, 2006) y Juana de Arco (Luc Besson, 1999). La historia no aporta nada nuevo al mito, acaso profundizar en el pasado del cazador (Chris Hemsworth, alias Thor, el Dios del Rayo), demostrar que Blanca Nieves puede blandir una espada, revelar que la Malvada Reina (Ravenna aquí) puede convertirse en una parvada de cuervos, tiene un Malvado –e inepto- Hermano y que el ingenuo padre de Blanca Nieves no era su primera víctima. Sobre  las participaciones, Bob Hoskins (el detective Eddie Valiant de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?), Ray Winstone (el Sr. French de Los infiltrados, Nick Frost (el insoportable Ed de Shaun of the dead), Eddie Marsan (el reciente Inspector Lestrade de Sherlock Holmes) y Toby Jones (el Dr. Zola de El Capitán América, el primer Vengador) son algunos de los siete enanos. Lo malo es que todos pasan desapercibidos.
Todo es parte de una especie de necesidad de revivir a los clásicos, dándoles nueva vida para los nuevos consumidores. Algo semejante me enseñó la muy fallida La chica de la capa roja (Catherine Hardwicke, 2011), la efervescencia de series de televisión como Grimm o la citada Once upon a time y el venidero filme Maléfica (Robert Stromberg, a estrenarse en 2014), donde Angelina Jolie personificará al tormento de La Bella Durmiente. Al menos Theron y Jolie si capturan la belleza de sus personajes.

Mi agradecimiento enorme al ya mencionado Aris Castiglioni, a Jorge Báez, Josué Vargas Estrada, Luis Reséndiz ‏y Pepe Carrera por su ayuda en la resolución del misterio sobre la voz en español de la Reina..

viernes, 26 de octubre de 2012

Elemental, mi querido Holmes


Siempre he defendido el derecho de las nuevas generaciones de reinventar a sus clásicos. Eso prolonga la vida de un personaje y le da nuevos bríos, manteniéndolo vigente en una época distinta a la de su creación. Pero creo que esa revisión debe ser respetuosa a la fuente original, aportar guiños inteligentes que pueda reconocer el lector riguroso –que seduzcan al nuevo espectador- y, sobre todo, significar una aportación novedosa, atractiva, que contribuya a acrecentar el mito que la propició. Así sucedió con Sherlock, teleserie de la BBC de la que ya he hablado ampliamente. Como su título advierte, es una puesta al día de las aventuras de Sherlock Holmes, la popular creación del escocés Arthur Conan Doyle. Son incontables los méritos que debo aplaudirle, comenzando por la exhaustiva investigación literaria detrás de los brillantes guiones de Steven Moffat, Mark Gatiss y Steve Thompson, los cuales han representado un gran éxito entre la crítica especializada y los aficionados. Como Holmes es ya parte del dominio público, es inevitable que otros quieran lucrar con su rentabilidad.
La serie Elementary, creada por Rob Doherty para la cadena estadounidense CBS, es un ejemplo de lo anterior (toma su título de la frase que el cine ha atribuido al héroe, “Elemental, mi querido Watson”). Ahora Holmes (Johnny Lee Miller) es un adicto en recuperación, lleno de tatuajes, antiguo consultor de Scotland Yard, que vive en Nueva York y brinda asesoría al Departamento de Policía local. Su padre paga los servicios de la Dra. Joan Watson (Lucy Liu, egresada de Los Ángeles de Charly), una cirujana que no ejerce su carrera por un evento traumático, para que lo acompañe en su tratamiento. De paso, resuelven un crimen (y así seguirán, por lo menos en siete capítulos venideros). La idea “innovadora” de que Watson sea una mujer ya había sido empleada antes. En la serie ochentena El regreso de Sherlock Holmes, Margaret Colin interpretó a Jane Watson, descendiente del galeno que despierta de un sueño criogénico al héroe. Pero eso no es lo criticable de Elementary. Su peor pecado es ser irrespetuosa e inconsistente con la esencia de su personaje principal. Sherlock Holmes nunca diría “odio tener razón”. La razón es su triunfo cotidiano, la columna vertebral de su existencia. Sherlock Holmes nunca “pierde el control”, y si lo hiciera, nunca lo admitiría.  La pobreza del guión de Doherty es sólo comparable a la falta de carisma de sus protagonistas y a las situaciones que empatan el programa con tantos dramas de misterio de la televisión de nuestros días. “No le den tantas vueltas: es The Mentalist en rehab”, me dijo mi querido Jorge Ornelas.
Pese al entusiasmo que su distribuidora en Latino América ha puesto al producto, le auguro una corta vida. Al menos agradezco que Lucy Liu, aprovechando sus dotes artemarcialistas, no hubiera arremetido a golpes contra los malos. Quizá eso sea para el segundo episodio.

viernes, 19 de octubre de 2012

Crónicas del perro artificial


En 1984, con tan sólo 25 años de edad, el joven Timothy Walter Burton dirigía su tercer trabajo profesional, el cortometraje Frankenweenie, a partir de un guión de Leonard Ripp –basado en una historia de Burton- e insólitamente auspiciado por los estudios Disney, la casa productora que lo vio nacer como artista. Con la notable influencia de Frankenstein y La novia de Frankenstein (James Whale, 1931 y 1935), en tan sólo 29 minutos y en glorioso blanco y negro, contaba la historia Víctor Frankenstein (Barret Oliver, el Sebastian de La historia sin fin), un niño que vivía con sus padres Ben y Susan (Daniel Stern y Shelley Duvall) en una pacífica comunidad suburbana (símil indudable del californiano Burbank donde Burton creció). El pequeño soportaba su entorno en compañía de su fiel amigo Sparky (un maravilloso Bull terrier), quien en los primeros momentos del relato es atropellado y muerto por un automóvil. La negativa de Víctor a enfrentar su pérdida es el motor de una obra inolvidable. “Todos tienen un perro al que aman, y la idea de mantenerlo vivo impulsó la cinta”, confesó el director a Mark Salisbury en el libro Burton sobre Burton. Irónicamente, a pesar del triunfo estético que supuso, Disney despidió a Burton tan pronto concluyó el proyecto, porque era “demasiado aterrador para sus espectadores” y “dilapidó recursos de la empresa”. Tontos. Aunque la decisión me indigna, no es extraña considerando el tipo de productos que ofrecen a sus consumidores: películas que si bien forman parte de nuestra primera formación son desviaciones edulcoradas de relatos clásicos y oscuros. Pero los tiempos cambian, y los seguidores de Disney han evolucionado. Casi 30 años después, la casa del “ratón Miguelito” retoma un producto que despreció y reivindica al hombre que lo imaginó.
Frankenweenie (2012) es la reelaboración dirigida por el mismo Burton, ahora un maduro y reputado cineasta de 54 años, de uno de sus primeros trabajos. Con un guión de John August –autor de muchos de sus trabajos recientes-, lo convirtió en un flamante largometraje de 87 minutos. Esa era mi principal preocupación: cuando estiras demasiado una liga, se rompe. Tenía serias reservas sobre si la historia, que funcionaba perfectamente como corto, sobreviviría la transición a un metraje mayor. Y la respuesta es un rotundo si. Como hizo con El extraño mundo de Jack (Henry Selick, 1993), James y el durazno gigante (Henry Selick, 1996) y El cadáver de la novia (2005), el director decidió recurrir al stop motion, técnica que glorificara Willis O'Brien y Ray Harryhausen. Pero el stop motion que ahora emplea se aleja notablemente del refinamiento y tersura que vimos en Coraline (Henry Selick, 2009) o ParaNorman (Sam Fell y Chris Butler, 2012), incluso de El cadáver de la novia. Burton opta por emular los resultados que tuvo en Vincent (1982) o en El extraño mundo de Jack.
La trama es básicamente la misma, sólo que tiene notables añadidos para prologar el metraje: el siniestro Señor Rzykruski (voz de Martin Landau), claro homenaje a Vincent Price y profesor que le enseña a Víctor los misterios sobre la electricidad que Alassandro Volta y Luigi Galvani vislumbraron en su época; la darketa/emo Elsa van Helsing (voz de Winona Ryder), vecinita de Víctor que comprende su otredad y es dueña de una perrita que nos recuerda a Elsa Lachester y su caracterización más celebrada; el irritable tío de ésta, el Sr. Bergermeisterel (voz de Martin Short), alcalde de la ciudad y defensor a ultranza de la cultura holandesa; el torcido Edgar E. Gore (voz de Atticus Shaffer, el niño de La profecía del no nacido y la teleserie The middle); y la tropa de pequeñines macabros arrancados de la fuente original y el libro La melancólica muerte del chico ostra, también de Burton. Estos últimos –y sus revinientes mascotas- permiten guiños que nos remiten a otros monstruos famosos de los estudios Universal –del hombre invisible a la criatura de la Laguna Negra-  y al mejor Kaiju eiga –o cine de monstruos gigantes- japonés. De paso nos da un vistazo a la fascinación de Burton por el horror y lo gótico, de Mary Shelley a Christopher Lee y El horror de Drácula (Terece Fisher, 1958). Todo en un paquete nostálgico y emotivo, disfrutable de principio a fin.
Con sus padres (voces de Catherine O'Hara y Martin Short) como testigos, Víctor (Charlie Tahan, el niño de Soy Leyenda) aprende al final que hay cosas inevitables en la vida. “No tienes que regresar”, le dice a su perrito mientras yace inerte. Pero por fortuna hay cintas que tienen –merecen- un final feliz.
Cuando valoro el Frankenweenie de 2012, pienso en Alicia en el país de las maravillas (2010 y que como saben me decepcionó sobremanera) como una especie de pago de derecho de piso que Burton tuvo que hacer a Disney para retomar uno de los logros que cimentaron su carrera. Si es el caso, la concesión valió la pena.
                                                                                                                              

Cordial invitación al curso "…Y el hombre creó al vampiro. Bram Stoker en el centenario de su inmortalidad (1912-2012)", con Vicente Quirarte


El 20 de abril de 1912, una semana después del hundimiento del Titanic, Bram Stoker se sumergía en otra forma del sueño. Autor de casi 16 libros de ficción, biografía, estudios folklóricos e interpretación histórica, la posteridad lo conoce como el autor de Drácula, aunque en el instante de su muerte no lo señalaron así los obituarios. El Times trazó una ligera pincelada del Stoker más familiar para sus futuros lectores al considerarlo “maestro de una particularmente fantástica y aterradora forma de ficción”.       
En su libro sobre la vida de Bram Stoker, el más actualizado y completo que existe, Barbara Belford propone una lectura psicológica de la novela y la manera cómo el autor proyecta sus obsesiones y personajes: Drácula sería una representación del omipotente Henry Irving;  Van Helsing, que lleva el mismo nombre del padre de Bram, la figura protectora, sabia y generosa; Lucy Westenra, la belleza y la superficialidad de su esposa, Florence Balcombe; Jonathan Harker, el propio Stoker; Mina Harker, autónoma, pensante, una imagen de Charlotte, madre de Stoker.     
En términos generales, y teóricos, el vampiro es inmortal. Fiel a tal precepto, Stoker escribió una novela que pareciera tener semejante destino. Drácula es una obra para la inquietante lectura y para los eruditos que no dejan de hallar en ella nuevos significados. Drácula fue escrita en un instante cuando el contenido latente era más poderoso que el contenido manifiesto. Sus enigmas son los de siempre: la muerte y las formas de retardarla. O de vencerla.     
Afirma José Emilio Pacheco que todos conocemos la historia del Titanic pero todos queremos que nos la vuelvan a contar. De igual manera, podemos enumerar, aun sin haber leído la novela, las características generales de Drácula. De cada nueva historia o película de vampiros exigimos que nos cause un estremecimiento inédito o descubra un rincón desconocido de nuestros miedos. El Titanic no termina de hundirse, aunque se encuentre sumergido en las profundidades del Atlántico. Bram Stoker, al igual que su vampiro, no acaba de morir. El presente curso tiene como objetivo examinar las razones de su inmortalidad.

Temario

1. Vivir con el vampiro. Los trabajos y los días de Bram Stoker (1847-1912)
2. Lectura comentada de la novela Drácula
3. Herencias de un clásico: literatura, cine, mitología
4. Drácula en escena.

Fechas: 3, 4, 6 y 7 de diciembre 2012
Horario: 17 a 19 hrs.
Lugar: Auditorio Casa de las Humanidades / UNAM
Presidente Carranza #162 Col. Villa Coyoacán

Cuota de recuperación: $600.00*
CUPO LIMITADO

Inscripciones al 56.22.66.05 / 56.22.70.70 o en cursosmagistralesunam@gmail.com 

* Descuentos especiales para estudiantes y académicos de cualquier institución educativa, ex alumnos y trabajadores de la UNAM y jubilados con credencial viegente, hasta el cierre de las inscripciones.