jueves, 21 de febrero de 2013

Infame legado


“El bien no hace gran literatura”, afirma mi amigo Vicente Quirarte. Los ejemplos de esto abundan. Pero lo podemos comprobar cotidianamente en los kioscos de periódicos, donde los peatones interrumpen el camino a sus labores para observar, algunos cautivados y otros con repulsión, la primera plana de los tabloides sensacionalistas que muestran el homicidio más brutal de la jornada. Curiosamente, la contraportada suele exhibir a una mujer voluptuosa en un breve atuendo. Eros y Thanatos, las dos pulsiones más elementales del ser humano. Desde los inicios del siglo pasado, una forma literaria ha retomado las oscuras  de acciones de los individuos convertirse en algo que ya es conocido como True crime, o crímenes verdaderos, donde el autor –en muchas ocasiones un periodista, en otras alguien relacionado con el medio legal- hace un recuento detallado de las atrocidades cometidas por alguien, desde un enfoque estrictamente objetivo, sin juicios ni emotividades. Estas investigaciones llegan a madurar en novelas verdaderamente memorables, como la novela A sangre fría (1966) de Truman Capote, libro que inaugura la llamada non-fiction novel y una de las obras fundamentales de la literatura norteamericana del siglo XX. Describe el terrible asesinato de la familia Clutter en la pacífica comunidad de  Holcomb, Kansas, ocurrido el 15 de noviembre de 1959, a manos de Richard Hickock y Perry Smith. He aquí una pregunta inquietante: ¿tuvo que morir violentamente una familia para que un escritor creara una obra maestra?
La muy reciente película Hitchcock (Sacha Gervais, 2012) propone un cuestionamiento similar. Su guión, escrito por John McLaughlin, parte del libro Alfred Hitchcock and the Making of Psycho de Stephen Rebello, y como tal tiene el acierto de comenzar la mañana del 16 de mayo de 1944 en una granja en el poblado de Plainfield, Wisconsin, donde los hermanos Henry y Edward Gein queman maleza en su propiedad. Súbitamente, cual Caín, Ed golpea mortalmente en la cabeza a su hermano con su pala. La cámara hace un travelling donde Alfred Hitchcock (Anthony Hopkins), como en su programa televisivo, nos saluda cordialmente e introduce la historia mientras bebe con delicadeza una taza de té, como todo buen británico. Aunque no se tiene plena certeza de ello y la Policía calificó el hecho como un accidente, suele atribuirse a Ed el homicidio del mayor de los Gein como el inicio de su breve carrera homicida. Y dice el cineasta “agradezcamos la credulidad de la Policía de Plainfield. Pues si hubieran detenido a Ed por el crimen, no tendríamos nuestra película”. Naturalmente habla de Psicosis (1960), pero también de sus cimientos, la novela homónima de Robert Bloch –otrora discípulo de Howard Phillips Lovecraft- y profundamente inspirada en la carrera criminal de Gein, un caso escandaloso que estremeció a la sociedad de su época. No por su número comprobado de víctimas –dos-, que es ínfimo en comparación a otros notables asesinos, sino por lo que representó. Nadie pensaba que en una pacífica comunidad rural, en el idílico Estados Unidos de los años cincuenta, pudieran producirse tales horrores. El guionista Robin Wood lo calificó como “el sueño americano convertido en pesadilla”.
Mucho se ha escrito sobre Gein, en la realidad y la ficción. Uno de los mejores estudios que se ha hecho sobre él lo debemos a Harold Schetcher titulado Deviant, the shocking trae story of Ed Gein, the original Psycho:
Pero el evento que verdaderamente inmortalizó a Eddie fue, por supuesto, su aparición en 1960 en el consumado filme de terror Psicosis, basado en la novela que Robert Bloch modeló a partir de materiales del caso Gein. Aunque no hay indicaciones  de que Eddie haya visto –o incluso sabido de- la adaptación cinematográfica que sus crímenes inspiraron, la película de Hitchcock lo transformó de una leyenda local hasta una imperecedera parte de la mitología popular norteamericana. […] Eddie Gein se había convertido en el “verdadero Norman Bates”.  
Su figura fue modelo de otras notables creaciones, desde el asesino Leatherface de La masacre de Texas (Tobe Hooper, 1974), el necrófilo Ezra Cobb (Roberts Blossom) de la cinta Deranged: The confessions of a necrophile (lan Ormsby y Jeff Gillen, 1974) o el sastre homicida James Gumb en la novela El silencio de los corderos de Thomas Harris. Físicamente Gein, quien alegó demencia por sus crímenes y fue confinado en una institución psiquiátrica, murió por una insuficiencia respiratoria el 26 de julio de 1984 a la edad de 77 años.  No sólo se salió con la suya, obtuvo una infame forma de inmortalidad.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Sueños nacionales


Horror a la americana (2)


Ayer terminó la segunda temporada de la teleserie American horror story, creación de Ryan Murphy y Brad Falchuk, subtitulada Asylum por su terrible nueva locación. Y confieso que tengo sentimientos encontrados sobre el desenlace. Sobre su antecesora, que disfruté sobremanera, escribí hace unos meses. Por ello las comparaciones son inevitables. La primera, en mayor medida, tenía una clara influencia de la literatura gótica, sobre todo por su escenario, la terrible Mansión Montgomery, un edificio con una horrible memoria, epicentro perfecto para una historia sobre almas torturadas, vivas y muertas. La segunda no escapa de esta tradición, sobre todo si recordamos los pasajes en que vivió en un manicomio el protagonista de Melmoth, el errabundo (Charles Maturin, 1820). Ahora el relato se sitúa en el ficticio Hospital Psiquiátrico Briarcliff, y se desarrolla entre la época actual y el año 1964, con personajes completamente nuevos y sin vínculo alguno con los que conocimos la temporada anterior. No así ocurrió con sus actores, repitiendo su participación –en el rol estelar- la laureada Jessica Lange, ahora como la malvada Hermana Jude, una recalcitrante y sádica monja llena de prejuicios, con doble moral y un pasado tormentoso.
La idea parecía prometedora, pero el programa perdió su rumbo en algún momento. Si algunos se quejaron del exceso de personajes de la temporada anterior, aquí vemos una variopinta galería que va desde un psiquiatra progresista con aficiones homicidas (Zachary Quinto, Chad Warwick de la primera temporada de la serie, que encarna al Dr. Oliver Thredson), una ambiciosa reportera homosexual (Sarah Paulson, Billie Dean Howard en de la primera temporada, como Lana Winters), un criminal de guerra nazi (James Cromwell en el papel del Dr. Arthur Arden, maravilloso), un joven culpado de un crimen que no cometió (Evan Peters, Tate Langdon de la primera temporada, como Kit Walker), un alto jerarca de la Iglesia local protector de monstruos (Joseph Fiennes como el Monseñor Timothy Howard), una bondadosa monja poseída por el Diablo (Lily Rabe, la perturbada señora Montgomery en la temporada pasada, es la Hermana Mary Eunice, sin duda una de las mejores aportaciones de la serie), y los exquisitos huéspedes de Briarcliff (Chloë Sevigny como la ninfómana Shelley, Lizzie Brocheré como la homicida Grace, Naomi Grossman como Pepper, la paciente con microcefalia, e Ian McShane como el asesino vestido de Santa Claus Leigh Emerson). Demasiados ingredientes, como pueden ver. Y aunque el elenco tuvo un excelente desempeño, creo que eso no fue suficiente para sustentar la narración. Debo concederle muchos aciertos, como la aparición de la actriz alemana Franka Potente (a quien conocimos en Corre, Lola, corre) como una mujer desequilibrada que clamaba ser Anna Frank –la del diario-, el Ángel de la Muerte (Frances Conroy, Moira en la primera temporada) o el dueño de una herencia sangrienta Johnny Morgan (Dylan McDermott, el psiquiatra Ben Harmon en la primera temporada).
Nuevamente los aspectos técnicos fueron impecables, dignos de una producción cinematográfica de altos vuelos. Ello me devuelve a la historia. Era muy difícil conseguir que confluyeran armónicamente intrépidos reporteros, sacerdotes, asesinos en serie, extraterrestres, poseídos por el demonio, desquiciados médicos nazis y experimentos indecibles. Si bien el subtexto era prometedor (la locura, los anhelos secretos e inconfesables, el libre ejercicio de nuestras preferencias sexuales, los anquilosados dogmas religiosos contra la pujante modernidad y los matrimonios interraciales), el resultado queda a deber. No hablemos del colorido número musical –mi querida Anabel Quirarte dijo que eso era un signo de decadencia- que sin duda se hizo para el lucimiento de la señora Lange. Irónicamente a ella debemos la afortunada línea final, que tiene claras reminiscencias a lo dicho por Friedrich Nietzsche: “cuando miras al mal a los ojos, el mal te devuelve la mirada”.
Según declaraciones de Murphy y Falchuck, American horror story tendrá una tercera temporada que, de ser ciertos los rumores publicados en Internet, podría desarrollarse en la embrujada ciudad de Salem o tendría que ver con la cultura Vudú. Lo seguro es que muchos de sus principales actores regresarán en papeles completamente nuevos. Sólo nos queda esperar. Sigo haciendo votos porque alguna mente brillante lleve a la televisión nacional Mexican horror story: Catemaco.  

martes, 12 de febrero de 2013

Que siga fluyendo la sangre


Sigamos con Psicosis, pero no con la obra maestra de Alfred Hitchcock, sino con sus cimientos. En 1998, Stephen Jones y Kim Newman publicaron la actualización de Horror 100 best books (Carroll & Graf, Nueva York), un maravilloso compendio cronológico que reseñaba lo mejor del género (hasta ese momento). Y algo saben los señores sobre el tema. El primero es un reputado antologador y estudioso de los territorios horroríficos y erudito de la obra de Clive Barker; al segundo le debemos la maravillosa saga que comenzó en 1992 con la novela El año de Drácula. En el texto, básicamente, prestigiados autores de horror y fantasía hablaban del trabajo de otros autores de horror y fantasía. Asignaron el lugar 57 a una obra que todos conocemos y la cual viene a colación por la reciente película que comenté. Cedo la palabra a Hugh B. Cave, reputado cuentista y autor de la llamada pulp fiction:



Olviden la película. El señor Hitchcock hizo un trabajo magistral, seguro. Y todo el mundo en el planeta que esté interesado en el género de terror debe haberla visto al menos una vez. Pero la novela de Robert Bloch fue una obra maestra desde el principio. El señor Hitchcock no creó a Norman Bates ni a su espeluznante motel; fue el señor Bloch. Y no como un proyecto especial. Siguiendo los pasos de sus cuentos, adaptaciones de radio (de su propio trabajo) y al menos cuatro otras novelas, Psicosis era otro producto de su imaginación maravillosamente fértil y disciplinada.
Tengan en cuenta que recalco palabra disciplinada. Debido a que gran parte la fuerza de Psicosis está en la escritura.
Desde el principio, Robert Bloch escribió con claridad, utilizando el lenguaje para comunicar, no para confundir. Mucha de la escritura de hoy es intencionadamente oscura, deliberadamente dirigida a que el lector se pregunte, al terminar de leer una historia, “¿qué fue todo eso?”. Demasiados escritores consideran que su trabajo es una lucha entre ellos mismos y el público con, por supuesto, los dados cargados a su favor y con el lector obligado a sentirse estúpido por no comprender el relato.
No el señor Bloch. Su prosa es como el tono claro y puro de una trompeta Bix Beiderbecke, no como el rugido una sirena luchando para ser escuchada en la espesa niebla. Así que lo que dice es inmediatamente comprensible y, por lo tanto, aún más poderoso.
Lo que Bloch dijo en Psicosis influyó el arte de la escritura horror. No volvió a los estantes polvorientos donde estaban los vampiros, los hombres lobo y las otras bestias predilectas de los novelistas Victorianos. Lisa y llanamente exploró horrores que cotidianamente se encuentran al acecho. Olvidó los castillos en ruinas, los científicos locos, los dioses antiguos y terribles que escribió en Weird tales y otras grandes revistas. Esas fueron buenas historias para su tiempo y siempre será divertido releerlas o coleccionarlas. Pero observen cuidadosamente a su vecino, que va a una oficina todos los días, vende seguros o, en este caso, dirige un motel acosado por los recuerdos de una madre dominante.
Con esta novela, Robert Bloch produjo a los lectores grandes saltos de horror que erizaban sus cabellos mientras pasaban las páginas con avidez, y mostró de paso a los escritores cómo manejar un nuevo tipo de historia de horror.
Casi todos los autores del género en nuestros días han sido influidos, de una forma u otra, por Psicosis. Llámelo un hito en la literatura de terror, escrito por uno de los grandes. Eso es lo que ambos son.
-Hugh B. Cave.

lunes, 11 de febrero de 2013

Adiós a la División Fringe (2008-2013)


Una pausa obligatoria (porque quería seguir con Psicosis y Alfred Hitchcock). En sus inicios hablé de la teleserie Fringe, producto del ingenio de J. J. Abrams, Roberto Orci y Alex Kurtzman, trinomio que estoy seguro tiene mucho por ofrecernos. Ayer, tras cinco temporadas, ví su desenlace. De forma inesperada, porque después de incontables reclamos sobre su tardanza por Twitter a su distribuidora en Latinoamérica, Warner Channel, tomaron la inexplicable decisión de transmitir los 13 episodios finales el fin de semana, en lo que llamaron La maratón Fringe. Debo decir que el resultado no me decepcionó en lo más mínimo. Fue ese uno de los aspectos que me hizo admirarla: a lo largo de 100 episodios, fue constante en su nivel argumental y en su impecable factura, con efectos especiales de primer nivel. No fue la pérdida de interés de sus huestes de seguidores la que la condenó, sino fallidas decisiones institucionales de programación. La crítica, casi siempre de forma unánime, alabó la calidad del producto. Observó que la serie, de una fórmula convencional (el “monstruo de la semana”), evolucionó en un maduro programa de ciencia ficción, con una temática definida que giraba en torno a un universo paralelo y la alteración de la línea temporal.
El actor australiano John Noble, sin duda uno de sus principales atractivos, supo modificar la imagen del “científico loco”. Su Walter Bishop siempre hizo alarde de su intelecto superior pero dando cabida a todo tipo de conductas, de su abierto consumo de alucinógenos  a extravagancias deliciosas, de su vaca de laboratorio Gene, insólitas peticiones (“revisa su ano” o “córtenle la mano al cadáver y llévenla a mi laboratorio”) a acciones inesperadas e inverosímiles en una crisis (mientas graba en video instrucciones que definirán el destino de la humanidad, se detiene abruptamente en la vidriera de una panadería cuando exhiben producto recién salido del horno y pregunta “¿son de zarzamora?”). En la prestigiada Comic Con, Noble llamó a su conclusión “la temporada de los fans”. Y es que la serie supo atender las opiniones de sus admiradores, que crecieron hasta convertirla en un objeto casi de culto. Para ellos nunca faltaron referencias a decisivas obras de nuestra educación sentimental, como las películas Estados alterados (Ken Russell, 1980) y Volver al futuro (Robert Zemeckis, 1985) o mitologías contemporáneas como la saga Viaje a las estrellas (Star Trek). No fue gratuito que Leonard Nimoy, el inmortal Señor Spock, encarnara a uno de sus personajes más importantes y ambiguos, el genio científico William Bell, antiguo asociado de Walter y cabeza de la todopoderosa Massive Dynamics, centro importante de la intriga; que Chistopher Lloyd, el inolvidable Dr. Emmet Brown, encarnara a una leyenda musical que hizo ver a Walter las consecuencias de sus acciones; o que Peter Weller, el igualmente entrañable Robocop, interpretara a un científico obsesionado con el amor perdido que muestra a Walter el significado de la esperanza en su mundo dominado por la lógica. Si el escenario de la temporada final de la serie era un futuro distópico muy en deuda con la novela 1984 de George Orwell (en su brillante cortinilla de entrada leíamos conceptos como “libre pensamiento”, “privacidad”, “debido proceso” y “libertad”) y da sentido a símbolos (como el sapo, el caballito de mar, la mano con seis dedos y la manzana partida a la mitad con fetos humanos en lugar se semillas que veíamos en su salida a comerciales) y situaciones de temporadas pasadas (esos parásitos que se incubaban en las personas, el misterioso “hombre-puercoespín”, o las mariposas con alas cortantes), el eje central es la redención. El intento de Walter por jugar a ser Dios (“sólo hay cabida para un Dios en este laboratorio”) y sus actos irresponsables pusieron en riesgo no sólo a sus seres amados, sino a toda nuestra civilización. Por eso el científico está dispuesto a hacer el último sacrificio, alimentado por algo tan inocente y maravilloso como los significados de un tulipán blanco.
Extrañaré a Walter, a Olivia Dunham (Anna Torv), a Peter Bishop (Joshua Jackson), a la fiel Astrid Farnsworth (Jasika Nicole), al férreo Phillip Broyles (Lance Reddick), a la misteriosa Nina Sharp (Blair Brown), al idealista Lincoln Lee (Seth Gabel), al malvado David Robert Jones (Jared Harris), al bondadoso Septiembre (Michael Cerveris) y a todo el equipo de la División Fringe. Se fueron en el momento preciso, en la plenitud de toda buena serie. Comprueba la máxima popular: “de lo bueno, poco”.