viernes, 11 de noviembre de 2011

70 mil visitas

Este blog fue visitado en más de 70 mil ocasiones desde su creación en 2009. Gracias a todos por hacer de este su espacio y por la genrosidad de regalarme su tiempo. Les mando a todos un abrazo.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Devolver la humanidad a los muertos

La cultura popular nos ha enseñado que un zombi, en solitario, no representa una gran amenaza, pues un hombre en plenitud de sus capacidades puede enfrentarlo fácilmente. La historia es diferente cuando se trata de varias decenas. Ahí radica el elemento más perturbador de este monstruo: una multitud de ellos significa una muerte segura. Son el equivalente a una turba de linchamiento, irracional, con quién no se puede entablar diálogo alguno. “No somos machos, pero somos muchos”, dice la expresión popular. Y estamos acostumbrados a percibir la amenaza zombi como una masa informe, sin personalidad. Acaso es curioso ver sus atuendos. “Mira, la zombi enfermera”. “Mira, el zombi trajeado”. “Mira, el niño zombi”. Sin olvidar la obligada zombi desnuda, tal como nos la presentó George Romero en La noche de los muertos vivientes en 1968.
Pero hace unos días descubrí, gracias a mi amigo Israel Rodríguez, un estupendo cortometraje que devuelve su identidad a los muertos. Se titula “Everything dies”. Este es parte del fenómeno The walking dead, la teleserie creada por Frank Darabont a partir de los cómics de Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard. Si ustedes la han seguido, recordarán que en su primer episodio el asistente de comisario Rick Grimes (Andrew Lincoln), al salir del coma y encontrarse con un escenario apocalíptico descubre, arrastrándose lastimeramente en el pasto, a una zombi partida por la mitad, en avanzado estado de descomposición. La escena le impacta profundamente. Posteriormente Rick regresa y le dispara a la cabeza como un acto de misericordia, “poniendo fin a su sufrimiento”. Bajo la dirección de Greg Nicotero, brillante artista de maquillaje  convertido en productor y cineasta, el guión de John Esposito nos presenta a Hannah (Lilli Bridsell), un ama de casa común que lucha por sobrevivir –junto a su esposo e hijos- al despertar de los muertos. El trágico fin de sus días marca su breve aparición en la odisea de Rick. Su historia parecería irrelevante a simple vista, pero es un recordatorio de su paso por este mundo. Porque tendemos a olvidar que todos esos zombis que tanto nos aterrorizan en la pantalla –chica o grande- fueron personas, hijos de alguien, padres de alguien, esposos de alguien. Eso cobra relevancia en un momento donde el discurso oficial y mediático se afana en etiquetar a las víctimas de la atrocidad como “las muertas de Juárez” o “las bajas de la guerra contra el narco”. En sus últimos momentos al lado de sus seres amados, Hannah enfrenta la verdad inevitable que da nombre al corto: “todo muere”.
Ve "Everything dies"       

jueves, 3 de noviembre de 2011

Los verdaderos cazafantasmas

Saber qué existe después de la muerte es una de las principales inquietudes de la raza humana. Han tratado de responder esta interrogante personas de las más variadas disciplinas, en todos los países, en todas las épocas. En la nuestra se han vuelto muy populares los llamados cazafantasmas, personas que han ocupado numerosos espacios en los medios de comunicación, publicado incontables libros y aparecido en igual número de programas televisivos, incluso en los dedicados a los espectáculos y “chismes” de los famosos. Sobra decir que la gran mayoría son charlatanes que investigan un fenómeno sin ningún rigor científico. Porque abordar un tema así, susceptible de la desconfianza, exige el rigor que ofrecen las ciencias exactas. Estos intrépidos personajes sólo se limitan a recorrer cementerios o casas abandonadas con una cámara con visión nocturna, haciendo evidente –a través de todo tipo de gemidos- su sobresalto en la búsqueda de lo desconocido.
Los cazafantasmas son precisamente los protagonistas de la ópera prima del joven cineasta español Carles Torrens, discípulo de su compatriota Rodrigo Cortés, a quien debemos Sepultado (2010), espléndido ejercicio de cinematografía en una sola locación –un ataúd-. Pero esa es otra historia. Carles presentó en el pasado Festival Mórbido su largometraje Emergo (2011), cinta que en un primer acercamiento rinde tributo a uno de los gimmics que popularizó William Castle en la década de los 50. La cinta se presentó en la pasada emisión del Festival de Sitges, donde fue tratada de forma desigual por críticos y la audiencia. Aquí en México fue electa como la favorita de los espectadores de Mórbido, lo que valió a su realizador el Golden Skull del festival. Y es por algo.
Con pesimismo evidente, mi querido Bernardo Esquinca dice –en labios de su personaje Casasola en su novela La Octava plaga (Ficción Zeta, 2011)- “todas las historias posibles ya están contadas; la gran condena de los literatos es que no pueden ser originales, por más que se lo propongan”. Si la intención no es innovar –en el cine de horror- la gracia de una propuesta radica en utilizar bien los elementos acotados. Así sucede en el caso de Emergo. Nos encontramos ante una historia de fantasmas, correctamente realizada sin mayores pretensiones que asustar a su audiencia. Lo logra sobradamente, hay que precisar. Su cercanía a otras películas como El proyecto de la Bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999), Cloverfield (Matthew Reeves, 2008) y tantas otras le han merecido juicios injustos. La referencia más notable que suelen citar los detractores de Torrens es Actividad paranormal (Oren Peli, 2007), cinta que no acaba de convencerme por razones que he platicado en el pasado. En este caso –el de Emergo- no nos encontramos ante lo grabado por una pareja de yuppies, ni con un “video localizado” entre las pertenencias de alguien desaparecido, sino con el documento de un grupo de parapsicólogos, quienes descartan todo tipo de causas antes de aceptar la existencia de lo fantasmal. Emergo, a partir de un guión del propio Cortés, sigue pues las andanzas de tres parapsicólogos ante el llamado de auxilio de un viudo en cuyo hogar suceden todo tipo de fenómenos aterradores. Los investigadores usan la más variada tecnología –desde detectores de movimiento, sensores infrarrojos, luces estroboscópicas, termómetros, un aparato pixeleado y un larguísimo etcétera- y la acción está documentada con múltiples formas de videograbación. He ahí uno de sus aciertos. Luego están los rostros desconocidos de su reparto. Torrens reveló que Jeffrey Combs –estrella de Re-animator y actor fundamental del género- fue considerado para participar en la cinta. Esto hubiera sido emblemático, pero fue un beneficio sin duda alguna. El que no reconozcamos a los personajes otorga verosimilitud a un relato que puede ambientarse en cualquier lugar. No olvidemos parlamentos memorables: “huir de un fantasma es una gran descortesía, pues les cuesta muchísimo trabajo materializarse”. Al final, la presencia de lo extraño hace evidente la disfuncionalidad de una familia. Ahí reside justamente uno de los principales horrores que causa la cinta. Los momentos de genuino sobresalto, si bien se pueden anticipar, son estremecedores y efectivos. Me precio de no ser un novato en el tema, pero la película consiguió asustarme.
Emergo tendrá distribución comercial en nuestro país al inicio de 2012. Yo auguro a Torrens la mejor respuesta del público y en definitiva espero ver su siguiente proyecto, porque estoy seguro que no hemos visto su mejor trabajo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Documentar el fin del mundo

Terminó el drama, y ¿por qué no se adelanta nadie al proscenio a saludar? Porque sólo hubo uno que sobrevivió al naufragio.
-Herman Mellville, Moby Dick (1851)

El relato canónico de las aventuras marinas, que cité hace un instante, nos enseñó que el que sobrevive lo hace para contar la historia. Cuando analizas la obsesión del cineasta en ciernes Jason Creed (Joshua Close) por documentar el despertar de los muertos en Diario de los muertos (George A. Romero, 2008), comprendes los afanes –con un desenlace trágico- del yuppie Hudson Platt (T. J. Miller) en Cloverfield (Matthew Reeves, 2008) por videograbar el ataque de un colosal monstruo a la “ciudad que nunca duerme”: si no está en cinta, no existe. Esa es una de las premisas de la quinta aventura de la saga del hombre que redefinió la imagen cinematográfica del zombi. Al encontrarse en el centro de un suceso sin precedentes, la cabeza de un equipo de estudiantes de cine emprende su documentación sin otro propósito que dejar un testimonio de los hechos, “para ayudar a otros a sobrevivir”. Creed busca incluso, al primer respiro, un modo de conectarse a Internet para subir sus imágenes a la red, con más de 70 mil visitantes en menos de 8 minutos. Al final, su esfuerzo es vano.
La cinta de Romero puede compararse a primera vista con la estupenda [Rec] (Jaumé Balagueró y Paco Plaza, 2007), ejercicio minimalista filmado cámara en mano que da verosimilitud periodística a la repentina y desafortunada experiencia de la reportera Ángela Vidal (Manuela Velasco). Ya insistí que descartemos su secuela –por amor al zombi-. Las dos cintas son muy diferentes, pese a sus coincidencias. Mientras [Rec] sigue las acciones de un destacamento de bomberos, la cinta de Romero a un grupo de jóvenes cineastas –muy similar al mismo crew que filmó La noche de los Muertos Vivientes en 1968 o a los niños de Súper 8 (J. J. Abrams, 2011)- que pretenden hacer una B-movie sobre una momia que persigue a una bella joven. En ambos casos –en [Rec] y El diario de los muertos- se topan con la irrupción de lo extraño en su universo doméstico. Esto modifica la forma de percibir la realidad de sus personajes. Pero en la segunda historia, grabar todo –hacerlo patente al mundo- se convierte en un motivo de supervivencia. Siempre he reconocido a las películas donde sus escenas son tomas continuas y de largo aliento por toda la planeación que implican. Las dos son impecables a ese respecto. Sólo por ello merecen mi respeto.  
Mientras en La noche de los Muertos Vivientes la tecnología falla y la ausencia de información certera es uno más de los factores que causan angustia en sus personajes, en Diario de los muertos la facilidad de acceso a éstas no ayudan demasiado. Tantas voces –mensajes de texto, blogs, Youtube, Facebook y demás- no hacen más que acrecentar el caos.
Romero está más que conciente de las lecturas socio-políticas de sus historias. En la que precedió a la cinta que reseño, La tierra de los muertos (2005), los zombis no son más que una metáfora de los inmigrantes centroamericanos que buscan llegar a la Tierra Prometida, atraídos por su brillo y aparente oferta de bienestar, una amenaza para la clase acomodada, instalada en su paraíso de artificio. El “zombi jefe” (Eugene Clark) es el trabajador clasemediero común, ataviado con overol y que guarda recuerdos –como en El día de los muertos (1985).- de su ocupación mundana.
En su desenlace nos enfrentamos, como en toda buena película de zombis, a un futuro pesimista. Y como advierte Robert Kirkman en su serie de cómics The walking dead –creada en contubernio con Tony Moore y Charlie Adlard, que acabo de conocer gracias a mi amigo Wilbert Dzul-, aunque llegues a un final aparente, siempre deseas más. A Diario de los muertos sigue La supervivencia de los muertos (2010), que me daré a la tarea de buscar. ¿Alguien la ha visto?


lunes, 24 de octubre de 2011

El triunfo de los zombis

Más allá de cualquier malestar por la desorganización del Hallow Fest, triunfa mi felicidad por haber conocido a George Andrew Romero, el hombre que redefinió la imagen del zombi cinematográfico. Roger Corman dijo alguna vez que “los hombres capaces de proyectar los mayores horrores suelen ser las mejores personas”. Romero lo confirma. Amable y receptivo al entusiasmo de sus seguidores, se toma tiempo para hablar con ellos, apenarse por las alabanzas que le dedican e incluso para avisar cuando el flash de la cámara no se activó en la obligada fotografía. Es un hombre dos veces grande. En mi encuentro con él pude reconocerle, en un torpe inglés debido al nerviosismo, que su película me enseñó que el horror puede ser respetable. Me refería –por supuesto- a La noche de los muertos vivientes (1968), cinta que creció hasta convertirse en objeto de culto, estudiada por eruditos de la Historia, la Sociología, las Ciencias Políticas, la Comunicación y la Medicina, parte de la colección permanente del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Una obra maestra del horror, en resumidas cuentas. Muchos se afanan en minimizar la trascendencia de la película y el talento de su artífice, pero a ellos puedo responder: el creador de una historia capaz de sobrevivir el paso del tiempo, que se puede estudiar desde tantas aristas, es un gran cineasta. Y lo curioso es que Romero no imaginaba el alcance de la cinta. Imagino su rodaje muy similar al del grupo de niños de Súper 8 (J. J. Abrams, 2011), alimentados por el entusiasmo y la magia del séptimo arte, conscientes del poder de la fantasía y el horror. Coincidentemente –gracias a mis queridos Samantha Patiño y Guillermo Benítez- pude ver esa misma noche El diario de los muertos (2007), quinta entrega de la saga zombi del Maestro Romero. Si el desconocimiento de las causas del despertar de los muertos era una de las principales angustias de los protagonistas de la primera cinta –y uno de sus principales aciertos-, la abundancia de información no es de mucha ayuda en esta ocasión. El Internet –con sus miles de blogs, el Facebook y el Youtube-, con sus numerosas voces, sólo contribuye al caos. El mismo caos que reinó en el Hallow Fest, del que se quejan docenas de devotos. Romero seguro se sintió en los zapatos de los personajes –no zombis- de sus películas. Ello me obliga a reprochar que una figura de su tamaño haya sido el centro de una actividad que tanto decepcionó a muchos. Si el evento hubiera estado en mis manos habría reunido a un panel de expertos –desde cinéfilos hasta epidemiólogos- para disertar sobre su obra. El zombi debió ser pues el protagonista del festival, no vampiros –charla a la que fui convocado- ni asesinos en serie. Espero que esto no ahuyente al padre de los zombis modernos y confío –como dice la canción- que habrá tiempos mejores, porque aún hay George Romero para rato. 

miércoles, 19 de octubre de 2011

Un drama de supervivencia a la vieja usanza

Ayer inició la segunda temporada de The walking dead, la teleserie creada por Frank Darabont a partir de la serie de cómics de Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard. Esto se convirtió en un evento debido a que el zombi ha demostrado su rentabilidad como personaje de ficción. Aquí he hablado extensamente de las razones de su atractivo. El programa ha sido nominado a numerosos premios y recibido alabanzas de la crítica especializada. Muchos pueden cuestionar esto pues, básicamente, se trata de una historia que hemos visto en incontables ocasiones. Es un drama de supervivencia mil veces narrado y al que estamos familiarizados por contemplar cientos de películas de desastres. Precisamente he ahí su encanto.
La historia sigue a Rick Grimes (Andrew Lincoln) un asistente del comisario de King County, Georgia (en los cómics es del pequeño pueblo de Chyntiana, Kentucky, pero eso es lo de menos),  que es herido en cumplimiento del deber y entra en estado de coma. Meses después despierta y se encuentra con un escenario apocalíptico. Los muertos caminan. Emprende entonces la búsqueda de su esposa (Sarah Wayne Callies) e hijo (Chandler Riggs), y en el camino se convierte en la cabeza de un variopinto grupo de supervivientes. Su lucha por escapar de las garras de los caminantes (¿por qué no les llaman zombis, si la cultura popular es tan poderosa?) se convierte en el eje de la trama. Una mujer dependiente de su hermana, un anciano ávido de compañía, una mujer golpeada por su marido, un par de hermanos con tendencias criminales, un nerd oriental y un triángulo amoroso crean el verdadero conflicto del programa. Los zombis (caminantes, perdón) son una amenaza siempre presente, pero sus desencuentros sólo vuelven más vulnerables a los desafortunados personajes. ¿No es esa la naturaleza humana? La serie aporta poco a la figura del zombi moderno tal como la estableció George A. Romero en 1968 y se encuentra muy en deuda con Exterminio (28 days later, 2002, Danny Boyle). De hecho podría leerse como lo sucedido en Estados Unidos en el momento del brote de esa película. Acaso puede ser fresca la idea de embarrarse con vísceras de muerto para mimetizarse entre la horda de zombis. Pero ya vimos eso en Mimic (Guillermo del Toro, 1997). Algo digno de reconocérsele es romper estereotipos. Los que parecieran desalmados vándalos hispanos son sólo otros humanos que luchan por sobrevivir. En el último episodio de su primera temporada logran llegar a las instalaciones del Centro de Control de Enfermedades de Atlanta, Georgia, y ahí enfrentan su desalentador futuro. No obstante Rick y su grupo deciden seguir adelante. Nuevamente, naturaleza humana.
En las siguientes semanas les acompañaremos en su odisea. Es curioso que escriba esto a días de conocer al mismo George Romero en el Hallow Fest 2011 y de enterarme que Zombieland, la popular película de 2009, se convertirá en una serie de televisión que pretende beneficiarse del fenómeno. Y es que, literalmente, hay zombis para todos.
                                                                                                                          

martes, 18 de octubre de 2011

Complemento taxonómico

Y ahora que con la distancia de los días reflexiono sobre la taxonomía del cazador de vampiros que publiqué en este espacio la semana pasada, creo que omití dos categorías:
1. El cazador de vampiros institucionalizado, o el que es sólo el brazo ejecutor de una organización consagrada a la destrucción de los hijos de la noche. En la estupenda pero breve serie de televisión británica Ultravioleta (1998. No tiene relación alguna con la cinta de Milla Jovovich), Michael Colefield (Jack Davenport) es un detective de Scotland Yard que, ante la desaparición de su amigo Jack (Stephen Moyer de True blood), descubre la existencia de los vampiros y es reclutado por La Congregación de la Doctrina de la Fe (grupo ultra secreto auspiciado por el Gobierno de Reino Unido y el Vaticano) para detener sus planes de dominación mundial. Colefield puede clasificarse también como un cazador de vampiros involuntario. En Hellsing, la popular serie de manga (convertida luego en animé) de Kouta Hirano, la Real Orden de los Caballeros Protestantes, también conocida como la Organización Hellsing, fue fundada por Abraham Van Helsing (tras los eventos descritos en Drácula) para enfrentar el mal en todas sus oscuras manifestaciones (principalmente vampiros), de forma muy similar a la serie inglesa Demons. Y ya hablé de Jack Crow, el mercenario que recibe órdenes y fondos del Vaticano de la novela Vampiro$ de John Steakley (1990), llevada a la pantalla grande en 1998 por John Carpenter.
2. El lobo solitario. Es el cazador de vampiros que se vale de sus propios medios para la eliminación del monstruo. No suele tener aliados, ni posee ningún tipo de afiliación, ni recursos gubernamentales. Es una suerte de free lance. Incluso, como algunos personajes políticos, puede ser considerado como “un peligro” para la sociedad. Su cruzada está alimentada por motivaciones personales o teológicas. El personaje fundamental del gremio, Abraham Van Helsing, pertenece a esta categoría. 

Queda complementada mi taxonomía.