lunes, 8 de agosto de 2011

Crónicas del primer vengador, parte 2 de 3.


Luego que conocí su historia, se hizo evidente para mí que Marvel Comics decidió revivir al Capitán América como un acto de reciclaje. Y tiene sentido. En el apogeo de la llamada Era de Plata de las historietas estadounidenses, un grupo de superhéroes de tan alto perfil –como Los Vengadores- requería de un líder carismático, uno que representara los ideales de justicia que el líder de una agrupación semejante requería. Y qué mejor si era un estandarte de “policía del mundo”. Creo que ese es uno de los aspectos que ha hecho que muchos tengan dificultad para apreciar Capitán América, el Primer Vengador (Joe Johnston, 2011). Es por eso que en muchos países la cinta fue titulada El Primer Vengador, porque en su nombre lleva la penitencia. La pésima reputación de Estados Unidos tiene eco, incluso, en sus manifestaciones artísticas. Si esto es válido o no, es materia que no tocaré en este espacio. Lo que sí haré es reproducir la crítica que sobre la cinta hizo mi amigo Rafael Aviña y publicó el pasado 29 de julio, en la sección Primera Fila del Periódico Reforma.
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A la vieja usanza
Rafael Aviña

Las aventuras del Capitán América, héroe patriótico estadounidense por excelencia, aparecieron en 1941 creadas por Joe Simon y Jack Kirby para la Marvel.
Su llegada coincide con los años dorados de los seriales de aventuras fílmicas que se exhibían por episodios y el surgimiento de aquellas películas Serie B.
A pesar de su elevado presupuesto, Capitán América, el Primer Vengador (EU, 2011), no sólo es fiel a la historieta primigenia y a los sensibles arreglos que le otorgó Stan lee en los años 60, sino que además recupera con creces el estilo y el espíritu de aquellos añejos relatos trastocados en clásicos de las matinés.
En efecto, el filme dirigido por Joe Johnston, a quien se le debe ese gran divertimento de cómic que es Rocketeer (1991), resulta un traslado actual de múltiples obras de proselitismo bélico y moral estadounidense de los años 40 como Dios es mi copiloto o Aventuras en Birmania.
Ello, bajo el tamiz del ritmo violento y vertiginoso de esta época, su humor negro y cínico, e impactantes efectos visuales, como los que convierten al “enclenque asmático” Steve Rogers (Evans), en el atleta y súper soldado de un programa especial del Gobierno.
El protagonista siempre humillado pero que nunca pierda la actitud se convierte primero en un justiciero de pantomima que propina puñetazos a un Hitler falso, cual recuerdo de la primera portada de sus hazañas de historieta.
Más tarde, su valor y nobleza lo llevan a liberar a varios soldados, entre ellos, Bucky (Sebastian Stan), su mejor amigo, capturados por las huestes nazis de Cráneo rojo (Weaving) fanático del ocultismo.
Por último, enfrenta con sus “bastardos sin gloria” la demencia de su némesis, vive una trunca historia de amor con la Agente Carter (Hayley Atwell) y despierta de un largo letargo para anticipar la que se supone, será la película suma de los superhéroes de Marvel: Los Vengadores.
Diálogos ágiles. Trepidantes secuencias de acción. Gran escena de créditos finales con dibujos retro y el tráiler de The Avengers. Referencias a cintas de culto que van de El beso mortal a Pulp Fiction. Superior a Thor aunque sin alcanzar a X Men, Primera generación, Capitán América resulta una entretenida película veraniega a la vieja usanza.
                                  

                                                    

jueves, 4 de agosto de 2011

Crónicas del primer vengador, parte 2 de 3.

No ví Capitán América, el Primer Vengador (Joe Johnston, 2011) como hubiera deseado. La sala a la que usualmente acudo sólo la programaba doblada al español y si bien el resultado era aceptable, no puede igualar a su forma original. Comprendí el sentir de muchos cinéfilos españoles, quienes tienen que ver obligatoriamente cintas de otros países dobladas a su lengua por motivos nacionalistas que datan de los primeros años del siglo pasado. Pero esa es otra historia.
Asistí a ver la cinta con gran escepticismo: el recuerdo de la atroz adaptación que se hizo del héroe en 1990 (dirigido por Albert Pyun) era poderoso y dudaba que Chris Evans fuera una buena elección para interpretar al protagonista, pues esperaba que los productores seleccionaran a un actor de la talla de Robert Downey, Jr. –quien encarnó de la forma más acertada a Tony  Stark/Ironman-, de Samuel L. Jackson que interpreta al reclutador de personal Nick Fury, o de Edward Norton, quien personificó a Bruce Banner/Hulk –en el futuro será reemplazado por el actor Mark Rufallo- . Y sobre todo porque Evans tiene el peso de haber vestido el uniforme de Johnny Storm –mejor conocido como La Antorcha Humana- en las dos cuestionables adaptaciones de Los 4 Fantásticos (Tim Story, 2005 y 2007). Todas mis reservas quedaron disipadas cuando salí de la sala. El desempeño de Evans es más que adecuado. Se encuentra a la altura del símbolo que representa. En la primera parte de la cinta refleja estupendamente la fragilidad del personaje, pero sobre todo su patriotismo, tenacidad y capacidad de anteponer el bienestar de otros sobre el suyo. Steve Rogers no odia a los Nazis, sólo a los abusivos. En la segunda parte de la película responde la exigencia que le hace su creador. “Un hombre débil comprende el valor de la fortaleza, el verdadero significado del poder”, le dijo.
Capitán América, el Primer Vengador es una gran película, un divertimento impecablemente realizado que satisface con creces al admirador del héroe a pesar que toma elementos –personajes y situaciones- de diferentes etapas del héroe. También completa el círculo de las recientes adaptaciones al cine de las figuras más reconocidas de Marvel Comics (Hulk, Ironman, Thor) y sienta el precedente perfecto para su tan anticipada cinta Los Vengadores (Josh Weddon, a estrenarse en mayo de 2012), de la cual vemos avances al finalizar los créditos. Ahora vayamos por partes.
Una cinta de fantasía que inicia o se desarrolla durante un episodio histórico verificable en los libros de historia siempre gozará de verosimilitud narrativa, como sucedió en Rocketeer (Johnston, 1991), Hellboy (Guillermo del Toro, 2004) y Hombres X, primera generación (Matthew Vaughn, 2011). Lo demuestran también las películas de Indiana Jones (Steven Spielberg, 1981, 1984 y 1989), Los niños de Brasil (Franklin J. Schaffner, 1978) o Bastardos sin gloria (Quentin Tarantino, 2009). Adolfo Hitler y la Alemania Nazi siempre serán figuras indeleblemente relacionadas con el mal por sus atroces acciones y, por tanto, atractivas para todo tipo de artistas. Recientemente un documental de Discovery Channel reveló su inquietante presencia en México en la era del presidente Lázaro Cárdenas. ¿Se imaginan una aventura situada en este entorno? Pero no nos desviemos.
Capitán América, el Primer Vengador puede apreciarse como cinta de época. Se nutre de las preocupaciones que dominaban ese momento histórico y de la necesidad social de símbolos que representaran los valores y el sentimiento de protección que tanto anhelaba el pueblo estadounidense –y de todas las naciones libres-. Así como los soldados que izaron la bandera de Estados Unidos durante la célebre batalla en Iwo Jima (episodio narrado por Clint Eastwood en La conquista del honor, 2006), el Capitán América emprende una gira para recaudar fondos para el Ejército. El guión de  Christopher Markus y Stephen McFreely aprovecha la anécdota para, de paso, rendir homenaje al viejo serial que protagonizara Dick Purcell y a las historietas originales creadas por Joe Simon y Jack Kirby. Peggy Carter (Hayley Atwell) no sólo es el interés romántico del protagonista, sino un homenaje a las pin-ups de la época.
Otro aspecto que da gran dignidad a la película es la presencia de Stanley Tucci (como el profesor Abraham Erskine, creador del Capitán) y Tommy Lee Jones (como el Coronel Chester Phillips, tormento y apoyo del héroe). Y no podía faltar la obligada aparición de Stan Lee, ahora en un flamante uniforme.
Sus efectos visuales son sensacionales. El más brillante de ellos –y de mayor duración- involucra el rostro de Chris Evans –hombre enorme y musculoso- en el pequeño y enclenque cuerpo del joven aspirante a soldado Steve Rogers, técnica similar a la que David Fincher empleó para rejuvenecer a Brad Pitt en El curioso caso de Benjamin Button (2010).
Y finalmente algo de lo que no quedo del todo conforme. En su momento celebré la elección de Hugo Weaving (Mr. Smith en la saga Matrix) para hacer el papel del villano Johann Schmidt/Cráneo rojo, pero el resultado final no fue capaz de sorprenderme. No deja de recordarme al actor Scott Paulin en esa horrible adaptación noventera. Cuando preparaba el rodaje de Batman, el caballero de la noche (2009), Christopher Nolan reparó que debía ser realista al momento de recrear el rostro desfigurado de Harvey Dent/Dos caras (Aaron Eckhart): “un actor maquillado siempre tendrá añadidos en su piel, cuando deseamos que muestre menos”. Creo que la caracterización de Weaving debió seguir este principio. No pude percatarme de su cuestionable acento alemán como señaló mi amigo Carlos del Río en su podcast Cinemanet pues, como señalé en un principio, tuve el infortunio de ver la cinta doblada al español.
Pero lo anterior no demerita el resultado. En su línea final, el Capitán América reconoce la tragedia que su condición heroica implica: “tenía una cita”.

martes, 2 de agosto de 2011

Crónicas del primer vengador, parte 1 de 3.

En el momento climático de Rocketeer (Joe Johnston, 1991), adaptación cinematográfica de la novela gráfica de Dave Stevens, la banda del mafioso italoamericano Eddie Valentine (Paul Sorvino) y agentes del FBI se enfrentan, hombro con hombro, a tiros contra un comando nazi en las afueras del Observatorio Griffith de Los Ángeles, California. Es el año 1938. Mientras esto sucede, en la parte alta del edificio, el incipiente superhéroe que da título a la cinta, Cliff Secord (Bill Campbell), empleando un portentoso artefacto ideado por Howard Hughes, se lanza a la persecución de los malvados y a la salvación del imperio mientras a su espalda ondea, flamante y gloriosa, la bandera de los Estados Unidos. A pesar que otros personajes como Superman y el Hombre Araña han realizado acciones similares (cruzar gallardos frente a la bandera de las barras y las estrellas), esto les queda bien a pocos héroes. Ellos, adalides de la libertad y la justicia, no fueron concebidos en un momento histórico donde un país se enfrentara a un peligro de dimensiones similares al que representó la Alemania Nazi de Adolfo Hitler. No fueron utilizados como figuras propagandísticas, como una forma de exaltar las virtudes de un proyecto de nación, como estandartes de la democracia. Ello acerca al Rocketeer a figuras como El Tío Sam y a la que me referiré en unos momentos.

Ver Rocketeer es muy oportuno para disfrutar mejor Capitán América, el Primer Vengador (2011), no sólo porque la dirigió el propio Johnston –discípulo aventajado de Steven Spielberg- sino porque el clima –espacial y político- es el mismo que ahora nos ocupa. Pero ya llegaré a eso.
“Símbolo americano por excelencia, tan desfasado por increíble, resulta hoy en día en la Norteamérica que representa. Puntal de Marvel Comics y uno de los dos superhéroes de la compañía que consiguió sobrevivir a los años cuarenta”, dice sobre el Capitán América el escritor Lorenzo Díaz en su Diccionario de los superhéroes (Ediciones Glénat, 1996). El Capitán América, miembro distinguido de la primera generación de superhéroes de la radio y la historieta como La Sombra, el Avispón Verde, Superman y Batman posee, junto con el paladín de Ciudad Gótica, la verosimilitud que le otorga su condición de ser humano de carne y hueso, capaz de sangrar y sufrir como ustedes y yo. Pero a diferencia del hombre murciélago sus facultades tienen una fuente científica. Creado por Joe Simon y Jack Kirby en marzo de1941, en plena efervescencia de la Segunda Guerra Mundial, la historieta se centraba en el enclenque recluta Steve Rogers, quien se sometía a un experimento que tenía por objetivo crear soldados perfectos para enfrentarse a las Potencias del Eje. Sus facultades físicas, su agilidad y fortaleza, eran afinadas artificialmente. Acaso lo acerca a Batman su determinación y sus valores –su enorme patriotismo en este caso-. Tras el asesinato de su creador y antes que éste pueda producir una hueste de hombres similares a él, Rogers decide convertirse en el Capitán América, paladín cuyo uniforme empleaba los colores rojo, azul y blanco del lábaro estadounidense.
En su prolífica carrera se hizo de un compañero –Bucky-, influencia evidente del Robin de Batman y estrategia mercadológica para atraer a jóvenes lectores, de un enemigo mortal –Cara Roja, o Red Skull en su idioma original- y vivió un sinfín de aventuras de manera intermitente –en diversos medios- hasta que fue descubierto congelado en 1963 y reintegrado a la acción –ahora por Stan Lee y el mismo Jack Kirby- como líder de un grupo de superhéroes conocido como Los Vengadores.
El renacimiento del Capitán América será un tema que seguiré tratando en sucesivas entradas de este blog.

viernes, 29 de julio de 2011

Vampiros en Puebla.


¡Vampiros!

Impartido por Roberto Coria 


Dirigido a: Público en general. Personas interesadas en adentrarse en los misterios del vampiro. Escritores, cineastas, sociólogos, público en general, aficionados de la literatura y cine de horror.

Objetivo: Proporcionar un vistazo a los orígenes, historia y evolución de la figura del vampiro en las bellas artes, especialmente en la literatura, a través del análisis de obras emblemáticas del tema.

Antecedentes: Hoy más que nunca estamos conscientes de que los vampiros están presentes entre nosotros y han constituido una subcultura que ha desplegado sus alas sobre prácticamente todas las manifestaciones culturales. Vicente Quirarte argumenta que su figura es algo cotidiano en nuestros días y forma parte de una mitología que aún los niños conocen, mientras Jorge Ibargüengoitia afirma que la gente común y corriente sabe más de estas criaturas que de los otomíes.
El vampiro se encuentra fuertemente posicionado en el imaginario colectivo de la humanidad y sus raíces yacen en el folklore de los pueblos. Podemos rastrear sus huellas en la tradición hebrea, en la antigua Grecia, en Roma, en China, en África, e incluso entre los Aztecas y los Mayas. Esto aseguró su trascendencia hacia la literatura, el teatro, el cine, los cómics y la televisión.
En los últimos tiempos, los artistas han buscado reinventar la estructura del monstruo, para asegurar su vigencia. El curso ¡Vampiros! es una invitación para que el lector novicio se interne en el mundo y los misterios del vampiro. Al mismo tiempo, pondrá a prueba los conocimientos del iniciado. Es un viaje, a vuelo de murciélago, a través de los orígenes del mito, sus múltiples connotaciones, sus referentes literarios y algunas de sus representaciones cinematográficas más significativas.

Contenido temático:
10:00 a 12:00


1.      Introducción. En el principio fue la sangre. Eros y tanatos, o de la fascinación por la sangre y la muerte. Inicio de las creencias en vampiros.
2.      Drácula fue una mujer: el erotismo y el vampiro. Lilith, lamias y empusas, el vampiro alrededor del mundo.
3.      Cazadores de vampiros. Fisiología, poderes y debilidades.
4.      Vampiros en español: de Benito Jerónimo Feijoó al chupacabras.

12:00 a 14:00


5.      El vampiro en la naturaleza y a la luz de la ciencia médica. El murciélago vampiro y sus parientes.
6.      Enfermedades físicas. Catalepsia, rabia y porfiria.
7.      El vampiro en la era de las epidemias.
8.      Asesinos en serie, esquizofrénicos, hematófagos y otros monstruos. Erzebeth Bathory, John Haig, Jeffrey Dahmer y compañía. ¿Cómo investigarían las ciencias forenses un caso de vampirismo?

14:00 a 15:00

Receso
15:00 a 17:00


9.      El vampiro en la literatura. Definiendo géneros. Clasificación del relato de vampiros. Antes de Drácula, o los albores de la literatura vampírica. El relato gótico y los precursores. El vampiro de John William Polidori y Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu.
10. Bram Stoker, padre de Drácula.
11. Después de Drácula: los herederos de Bram Stoker. La renovación literaria del mito. Textos vampíricos 1950-2009, de Richard Matheson y Soy leyenda a Crepúsculo de Stephanie Meyer. La saga Nocturna de Guillermo del Toro y Chuck Hogan.


Duración: 6 horas (1 sesión)

Bibliografía
1.             Belford, Barbara. Bram Stoker, a biography of the author of Dracula. Da Capo Press. Nueva York, 1996.
2.             Calmet, Agustin. Tratado sobre los vampiros. Mondadori, Madrid. 1991.
3.             Coria, Roberto. El hombre que fue Drácula. Libros de Godot, México. 2007.
4.             Gubern, Román. Las raíces el miedo. Antropología del cine de horror. Tusquets Editores, Barcelona. 1979.
5.             -------------. Máscaras de la ficción. Anagrama, col. Los Argumentos, Valencia. 1998.
6.             Märtin, Ralf-Peter. Los Drácula. Tusquets editors. España, 1983.
7.             Mc Nally, Raymond; Florescu, Radu. In search of Dracula. Houghton Mifflin Company. Nueva York, 1994.
8.             Melton, J. Gordon. The vampire book: The encyclopedia of the undead. Visible Ink Press. Minnesota, 1999.
9.             Ramsland, Katherine. The science of vampires. Berkley Boulevard books. Nueva York, 2002.
10.        Quirarte, Vicente. Del monstruo considerado como una de las bellas artes. Paidós. México, 2006.
11.        Skaal, David J. V is for vampire. Penguin books. Nueva York, 1996.
12.        Siruela, Jacobo (comp.) El vampiro. Ediciones Siruela, Madrid. 2001.
13.        Stoker, Bram. Drácula. Traducción Manuel Núñez Nava. CONACULTA. México, 2002.
14.        Wolf, Leonard. Dracula, the connoisseurs guide. Broadway books. Nueva York, 1997.

jueves, 28 de julio de 2011

Más de lo que ves.

Con el paso de los años me he dado cuenta que existen dos clases de juguetes: los que fueron creados con el genuino propósito de hacer las delicias de sus pequeños usuarios y los que forman parte de un fenómeno mercadológico, a menudo propiciados por una caricatura o una película, como lo fueron las figuras de acción de La Guerra de las Galaxias que tanto atesoré en mi infancia.
Sucede lo contrario con los Transformes, personajes creados por la firma juguetera japonesa Takara a mediados de los años setenta y que fueron manufacturados en Estados Unidos –a partir de sus predecesores nipones- por la compañía Hasbro a partir de 1984 (en México fueron distribuidos por  Plásticos IGA, “juguetes con vida”). Estos juguetes respondían simultáneamente a dos mercados: al de los niños aficionados a los automóviles (y demás vehículos) y a los fanáticos de los robots y la ciencia ficción. Se trataba de un negocio redondo. Sus lemas los definían a la perfección: “más de lo que ves” y “robots en disfraz”. En poco tiempo propiciaron una popular caricatura –revisitada continuamente a partir de entonces-, una serie de historietas (editada por Marvel Comics) y, en la primera década del nuevo milenio, una franquicia fílmica multimillonaria.
Los Transformers recreaban el conflicto ancestral entre el bien y el mal. La caricatura narraba cómo los Autobots y los Decepticons –el orden y el caos, la justicia y la anarquía-, los dos bandos de una civilización extraterrestre formada por robots capaces de transformarse en diversos vehículos y armas, enemigos naturales, llegaban a la Tierra en busca de energía para alimentar a su moribundo planeta Cybertron. Ellos fueron –mayormente los Decepticons- personajes favoritos de mi adolescencia. Devoraba sus aventuras por las tardes, en la desaparecida Imevisión. Comencé a grabarlos en la voluminosa video casetera Beta de mis padres. Los dibujaba con precisión obsesiva en cuadernos que compraba para ese propósito. Tal vez por eso me desilusionaron las adaptaciones fílmicas de Michael Bay
No es que piense que la primera cinta sea mala, pues sus valores de producción y sus efectos visuales son de primerísimo nivel. Incluso Steven Spielberg, “el Rey Midas de Hollywood”, endosó su nombre a las producciones. Son películas que estaban concebidas con la intención de arrastrar a los grandes públicos a las salas de cine, vender toda clase de juguetes y videojuegos, todo para generar cantidades obscenas de dinero. Sus productores apostaban a la segura: un escuálido adolescente (Shia LeBeouf) que inesperadamente se topaba con la existencia de lo fantástico (su encuentro con los robóticos personajes), se hacía del auto de sus sueños (un flamante Camaro amarillo que resultaba ser Bumblebee, un divertido Autobot que en la serie original era un Volkswagen), se daba cuenta que era indispensable para asegurar la supervivencia de su especie y conocía el amor en la forma de una chica inalcansable (Megan Fox). Todo estaba aderezado con la presencia de dos sólidos actores (John Turturo y John Voight) y mucha, mucha acción. El éxito era seguro.
Una de las fallas del guión de Alex Kurtzman y Roberto Orci (brillante dupla creativa tras la reciente Viaje a las Estrellas y la teleserie Fringe) es que sus enormes protagonistas no poseen una personalidad definida e identificable como sucedía en aquellas viejas caricaturas. Los movimientos vertiginosos de la cámara hacían, con mucha frecuencia, que me preguntara de qué robot se trataba. Y algo más que me disgustó es que tanto los héroes y los villanos carecían de una base de operaciones como en las caricaturas (las naves donde llegaron a la Tierra). Acaso era interesante que Peter Cullen, el actor que proveía la voz de Optimus Prime, líder de los Autobots, en la serie original, repitiera su papel en la cinta. Pero ese detalle sólo es apreciado por los que conocieron la serie en su forma original.
Hace unas semanas se estrenó Transformers, el lado oscuro de la luna (Michael Bay, 2011), la tercera entrega de la saga (que seguramente será tan larga como su potencial económico lo permita) y que seguramente reemplazará comercialmente al fenómeno Harry Potter, ahora que ha finalizado. Para abundar en la cinta reproduzco la opinión autorizada de mi amigo Rafael Aviña, que apareció el fin de semana de su estreno en el Periódico Reforma.
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El lado brillante de los efectos
Rafael Aviña

En 1920, el escritor checo Karel Chapek concibió el término robot en alusión a esa suerte de imitación metálica de los humanos con sus mismas contradicciones: capacidad de ayuda y una amenaza para la sociedad.
De El Golem (1914) y Metrópolis (1926) a Transformers. El lado oscuro de la luna (EU, 2011) de Michael Bay, las máquinas tienen la culpa y desatan por igual la compasión y la maldad del hombre. Ese mínimo pretexto es en esencia la trama del ostentoso y entretenido mega Blockbuster veraniego producido por Steven Spielberg.
Una vez más, se narra el ancestral enfrentamiento entre Autobots y Decepticons en la Tierra, con alguno que otro aderezo, como la atrayente presencia de Rosie Huntington-Whiteley que sustituye a Megan Fox.
O la intervención de figuras de primer nivel desaprovechadas en su conjunto: frances McDormand, como la insensible jefa de Seguridad Nacional, y John Malkovich, el obsesibo jefe del protagonista Sam Witwicky (Shia LeBeouf), quien busca trabajo para mantener a raya a sus padres y conservar a su guapa novia acosada por el poderoso jefe de ésta (Patrick Dempsey).
Tal como en X-Men: Primera generación y, en menor medida, en Súper 8, como tendencia del actual cine fantástico, se evoca de nuevo a John F. Kennedy y los temores de la Guerra Fría, en esa carrera espacial por conquistar la Luna.
De hecho, se sugiere que la tripulación del Apolo 11 –cameo incluido del astronauta Buzz Aldrin-, descubre la presencia de Sentinel Prime, quien ha desarrollado una tecnología para salvar a su planeta de la maldad de Megatrón, quien intentará hacer una alianza con éste.
El tono apocalíptico, las impresionantes y desbordadas escenas de acción pirotécnica, los efectos visuales de impacto, la cámara en movimiento y un montaje trepidante, la destrucción de imponentes rascacielos y el espíritu patriotero –visto desde Armageddon (1988) y prolongado en las tres entregas de esta saga a cargo del eficaz Michael Bay- que replantea de algún modo la paranoia belicista posterior al 11-S, están aquí.
A Transfornmers… le sobra mucho metraje y le falta credibilidad, pero se compensa con entretenimiento y gran virtuosismo visual.

                                                                                                      

viernes, 22 de julio de 2011

Los muertos caminan.

En los momentos finales de Resident evil, el huésped maldito (Paul W. S. Anderson, 2002), adaptación –muy libre- del popular videojuego de Capcom, la aguerrida Alice (Milla Jovovich) despierta, repleta de sondas, en un hospital desierto. Tras liberarse de las canalizaciones y tomar una bata, sale a la calle –igualmente desierta- y contempla los vestigios del Apocalipsis. En un kiosco de periódicos vacío, se lee un encabezado fatalista que nos comunica lo que pasó y a lo que tendrá que enfrentarse la heroína: “Los muertos caminan”.
Hace unas semanas tomé café con Jesús Esquivel y Karla Cortés, entusiastas del género horrífico, que me anticiparon algo similar: ellos organizan, junto con otros apasionados, la llamada Zombie Walk de Querétaro. Como bien advierte Jesús, este esfuerzo no es algo nuevo. Inició en otras latitudes, ha tenido eco en las principales ciudades del mundo y cada vez goza de más adeptos. Para muchos peatones sus participantes son individuos ociosos, exhibicionistas, que les gusta cubrirse la cara de maquillaje, caminar raro y emitir gemidos ininteligibles. Yo, como sus organizadores, creo que hay algo más en el fondo. Los zombis no son sólo unos de los personajes más atractivos del género, sino han tenido una exposición masiva en los medios de comunicación en los últimos tiempos. Cobraron especial relevancia en la era de las enfermedades infectocontagiosas y las grandes epidemias. Televisoras serias y acreditadas, como el History Channel y el Discovery Channel, les han dedicado programas que los estudian desde diversas perspectivas. Los zombis nos hablan de la deshumanización de los habitantes de los grandes núcleos urbanos, de la voracidad de la sociedad de consumo. En más de una ocasión he manifestado que, entre los más populares monstruos de la ficción, son los que más me asustan. Simbolizan la pérdida de la identidad, el intelecto, el alma. Convertirse en zombi es volverse “uno del montón”. Ese es precisamente uno de los rasgos que los hacen aterradores. Son semejantes a una turba de linchamiento, iracunda, irracional. “No somos machos pero somos muchos”, se dice popularmente.
En el enorme panorama de injusticias que domina en el país, en medio de tantas causas que ameritan que la sociedad civil manifieste su inconformidad, las “marchas zombis” parecen superficiales e insignificantes. Sin embargo debemos leerlas como un recordatorio de cuán importante es aferrarnos a los aspectos que nos definen como seres humanos, sobre todo en un momento histórico dominado por la insensibilidad, la irracionalidad y la violencia.
La Zombie Walk de Querétaro de 2011 se llevará a cabo el próximo sábado 30 de julio a las 17:00 horas, con inicio a las afueras del Centro Cultural Manuel Gómez Morín y recorrerá las calles del Centro de esa ciudad. Desafortunadamente la distancia me impide formar parte activa del contingente, pero desde mi trinchera les deseo el mayor de los éxitos y estoy seguro que se unirán a la causa muchas personas más que el año anterior. Todos corremos el riesgo de ser zombis. En el interior de cada uno de nosotros yace uno, en espera de devorar al otro. Tratar de domesticar a un zombi no es sencillo y trae consecuencias nefastas para el que lo intenta, como bien nos demostró George A. Romero en El día de los muertos (1985), parte de la saga fundacional del subgénero (porque el de zombis es un subgénero del cine de horror). Los zombis, a diferencia nuestra, no poseen libre albedrío. Así que a marchar.

jueves, 21 de julio de 2011

Relatos desde la parte luminosa de la abogacía.

Las últimas dos semanas de mi vida conviví con abogados las 24 horas del día. No es que sea extraño para mí. He trabajado con este gremio durante 16 años. Les he dado clases por diez. Como ellos, conozco el peso de ser etiquetado por las malas acciones de algunos. En El abogado del Diablo (Taylor Hackford, 1997), Lucifer/John Milton (Al Pacino) elige el mundo de las leyes para combatir a Dios en la antesala del nuevo milenio. “Los abogados son los ministros del Diablo”, asegura, y remata con una realidad innegable: “hay más estudiantes en las escuelas de Derecho que abogados litigantes en las calles”. La percepción negativa de la profesión permea del imaginario colectivo a las bellas artes. En Hook, el regreso del Capitán Garfio (Steven Spielberg, 1991), Peter Banning (Robin Williams), un exitoso y voraz abogado corporativo, dice un chiste sobre sus correligionarios en un evento de caridad: “hoy los científicos usan abogados en lugar de ratas en sus experimentos por dos razones: 1) Los científicos no se encariñan con los abogados y 2) Hay cosas que ni siquiera una rata haría”. Su abuela, Wendy Moira Angela Darling (Maggie Smith), está presente y guarda un gran secreto: Banning fue Peter Pan cuando era niño. Creció, porque la vida lo hizo crecer, para convertirse en el opuesto de su esencia inocente: “Peter, eres un pirata”, piensa ella. Con el paso de los años los abogados han asimilado –incluso disfrutan- esta mordaz forma de humor. “¡Robo, traición y cohecho¡ ¡Robo, traición y cohecho! ¡Que vivan los de Derecho!”, es el grito de guerra de los estudiantes de esta facultad de la Universidad Nacional Autónoma de México. Por ello no es extraño que se haga escarnio de la profesión. Cuando en Blade 2 (Guillermo del Toro, 2001) el abogado del clan vampírico Karel Kounen (Karel Roden) se presenta ante el héroe (Wesley Snipes), éste le pregunta si es humano. Kounen le responde con cinismo “casi, soy abogado”.
Todo lo anterior proviene de que el 12 de julio pasado se celebró el Día del Abogado. Esta celebración, orgullosamente mexicana, fue oficializada en 1960 por el entonces presidente Adolfo López Mateos en conmemoración de la primera cátedra de Derecho ofrecida en la Nueva España (en 1539). Los abogados son personajes que todos conocemos. La familia promedio piensa que debe tener al menos uno entre sus integrantes.
Se puede alimentar el espíritu creador a partir las leyes. Así lo demuestran Gerardo Laveaga, abogado penalista y Director del Instituto Nacional de Ciencias Penales (“a los agentes del Ministerio Público Federal les hacemos leer obras de Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle”) o Diego Valadés, antiguo director del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Una de las glorias de nuestra dramaturgia, Víctor Hugo Rascón Banda (1948-2008), nunca negó su procedencia y le rindió tributo en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua en octubre de 2007. Su dignísimo sucesor, el dramaturgo Vicente Leñero, piensa que su dramaturgia ve “la vida como un delito, como una continua trasgresión del orden establecido”. Este matrimonio sí es posible. “La razón y la imaginación son los ojos de la inteligencia”, afirmó con toda la razón del mundo el Criminalista Rafael Moreno.
Abogados distinguidos abundan en la ficción, desde Gabriel John Utterson (de la novela El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, escrita por Robert Louis Stevenson en 1886), R. M. Renfield, Jonathan Harker y Abraham Van Helsing (que entre sus incontables grados posee el de Doctor en Derecho) de Drácula de Bram Stoker (1897), el fiscal convertido en villano Harvey Dent/Dos caras, el abogado ciego Matt Murdock/Daredevil, Tom Hagen (Robert Duvall de la saga cinematográfica El Padrino), Sebastian Stark (James Woods, de la teleserie Shark) hasta mi favorito de todos, Jack McCoy (Sam Waterston, de la recientemente extinta serie La Ley y el Orden). En su última aparición McCoy, en su posición de Fiscal de Distrito y excepcional ser humano, amenaza a un abogado de pobres miras que representa al Sindicato de Maestros y obstruye una investigación de vida o muerte (un maestro que está por cometer una matanza similar a la de la Escuela Preparatoria Columbine): “si permite que ocurra una masacre lo crucificaré, señor Kralik. Enjuiciaré a usted y al sindicato por homicidio por negligencia. Cuando los condenen, renunciaré a mi puesto y representaré a las familias de las víctimas en una demanda civil. Cuando termine estarán acabados. Así que mi consejo para usted es ¡apártese de mi camino!”.

Las últimas dos semanas de mi vida contemplé la parte más luminosa de la abogacía. Por eso, mi felicitación más sincera –aunque tardía- a todos los Abogados en su día. Esa mañana del 12 de julio pasado, la familia de un hombre inocente les cantó a mis compañeros abogados Las mañanitas con alegría, sinceridad y genuino agradecimiento. “Mejor recompensa, imposible”, dijo un festejado, sonriente.