miércoles, 31 de agosto de 2011

Horrores subterráneos para antes de terminar el mes.

Este no es un comercial. En la televisión de paga mexicana, pocas opciones son tan sensibles y respetuosas del género horrorífico como el Canal Space. Ha programado muchas películas populares, y eso se agradece. Pero más especiales son sus rarezas, como ese delicioso serial de largometrajes para televisión Películas para no dormir, inspirados en los viejos programas españoles Historias para no dormir, de ese genio poco reconocido en nuestro país llamado Narciso Ibáñez Serrador. Pero esa será otra historia. Las últimas semanas han transmitido una cinta que en estas latitudes fue lanzada directamente en video, seguramente por su “alto” contenido sanguinolento y porque no superó la mojigatería de la censura: Masacre en el tren de la muerte (The midnight meat train, Ryhuei Kitamura, 2008), basada en el estupendo cuento de Clive Barker. Este relato es parte de sus Libros de Sangre, indispensable antología para todos los diletantes del horror. Parte esencial de la historia es Mahogany, “un cazador nocturno: como Jack el Destripador, Gilles de Rais, una encarnación viviente de la muerte, un espectro con cara humana. Atormentaba los sueños y provocaba terrores”. En la adaptación fue interpretado por el actor británico Vinnie Jones, a quien recordamos –como decía Troy McClure- en películas como X-men, la batalla final (Brett Rattner, 2006), Swordfish, acceso autorizado (Dominic Sena, 2001), 60 segundos (Dominic Sena, 2000), Snatch, cerdos y diamantes (Guy Ritchie, 2000), Swordfish, acceso autorizado (Dominic Sena, 2001), 60 segundos (Dominic Sena, 2000) y Juegos, trampas y dos armas humeantes (Guy Ritchie, 1998),  o como presentador del reality Vinnie Jones´ toughest cops , o como invitado en la comedia de espionaje Chuck o en la poco afortunada serie La Capa. Su rostro inexpresivo y presencia amenazante le viene al carnicero como anillo al dedo. Para los dos Mahogany, el del cuento y el de la película, las costumbres son muy importantes. “Llevaba su sobrio traje habitual con la corbata marrón bien anudada, los gemelos de plata (regalo de su primera esposa) puestos en las mangas de su camisa inmaculadamente planchada, el pelo, fino, reluciente de brillantina, las uñas cortadas y limadas y la cara lavada con colonia. Su bolsa estaba a punto. Las toallas, los instrumentos y su delantal de mallas”. Por fortuna, al cerrar el libro o apagar el reproductor, ambos se quedan ahí. El personaje me resulta particularmente aterrador porque las víctimas de mi perfil le son atractivas. “Muy pronto saldría la riada del teatro. Siempre proporcionaba uno o dos cuerpos robustos. La intelectualidad bien alimentada, sosteniendo los resguardos de sus billetes y opinando sobre los entretenimientos del arte; sí, habría algo ahí”. El testimonio de un inesperado testigo –Leon Kaufman - describe muy bien las acciones de Mahogeny: “El cadáver más cercano a él eran los restos del joven cubierto de espinillas que había visto en el vagón número uno. El cuerpo colgaba cabeza abajo, meciéndose adelante y atrás al ritmo del tren al unísono con sus tres compañeros; una obscena danza macabra. Sus brazos se columpiaban, fláccidos, de las articulaciones de los hombros, en las que se habían practicado cuchilladas de una pulgada o dos de profundidad para que los cuerpos se balancearan con más elegancia”.
La cinta añade personajes y situaciones a la historia original (una pareja sentimental, un amigo homosexual, una oscura obsesión), como sucede muy a menudo, pero el guión de Jeff Buhler trata con gran respeto la imaginería oscura de Barker –de hecho la cinta se confeccionó con su mirada vigilante como productor-. La fotografía de Jonathan Sela no sólo captura adecuadamente los sombríos túneles del sistema subterráneo neoyorkino, sino transmite una sensación de angustia al espectador, como lo demuestra esa cámara que se mueve por las habitaciones del refugio del cazador, ese fatal golpe al desafortunado ejecutivo (Ted Raimi, hermano de Sam Raimi, como una aparición especial) o los vertiginosos desplazamientos por los vagones del metro en sus escenas finales.
Pero lo mejor de todo es, al menos para mí, la terrible figura de Mahogany, quien se coloca dignamente al lado de monstruos clásicos. Porque los instrumentos cortantes –y quien los usa- siempre provocarán pavor al respetable.
¿Suelen usar el metro cotidianamente, en especial a altas horas de la noche?
Feliz viaje.
     

martes, 30 de agosto de 2011

Feliz cumpleaños, Mary Shelley.








































Hoy cumple 214 años, Señora Shelley, y sigue más joven que nunca. Su hijo más célebre nos recuerda cotidianamente la oscuridad que yace en el corazón de los hombres, sin importar cuán nobles sean sus intenciones.

lunes, 29 de agosto de 2011

Asuntos vampíricos (nacionales) pendientes

Y ya que promociono mi nuevo curso en el Centro Nacional de las Artes, finiquitaré un asunto pendiente (antes de concluir el mes). El pasado 26 de julio ofrecí una plática en el Tercer Taller de Perfeccionamiento de Guión de Largometraje de Horror, convocado por el Instituto Mexicano de Cinematografía en la maravillosa casona que alberga a la Sociedad de Directores de México. Prometí a los participantes publicar en este blog el texto que sirvió de eje a mi exposición. Se trata de un tema al que regreso con frecuencia. Espero que ellos y ustedes, queridos lectores, lo disfruten.
--
La invasión de los vampiros o cómo puede renacer en el cine mexicano (en 9 tomas).
Roberto Coria
Tercer Taller de Perfeccionamiento de Guión de Largometraje de Horror. IMCINE.

Dicen que le tercera es la vencida. La primera ocasión que debí compartir con ustedes mis fascinación por el cine de vampiros, el 12 de julio pasado, debí atender compromisos imprevistos e impostergables. La segunda, el 19 de julio anterior, situaciones ajenas a mí me lo impidieron. Las dos fechas eran especialmente emblemáticas para el tema: en ellas se celebró el no-cumpleaños 131 de Tod Browning, el cineasta al que debemos la versión de Drácula (1931) protagonizada por Bela Lugosi, y el cumpleaños de mi querido amigo Vicente Quirarte, poeta, ensayista y enorme estudioso de los hijos de la noche, respectivamente. Pero heme aquí, finalmente. Hoy es una ocasión muy especial para mí. Me acompaña Bárbara Pérez Curiel, nieta del entrañable Federico Curiel, cineasta apasionado a quien debemos algunas de las mejores películas del Santo y artífice de una serie de joyas –muy pertinentes esta tarde- de las que hablaré posteriormente. Ella se encuentra en la antesala de ser aceptada en las filas del Centro de Capacitación Cinematográfica, así que tenemos a una cineasta en ciernes entre nosotros. Bienvenida, querida Bárbara, doblemente.

Toma 1
En los minutos iniciales de El vampiro (Fernando Méndez, 1957),  un hombre alto y delgado, elegantemente vestido con capa, medallón y frac –el grandioso Germán Robles-, observa con ojos depredadores la ventana de una hacienda surgida de una película del México rural de mediados del siglo XX. En un instante, envuelto por la neblina nocturna, el hombre se transforma en un murciélago y vuela hasta el interior del dormitorio de una bella mujer –Carmen Montejo-. Ella lo observa sorprendida, con horror, especialmente por sus afilados colmillos, antes que el intruso se le lance encima y corran los créditos de la película, enmarcados por la partitura inquietante de Gustavo César Carrión y un grito desgarrador. La escena rinde tributo a los mejores momentos de las cintas de horror de los estudios Universal –con una maravillosa escenografía de Gunther Gerzso- y nos recuerda a la figura de Don Juan: el hombre que entra furtivamente durante la noche en la recámara de la joven damisela para robar su virtud. También cobra vigencia en una época en la que el fenómeno Crepúsculo cautiva la imaginación –en las letras y la oscuridad de la sala de cine- de las quinceañeras ávidas de la inmortalidad y belleza eterna que puede obsequiarles la pasión del vampiro, de su sensualidad desbordada –incluso irresponsable- y el ansia de apropiarse de la noche y sus secretos.
“Al contrario de otras criaturas de la noche, cuya contemplación y cercanía nos provocan pánico inmediato, el vampiro es la más próxima a los humanos, tanto en lo que se refiere a sus características físicas como a la relación que mantiene con sus víctimas en potencia”, nos recuerda Vicente Quirarte. Es por ello que El vampiro se coloca por delante de otros especímenes del catálogo de cintas de horror producidas en nuestro país y hace brillar a Germán Robles como el gran monstruo del cine nacional. Robles es considerado por David J. Skaal, erudito del cine de horror, como “la respuesta mexicana a Bela Lugosi” y aparece en la portada de su libro V is for vampire. Definitivamente su imagen debe mucho a la que inmortalizara el actor rumano en 1931, pero su interpretación del Conde Karol de Lavud es memorable, antecedente indispensable para comprender el erotismo y bestialidad que transmitió Christopher Lee en las películas de la casa británica Hammer Films.  “Yo quería hacer a un vampiro cachondo”, declara Don Germán frecuentemente en entrevistas. Uno de los tantos aciertos de El vampiro, además de su ensamble actoral y la espléndida fotografía de Rosalío Solano, es la historia de Ramón Obón, que toma a un monstruo persistente en el folclore europeo y lo sitúa en un ambiente familiar y reconocible. Se permite sumar incluso leyendas de aparecidos y fantasmas, tan abundantes en la provincia mexicana.  Precisamente de este último beneficio adolece su secuela, El ataúd del vampiro (Méndez, 1958), traslación de todos los elementos anteriores a la gran ciudad. Demuestra, como bien nos advirtió H. P. Lovecraft, que “no está muerto lo que puede yacer eternamente”. Pese a ello posee momentos aterradores, como la persecución que la sombra del malvado protagonista hace a una desafortunada mujer por las calles desiertas de la ciudad –que no son otras que las de los Estudios Churubusco-. La mente detrás del éxito de las dos cintas –y de tantas otras-, el actor y productor Abel Salazar, proyectaba la realización de una tercera entrega. Robles, estigmatizado ya por el monstruo, declinó la oferta. “Esa la va a hacer tu madre”, sentenció. ¿Cómo hubiera sido una tercera parte de El vampiro? Eso nos brinda la posibilidad de la conjetura y el juego de la imaginación. 

Toma 2
A pesar de sus esfuerzos, Germán Robles nunca pudo escapar de la marca del vampiro. Prueba de ello son la estupenda serie de largometrajes dirigidos por Federico Curiel que comenzaron con La maldición de Nostradamus (1961) y fueron continuados por La sangre de Nostradamus (1962), Nostradamus, el destructor de monstruos (1962) y Nostradamus, el genio de las tinieblas (1962). Robles encarna a un descendiente del legendario profeta Michele de Notre-DameNostradamus, para los amigos-, quien es un vampiro ataviado con capa y bombín, que usa una barba “tipo candado” y tiene un ayudante jorobado, quien trata de convencer de la existencia de la otredad al escéptico Profesor Durán (Domingo Soler) y a su asistente Antonio (Julio Alemán) y al mismo tiempo revivir a su ancestro. Nostradamus hace fatales predicciones para todo el que se cruce en su camino. El serial cuenta con un inteligente guión de Alfredo Ruanova y Carlos Enrique Taboada. Esta historia fue la primera aproximación al tema fantástico del celebrado autor de Hasta el viento tiene miedo (1968) y El libro de piedra (1969). Las apariciones sorpresivas de Nostradamus, en rincones donde reina la oscuridad más profunda,  sin duda inspiraron a Guillermo del Toro para otorgárselas a Rasputin (Karel Roden) en Hellboy (2004).

Toma 3
El vampiro es la primera gran cinta del tema filmada en el país, pero de ninguna manera es la primera en habla hispana. Podemos ubicar al más notable antecedente en los albores mismos del cine de horror occidental como una gran industria. Cuando Carl Laemmle, Jr., quien decidía el rumbo de las creaciones de los Estudios Universal, emprendió la producción de la versión cinematográfica de la obra teatral de John Balderstone y Hamilton Deane –basada a su vez, como todos sabemos, en la novela de Bram Stoker- comprendió la necesidad de realizar versiones de sus películas para los mercados extranjeros, toda vez que la técnica del doblaje para las nacientes cintas habladas no estaba depurada. Por ello encargó a George Melford que rodara, de manera paralela al  equipo que encabezaba Tod Browning, una versión en habla hispana. Este ejercicio le permitiría reducir costos toda vez que empleaba el mismo guión y escenarios. Mataba dos vampiros con la misma estaca, podría decirse. Para el papel protagónico, el que interpretara Bela Lugosi en la producción estadounidense, eligieron al actor Carlos Villarias, a Eduardo Arozamena como el profesor Van Helsing, Pablo Álvarez Rubio como Renfield y a Lupita Tovar como EvaMina-, el oscuro deseo del vampiro. Ahora, un sacrilegio: me sumo al pensar de críticos como David J. Skaal y Leonard Wolf, quienes aseguran que la versión española de Drácula supera actoral y estilísticamente a la de Browning, a pesar de que fueron creadas a partir del mismo molde. Los movimientos de cámara, más ágiles y propositivos, el erotismo más evidente, las actuaciones más convincentes la hacen estremecedora y la colocan de la manera más digna junto a su hermana más célebre. Esta opinión no resta mérito de forma alguna a la dimensión del que Bela Lugosi convirtiera en su interpretación más memorable. Dos últimos vínculos: Eduardo Arozamena, originario de la Ciudad de México, fue un renombrado actor de reparto que conocimos en cintas inolvidables como Ahí está el detalle (Juan Bustillo Oro, 1940), Flor silvestre (Emilio Fernández, 1943) y Yo maté a Juan Charrasqueado (Chano Urueta, 1949); Lupita Tovar, nativa de Matías Romero, Oaxaca, ya encarnó a una hija de la noche en Santa (Antonio Moreno, 1932), adaptación de la novela homónima de Federico Gamboa y joya de los inicios de la cinematografía nacional. Ella sigue viva. Mañana, 27 de julio, cumplirá 101 años de edad. En entrevistas siempre defendió el esfuerzo de sus co-protagonistas. “Estábamos decididos a hacer una gran película”.

Toma 4
Si la sangre es la vida para el vampiro, los lazos que de ella emanan son sagrados. En El vampiro, el Conde Lavud viaja desde los bosques de Bakonia para consumar su venganza por la muerte de su vampiresco hermano a manos de los campesinos del ficticio pueblo de Sierra Negra –hay un volcán que se llama así en el estado de Puebla- restaurar su imperio del miedo y de paso reclamar la posesión de la hacienda Los Sicomoros. Es el cacique que busca mantener la supremacía territorial a toda costa. En la más reciente La invención de Cronos (1992), opera prima del tapatío Guillermo del Toro, conocemos la desafortunada historia del mercader de antigüedades Jesús Gris (Federico Lupi) y su viaje accidental a la oscuridad.  Transformado en un vampiro por el insecto que reposa en un ingenio mecánico, su nieta Aurora (Tamara Shanath) se convierte en su guardiana, la detentora de su secreto. Le prepara incluso un improvisado ataúd con su cajón de juguetes. En los momentos finales de la cinta, preso del ansia, el vampiro se encuentra a punto de saciar sus apetitos con la niña. Antes de hacerlo se detiene, gracias a la conciencia repentina del lazo que los une. Ella le permite recobrar la lucidez y su humanidad. La familia es importante para el vampiro, sea por los motivos más nobles o perversos, como sucede en el cuento La familia de los Vourdalak (1839) de Alexei Tolstoi donde Gorcha, el patriarca de un clan serbio, tras un viaje nocturno y su posible encuentro con vampiros locales, regresa a casa para acechar a sus hijos y nietos.

Toma 5
El vampiro genera devoción en sus sirvientes y sus admiradores. Por lo que respecta a los primeros, éstos le procuran su fidelidad sea por miedo o por la promesa de la vida eterna.  En El mundo de los vampiros (Alfonso Corona Blake, 1961), el Conde Sergio Subitai (Guillermo Murray), ataviado con la reglamentaria capa negra, frac y medallón, controla a una hueste de horribles vampiros con cara de papel maché por el embrujo de las notas de un piano. Su rival, Rodolfo Sabre (Mauricio Garcés), contraviene sus órdenes gracias a sus dotes musicales.  Pero una forma de lealtad más férrea es la que procura Frau Hildegarda (Bertha Moss) al Conde Sigfried von Frankenhausen (Carlos Agosti) en El vampiro sangriento (Miguel Morayta, 1962) y su continuación La invasión de los vampiros (Morayta, 1963), película que amablemente presta su título a este escrito. Más violento es Barraza (Yerye Beirute), criminal cuya voluntad es diezmada por el influjo del Conde Lavud en El ataúd del vampiro,  auténtico dolor de cabeza para el gallardo Dr. Enrique Saldívar (Abel Salazar) y  su bienintencionada lucha para exterminar al monstruoso protagonista.

Toma 6
A partir de la película seminal, la figura del vampiro nacional se transformó, del cadavérico pero encantador hombre alto, a figuras femeninas, sensuales y voluptuosas. En Santo contra las mujeres vampiro (Alfonso Corona Blake, 1962), Lorena Velázquez encarna a Thorina, lideresa de un clan de féminas de ultratumba que ponen en jaque al emblemático paladín de la justicia. De la cinta son conocidos algunos fotogramas, donde las vampiras exhiben una sensual desnudez, en una versión destinada a los públicos europeos.  En la secuela de la historia, Santo en la venganza de las mujeres vampiro, el rol protagónico es ahora de Gina Romand, la “rubia de categoría” como la Condesa Maya.  En 1978 Juan López Moctezuma, cineasta que nos entregó cintas extrañas, eróticas y desconcertantes, dirigió Alucarda, la hija de las tinieblas, interesante híbrido de las obras del Marqués de Sade y Carmilla, de Joseph Sheridan LeFanu. La historia sigue la reclusión en un convento de la joven Justine (Susana Kamini) y su relación con Alucarda (Tina Romero). Si bien la historia está cargada de elementos demoniacos y de un velado matiz vampírico, el mejor momento es sin duda el aquelarre que preside un macho cabrío y el surgimiento de Justine de un ataúd anegado de sangre. Pero sin duda el giro más inusual a la figura del vampiro lo dio Guillermo del Toro en La invención de Cronos. Su protagonista, gris como su apellido, es un anciano cuya vitalidad está menguada por el inevitable paso de los años, conduce un automóvil antiguo y atiende su negocio de reliquias. Ahí descubre por accidente el artefacto que le da nombre a la cinta, en el cual reposa un milenario insecto que le devuelve cuanto ha perdido, con fatales resultados.

Toma 7
Parte del ciclo de todo mito cinematográfico que comienza a mostrar desgaste, como sucedió con las entrañables películas de horror de los Estudios Universal, es coquetear con otros géneros. Lo mismo sucedió al vampiro nacional, que se sacrificó para el lucimiento de los cómicos del momento, del mismo modo que hicieron Bela Lugosi y Lon Chaney, Jr. en Abbot y Costello contra Frankenstein (Charles Barton, 1948). La primera de las cintas que lo demuestran, que incluye la participación fortuita del mismísimo Germán Robles en su momento de máxima gloria, porque en sus propias palabras accedió a aparecer en ella como un favor al protagonista cuando tomaba un descanso durante la filmación de El ataúd del vampiro, es El castillo de los monstruos (Julián Soler, 1958). Hilarante es el momento en que su astro, Antonio Espino “Clavillazo”, huye despavorido del vampiro favorito de todos. Luego tocó su turno a Eulalio González “Piporro” en La nave de los monstruos (Rogelio A. González, 1960), curioso híbrido de cine de ciencia-ficción, horror, comedia y estampa del México rural, donde el popular "Rey del taconazo" es seducido por los encantos de Lorena Velázquez que interpreta a la vampira alienígena Beta. También debemos recordar Échenme al vampiro (Alfredo B. Crevenna, 1961), una comedia de misterio tipo Scooby Doo, de tres episodios, que involucra a un grupo de codiciosos herederos y a un presunto vampiro interpretado por Yerye Beirute. De sirviente a vampiro, ascenso más que merecido.

Toma 8
Y todo mito no puede escapar de las infamias. En la industria occidental, por cada buena película de vampiros podemos contar, al menos, diez malas o pésimas. La primera que recuerdo es El imperio de Drácula (Federico Curiel, 1967) donde Erick del Castillo se pone la capa y encarna al vampiro Barón Draculstein, con todo y su recio acento ranchero. Inevitable es Chiquidrácula (Julio Aldama, 1984), que lucra con la fama del entonces niño maravilla Carlitos Espejel y su papel en una conocida serie de comedia del momento. Su trama es simple. Un niño de un barrio pauperizado se disfraza como un pequeño aristócrata vampiro para alejar del alcoholismo a su pariente Adalberto Martínez “Resortes”. Más reciente es El vampiro teporocho (Rafael Villaseñor Kuri, 1989), en la que Pedro Weber “Chatanuga” encarna a un desaliñado chupasangre que se coloca condones en los colmillos para evitar infecciones. Al menos esto puede leerse como una metáfora del sexo responsable en la era del VIH. Más aterradora –por mala- es Curado de espantos (Adolfo Martínez Solares, 1992), cuya insultante trama cruza el camino de un vampiro revivido en una excavación prehispánica y posterior dueño de un burdel de mala muerte (Roberto “Flaco” Guzmán) con dos curanderos albureros y lujuriosos (Alfonso Zayas y César Bono), su enano ayudante (René Ruiz “Tuntún”) y una voluptuosa arqueóloga (Lina Santos). Peor, imposible.
Para rematar añado un ejemplo más, gracias a mi espíritu intrépido: la película Drácula mascafierro (Víctor Manuel “El Güero” Castro, 2001). Su premisa, insultante por sí misma, implica la persecución de un linaje de vampiros encabezado por Roberto “Flaco” Guzmán (quien ya interpretó a un vampiro en la terrible Curados de espatos) quienes transforman en homosexuales a las victimas de su mordida. Los valientes cazadores de monstruos, patéticos “machos” mexicanos,  huyen de esta posibilidad como de la peste. Confieso, por salud mental, que sólo soporté 15 minutos de su metraje. El guión del propio Castro, adalid del cine de albures de los años ochenta, carece de la menor pizca de gracia, buen gusto e inteligencia. Lo prueban la insultante escena donde una celulítica devota del vampiro mayor pretende realizarle una felación, ese pene de plástico o los diálogos absurdos entre los heroicos e ignorantes protagonistas. Por favor, cuando la vean anunciada en la televisión de paga, evítenla.  

Toma 9
¿Hacia dónde se dirige el vampiro nacional? Para muchos estudiosos dignos de todo mi respeto, como Julio Patán, es un monstruo que ha tocado fondo y se ha deslavado completamente. Yo creo, y no porque sea uno de sus grandes admiradores, que aún tiene mucho que ofrecernos. Las letras pueden ser una buena manera de reconocer sus posibilidades. El cuento No se duerman en el metro, publicado en 1994 en una serie que Revista de revistas del periódico Excélsior dedicó a los hijos de la noche, es un gran ejemplo. Su autor, Mario Méndez Acosta, los traslada, con verosimilitud testimonial al calor de las copas, hasta los túneles del sistema de transporte colectivo de la capital mexicana. Concluye con una terrible advertencia: “¡No se duerman en el Metro! Si lo hacen, corren el peligro de, por lo menos, no volver a dormir nunca más con tranquilidad”. Con mucho humor, a través de una breve comunicación epistolar, la escritora regiomontana Patricia Laurent Kulick lo aborda en Se solicita sirvienta, con el acierto de nunca mencionar la palabra “vampiro”. La misma autora emplea el mismo tono, con una pizca de malevolencia, en El invitado (Selecciones del Reader´s Digest, 1998), donde luego de divertirse como el gato hace con el ratón, el vampiro remata a su futura víctima con un sarcástico “querida, sin el beneficio del juego la eternidad sería mortalmente aburrida”. Pero mi historia favorita es La ruta del hielo y la sal (Ediciones Vid, 1998), recientemente nominada a los españoles premios Ignotus 2010 en la categoría de novela corta. Debemos este triunfo de la ficción nacional al poblano José Luis Zárate. Su relato es, en resumidas cuentas, el capítulo que omitió Bram Stoker en Drácula y que nos presentó brevemente en una bitácora de navegación, el del viaje de la goleta Démeter de Varna a Whitby. Su protagonista, el capitán del navío, lucha con sus propios demonios y con un misterioso polizón que diezma paulatinamente a su tripulación. Zárate rinde un respetuoso tributo a una novela a la que tanto debo sin siquiera nombrar su título ni al malévolo personaje que se lo proporciona. Otra posibilidad que puede dar nuevo impulso al vampiro es explorar cuanto lo asemeja al ser humano. No sus debilidades, sino sus carencias. Un regreso a su origen. Mi amigo José Francisco Macedo –apasionado y erudito de la figura del vampiro- bien lo dijo, “en mi época el vampiro era temido, no tímido”. El creador no debe repetir el esquema del Louis de Point du Lac de Anne Rice (Brad Pitt en la película de Neil Jordan), ni al delicado Conde Saint Germain de Chelsea Quinn Yarbro, mucho menos al insufrible Edward Cullen de la multicitada serie Crepúsculo (un vampiro “maricón”, según Paco Ignacio Taibo II, calificativo que no hace alusión en modo alguno a preferencias sexuales), es decir, al vampiro “sensiblero”, el que lamenta ser un vampiro. “Hace doscientos cuarenta años que no veo la luz del día, dice el vampiro que vi en la última película”, recuerda con ironía Jorge Ibargüengoitia en su divertido ensayo Vida de los vampiros. El monstruo que me gusta, como a Guillermo del Toro, es el que disfruta su posición en el pináculo de la cadena alimenticia, que acepta y se regocija en su otredad. Como dice sabiamente el vampiro Lestat de Anne Rice, “si estás condenado a vivir hasta el fin de los tiempos, mejor haz una fiesta de todo ello”. Ahora bien, en una época donde los adolescentes –y muchísimos adultos- consideran su juventud como un valor, no como una virtud efímera, el miedo a envejecer –a la corrupción del cuerpo, a la pérdida de la belleza y la plenitud- puede ser también una preocupación del vampiro. Así le sucedió a Narciso o al Dorian Grey de Oscar Wilde. “La vanidad, definitivamente mi pecado favorito”, fue la última línea de Al Pacino en El abogado del diablo (Taylor Hackford, 1997). Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Las adicciones, los desordenes alimenticios, las enfermedades de transmisión sexual, la soberbia que puede albergar al saberse casi omnipotente, su maridaje con otros géneros (¿se han imaginado a unos vampiros narcotraficantes?), son temas por explorar. Dejé a un lado sus cualidades como monstruo humano. Ayer vi un estupendo largometraje para televisión, con credibilidad documental, que rememoraba los crímenes de Richard Trenton Chase, apodado por el escenario de sus delitos y su vocación hematófaga como El vampiro de Sacramento. El arte imita a la realidad, aunque ésta siempre rebasará a la ficción. Todos lo anterior puede asegurar la inmortalidad del vampiro. En el cine nacional aún puede resurgir. No a través de un remake de El vampiro (ojalá eso nunca suceda), pues son lamentables los resultados de las reelaboraciones de Hasta el viento tiene miedo y El libro de piedra. La permanencia del vampiro reside en su capacidad de evolucionar, de adaptarse al entorno como hace el ser humano mismo. Después de todo, son nuestro reflejo.

viernes, 26 de agosto de 2011

Curso ¡Vampiros!












¡Vampiros!

Curso impartido por Roberto Coria
Invitados especiales: Vicente Quirarte, Pablo Guisa, Antonio Camarillo y Guadalupe Gutiérrez.

Antecedentes.
Hoy más que nunca estamos conscientes de que los vampiros están presentes entre nosotros y han constituido una subcultura que ha desplegado sus alas sobre prácticamente todas las manifestaciones culturales. Vicente Quirarte argumenta que su figura es algo cotidiano en nuestros días y forma parte de una mitología que aún los niños conocen, mientras Jorge Ibargüengoitia afirma que la gente común y corriente sabe más de estas criaturas que de los otomíes.
El vampiro se encuentra fuertemente posicionado en el imaginario colectivo de la humanidad y sus raíces yacen en el folklore de los pueblos. Podemos rastrear sus huellas en la tradición hebrea, en la antigua Grecia, en Roma, en China, en África, e incluso entre los Aztecas y los Mayas. Esto aseguró su trascendencia hacia la literatura, el teatro, el cine, los cómics y la televisión.
En los últimos tiempos, los artistas han buscado reinventar la estructura del monstruo, para asegurar su vigencia. El curso ¡Vampiros! es una invitación para que el lector novicio se interne en el mundo y los misterios del vampiro. Al mismo tiempo, pondrá a prueba los conocimientos del iniciado. Es un viaje, a vuelo de murciélago, a través de los orígenes del mito, sus múltiples connotaciones, sus referentes literarios y algunas de sus representaciones artísticas más significativas.

Objetivo: Proporcionar un vistazo a los orígenes, historia y evolución de la figura del vampiro en las bellas artes, a través del análisis de obras emblemáticas del tema.

Dirigido a: Personas interesadas en adentrarse en los misterios del vampiro. Escritores, cineastas, sociólogos, público en general, aficionados de la literatura y cine de horror.

Contenido temático.
Introducción. En el principio fue la sangre. Eros y tanatos, o de la fascinación por la sangre y la muerte. Inicio de las creencias en vampiros. Cazadores de vampiros. Fisiología, poderes y debilidades.
 Vampiros en nuestra lengua, de Benito Jerónimo Feijoó al chupacabras. –Vicente Quitarte.
El vampiro en la naturaleza y a la luz de la ciencia médica. El murciélago vampiro y sus parientes. Enfermedades físicas. Catalepsia, rabia y porfiria.
Asesinos en serie, esquizofrénicos, hematófagos y otros monstruos. Erzebeth Bathory, John Haig, Jeffrey Dahmer y compañía. ¿Cómo investigarían las ciencias forenses un caso de vampirismo? 
El vampiro en el diván: psicoanálisis del monstruo. –Guadalupe Gutiérrez.
El vampiro en la literatura. Definiendo géneros. Clasificación del relato de vampiros. Antes de Drácula, o albores de la literatura vampírica. El relato gótico y los precursores. El vampiro de John William Polidori y Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu. Bram Stoker, padre de Drácula. La ruta gastronómica de Drácula. La cocina rumana se encuentra con la cocina británica.
Después de Drácula. Los herederos de Bram Stoker. La renovación literaria del mito. Textos vampíricos 1950-2009, de Richard Matheson y Soy leyenda a Crepúsculo de Stephanie Meyer.
A capa y estaca: historia del cine de vampiros 1. De Nosferatu a Déjame entrar.
A capa y estaca: historia del cine de vampiros 2. Desde México con amor. –Pablo Guisa.
Vampiros en el teatro. Versiones escénicas más importantes. Drácula va a Broadway: John Balderstone, Hamilton Deane y Bela Lugosi. Bram Stoker y El hombre que fue Drácula.
El vampiro en la televisión, las historietas, el internet y los juegos de rol. –Antonio Camarillo.
De la vigencia del vampiro en nuestros días. Prospectiva del vampiro como personaje en el relato fantástico, de Crepúsculo a Nocturna.

Duración: 24 horas, divididas en 12 sesiones de dos horas, los martes y jueves de 18:00 a 20:00 horas en el salón de usos múltiples del CENIDIM.

Inicio: 20 de septiembre de 2011.

Sede: Centro Nacional de las Artes. Calzada de Tlalpan 79 esquina Río Churubusco, colonia Country Club.

Costo: $911.00. Descuentos a estudiantes y maestros (consulte bases)

Informes e inscripciones: Módulo de Extensión Académica. Torre de Dirección, 1er. piso. Tel. 4155 5000 ext. 1040.


Bibliografía
1.             Belford, Barbara. Bram Stoker, a biography of the author of Dracula. Da Capo Press. Nueva York, 1996.
2.             Calmet, Agustin. Tratado sobre los vampiros. Mondadori, Madrid. 1991.
3.             Coria, Roberto. El hombre que fue Drácula. Libros de Godot, México. 2007.
4.             Gubern, Román. Las raíces el miedo. Antropología del cine de horror. Tusquets Editores, Barcelona. 1979.
5.             -------------. Máscaras de la ficción. Anagrama, col. Los Argumentos, Valencia. 1998.
6.             Märtin, Ralf-Peter. Los Drácula. Tusquets editors. España, 1983.
7.             Mc Nally, Raymond; Florescu, Radu. In search of Dracula. Houghton Mifflin Company. Nueva York, 1994.
8.             Melton, J. Gordon. The vampire book: The encyclopedia of the undead. Visible Ink Press. Minnesota, 1999.
9.             Ramsland, Katherine. The science of vampires. Berkley Boulevard books. Nueva York, 2002.
10.         Quirarte, Vicente. Del monstruo considerado como una de las bellas artes. Paidós. México, 2006.
11.         Skaal, David J. V is for vampire. Penguin books. Nueva York, 1996.
12.         Siruela, Jacobo (comp.) El vampiro. Ediciones Siruela, Madrid. 2001.
13.         Stoker, Bram. Drácula. Traducción Manuel Núñez Nava. CONACULTA. México, 2002.
14.         Wolf, Leonard. Dracula, the connoisseurs guide. Broadway books. Nueva York, 1997.


miércoles, 24 de agosto de 2011

La vida después de Hogwarts

En la entrada anterior de este blog destaqué mi admiración por el reparto de la hoy extinta saga de Harry Potter. Sus actores de apoyo tienen una carrera sólida y una reputación bien establecida en el cine y el teatro, y ello me hace preguntarme sobre el futuro de sus jóvenes intérpretes. ¿Los grandes estudios piensan ocupar a Rupert Grint, Emma Watson o Tom Felton (Ron Weasley, Hermione Granger y Draco Malfoy, respectivamente)? Más allá, ¿ellos piensan continuar su carrera actoral? Por lo pronto el que más ha brillado es el protagonista de la serie, Daniel Radcliffe, quien se esfuerza por sacudirse del estigma del joven hechicero. Así lo ha demostrado su incursión en otros proyectos cinematográficos (Los chicos de diciembre, Rod Hardy, 2007) y en el teatro. En este rubro ha participado en las obras Equus y ¿Cómo tener éxito en los negocios sin realmente intentarlo?, por las cuales obtuvo el reconocimiento de la crítica especializada. Ahora tiene un reto formidable por delante.
La dama de negro es una novela escrita en 1983 por la autora británica Susan Hill. La historia se inscribe en la más pura tradición del ghost story victoriano, un subgénero del relato de horror que nos ha brindado especímenes ejemplares de las plumas de Joseph Sheridan Le Fanu, Montague Rhode James, Bram Stoker, Wilkie Collins, Arthur Conan Doyle, Robert Louis Stevenson, F. G. Loring y Algernon Blackwood, entre otros. En 1987 el dramaturgo Stephen Mallatratt decidió llevarla a los escenarios. Para ello empleó la idea de “teatro dentro del teatro”, donde el protagonista Arthur Kipps narra su encuentro con la otredad a un actor en busca de exorcizar los recuerdos tormentosos que le acosan.
La obra se montó en México en 1994, con éxito contundente. La mayor causa de ello fue, sin duda, la formidable actuación de Germán Robles, quien interpretaba 8 papeles diferentes en un montaje estremecedor, que no da al espectador oportunidad de respirar tranquilo hasta su terrible desenlace. Tuve el placer de ver la obra en cuatro ocasiones y en diferentes etapas, todas con el Maestro Robles. Años después tuve el gusto de conocerlo en la Universidad del Claustro de Sor Juana –las piernas me temblaban de emoción-, realizar algunos proyectos con él e, incluso, recibir sus consejos para hacer lecturas dramatizadas. Tras su salida de la obra, otros histriones han retomado la estafeta, como Rafael Sánchez Navarro, Juan Carlos Colombo, Odiseo Bichir y Alejandro Tomassi. No cuestiono sus capacidades, pues no los he visto en escena. Pero ninguno alcanzará, al menos en mi corazón, la dimensión del maravilloso protagonista de El vampiro (Fernando Méndez, 1957) y La maldición de Nostradamus (Federico Curiel, 1961).
En unos meses se estrenará una nueva versión cinematográfica de La dama de negro, dirigida por James Watkins a partir de un guión de Jane Goldman –ya se había hecho una en 1989-. A la espléndida fotografía de Tim Maurice-Jones –la cual es evidente en el tráiler que comenzó a circular en la red- se suma el valor emocional de ser producida por la casa británica Hammer, cuyo ilustre pasado admiramos todos los diletantes del cine de horror. Y destaca especialmente la presencia del joven Radcliffe, quien calzará los zapatos de Arthur Kipps. No oculto la emoción que el estreno de la cinta me produce. Conoceremos si existe vida después de Hogwarts.

lunes, 22 de agosto de 2011

La vida sin Harry.

En espera que las grandes multitudes perdieran interés por ver Harry Potter y las reliquias de la muerte, parte 2 (David Yates, 2011) dado que pasó más de un mes desde su estreno, decidí verla finalmente el sábado pasado. Grave equivocación. A pesar que se trataba de la última función y que suponía que el inminente regreso a clases habría minado gravemente la economía de las familias (por eso de las colegiaturas y los útiles de los niños), la sala estaba abarrotada.
Presenciar la conclusión de la saga cinematográfica más exitosa del nuevo milenio fue todo un acontecimiento. La vi –contra mis deseos-  en tercera dimensión, un formato que –como he dicho anteriormente- repruebo pues no creo que aporte mucho a una historia más allá del alarde técnico que representa. Pero esa es otra historia. Harry Potter y las reliquias de la muerte, parte 2 es un cierre impecable, una cinta deslumbrante que seguramente dejó satisfechos a los admiradores del joven mago. Debemos recordar que adaptar obras literarias a la pantalla grande no es cosa fácil. Ese fue un aspecto que muchos pueden reprochar a la serie. Steve Kloves, el guionista de todas las películas, tuvo que suprimir muchas situaciones y subtramas que las habrían hecho más largas de lo que resultaron. Y creo que lo hizo bien. Luego están las comparaciones sobre desempeño de sus directores. Los trabajos de Chris Columbus, Alfonso Cuarón, Mike Newell y David Yates, todos cineastas de las procedencias más diversas, fueron competentes. Estuvieron a la altura de una franquicia sobre la que Warner Brothers y los jóvenes cinéfilos depositaron las más altas expectativas.
De la saga siempre apreciaré que su reparto de apoyo estuvo íntegramente compuesto por actores británicos, como los brillantes Maggie Smith, Robbie Coltrane, el finado Richard Harris, John Cleese, Richard Griffiths, Fiona Shaw, John Hurt, Ian Hart, Kenneth Brannagh, Emma Thompson, Ralph Fiennes, Elena Bonham Carter, Timothy Spaal, Jason Isaacs, David Thewlis, Jim Broadbent, Brendan Gleeson, Imelda Staunton, Billy Nighy, Michael Gambon, Gary Oldman y Alan Rickman, entre muchos otros (Severus Snape será un tema que trataré en el futuro). Y por supuesto están los jóvenes protagonistas Daniel Radcliffe, Emma Watson y Rupert Grint, a quienes vimos crecer durante la serie y cuyas actuaciones se encontraron a la altura de tan impresionante elenco.
A momentos ejemplares de la película, como los que menciona mi amigo Rafael Aviña en el texto que reproduciré a continuación, añado el mensaje que da su mentor al héroe sobre el poder de las palabras, sin duda el que mejor resume el éxito de la saga y definirá su perdurabilidad. Queda pues a su consideración esta crítica, aparecida el viernes 15 de julio pasado en el suplemento Primera fila del diario Reforma. Ahora sólo podemos preguntarnos qué saga llenará el vacío que deja Harry, porque definitivamente los vampiros que brillan no son una opción.
Al terminar de escribir estas líneas caigo en cuenta que las últimas semanas me enfoqué en el género fantástico. Regresemos al horror.
--
Fin de una mágica adolescencia
Rafael Aviña

Con Harry Potter y las reliquias de la muerte, parte 2 (GB-EU, 2011), dirigida por David Yates, finaliza una de las sagas familiares-juveniles más populares: ocho películas que mantuvieron un alto nivel de entretenimiento, coherencia y eficacia.
Ello, en buena medida, gracias a la creación de un atractivo universo fantástico-doméstico con elementos ultraterrestres y míticos, plagado de personajes insólitos, sin descuidar los ingredientes cotidianos de niños-adolescentes enfrentados a pérdidas, temores y abandono, surgidos de la imaginación de una perseverante escritora como J. K. Rowling y al sensible trabajo de un gran guionista como Steve Kloves.
Cerrar el círculo no era fácil. La última de la serie tenía que ser espectacular y con elevadas dosis de acción, dramatismo, humor y efectos visuales. Pero sobre todo, con grandes expectativas emocionales para clausurar los cambios físicos y hormonales de aquellos niños de la hoy lejana Harry Potter y la piedra filosofal (2001), trastocados en jóvenes, conscientes de que crecer resulta cruel y doloroso. Algo bien sabido por los mismos seguidores de esa saga, quienes maduraron en paralelo a los protagonistas.
De hecho y para la fascinación de los fans, se trata de una película suma que condensa todos los elementos y perspectivas creadas a lo largo de las ocho cintas, incluyendo imágenes del pasado, objetos, la aparición de varios de los personajes más significativos, algunos decesos sensibles y revelaciones trascendentales que involucran a Potter (Radcliffe), Severus Snape (Alan Rickman) y a Albus Dumbledore (Michael Gambon).
Y a su vez, el protagonista, con Draco Malfoy (Tom Felton), Lord Voldemort (Ralph Fiennes) y la varita de sauco.
Esta segunda parte, en la que continúa la búsqueda de los horrocruxes para destruir al innombrable, resulta la más imaginativa, emocionante, e incluso más emotiva de todas. A ello, se añaden impresionantes escenas de efectos digitales como el hechizo multiplicador, el dragón ucraniano, o la batalla en Hogwarts.
Y, a diferencia de las anteriores, da poca oportunidad de respiro con un clímax notable y un sensible epílogo 19 años después, para concluir esta épica fantástica sobre el amargo tránsito de la adolescencia.

viernes, 19 de agosto de 2011

Feliz no cumpleaños, Maestro Lovecraft.


"No está muerto lo que duerme eternamente; y con el paso de los eones, incluso la Muerte puede morir". -Howard Phillips Lovecraft. La llamada de Cthulhu (1928).

martes, 16 de agosto de 2011

Feliz no cumpleaños, Maestro Bela Lugosi.







































Esa sonrisa seguramente la arrancó una visión que tuvo. Vestía un frac y capa negros. Con ellos se convertía en una leyenda.

viernes, 12 de agosto de 2011

Una película veraniega a la vieja usanza

Steven Spielberg siempre será un referente en el cine fantástico, pésele a quien le pese. Comulgo con quienes piensan que con el paso de los años sus historias se han edulcorado y ha transitado –no siempre con fortuna-  por otros géneros que van de la comedia (1941, 1979), el drama histórico (La lista de Schindler, 1993, y Amistad, 1997), el drama (La terminal, 2004), el thriller (Munich, 2004) y la comedia dramática (Atrápame si puedes, 2003). Y no mencionemos los proyectos fallidos en los que se han involucrado, como director y productor: Minority report, sentencia previa (2002) y La guerra de los mundos (2003) son dos relatos que aprecio profundamente y que se diluyeron completamente en sus manos, por no recordar la presencia de Tom Cruise. Seguramente Phillip K. Dick y H. G. Wells se revolcaron en sus tumbas el día de sus estrenos. Pero siempre le perdonaré por haber dirigido Tiburón (1975), Encuentros cercanos del tercer tipo (1977), Los cazadores del arca perdida (1981) e, incluso, E. T. El extraterrestre (1982). Dejo aparte su visión para apoyar a otros cineastas como Tobe Hooper (Poltergeist, 1982), Joe Dante (Gremlins, 1984), Richard Donner (Los Goonies, 1985), Robert Zemeckis (Volver al futuro, 1985, y ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, 1988) y Barry Levinson (El joven Sherlock Holmes, 1985). Todos los títulos que mencioné cautivaron mi imaginación en mi adolescencia y forman parte valiosa de mi memoria y sentimientos en la actualidad. Spielberg es un hábil narrador y tiene un excelente tino para producir cintas exitosas, como la que hoy acapara mi atención.
“Una película veraniega a la vieja usanza”, así calificó mi amigo Rafael Aviña a Capitán América, el Primer Vengador (Joe Johnston, 2011). Creo que también puede definirse así a Super 8 (2011), un homenaje al mejor cine de Steven Spielberg, escrita y dirigida por ese niño terrible de la televisión y el cine estadounidenses llamado Jeffrey Jacob Abrams. Él es artífice de las teleseries Alias, Lost y Fringe y la mente detrás de la tercera entrega de Misión: Imposible (2006), Cloverfield (Matt Reeves, 2008) y el reinicio de la saga de Viaje a las estrellas (2009).
Lillian, Ohio, verano de 1979. El preadolescente Joel Lamb (Joel Courtney) sufre la muerte de su madre en un accidente industrial y queda al cuidado de su padre, el asistente de comisario Jackson Lamb (Kyle Chandler). Joel combate su pesar y se une –contra los deseos de su progenitor- a la humilde producción de la cinta El caso, un declarado tributo a La noche de los muertos vivientes (George Romero, 1968) dirigida por su regordete amigo Charles Kraznyk (Riley Griffiths). El crew lo conforma el joven piromaniaco Cary (Ryan Lee), Martin (Gabriel Brasco) y la bella Alice Dainard (Elle Fanning, hermana de Dakota Fanning), interés amoroso de Joel. Ellos emplean una cámara casera del formato que da su título a la película. Durante el rodaje son testigos –víctimas por poco- de un desastre ferroviario que involucra un misterioso cargamento que custodia el Ejército de los Estados Unidos y su malvado Coronel Nelec (Noah Emmerich). En los días subsecuentes una extraña serie de eventos ocurren en el pacífico poblado (perros que huyen a otros condados, fallas en el suministro de electricidad y desapariciones de personas). Los chicos, porque sólo ellos son capaces de aceptar la existencia de lo fantásticos, son los responsables de resolver el enigma.
El tercer largometraje de Abrams se erige también como un tributo a los inicios de muchos miembros de la actual generación de cineastas que iniciaron sus carreras haciendo películas caseras con las cámaras Super 8 de sus papás, todo apoyado por un sólido elenco de caras desconocidas –salvo Kyle Chandler, que tiene una presencia constante en la televisión y Dan Castellaneta, la voz en inglés de Homero Simpson-, una briosa partitura de Michael Giacchino y la eficiente fotografía de Larry Fong.  
Muchos pueden criticar la peligrosa similitud de Super 8 con E. T. El extraterrestre. Y los comprendo, porque su estructura dramática es la misma. Sin embargo este es uno de tantos aspectos que me hicieron disfrutarla. “Es E.T. para el nuevo milenio”, pensé al salir del cine. Pero aunque no hay arcoiris y el centro del misterio no tiene una apariencia simpática, los temas que aborda (la pérdida, la fantasía y la creación como herramientas para exorcizar los demonios personales, el papel de los padres en la crianza de los hijos, nuestra tendencia natural a juzgar lo diferente) son tan poderosos como en la película spilbergiana, o más. Su desenlace, emotivo sin duda alguna, nos enseña que debemos seguir adelante, por encima de todo.
Para finalizar, para todos los que aborrecen los créditos finales, un pretexto para quedarse a verlos: El caso (Charles Kraznyk, 1979), una cinta de calidad y que debió obtener el reconocimiento de la crítica.

lunes, 8 de agosto de 2011

Crónicas del primer vengador, parte 2 de 3.


Luego que conocí su historia, se hizo evidente para mí que Marvel Comics decidió revivir al Capitán América como un acto de reciclaje. Y tiene sentido. En el apogeo de la llamada Era de Plata de las historietas estadounidenses, un grupo de superhéroes de tan alto perfil –como Los Vengadores- requería de un líder carismático, uno que representara los ideales de justicia que el líder de una agrupación semejante requería. Y qué mejor si era un estandarte de “policía del mundo”. Creo que ese es uno de los aspectos que ha hecho que muchos tengan dificultad para apreciar Capitán América, el Primer Vengador (Joe Johnston, 2011). Es por eso que en muchos países la cinta fue titulada El Primer Vengador, porque en su nombre lleva la penitencia. La pésima reputación de Estados Unidos tiene eco, incluso, en sus manifestaciones artísticas. Si esto es válido o no, es materia que no tocaré en este espacio. Lo que sí haré es reproducir la crítica que sobre la cinta hizo mi amigo Rafael Aviña y publicó el pasado 29 de julio, en la sección Primera Fila del Periódico Reforma.
--
A la vieja usanza
Rafael Aviña

Las aventuras del Capitán América, héroe patriótico estadounidense por excelencia, aparecieron en 1941 creadas por Joe Simon y Jack Kirby para la Marvel.
Su llegada coincide con los años dorados de los seriales de aventuras fílmicas que se exhibían por episodios y el surgimiento de aquellas películas Serie B.
A pesar de su elevado presupuesto, Capitán América, el Primer Vengador (EU, 2011), no sólo es fiel a la historieta primigenia y a los sensibles arreglos que le otorgó Stan lee en los años 60, sino que además recupera con creces el estilo y el espíritu de aquellos añejos relatos trastocados en clásicos de las matinés.
En efecto, el filme dirigido por Joe Johnston, a quien se le debe ese gran divertimento de cómic que es Rocketeer (1991), resulta un traslado actual de múltiples obras de proselitismo bélico y moral estadounidense de los años 40 como Dios es mi copiloto o Aventuras en Birmania.
Ello, bajo el tamiz del ritmo violento y vertiginoso de esta época, su humor negro y cínico, e impactantes efectos visuales, como los que convierten al “enclenque asmático” Steve Rogers (Evans), en el atleta y súper soldado de un programa especial del Gobierno.
El protagonista siempre humillado pero que nunca pierda la actitud se convierte primero en un justiciero de pantomima que propina puñetazos a un Hitler falso, cual recuerdo de la primera portada de sus hazañas de historieta.
Más tarde, su valor y nobleza lo llevan a liberar a varios soldados, entre ellos, Bucky (Sebastian Stan), su mejor amigo, capturados por las huestes nazis de Cráneo rojo (Weaving) fanático del ocultismo.
Por último, enfrenta con sus “bastardos sin gloria” la demencia de su némesis, vive una trunca historia de amor con la Agente Carter (Hayley Atwell) y despierta de un largo letargo para anticipar la que se supone, será la película suma de los superhéroes de Marvel: Los Vengadores.
Diálogos ágiles. Trepidantes secuencias de acción. Gran escena de créditos finales con dibujos retro y el tráiler de The Avengers. Referencias a cintas de culto que van de El beso mortal a Pulp Fiction. Superior a Thor aunque sin alcanzar a X Men, Primera generación, Capitán América resulta una entretenida película veraniega a la vieja usanza.
                                  

                                                    

jueves, 4 de agosto de 2011

Crónicas del primer vengador, parte 2 de 3.

No ví Capitán América, el Primer Vengador (Joe Johnston, 2011) como hubiera deseado. La sala a la que usualmente acudo sólo la programaba doblada al español y si bien el resultado era aceptable, no puede igualar a su forma original. Comprendí el sentir de muchos cinéfilos españoles, quienes tienen que ver obligatoriamente cintas de otros países dobladas a su lengua por motivos nacionalistas que datan de los primeros años del siglo pasado. Pero esa es otra historia.
Asistí a ver la cinta con gran escepticismo: el recuerdo de la atroz adaptación que se hizo del héroe en 1990 (dirigido por Albert Pyun) era poderoso y dudaba que Chris Evans fuera una buena elección para interpretar al protagonista, pues esperaba que los productores seleccionaran a un actor de la talla de Robert Downey, Jr. –quien encarnó de la forma más acertada a Tony  Stark/Ironman-, de Samuel L. Jackson que interpreta al reclutador de personal Nick Fury, o de Edward Norton, quien personificó a Bruce Banner/Hulk –en el futuro será reemplazado por el actor Mark Rufallo- . Y sobre todo porque Evans tiene el peso de haber vestido el uniforme de Johnny Storm –mejor conocido como La Antorcha Humana- en las dos cuestionables adaptaciones de Los 4 Fantásticos (Tim Story, 2005 y 2007). Todas mis reservas quedaron disipadas cuando salí de la sala. El desempeño de Evans es más que adecuado. Se encuentra a la altura del símbolo que representa. En la primera parte de la cinta refleja estupendamente la fragilidad del personaje, pero sobre todo su patriotismo, tenacidad y capacidad de anteponer el bienestar de otros sobre el suyo. Steve Rogers no odia a los Nazis, sólo a los abusivos. En la segunda parte de la película responde la exigencia que le hace su creador. “Un hombre débil comprende el valor de la fortaleza, el verdadero significado del poder”, le dijo.
Capitán América, el Primer Vengador es una gran película, un divertimento impecablemente realizado que satisface con creces al admirador del héroe a pesar que toma elementos –personajes y situaciones- de diferentes etapas del héroe. También completa el círculo de las recientes adaptaciones al cine de las figuras más reconocidas de Marvel Comics (Hulk, Ironman, Thor) y sienta el precedente perfecto para su tan anticipada cinta Los Vengadores (Josh Weddon, a estrenarse en mayo de 2012), de la cual vemos avances al finalizar los créditos. Ahora vayamos por partes.
Una cinta de fantasía que inicia o se desarrolla durante un episodio histórico verificable en los libros de historia siempre gozará de verosimilitud narrativa, como sucedió en Rocketeer (Johnston, 1991), Hellboy (Guillermo del Toro, 2004) y Hombres X, primera generación (Matthew Vaughn, 2011). Lo demuestran también las películas de Indiana Jones (Steven Spielberg, 1981, 1984 y 1989), Los niños de Brasil (Franklin J. Schaffner, 1978) o Bastardos sin gloria (Quentin Tarantino, 2009). Adolfo Hitler y la Alemania Nazi siempre serán figuras indeleblemente relacionadas con el mal por sus atroces acciones y, por tanto, atractivas para todo tipo de artistas. Recientemente un documental de Discovery Channel reveló su inquietante presencia en México en la era del presidente Lázaro Cárdenas. ¿Se imaginan una aventura situada en este entorno? Pero no nos desviemos.
Capitán América, el Primer Vengador puede apreciarse como cinta de época. Se nutre de las preocupaciones que dominaban ese momento histórico y de la necesidad social de símbolos que representaran los valores y el sentimiento de protección que tanto anhelaba el pueblo estadounidense –y de todas las naciones libres-. Así como los soldados que izaron la bandera de Estados Unidos durante la célebre batalla en Iwo Jima (episodio narrado por Clint Eastwood en La conquista del honor, 2006), el Capitán América emprende una gira para recaudar fondos para el Ejército. El guión de  Christopher Markus y Stephen McFreely aprovecha la anécdota para, de paso, rendir homenaje al viejo serial que protagonizara Dick Purcell y a las historietas originales creadas por Joe Simon y Jack Kirby. Peggy Carter (Hayley Atwell) no sólo es el interés romántico del protagonista, sino un homenaje a las pin-ups de la época.
Otro aspecto que da gran dignidad a la película es la presencia de Stanley Tucci (como el profesor Abraham Erskine, creador del Capitán) y Tommy Lee Jones (como el Coronel Chester Phillips, tormento y apoyo del héroe). Y no podía faltar la obligada aparición de Stan Lee, ahora en un flamante uniforme.
Sus efectos visuales son sensacionales. El más brillante de ellos –y de mayor duración- involucra el rostro de Chris Evans –hombre enorme y musculoso- en el pequeño y enclenque cuerpo del joven aspirante a soldado Steve Rogers, técnica similar a la que David Fincher empleó para rejuvenecer a Brad Pitt en El curioso caso de Benjamin Button (2010).
Y finalmente algo de lo que no quedo del todo conforme. En su momento celebré la elección de Hugo Weaving (Mr. Smith en la saga Matrix) para hacer el papel del villano Johann Schmidt/Cráneo rojo, pero el resultado final no fue capaz de sorprenderme. No deja de recordarme al actor Scott Paulin en esa horrible adaptación noventera. Cuando preparaba el rodaje de Batman, el caballero de la noche (2009), Christopher Nolan reparó que debía ser realista al momento de recrear el rostro desfigurado de Harvey Dent/Dos caras (Aaron Eckhart): “un actor maquillado siempre tendrá añadidos en su piel, cuando deseamos que muestre menos”. Creo que la caracterización de Weaving debió seguir este principio. No pude percatarme de su cuestionable acento alemán como señaló mi amigo Carlos del Río en su podcast Cinemanet pues, como señalé en un principio, tuve el infortunio de ver la cinta doblada al español.
Pero lo anterior no demerita el resultado. En su línea final, el Capitán América reconoce la tragedia que su condición heroica implica: “tenía una cita”.